España: ¿Una historia que termina mal?

Fecha:23 de Junio 2012
Autor: Sebastián Edwards

Si no fuera porque la situación es trágica -el desempleo español se encarama por sobre el 25%-, se podría pensar que esta es una comedia de errores y arrogancia. Durante años, los políticos y analistas hispanos desoyeron y ridiculizaron a aquellos que decían que el horizonte estaba preñado de peligros. “Somos parte de Europa”, repetían una y otra vez.

En 1966, el poeta español Jaime Gil de Biedma publicó un pequeño libro de tan sólo 73 páginas, titulado Moralidades. Uno de los poemas –Apología y petición– dice en su parte medular:

De todas las historias de la Historia
Sin duda la más triste es la de España,
Porque termina mal…

Durante muchos años, estas líneas fueron consideradas una alusión al oscurantismo de la dictadura de Francisco Franco Bahamonde y a la pobreza de España durante ese largo régimen. Sin embargo, con el advenimiento de la democracia en 1978 y la incorporación del país a la Unión Europea en 1986, el poema pareció perder significado. Claro, continuaba siendo uno de los más emotivos de la posguerra, pero para los españoles ya no tenía la relevancia de antes. La historia del país parecía estar terminando perfectamente bien: España era parte del pacto europeo, inversiones cuantiosas fluían año a año, el valor de las propiedades aumentaba vertiginosamente, y los inversionistas pensaban que el riesgo español era tan bajo como el alemán.

Hoy, en medio de la crisis financiera que azota a la península ibérica, las palabras de De Biedma vuelven a cobrar importancia. La pregunta que todos se hacen es si esta historia terminará mal.

Hace tres días, España se vio obligada a pagar 6,1% en una colocación de bonos soberanos a cinco años plazo. Unos días antes, la tasa de sus bonos de 10 años se empinó por sobre el 7% en el mercado secundario. Compárese esto con el costo de pedir prestado que enfrentan Francia y el Reino Unido, por el mismo plazo: 2,6% y 1,7%, respectivamente.

Este alto costo del crédito es, para ponerlo en forma simple, un reflejo de la percepción de riesgo por parte del mercado. Los inversionistas creen que hay una probabilidad alta de que la historia de España termine mal.

Si no fuera porque la situación es trágica -el desempleo español se encarama por sobre el 25%-, podríamos pensar que esta es una comedia de errores; de errores y de arrogancia.

Durante años los políticos y analistas hispanos desoyeron -incluso ridiculizaron- a aquellos que decían que el horizonte estaba preñado de peligros. “Somos parte de Europa”, repetían una y otra vez. “Todo está bajo control”; “Nuestros bancos son solidísimos, gracias a nuestro aprovisionamiento dinámico”; “Nada nos va a pasar”; “El aumento de los precios de las propiedades no reflejan una burbuja; son el resultado de nuestra privilegiada geografía”.

Entre el 2000 y el 2007, el déficit externo español -el llamado déficit de cuenta corriente- aumentó en 10 veces, pasando de cerca de 10 billones de euros a aproximadamente 50 billones de euros por año.

En el 2006, en una exposición ante el influyente Círculo de Economía de Cataluña, en Sitges, argumenté que esta situación no era sostenible en el tiempo, y que más temprano que tarde este enorme desequilibrio tendría que revertirse.

En general, un ajuste mayúsculo de la cuenta corriente requiere de una fuerte depreciación de la moneda. Pero, claro, como España es parte del euro y el valor de éste está básicamente determinado por la fortaleza alemana, esa depreciación no se puede producir. Entonces, el ajuste tiene que venir a través de una contracción feroz de la demanda y de la actividad económica. Esto, manifesté, podía traducirse en un desempleo de hasta un 23%. En Sitges agregué que la historia de América Latina estaba repleta de episodios como éste.

La mayoría de los participantes reaccionaron con frialdad frente a mis argumentos. Algunos, incluso, se ofendieron ante la comparación de su país con las Argentinas, Méxicos y Brasiles del mundo. Para ser justo, unos pocos economistas que asistieron al seminario se interesaron por lo que dije; algunos, incluso, compartieron mi preocupación.

En los últimos cuatro años, y como era de predecir, el financiamiento externo se secó completamente, y España se vio obligada a hacer el ajuste. El déficit de cuenta corriente se redujo de los casi 40 billones de euros a menos de 10 billones, con los costos ya conocidos. Lo peor es que este proceso aún no ha terminado.

Para reducir las penurias de este ajuste, España necesita conseguir financiamiento a un costo similar al que enfrentan Francia y el Reino Unido -digamos al 2% anual- e introducir reformas que gatillen un aumento de la eficiencia y la flexibilidad, y que, por tanto, se traduzcan en menor despilfarro y un crecimiento acelerado.

Lo primero sólo se puede lograr si España obtiene ayuda del resto de Europa, por medio de la emisión de bonos de la Comunidad u otros mecanismos similares. Pero, cualquiera sea el canal usado, en el fondo serían los alemanes los que, directa o indirectamente, saldrían a rescatar a España. Pero los germanos se niegan a hacerlo sin la certeza de que las reformas se vayan a realizar con la profundidad requerida y que vayan a ser duraderas.

Según un conocido estudio del Banco Mundial, España se encuentra en el lugar 44 del ranking mundial sobre la facilidad para hacer negocios (“doing business”). Esta posición está por debajo de Perú y Colombia -y, claro, por debajo de Chile-, y apenas por encima de Ruanda y Túnez. En contraste, el Reino Unido se encuentra en el 7º lugar; Alemania, en el 19º, y Francia, en el 29º lugar.

El gobierno de Mariano Rajoy se ha comprometido con acelerar las reformas, y ha prometido transformar a España en un país eficiente y competitivo, en un país que avance hacia los primeros lugares del ranking mundialista.

El dilema español, entonces, es cómo hacer que sus promesas sean creíbles, y que esta credibilidad se traduzca en ayuda europea. Para esto se requieren dos cosas: que las reformas tengan un apoyo político amplísimo, y que exista alguna institución externa encargada de monitorear el cumplimiento del programa de reformas. La ayuda sólo sería dispensada si este organismo certifica que se ha avanzado adecuadamente en el frente reformista.

Una manera de lograr lo primero es a través de la formación de un gobierno de unidad nacional, centrado en una coalición entre el PP y el PSOE. Este gobierno podría ser dirigido por Mariano Rajoy o por algún técnico de la estatura de Mario Monti, el actual primer ministro italiano.

Un monitoreo externo confiable requiere, necesariamente, que España ceda parte de su soberanía, ya sea a un organismo paneuropeo o, mejor aún, al FMI.

Claro, recurrir al FMI sería un golpe a la dignidad y al sentido de autoimportancia de los españoles. Pero, desafortunadamente, no hay alternativas. El tiempo se acaba y ya se juegan los descuentos, y si no se enfrenta la dura realidad, esta historia terminará mal, como predijo De Biedma.

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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