El fin de la Europa alemana

Fecha:21/06/2012
Autor:Piotr Buras

Parece que no hay más opción: Alemania impondrá su visión política y su orden económico a la UE. Pero la fórmula no resulta tan simple, pues el modelo social alemán está en horas bajas y tampoco está mejor preparada que los demás para una hipotética unión política.

Alrededor de la cuestión de la política europea alemana se han ido creando numerosos mitos, unos mitos que hacen que sea más complicado comprender la gravedad de la situación actual. Al menos dos de ellos necesitan una explicación.

El primer mito sostiene que Alemania, la mayor beneficiaria de la moneda única y la mayor economía de Europa, ha renunciado a su solidaridad con el resto del continente y que le ha dado la espalda. En realidad, sin el apoyo de Alemania, la eurozona se habría ido a pique hace tiempo. En los últimos tres años, Berlín ha ofrecido más de 200.000 millones de euros en préstamos y garantías de créditos a los Estados miembros de la eurozona con problemas.

El segundo mito afirma que, a pesar de la crisis, a Alemania le va tan bien actualmente, que el país ha perdido todo su interés en Europa y que por ello busca socios en países como China o Brasil. Es cierto que el comercio con esos países es lo que impulsó el crecimiento alemán en el primer trimestre de 2012 a pesar del deterioro del mercado.

Pero las exportaciones alemanas siguieron basándose en la eurozona, que representa el 40 por ciento de las mismas (mientras que sólo el 6 por ciento corresponden a China). El desplome del euro y la agitación política y social que probablemente se produciría como consecuencia de ello en al menos algunas de las economías de la eurozona, afectarían a Alemania más que a muchos otros países.

Fin de la simbiosis

Los orígenes del problema alemán de Europa, o del problema europeo de Alemania, se encuentran en otro lugar y son más fundamentales. En primer lugar, la crisis actual ha afectado en gran medida a Alemania. No en términos económicos, sino en políticos y morales. Lejos de augurar el inicio de una “Europa alemana”, en realidad implica su final. El sistema de moneda común se basaba en el modelo alemán, con el Banco Central Europeo como copia del Bundesbank.

El derrumbe de esta “Europa de Maastricht” efectivamente socava dos supuestos cruciales para la política alemana: que las soluciones alemanas son lo mejor para Europa y que el modelo económico alemán prospera en simbiosis con la integración europea.

Antes de que comenzara la crisis, ambos supuestos tenían sentido. Alemania abogaba por una integración aún mayor y actuaba como motor impulsor tras la formación del mercado común y la moneda única y todo ello beneficiaba a Europa. Pero también era un requisito previo de la prosperidad alemana de la posguerra, que se basaba en la restauración de la reputación internacional del país y en el desarrollo de una economía orientada a la exportación. En las últimas décadas Alemania se acostumbró a pensar que lo que era bueno para Alemania también lo era para Europa. Hoy esa simbiosis ha acabado.

Remedio para la crisis

Para salvar a Europa, los alemanes no sólo tienen que rascarse más los bolsillos, sino también dejar a un lado sus conceptos sobre Europa y la economía, que pensaron que garantizarían el éxito de Alemania en las décadas de la posguerra. Esto plantea un importante reto político e intelectual.

El principio inquebrantable de que cada país es responsable de sus propias deudas ahora se ha descartado. El BCE ha desempeñado una función clave a la hora de salvar a varios países del impago, infringiendo de este modo el dogma alemán de que la única función de esta institución era la vigilancia de la estabilidad monetaria.

Resulta paradójico que Alemania tenga que reinventarse en un momento en el que su modelo actual tiene más éxito que nunca, pues la economía está en auge y el desempleo nunca ha sido tan bajo. Un cambio de táctica en un momento así requiere una gran dosis de valentía y determinación, algo de lo que carece Merkel.

La debilidad del gigante

El segundo motivo del dilema de Alemania, reconocido en raras ocasiones, tiene que ver con su propia situación socio-económica. Los beneficios del éxito económico de Alemania de la última década se han distribuido de un modo muy dispar. La desigualdad económica ha aumentado con más rapidez que en cualquier otro lugar en el mundo industrializado. Durante el auge económico, gran parte de la competitividad exportadora de Alemania se debía a los costes laborales relativamente bajos, lo que significa sueldos bajos.

Es cierto que los que antes no tenían empleo se beneficiaron de la creación de nuevos puestos de trabajo. Pero la calidad de la mayoría de esos puestos no tenía nada que ver con los cómodos términos del “capitalismo del Rin”. Alemania registra el mayor porcentaje de contratos “basura” en Europa.

A esto se añaden grandes deudas en muchos municipios, que, obligados a aplicar drásticas medidas de austeridad, están cerrando instalaciones públicas, piscinas, centros culturales y de asistencia social. Paradójicamente, la erosión del modelo social alemán se ha acelerado desde la introducción del euro y del consiguiente auge económico.

Mientras Europa considera a Alemania un motor económico que ha dominado todo el continente, los propios alemanes, a pesar de la prosperidad, son testigos de una crisis del Estado de bienestar y del modelo de avance social al que se acostumbraron después de la guerra.

Déficit de democracia

El tercer problema de Alemania con Europa es el relativo a la democracia. Los alemanes, que se niegan a aceptar los eurobonos u otras soluciones más radicales, sostienen que para realizar una transferencia tal de prerrogativas a la UE tendrían que modificar su constitución. El Tribunal Constitucional de Karlsruhe así lo dictaminó en su momento, definiendo los límites de la posible integración.

La UE tiene un verdadero problema con la democracia actualmente. Uno de sus aspectos es la tecnocracia que implica que, tal y como señala Ivan Krastev en la edición más reciente de “Przegląd Polityczny” (Political Review), en Italia o Grecia “los votantes pueden cambiar de Gobierno, pero no su política económica”.

La otra cara de esta cuestión es la falta de voluntad política por parte de las sociedades (no sólo de la alemana) de delegar más poder a la UE. Es posible que Europa sólo pueda salvarse con un gran salto hacia una unión política, pero esto es precisamente a lo que se opone la opinión pública en los Estados miembros.

El economista estadounidense Raghuran Rajan escribió hace algún tiempo que los políticos son incapaces de responder a los peligros de magnitud desconocida. Esto explicaría la postura de Merkel. Hasta ahora, la política alemana se ha centrado en limitar el peligro y en intentar mantener el máximo de “Europa alemana” que fuera posible.

Hace unos días, la canciller Merkel mencionó la necesidad de establecer una unión política, una posibilidad que los líderes de la UE tratarán en la cumbre que se celebrará al final de este mes. En este proceso, no es Berlín sino París el que puede representar el mayor obstáculo. El dilema de “el hundimiento de la UE o una unión política” se ha convertido en una realidad. Quizás el gran fallo de Merkel haya sido su incapacidad de preparar en los últimos años a los ciudadanos ante cualquiera de estas posibilidades.

Merkel-Hollande

Una narcisista y un histérico

Al ofrecer 100.000 millones de euros en garantías a España para rescatar el sistema bancario del país, la canciller Angela Merkel “por un instante se olvidó de sus principios”. También insinuó que los griegos obtendrían algo. Pero tal y como señala Newsweek Polska, esto aún no significa un cambio en la política de austeridad y de recortes presupuestarios:

Alemania se ha vuelto una gigante narcisista, extremadamente orgullosa de sus éxitos… Su canciller parece decir a los demás en la UE: ‘Tenéis que ser como nosotros’. Ese narcisismo no sería tan trágico si no fuera por el cambio de guardia en Francia. En lugar de buscar nuevas soluciones, al nuevo presidente francés sólo le interesa atacar a Berlín. Exige histéricamente que Merkel, sin ninguna condición inicial, se comprometa a financiar una gran emisión de eurobonos a la que los alemanes no podrán hacer frente. Este es el aspecto del liderazgo de la UE cinco minutos antes del desastre. El narcisismo alemán al mando. Y el histérico francés que sigue planteando exigencias no realistas porque es lo único que sabe hacer.

Artículo original

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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