En Europa desconfiamos

Fecha:11/06/12
Autor:Ana Palacios

Madrid – Si los billetes del Euro llevaran impreso -como los dólares– un lema, este bien podría ser hoy “En Europa desconfiamos”. Durante décadas, los críticos de la Unión Europea han hablado de un déficit democrático. Yo nunca he aceptado esa recriminación lanzada contra la UE y sus instituciones, pero sí advierto un nuevo y peligroso déficit dentro de la Unión: un déficit de confianza, tanto entre los gobiernos como entre los ciudadanos de distintos estados miembros.

Esta falta de confianza ha llevado a la Eurozona al límite de la implosión y está poniendo en duda el mismo futuro de la unidad europea. El arco de la historia de la UE parece inclinarse en dirección a la catástrofe, la clase de desastre histórico periódico europeo que la integración aspiraba a impedir. Por grandilocuente que pueda sonar, la desintegración del euro y la confusión en que ser vería sumido el proyecto europeo, por no hablar de las repercusiones mundiales, desencadenarían una devastación comparable.

Pero son escasas las declaraciones, no digamos las políticas, encaminadas a combatir el déficit europeo de confianza y credibilidad. La crisis actual ha puesto de manifiesto tanto las carencias originales cuánto las grietas, que se ensanchan por momentos, que presenta el contrato social entre los ciudadanos de Europa y las instituciones de la UE; entre el norte y el sur de Europa; y entre sus pueblos y sus élites.

Ha surgido, efectivamente, un peligroso discurso visceral que refleja –y alimenta– los peores estereotipos del “perezoso Sur” y el “despótico Norte”. Resulta indicativo que el último sondeo de Pew Research, que data de finales de mayo, revele unanimidad sobre quiénes son los europeos menos laboriosos: por unanimidad resultan ser los meridionales y especialmente, los griegos. Así mismo, las encuestas de opinión y las elecciones señalan el ascenso de los populistas en toda Europa, mientras que el comportamiento rapaz de los mercados financieros proviene del cínico cálculo de que la UE carece de los medios para restaurar su credibilidad.

Esta es, en definitiva, la base de la camisa de fuerza de la austeridad europea, que dificulta nuestras perspectivas de crecimiento y que, por tanto, tiene económicamente escasa razón de ser. El fin primordial de la austeridad es, precisamente, la restauración de la confianza: entre los europeos del norte, la confianza de que el dinero transferido a las economías aquejadas por problemas no será despilfarrado; y entre los pueblos afectados por dolorosos recortes del gasto, la confianza de que sus esfuerzos se vean reconocidos y apoyados.

Hablando desde el corazón del atribulado Sur, puedo dar fe de que la necesidad de austeridad ha sido el leitmotif del gobierno de Mariano Rajoy, un rumbo que ha obtenido apoyo popular explícito en las recientes elecciones. La reforma de las cajas de ahorros de España, de su mercado laboral, de las disposiciones relativas a la seguridad social y del funcionamiento de las autonomías, encabeza el plan de acción nacional, aunque debamos admitir el papel jugado por la insistencia de la Comisión Europea y de Alemania.

Pero restaurar la credibilidad exige más que la disciplina meridional. La Europa septentrional debe cumplir su parte del acuerdo. Alemania, en especial, debe reconocer que, lejos de ser una víctima inocente, su economía es la máxima beneficiaria de la Eurozona, y que lo ha sido desde los albores del euro. Esta realidad, unida a la calamidad económica que acarrearía en Alemania un hipotético colapso del euro, resulta en una singular obligación de contribuir a su mantenimiento.

La canciller alemana Angela Merkel es, desde hace ya algún tiempo, un blanco favorito de quienes se oponen a la austeridad, y resulta comprensible que, después de meses de haberse mantenido como espectadora de la dolorosa incapacidad de gobernar de la UE, Alemania haya, a regañadientes –más aún, de forma insuficiente– empuñado el timón. Mirando hacia el futuro, a medida que la amenaza de desintegración adquiera mayor verosimilitud, la necesidad del liderazgo alemán será aún mayor. Pero, una vez la crisis haya pasado, la reforma institucional de la UE será un elemento de capital importancia a la hora de restaurar la confianza.

El supuesto déficit democrático de la UE es el corolario del “imperativo tecnocrático” que se ha constituido en chivo expiatorio favorito en el drama europeo en curso. Según esta opinión, la integración europea estaba viciada desde el principio, hace más de seis décadas, porque fue concebida y desarrollada como un proyecto elitista. Sin embargo, mientras que el proyecto europeo creó prosperidad, nadie se molestó en poner en duda su fundamento.

Hoy en día, empero, la UE es el último punto de referencia en lo relativo a prosperidad. Según el sondeo de Pew, el índice de partidarios de la UE ha bajado en casi todos los estados miembro desde 2007, habiendo caído 20 puntos en la República Checa y en España, 19 puntos en Italia y 14 puntos en Polonia.

Para que las instituciones de la UE recuperen confianza y relevancia, necesitan articular políticas concretas y cumplir satisfactoriamente en asuntos que afectan directamente a los intereses de sus ciudadanos; entre otros: desempleo juvenil, planificación urbana, atención sanitaria, investigación biotecnológica, conservación de la energía, transporte, y protección a los mayores. Todas estas cuestiones formaban parte inseparable de la ambiciosa Estrategia de Lisboa de la UE (que en 2000 prometió convertir a Europa en la economía más competitiva del mundo en 2010), y todas ellas fueron rápidamente secuestradas por las distintas políticas nacionales. No se puede permitir que esto vuelva a suceder.

En realidad, el fracaso del euro no tiene nada de inevitable. La deprimente imagen que Europa proyecta actualmente al mundo no hace justicia a la realidad. La UE cuenta con la población más sana y mejor educada del mundo, la mayor economía global y enormes reservas de poder de influencia, en gran medida ligado a su compromiso con los derechos humanos y los valores democráticos.

Y, así y todo, Europa se enfrenta al desastre. La disciplina y la moralidad bien pueden ser la clave para reforzar la confianza y la credibilidad entre el tejido social de Europa; un aspecto que los europeos del norte nunca se cansan de señalar. Pero, a menos que todos los europeos acepten la responsabilidad de salvar el euro –y, con él, a la UE– todo lo demás es retórica hueca.

Artículo: “El caso chileno es una buena experiencia para Europa”
Fecha:07/06/2012
Autor:Sebastián Rivas

Juan Andrés Fontaine dice que la crisis de 1982 tiene similitudes con el escenario de España y Grecia, y plantea que las medidas tomadas por Chile en esa época pueden ser una referencia.

A Juan Andrés Fontaine le ha tocado seguir las crisis económicas de cerca. En 1984, con 30 años, asumió como jefe de estudios del Banco Central, mientras Chile buscaba recuperarse de los efectos del shock de 1982 y 1983. Y entre 2010 y 2011, estuvo pendiente de las fluctuaciones en Europa como ministro de Economía de Sebastián Piñera.

El análisis del economista y consejero de Libertad y Desarrollo es que ambos escenarios presentan similitudes importantes, y que para el Viejo Continente puede ser útil estudiar la forma en que Chile encaró el escenario hace treinta años. “Cómo se manejó la crisis de deuda externa, cómo se manejó el ajuste fiscal, cómo se manejó la renormalización del sistema financiero, son todas cosas que tienen interés”, señala.

– ¿Hay similitudes entre el cuadro que enfrentó Chile en 1982 y la crisis europea?

-Hay similitudes y diferencias. Una similitud es que, a junio de 1982, se había mantenido por tres años una definición por parte del gobierno de tener el tipo de cambio fijo a 39 pesos de forma indefinida. Ese instrumento era un ancla de la estabilidad. En el caso europeo, los países afectados, como Grecia, España, Portugal y otros han hecho del euro su ancla de estabilidad. Y al haber entonces renunciado a tener una moneda propia, han renunciado también a la posibilidad de devaluar su moneda.

-¿El escenario global es similar?

-Lo nuestro en 1982 también se da en el contexto de una recesión internacional, que había comenzado en Estados Unidos entre 1980 y 1981, con una fuerte alza de tasas de interés de entonces protagonizada por el Banco Central estadounidense para frenar la inflación y que se había traducido en un corte de financiamiento hacia América Latina; países que estaban con alto endeudamiento y sufriendo simultáneamente, así como sufren ahora los países de la periferia europea, un gran recorte a la entrada de capitales y la necesidad de ajustarse a ello.

-¿Y eso qué implica?

-Hacer ese ajuste con cambio fijo es sumamente difícil, porque exige una gran caída en la actividad económica y una gran caída en los costos de producción internos, normalmente a partir de primero rebajar la inflación a cero y después pasar a una inflación incluso negativa, o caídas al menos de los salarios. Y eso toma mucho tiempo y conlleva una gran paralización económica.

-¿Cuáles son las diferencias?

-En primer lugar, esto ocurre en una situación mundial actual en la que en general las tasas de interés nominales y reales son muy bajas. Hay ambiente de escándalo cuando la tasa nominal de la deuda española llega al 6 ó 7%, y eso significa una tasa real del orden de 5% para papeles de largo plazo. En nuestro caso, las tasas de interés reales para papeles de corto plazo el 82, antes de la devaluación, estaban en 30, 40 o 50% real. O sea, la crisis que vivimos en esa época fue de una magnitud varias veces superior al terremoto que viven hoy día en Europa.

-¿Y en cuanto al tipo de cambio fijo?

-Nosotros adoptamos la decisión de fijar el precio del dólar en forma unilateral, mientras que lo que ha hecho Europa es en el conjunto de una unión monetaria y, en consecuencia, siempre con la expectativa de que la “tía rica” de la comunidad, que es Alemania, finalmente suelte algún financiamiento. Y el mercado está fluctuando entre momentos de pesimismo, cuando creen que la tía está mirando al techo, o momentos de optimismo, cuando la ven un poquito más sensibilizada.

-¿La situación de los bancos en Europa podría ser comparable a lo que ocurrió en Chile?

-Es bastante parecida. Los procesos de eliminación del riesgo de cambio en forma artificial tienden a provocar un gran endeudamiento. Una gran bonanza previa, porque la estabilidad crea el clima apropiado para hacer negocios y para endeudarse, para consumir y comprar nuevos productos con deuda. Entonces, eso crea una gran expansión del crédito, una gran burbuja en que sube el precio de los activos; por ejemplo, los bienes raíces y las acciones. Y eso mismo alimenta más endeudamiento para comprar más y hacer las ganancias de capital correspondientes. Si una de estas burbujas estalla, las carteras crediticias de los bancos se ven muy afectadas.

-¿Es parecido a lo que pasa en España?

-En el caso español, por ejemplo, los bancos están muy afectados por créditos otorgados para financiamiento inmobiliario, ya sea para desarrollo inmobiliario o para compra de viviendas. En el caso de Grecia, más bien por préstamos al Estado. El caso chileno de 1982 era más bien parecido al español, con créditos al sector privado.

-Hoy día hay una gran discusión en España sobre el rescate a los bancos. ¿Le parece que la experiencia chilena avala que el Estado lo haga?

-Yo creo que cuando se desata un pánico, cuando se desata una crisis de confianza, es inevitable. Es algo que uno siempre quiere evitar, pero finalmente las circunstancias obligan a actuar. Así ocurrió también en septiembre de 2008 en Estados Unidos, después de la caída de Lehman Brothers.

-¿Le parece que la experiencia chilena es un referente de que hay que intervenir?

– Yo creo que, llegado el caso, hay que hacerlo, y hay que hacerlo bien. Y lo más importante no es eso, sino cómo se sale. El caso chileno es una buena experiencia de cómo salir de una crisis cambiaria y financiera gravísima, como fue la del 82.

-Cuando habla de “buena salida”, ¿en qué piensa?

-Creo que fue crucial para Chile el salir adelante, una vez ya superado el primer momento de la crisis, con políticas que impulsaran el ahorro, tanto del gobierno como del sector privado, para fomentar la inversión. Y políticas que impulsaran la eficiencia, con privatización, con apertura de la economía hacia la exportación.

-¿Y en términos de regulación del sector financiero?

-En 1986 se dictó una modificación de la Ley de Bancos, muy importante para establecer un sistema bancario con más resguardos que evitaran crisis como la que habíamos vivido. Eso podría ser útil. Con motivo de ese traspié que vivimos en 1982, que en algún minuto pareció que echaba por tierra nuestro experimento de economía de libre mercado que era bastante joven, hubo todo un análisis en Chile en torno a cómo regular los bancos, que es en buena medida aplicable a la discusión que hoy se está teniendo en Europa y Estados Unidos.

Artículo:A 30 años del “big bang”
Autores: Emilio Maldonado y Sebastián Rivas
Fecha:07/06/2012

El 14 de junio de 1982 fue el “día negro” de la economía chilena: el fin del cambio fijo entre peso y dólar simbolizó una de las crisis más duras de la historia y el fin de una época. Tres décadas después, el panorama es radicalmente distinto. Pero los cambios que generó esa explosión han definido el sistema actual.

“Chile retrocede tres puestos en ranking de competitividad mundial”. Ése fue el titular de las noticias económicas hace una semana, en las cuales se destacaba el descenso del país en el índice que mide el desempeño financiero de las 55 mayores economías del mundo, incluyendo a Chile. El país, acostumbrado a estar en el top 25 en el pasado reciente, quedaba relegado al lugar 28 en el listado elaborado por el International Institute for Management Development en Suiza.

Pero el retroceso en uno de los rankings más reputados a nivel mundial fue sólo el gran panorama. En el detalle de la imagen, el país salió primero en la solidez de sus políticas monetarias, el mejor del mundo en su sistema previsional y líder indiscutido en el manejo fiscal de la economía. Un camino diametralmente distinto del que Chile transitaba hace 30 años: el próximo 14 de junio se cumplirán tres décadas desde la devaluación del peso, jornada que para muchos marcó el punto de partida de una de las peores crisis que ha vivido el país. En apenas unos meses el Producto Interno Bruto (PIB) se desplomó hasta cerrar 1982 con un decrecimiento del 14%. Casi uno de cada cuatro chilenos quedó sin trabajo.

Un hito, que con la lejanía que da la historia, es visto como el punto de inflexión entre los altibajos del pasado en la planeación de políticas macroeconómicas (1), y la estabilidad y prosperidad de las últimas décadas. El origen de la nueva economía chilena.

Fue en ese momento en el cual Chile tocó fondo en que se pusieron en marcha diversas transformaciones que permitieron el tránsito hacia, según concuerdan todos los economistas consultados, la adultez de la economía nacional. Tipo de cambio libre, mayor regulación, política fiscal y monetaria ordenada, apertura a los mercados internacionales, reforma previsional y la privatización de las empresas públicas son las transformaciones que vinieron tras la crisis del 82. Reformas que hoy son vistas como pilares de la solidez que demuestra el país, que marcaron el tránsito desde la adolescencia a la adultez.

La moneda libre

Con más relevancia hoy que nunca, al discutirse la conveniencia de que Grecia permanezca en la Zona Euro o adopte una moneda que pueda darle más margen de maniobra para solucionar su crisis, la liberación del tipo cambiario hecha por Chile, proceso que se hizo de manera transitoria desde 1982 y por casi 20 años, surge como referencia.

El actual tipo de cambio, de real libre flotación desde 1999, ha sido una de las herramientas que han mantenido alejado al país de nuevas crisis cambiarias. Así lo cree el ex economista en jefe de la OCDE, Klaus Schmidt-Hebbel. “Con el sistema de libre flotación jamás podríamos tener una nueva crisis cambiaria, porque estamos blindados contra un evento de esas características. Nuestro tipo de cambio es un termómetro fantástico para shocks favorables o desfavorables, y para momentos de mayor o menor certidumbre e incertidumbre de la economía chilena o de la economía internacional. Con los años, el mercado cambiario en el país se ha perfeccionado con instrumentos sofisticados, como precios a futuro o derivados, ideal para el carácter exportador de nuestra economía”, afirma.

Hoy nadie discute modificar el modelo cambiario. De aquella estrepitosa caída del 14 de junio del 82, cuando el peso se devaluó en 18%, para todos resulta evidente seguir con un sistema libre. De igual forma, nadie difiere en que esa crisis acentuó la necesidad de contar con una política fiscal seria, junto con un manejo de la inflación responsable, atributos reconocidos a nivel internacional.

“Gracias a una política fiscal responsable, a la buena regulación financiera y a la política monetaria, tenemos 30 años en que no ha habido una crisis macroeconómica en el país, incluso frente a situaciones internacionales graves”, recalca el ex director de Presupuestos (1990-1996) y ex presidente ejecutivo de Codelco, José Pablo Arellano.

Pero la seguridad de este blindaje es puesta en duda, en parte, por el decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Administrativas de la Universidad Católica, Francisco Rosende. Reconoce la importancia para evitar que se repita lo de 1982, pero no asegura que Chile quede inmune ante una crisis. “No me atrevería a decir que superamos un umbral que no repetiremos en el futuro. Quizás no se dará una crisis cambiaria, pero sí una presión inflacionaria, lo cual es negativo. Y muchas personas creen que una vez que pase esta crisis internacional vendrá una presión inflacionaria”, explica Rosende, quien a su vez ve en la modernización del Estado hecha en los años 70 y 80 la principal causa del repunte de las finanzas de Chile.

Vigilancia permanente

Un elemento que está en el ADN del nuevo modelo chileno es la regulación y supervisión del sistema financiero. Pero todo partió de un panorama crítico: entre 1981 y 1986 se intervinieron 14 bancos y ocho sociedades financieras, muchas de ellas por falta de liquidez y en medio de denuncias de préstamos irregulares, y cuyas deudas en gran parte fueron asumidas por el Fisco chileno.

“La actitud regulatoria anterior a 1982 era muy laxa. Había prácticas que se sabía que existían, pero que se consideraban como parte de una economía en la que el mercado se autorregulaba”, dice Joseph Ramos, economista de la Universidad de Chile.

La reforma a la Ley de Bancos de 1986 y el fortalecimiento de herramientas como las superintendencias muestran el carácter más fiscalizador y supervisor por parte del Estado. Un cambio frente al paradigma previo, en que se confiaba mucho más en el rol del propio sistema. “Antes del 82 había una sensación de laissez faire total, de que el mercado podía dar todas las soluciones. Creo que eso se murió. La gente que vino después fue mucho más pragmática y menos dogmática”, plantea Luis Felipe Céspedes, ex jefe de Investigación Económica del Banco Central.

Rolf Lüders, ex ministro de Hacienda del gobierno militar, plantea que el cambio del sistema financiero es una clave del éxito del modelo: “Las principales lecciones que se pueden sacar del episodio son: uno, que en Chile -por su dependencia de materias primas y productos agrícolas que tienden a tener precios altamente volátiles- el tipo de cambio no debiera fijarse y, dos, que el sistema financiero debiera blindarse mucho más de lo que estuvo entonces. La reforma bancaria la considero un modelo”.

Otro hito del “crecimiento” del modelo chileno fue la ley de 1989 que entregó plena autonomía al Banco Central, que le permitió tener mayores facultades para combatir la inflación y determinar la política cambiaria. Carlos Cáceres, presidente de Libertad y Desarrollo y quien encabezó el instituto emisor entre 1982 y 1983, lo define así: “El rol de un Banco Central autónomo e independiente que tenga como propósito exclusivo la estabilidad en el nivel de precios constituye otro ingrediente significativo para enfrentar contingencias económicas difíciles”.

Nuevos dueños

La caída de los grupos Vial y Cruzat-Larraín, los dos que dominaban la escena en 1982, fue un sello de la crisis. Y una consecuencia a largo plazo fue la reestructuración de los grupos económicos y su carácter. “Los grupos actuales son mucho más orientados a la producción, no a la especulación financiera. Son mucho más sólidos, tienen bases de capital mucho mayores, son empresas muy solventes, que están respaldadas por producción real”, afirma Manuel Agosin, decano de Economía de la Universidad de Chile.

Un elemento que predominó fue la entrada de un actor nuevo y poderoso: las AFP, que comenzaron a invertir los recursos previsionales en empresas y proyectos chilenos. “El impacto de los fondos de pensiones, que inyectaron más capital al sistema, puede cuantificarse en un décimo del crecimiento de Chile entre 1981 y 2001, según un estudio que hicimos junto a Vittorio Corbo”, comenta Klaus Schmidt-Hebbel. A esto se sumó la reconfiguración de la propiedad de las compañías, que el Estado debió intervenir tras la crisis de 1982 y luego volvió a privatizar.

También fue el momento del definitivo cambio de eje en la orientación de la economía chilena. El sector exportador se convirtió en el motor definitivo del sistema. “Desde los años 80 hasta el 2006 tuvimos un período de precios del cobre muy bajo, comparados con los actuales. Entonces, todo eso ayudó a través del tipo de cambio, al sector exportador”, plantea Arellano. Un símbolo es que Chile es uno de los países a nivel mundial con una mayor cantidad de tratados de libre comercio.

Un adulto joven

La escena podría marcar el cambio del país. Juan Herrera, en el segundo capítulo de Los 80, no encuentra cómo decirle a su esposa que la empresa en la que trabajaba había quebrado y él ya no tenía empleo. Era 1982, con un sistema que estaba explotando para reformularse.

Para los expertos, la evaluación general de los últimos treinta años es que Chile aprendió de ese momento crítico. “El caso chileno es un caso de aprendizaje exitoso en términos de que la banca se fortaleció notablemente luego de la crisis del año 82. Adoptamos un marco regulatorio bastante apropiado”, dice Agosin.

Carlos Cáceres afirma que la economía chilena es hoy un “adulto joven”: “La economía nacional se encuentra en un estado de madurez. Se aprendieron las lecciones de la crisis y se adoptaron las medidas consecuentes. Para movernos en una dirección de economía adulta se requiere de medidas que, manteniendo el rol subsidiario del Estado, hagan posible incrementar sostenidamente los niveles de competitividad”, señala.

Pero, en general, todos coinciden en que el “Big Bang” sigue teniendo efecto expansivo tres décadas después. El estado de ánimo lo resume Eduardo Aninat, ministro de Hacienda de Eduardo Frei Ruiz-Tagle. “La economía chilena ya llegó a su adultez. Más que eso: el sistema político, social y económico de Chile se encuentra hoy infinitamente más sereno y maduro que hace 30 años”.

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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