¿Brasil se estanca?

Fecha:09/06/12
Autor:Álvaro Vargas Llosa

Cada cierto tiempo, recibo alguna invitación a dar una conferencia en Brasil sobre asuntos políticos o económicos, que acepto encantado por la fascinación que siento por ese país. Pero en los últimos meses, algo muy raro me sucede con Brasil, algo que, estoy seguro, les sucede a montones de conferencistas latinoamericanos: las invitaciones se han multiplicado. Y en eso no hay mérito propio alguno. Ocurre sencillamente que los brasileños han entrado en una interesante etapa de autoexamen y, me atrevería a decir, de angustia por el futuro del país. Se empiezan a plantear si están tan enrumbados como creían -y como cree el resto del mundo- hacia el desarrollo. La intensidad con que se lo plantean los brasileños lleva implícito el temor de que algo serio esté fallando.

Esto tiene toda clase de implicaciones, por tratarse de la potencia sudamericana indiscutible. Si Brasil no está tan cerca del desarrollo como parecía y se empieza a estancar, ¿de qué forma repercutirá ello en el resto de la región, justo ahora que ha pasado a ser un referente global, una letra del acrónimo global por excelencia, BRIC? Pero hay, además, un factor que desborda a América Latina. En un contexto de crisis dramática en Europa y aparente recaída de Estados Unidos o en al menos un frenazo temporal en su proceso de sanación, había expectativas en que Asia y América Latina dieran al mundo el tirón económico que impidiera el contagio, es decir, la globalización definitiva, del marasmo económico que viven los países ricos.

Con algunos países asiáticos en proceso de desaceleración (no pienso tanto en China, a pesar de la percepción creciente, porque el desarrollo allí reposa sobre una cuantiosa tasa de ahorro y el mercado interno está poco a poco reemplazando la dependencia respecto de los mercados desarrollados), lo que pase con Brasil importa a todos. Un Brasil anémico en términos económicos es, pues, el problema no sólo de Sudamérica, sino del mundo.

Por último, ¿qué implicación política tendría un estancamiento prolongado de la potencia sudamericana si se llegara a dar? ¿Podría acaso resurgir el populismo brasileño que Lula había frenado o moderado en años recientes?

Es casi ocioso repetir lo que hoy significa Brasil y lo mucho que ha avanzado. Logros hay muchos y son evidentes. Es ya la sexta economía del mundo. En 2030 será la cuarta. Recibió 65 mil millones de dólares en inversión extranjera el año pasado y es nada menos que el quinto acreedor de Estados Unidos, por la cantidad de bonos de ese país que ha ido adquiriendo. El “nuevo” Brasil exporta alimentos, gas, petróleo, cobre, hierro, pero también tecnología aeronáutica, productos electrónicos, químicos, maquinarias y equipos. De las 500 empresas principales de América Latina, 223 son de Brasil; suman 1,1 billón de dólares en ventas. Las 30 principales empresas multinacionales brasileñas tienen 90 mil millones de dólares de activos en el extranjero y emplean a 200 mil personas. Nombres como Petrobras, Vale, JBS, Oderbrecht, Ultrapar, Ipiranga, Grupo Pao de Azúcar son conocidos en todo el globo. Además, viene aparejada con la proyección económica una proyección política: el rol de Brasil en el G-20, como donante del FMI y como fuente de cooperación internacional, es significativo. Todo está, por cierto, simbolizado por el Mundial 2014 y los Juegos Olímpicos 2016.

En los últimos ocho años, Brasil sacó de la pobreza a algo menos de 40 millones personas. Hace 10 años, el Movimiento de los Sin Tierra controlaba 285 zonas invadidas, hoy sólo unas 30. La razón es que las oportunidades en el mercado han disminuido la base social de MST. La clave ha sido crecimiento y los programas sociales que ese crecimiento hizo posibles. Incluso en zonas tradicionalmente pobres hay dinamismo. En el norte y nordeste de Brasil hay más de 40 centros comerciales en construcción.

Pero esto no sólo no es insuficiente, sino que claramente está por debajo del potencial si se lo compara con Asia, que ha crecido más de siete por ciento en tiempos de crisis europea y estadounidense. El crecimiento de Brasil en años anteriores no se compara tampoco con el de Perú, por ejemplo. Y ahora hay una desaceleración inocultable. Brasil crecerá tres y pico por ciento este año y creció 2,6 por ciento el año pasado. En el primer trimestre de 2012, la expansión industrial ha sido prácticamente nula.

La presidenta, que es economista, es muy consciente de todo ello. Por eso lleva meses multiplicando las iniciativas. Por lo pronto, ha criticado a los países desarrollados, incluido Estados Unidos, a cuyo presidente visitó hace poco, por devaluar sus monedas e inundar el mundo de dólares emitidos sin respaldo, en perjuicio de la competitividad de las naciones emergentes. También ha hecho una tímida reforma del sistema de pensiones, para descargar un poco el peso fiscal que soportaba el sistema. Y por último, ha puesto mucho énfasis en bajar las tasas de interés, que en Brasil son, como se sabe, asfixiantes en comparación con otros países (ya están por debajo de los dos dígitos).

Sin embargo, muchos observadores apuntan a que hay dos grandes ausencias en la respuesta del gobierno a la desaceleración de Brasil: una reforma que reduzca el gasto y la tremenda burocracia más radicalmente, y un esfuerzo por frenar la presión proteccionista, que empieza a sentirse con enorme fuerza.

En Brasil culpan a China y a México por el poco crecimiento del año pasado. En ambos casos, por las importaciones baratas y en el de México, específicamente, por los autos importados de allí bajo el arreglo comercial con ese país norteamericano. Se ve con horror que las importaciones de autos mexicanos hayan aumentado 40 por ciento. De allí que se aplicaran medidas para frenar las importaciones. Además, se ha elaborado, junto al Mercosur, una lista de 100 productos susceptibles de recibir protección. Y se llegó a forzar la salida del jefe de Vale, la mayor minera de hierro del mundo, porque mandó a hacer embarcaciones para transportar su mineral internacionalmente en astilleros chinos en vez de astilleros locales (entre otras cosas). No se veía una tendencia proteccionista tan fuerte en Brasil desde que Fernando Henrique Cardoso inició la liberalización.

En cuanto al gasto y la burocracia, hay un sistema federal endemoniado que triplica funciones en lugar de establecer una complementariedad entre ellas, y hace difícil cualquier reforma. El gasto público equivale a 40 por ciento del PBI, un nivel comparable al de Europa, a pesar de no ser un país desarrollado todavía y los servicios que da el gobierno no están a la altura de semejante dinero. En 1990, el Estado consumía sólo la cuarta parte de la riqueza brasileña. Hoy se va acercando a la mitad.

Todo este peso que soporta la sociedad (en el “Portal Tributario”, que se puede consultar en internet, aparece la lista de los 86 impuestos diferentes que se cobran en ese país) hace que la inversión no alcance sino el 18 por ciento del PBI. Por tratarse de un país con características de emergente debería ser el doble. China lleva años con tasas de inversión que duplican con creces la brasileña. India las ha tenido también, aunque ahora inicia su propia desaceleración.

El frenesí consumista de Brasil, donde el gobierno y la clase media emergente consumen vertiginosamente todo lo que pueden, ha impedido ahorrar y, por tanto, invertir como debe hacerlo un país que quiere alcanzar el desarrollo pleno.

El problema es que no sólo no hay consenso en que todo esto es la raíz del problema, sino que empieza a abrirse paso la idea de que gran parte de la culpa viene del exterior. Por eso, bajo presión del gobierno de la Presidenta Dilma Rousseff, el Banco Central ha intervenido reiteradamente en los últimos meses, para “contrarrestar” la ofensiva de los países ricos contra la competitividad de que los están en desarrollo, según la visión que allí prima en sectores influyentes. Ahora bien, si las medidas proteccionistas e intervencionistas no logran devolver a Brasil un crecimiento dinámico, es muy probable que se fortalezca un sector más populista que ha estado en todo este tiempo relativamente controlado por los éxitos del modelo de crecimiento con gasto social. ¿Podría en ese caso cobrar protagonismo el sector más radical del Partido de los Trabajadores? ¿Se fortalecerían sectores ambientalistas radicales que tienen nexos con el propio PT? ¿Veríamos un deslizamiento de la presidenta a la izquierda para contener esa presión?

No es imposible. La mandataria, que tiene una mayor sofisticación en temas económicos que Lula, pero menor carisma político que él, sabe que eso sería riesgoso. Todavía conserva un apoyo gracias a la forma en que enfrentó las sucesivas denuncias de corrupción en su gobierno. Pero dada la atomización en el Congreso y la complejidad de las negociaciones para recabar apoyos parlamentarios, no es seguro que tenga la capacidad para frenar toda la presión que se viene. Incluida, por cierto, la de un Lula eventualmente interesado en volver al poder. De hecho, su tono y sus decisiones ya reflejan un proteccionismo e intervencionismo bastante más notorio del que exhibía a inicios de su gestión.

Esto tiene honda significación en América Latina. Primero, un Brasil económicamente debilitado puede disminuir las inversiones en la región. Segundo, un Brasil con mucho menos brillo económico inevitablemente va a ceder algo de liderazgo político en la región sudamericana, lo que facilitará la tarea a los gobiernos más bien radicales, que llevan tiempo usando la delicada coyuntura europea y estadounidense para hacer avanzar su agenda ideológica. También dará legitimidad, en cierta forma, al proteccionismo e intervencionismo ya radicalizado que ha emprendido Argentina. Y tercero, un Brasil sin el dinamismo económico de hace poco tiempo va a tener muy poco interés en seguir impulsando el proceso de integración, que por lo demás ya ha perdido fuelle en tiempos recientes. Unasur ha dejado de tener la fuerza política que pareció tener en un inicio. No sorprende, por ejemplo, que la Alianza del Pacífico, que integra a México, Perú, Chile y Colombia parezca cobrar hoy un mayor protagonismo.

El escenario del Brasil económicamente disminuido no conviene nada a los países que están haciendo las cosas bien en materia económica o que todavía mantienen un vigor importante, a pesar del contexto mundial. Me refiero, justamente, a tres de los cuatro países antes mencionados: Perú, Chile y Colombia, las tres estrellas de esta zona de América Latina en la actualidad. Si hay tres países a los que no interesa nada lo que podría estar empezando a suceder en Brasil son éstos.

Es pronto para perder la esperanza con la economía brasileña. Pero en todos los planes estratégicos y en todas las previsiones de los gobiernos de la región debería empezar a considerarse la posibilidad seria de que lo de Brasil no sea un bache de corto efecto, sino algo más prolongado. En ese caso, habrá que medir los efectos económicos en los países vecinos, en la región en su conjunto y en
la economía mundial. También, en el escenario ideológicamente polarizado de América Latina.

Y Brasil debe empezar a darse cuenta de que tiene una gran ventaja frente a sus socios del BRIC al ser más libre que China, más institucionalizado que Rusia y más integrado que India. Lo que no debe es confundir el “status”, que es la proyección internacional y el reconocimiento de su creciente poder, con la condición socioeconómica de sus ciudadanos.

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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