Grandes fondos europeos abandonan el euro ante temor por salida griega



Fecha:25 de Mayo 2012
Autor:David Oakley / Alice Ross



La repentina caída de 5% de la moneda única en las últimas tres semanas ha tomado a muchos inversionistas por sorpresa.

Algunos de los mayores gestores de fondos de Europa (1) han confirmado que están abandonando sus activos en euros, en medio del aumento de los temores respecto a una posible salida de Grecia de la eurozona y las turbulencias en la moneda única.

La repentina caída del euro este mes tomó a muchos inversionistas por sorpresa. La moneda única ha bajado un 5% en las últimas tres semanas, luego de mantenerse escasamente por sobre el dólar la mayor parte del año.

Ayer el euro alcanzó la cifra más baja en 22 meses a US$ 1,2514.

Amundi(1), el segundo gestor de fondos privados más grande de Europa, y Threadneedle Investments(1), el mayor gestor de Reino Unido, han reducido su exposición al euro los últimos días mientras la frustración crece ante los esfuerzos de los líderes políticos por resolver la crisis.

Merk Investments(1), especialista en divisas, ha reducido todas las participaciones en euros de su principal fondo este mes.

“Vendimos nuestro último euro el 15 de mayo”, dice Axel Merk, director de inversiones. “Nos preocupa lo disfuncional del proceso. No hay nadie para hablar de esto en Grecia”.

Amundi, que gestiona el dinero de los mayores fondos de pensiones y compañías del continente, señaló que el riesgo de la expansión de la crisis a las economías más grandes de España e Italia estaba en aumento, porque los legisladores han fallado en convencer a los inversionistas de que el cortafuego que habían construido era suficiente.

Otros gestores de fondos temen la probabilidad de la llamada “Grexit”, ante la eventualidad de que Atenas deje el euro, y que aumentó bruscamente la semana pasada.

Los líderes europeos postergaron cualquier decisión de rescatar a los bancos de la región en una cumbre nocturna el miércoles, pese a la preocupación creciente de que la inestabilidad en Grecia está socavando la confianza en el sector financiero de la eurozona.

Citigroup dice que el euro podría caer hasta acercarse a la paridad en la eventualidad de una salida turbulenta.

Amundi, creada a través de una fusión de Crédit Agricole Asset Management y Société Générale Asset Management hace tres años y que maneja 659 mil millones de euros en activos, ha cambiado algunos de sus bonos en euros por activos en dólares.

Eric Brard, director global de renta fija en Amundi, dijo: “Aunque hemos reducido nuestra exposición al euro, un euro más débil podría ser una buena noticia para Europa y para las compañías exportadoras de la región”.

Fecha:17/05/2012
Autor:Axel Christensen | Director ejecutivo de BlackRock Sudamérica

La crisis en Grecia ha llevado a algunos analistas a vaticinar su inminente salida de la zona Euro. La preocupación ahora está puesta en España. Pero ¿pueden los hispanos compararse con los griegos? La respuesta se escribirá en alemán.

En las últimas semanas hemos visto cómo el miedo se apodera de los mercados financieros, esta vez preocupados por la situación en España. Si bien ya van dos años en que Europa se mantiene sumida en una crisis financiera de proporciones, hasta mediados del año pasado los problemas parecían mantenerse contenidos en países periféricos: Grecia, Portugal, Irlanda. Sin embargo, ante la incapacidad de resolver los problemas de fondo, la crisis fue escalando hacia economías de mayor tamaño como España o Italia. Se habló del fin de la Eurozona y su moneda común.

Ya el año pasado las tasas de interés de los bonos soberanos españoles e italianos evidenciaban el nerviosismo del mercado. Sin embargo, en un decidido esfuerzo por contener el contagio, el Banco Central Europeo (BCE) decidió enfrentar el problema con una provisión de liquidez jamás vista. Con ello se logró ganar el tiempo necesario para avanzar en medidas que de verdad permiten tratar el problema de fondo: políticas de austeridad por el lado fiscal y de capitalización de la banca. Ello posibilitó que las tasas volvieran a niveles menos críticos e incluso se generó un espacio para que Grecia llevara a cabo un proceso de reestructuración de su deuda.

Hoy, los sucesos políticos de las últimas semanas reflejan el rechazo hacia las medidas de austeridad que buscan desmantelar el modelo de Estado de bienestar europeo. Los resultados tanto en Grecia como en Francia parecen demostrar que los electores no estaban dispuestos a asumir costos. El liderazgo regional que parecía personificarse en la dupla “Merkozy” ha pasado a una nueva relación más tensionada con Hollande.

Incluso España, que parecía haber optado en las recientes elecciones por un camino de sacrificio, se ha contagiado de la postura antiausteridad. El fantasma de la eventual salida de un país del euro empezó a rondar de nuevo. Precisamente la crisis política griega ha vuelto a imponer la discusión acerca del quiebre de la unidad monetaria. Aun sin poder formar gobierno, las autoridades del BCE y el FMI ya no pueden descartar que la salida del euro no sea una solución. Incluso, un connotado economista como Paul Krugman apuesta a que la salida será el próximo mes.

Pero España no es Grecia, ¿o sí? A diferencia de la economía helénica, la situación de deuda fiscal española era bastante razonable, incluso por debajo del promedio europeo. Lo grave es que el sector financiero sí presenta problemas serios de salud, derivados de la ruptura de la burbuja inmobiliaria el 2008 y agravado por el deterioro crediticio de los bonos soberanos españoles.

El flamante gobierno ha tenido que romper en el inicio su promesa de no ir al rescate de bancos en problemas con el anuncio de la intervención de Bankia. Al establecer este “vaso comunicante” entre finanzas públicas y balances de los bancos, la reacción del mercado no se ha hecho esperar. Las tasas de la deuda española vuelven a superar el 6%, haciendo aún más difíciles los intentos por reducir el endeudamiento público. Los síntomas del contagio parecen estar presentes.

A diferencia de Grecia, España es demasiado grande para dejar de caer (o demasiado grande para salvar, dirán algunos). La palabra final la tiene Alemania y su disposición a que junto con un BCE que siga usando la “bazuca” de liquidez, esté disponible para que se utilicen recursos de sus contribuyentes para capitalizar a bancos españoles y eventualmente generar el necesario crecimiento para mezclar con las medidas de austeridad. Ambas medidas significan a la larga aceptar una mayor inflación futura, anatema para los germanos, como consecuencia de la enorme emisión monetaria. Los mercados seguirán expectantes a si la respuesta será un esperado “Ja!“ o un temido “Nein!”

Artículo: El fantasma de la desintegración europea
Autor:Sebastián Edwards, profesor de economía internacional en UCLA

El euro nació condenado. Su diseño fue deficiente desde un comienzo. Fue un engendro de políticos enceguecidos y arrogantes que nunca quisieron escuchar las opiniones de los expertos en finanzas o en sistemas monetarios o en experimentos fallidos.

UN fantasma recorre Europa, el fantasma de su desintegración. Lo que no podía pasar, lo impensable y fuera de todos los cálculos probabilísticos está por suceder: el desmembramiento del pacto que durante décadas y en forma obsesiva, construyeron varias generaciones de líderes políticos. La visión de un continente fuerte que le haría el peso a los EE.UU. y se transformaría en la economía más importante del globo empieza a desmoronarse.

El fracaso de las negociaciones del miércoles recién pasado y la negativa rutilante de Angela Merkel por dar su brazo a torcer, es una demostración más de que la zona del euro se mueve con rapidez hacia su propia destrucción. De nada han servido las protestas, los reveses electorales, los discursos desesperados. Alemania se mantiene firme en su negativa por considerar alternativas a la austeridad.

Analistas, banqueros de inversión y reporteros de los principales periódicos se devanan los sesos tratando de determinar cómo afectará la posible salida de Grecia de la zona del euro al resto de los países en dificultades.

¿Caerán España y Portugal? ¿Qué pasará con las dos “I”, Irlanda e Italia? ¿Y los coletazos, alcanzarán a Francia, con su presidente nuevo, un poco gris y bastante aburrido?

¿Y qué de un posible contagio al resto del mundo, a un Reino Unido ya deprimido y a unos EE.UU. sumidos en una semi parálisis político-económica? ¿Hasta qué niveles podrá llegar el desempleo? ¿Habrá una rebelión civil que ponga en riesgo a los sistemas democráticos de la región?

Para nosotros todo esto también es importante. ¿Cómo afectará la tragedia griega a América Latina? ¿Qué sucederá con el precio del cobre y del resto de los commodities? Con un crecimiento más bajo en China -se proyecta que este año apenas se empinará por sobre el 8%-, países como Chile son más vulnerables a los vaivenes del resto del mundo, incluyendo un pánico financiero generado por el retorno del dracma.

La verdad es que el euro nació condenado.

Su diseño fue deficiente desde un comienzo. Fue un engendro de políticos enceguecidos y arrogantes que nunca quisieron escuchar las opiniones de los expertos en finanzas o en sistemas monetarios o en experi- mentos fallidos. Para ellos, lo único importante era construir un sistema político fuerte, un contrapeso a los del otro lado del Atlántico. El ancla de este designio casi divino iba a ser una moneda única, símbolo del poderío y la tradición, del pasado glorioso y de un futuro de esplendor. O eso era lo que pensaban los políticos del Viejo Continente.

Pero el problema es que al construir este sueño de grandeza, los políticos europeos se olvidaron de algo esencial: no es posible tener una verdadera unión monetaria si cada uno de sus miembros tiene completa libertad en materia fiscal.

Bajo este diseño, algunos de los miembros de la unión monetaria -llamémolos Grecia e Italia- implementan políticas fiscales expansivas que resultan en una rápida acumulación de deuda. Sin embargo, en algún momento este proceso tiene que detenerse -porque si hay algo cierto en el mundo, eso es que la deuda no puede crecer hasta el infinito. Y en ese preciso instante es necesario hacer un ajuste y devaluar la moneda. Pero claro, si el país transgresor no tiene moneda propia, no puede devaluar, y como no puede devaluar, el ajuste tiene que producirse por otro lado. Y este lado es una caída estrepitosa del ingreso y enormes aumentos en el desempleo. En este escenario depresivo, los bancos sufren pérdidas gigantescas e incluso, pueden quebrar, generando corridas, pánicos y contagio sin precedentes.

El que una unión monetaria tiene que contar con una política fiscal única, centralizada y prudente es sabido desde, al menos, finales del siglo XVIII, cuando Alexander Hamilton convenció al gobierno federal de los nacientes EE.UU., que se hiciera cargo de las deudas de los 13 estados originales de la unión. Desde entonces (y con la excepción de 1842), los estados han mantenido una política austera y han manejado su endeudamiento con prudencia.

La trágica experiencia argentina con el sistema de convertibilidad entre 1991 y 2002 (1), confirma este principio básico. Si los estados miembros de la unión monetaria -las provincias en el caso argentino- tienen lasitud fiscal, lo más probable es que se produzca una crisis y que sea horriblemente costoso resolverla.

Y como conocían este principio básico, un enorme número de economistas se opuso a la creación del euro si éste no iba acompañado de una unión fiscal. Pero como ha comentado el profesor belga Paul De Grauwe, los políticos no quisieron escucharlos. Si un experto expresaba una duda o transmitía pesimismo durante una audiencia en Bruselas, no lo volvían a invitar a ninguna sesión de trabajo. En un proceso de darwinismo al revés, los arquitectos del euro terminaron rodeándose de puros partidarios de la moneda única.

En medio de este panorama desolador hay un país que ha ganado: Alemania. Hoy en día, los germanos crecen a una tasa saludable, tienen pleno empleo, sus exportaciones están a niveles nunca vistos y el costo de su deuda es irrisoriamente bajo -el jueves pasado, el bund alemán de 10 años tenía una tasa ¡de tan sólo 1,39%!

Es precisamente este éxito el que ha alimentado la actitud intransigente de la canciller Merkel. Dice algo así: si nosotros hemos sido cuidadosos, productivos, precavidos y ordenados, ¿por qué no pueden ser así los otros? Además, dicen Merkel y sus partidarios, logramos este éxito gracias a nuestras reformas y sacrificios. Fueron diez años duros -desde la reunificación de las dos Alemanias- y ahora es el momento de disfrutar; no es el momento para salvar a griegos e italianos, peninsulares y franceses, por sus excesos y vicios.

Esta actitud severa y autoritaria ha generado un creciente sentimiento antigermano a lo largo y ancho de Europa. Los griegos recuerdan los terribles años de ocupación nazi y los manifestantes e indignados llevan pancartas con imágenes de la Merkel con los consabidos bigotitos hitlerianos.

Y cada vez que pareciera que Alemania va a flexibilizar su posición, el asunto termina en desilusión, con una Merkel de seño fruncido y una dureza inescrutable en los ojos. Al ver esas imágenes, uno no puede dejar de recordar las palabras de Curzio Malaparte, ese italiano de origen alemán que en su gran obra Caput escribió: “Alemania es el único país donde tener sentido del humor no es un requisito esencial para ser líder político”.

Pero el problema no es sólo la falta de sentido del humor, sino que también la ausencia de empatía, proyección histórica y solidaridad. La perspectiva estrecha de Angela y sus colaboradores y el no comprender que con su ceguera están generando un daño irreparable a la economía global, son hoy en día la principal fuente de volatilidad en los mercados.

Hace ya varias décadas, Chile optó por un modelo de desarrollo basado en la apertura y en la expansión de las exportaciones. Una senda que implica insertarse en el mundo y aprovechar las oportunidades ofrecidas por la globalización. Este modelo, refrendado por un gobierno tras otro, ha sido enormemente exitoso. Esto es una verdad ineludible, al margen de lo que digan los nostálgicos de todas las edades.

Y porque estamos insertos en el mundo, nos vemos afectados -y a veces con fuerza- por los vaivenes de la economía internacional. Lo vimos en 1997-98, con la crisis asiática, y nuevamente en el 2007, con el colapso de Lehman Brothers.

No sabemos exactamente lo que va a suceder en los próximos meses, pero debemos prepararnos para los coletazos que traerá la posible salida de Grecia de la zona del euro. Esto requiere estar alerta, evitar las medidas populistas y puramente electorales, y comportarse -y esto va, más que nada, para la oposición- con una visión de Estado.

Además, no debemos atolondrarnos ni improvisar. Esto es especialmente cierto en lo referente a políticas estructurales de largo plazo, políticas que van a determinar hoy cómo seremos en una generación. Porque si hay una lección que se puede aprender del éxito alemán es que las modernizaciones se hicieron luego de una planificación meticulosa, y contaron con apoyo de prácticamente todos los partidos políticos.

Desafortunadamente, en Chile seguimos improvisando y seguimos atolondrándonos. Eso lo vemos hoy con las reformas tributaria y de la educación.

Y como en pedir no hay engaño, pido a nuestros líderes: “Time out”. Respiremos hondo y empecemos una conversación en serio sobre los temas en los que, literalmente, nos estamos jugando la vida. No sólo la nuestra, sino que también -y esto es más importante- la de nuestros hijos y nuestros nietos.

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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