La web ha muerto. Larga vida a la Internet

Fecha:30/08/2010

El 17 de agosto Wired publicó un par de artículos firmados por Chris Anderson, su editor en jefe, y por Michael Wolff anunciando la muerte de la web. Me he tomado unos días para traducirlo antes de hacer cualquier síntesis o comentario porque creo que será una pieza de referencia y discusión por un buen tiempo. La publicación está estructurada en dos partes, una escrita por Anderson bajo la consigna “A quién culpar: a nosotros” y otra de Wolff que arranca con “A quién culpar: a ellos”, analizando el asunto desde la perspectiva de la demanda y la oferta respectivamente. Aquí tienen el sumario y el primer artículo. Vale la pena detenerse a leerlo.

Dos décadas después de su nacimiento, la World Wide Web está en declinación, mientras avanzan servicios más simples y mejor diseñados –piense en aplicaciones- que se orientan menos a la búsqueda y más a servir información. Chris Anderson explica cómo este nuevo paradigma refleja el curso inevitable del capitalismo. Y Michael Wolff explica porqué los magnates de los medios están abandonando la web por pasturas más prometedoras y rentables.

A quién culpar: a nosotros

Tanto que amamos la Web abierta y sin restricciones, estamos abandonándola por servicios más simples y más elegantes que simplemente funcionan. Por Chris Anderson.

Te despertás y chequeás tu email en tu iPad –eso es una aplicación-. Durante el desayuno navegás en Facebook (1), Twitter(1) y el New York Times (1) –tres aplicaciones más-. Camino a la oficina escuchás un podcast en tu teléfono inteligente. Otra aplicación. En el trabajo recorrés tu listado de feeds de RSS y mantenés algunas conversaciones por Skype o mensajería instantánea. Más aplicaciones. Al final del día, llegan a casa, te hacés la cena mientras escuchás Pandora (1), jugás algunos juegos en el Xbox Live (1) y mirás una película en el servicio de streaming de Netflix(1).

Te pasaste el día conectado en internet, pero no en la web. Y no estás solo.

Esta no es una distinción trivial. A través de los últimos años más recientes, uno de los pasos más importantes en el mundo digital ha sido el movimiento desde la Web amplia y abierta a plataformas semicerradas que usan Internet para transportar datos pero no los navegadores para su visualización. Está impulsado principalmente por el crecimiento del modelo de informática móvil (1) del iPhone y es un mundo que Google (1) no puede rastrear , donde el HTML no se reina. Y es un mundo que los consumidores están eligiendo cada vez más , no porque rechacen la idea de la web, pero más bien porque estas plataformas dedicadas a menudo hacen el trabajo mejor o se ajustan más a sus vidas (la pantalla viene a los consumidores y no hace falta ir a la pantalla) . El hecho de que es más fácil para las empresas ganar dinero en estas plataformas no hace más que cementar la tendencia . Los productores y los consumidores están de acuerdo : La Web no es la culminación de la revolución digital.

Una década atrás, el ascenso del navegador Web como centro del mundo de la computación aparecía como inevitable. Parecía sólo una cuestión de tiempo antes que la Web remplazara a las aplicaciones de software de las PC y redujera los sistemas operativos a “un mal depurado conjunto de controladores de drivers”, como el cofundador de Netscape, Mark Andressen dijo en una famosa frase. En primer lugar Java, a continuación Flash, Ajax, HTML5 –líneas de código cada vez más interactivas- prometían poner todas las aplicaciones en la nube y reemplazar los desktops (escritorios) por webtops. Abierto, libre y sin controles.

Pero siempre ha habido una ruta alternativa, una que veía a la web como una herramienta útil pero no la caja de herramientas completa. En 1997, Wired publicó una nota de tapa (de actual mala reputación) con el título de “Push” (Empuje) que sugería que era tiempo de “despedirse de tu navegador”.

El argumento, entonces era que las tecnologías de push o empuje como PointCast y el Microsoft’s Active Desktop crearían un “futuro radical para los medios más allá de la Web”.

“Seguro que tendremos páginas web. Como todavía tenemos postales y telegramas (1), ¿o no?  Pero el centro de los medios interactivos –y cada vez más el centro de gravedad de todos los medios- se está moviendo a un ambiente post HTML”, prometíamos casi una década y media atrás. Los ejemplos de aquel tiempo eran un poco tontos –“peludos compañeros de aventuras en espacios tridimensionales de realidad virtual” y “titulares enviados a un pager”- pero el punto central de todas formas estaba predicho: la visión de un futuro maquina-a-máquina que estaría menos relacionado con la navegación y más con el acceso.

Como se sabe, PointCast, un gloriado salvapantalla que podía poner de rodillas a tu red corporativa sin que te dieras cuenta, implotó rápidamente llevándose el concepto de push en su naufragio. Pero simplemente porque la Web 2.0 es Web 1.0 que funciona, la idea comenzó a rodar de nuevo. Aquellos conceptos de “empuje”reaparecieorn ahora como APIs, aplicaciones y los teléfonos inteligentes. Y esta vez tenemos a Apple y los iPhone/iPads liderando la tendencia, con decenas de millones de consumidores votando con sus billeteras por las experiencias de aplicaciones líderes. Este futuro post-Web luce mucho más convincente. De hecho, ya está acá.

Cae el porcentaje de navegación web

La web es, después de todo, sólo una de muchas aplicaciones que existen en Internet; una que usa los protocolos IP y TCP para mover paquetes. Esta arquitectura –no las aplicaciones específicas construidas sobre ella- es la revolución. Hoy el contenido que vos ves en tu navegador –mayormente documentos HTML enviados vía el protocolo http en el puerto 80– representa menos que un cuarto del tráfico de Internet… y va cayendo.  La aplicación que representa más del tráfico de Internet incluye la transferencia de archivos peer-to-peer, el email, la comunicación máquina-a-máquina de las APIs, las llamadas de Skype (1) , World of Warcraft (1) y otros juegos online, Xbox Live, iTunes (1), voz sobre teléfonos IP, iChat y películas en streaming de Netflix. Las aplicaciones online son redes cerradas, generalmente propietarias.

Y el cambio está solamente acelerándose. En menos de 5 años, Morgan Stanley proyecta que el número de usuarios accediendo a la red desde artefactos móviles pasará al número que acceda desde sus PCs. Y porque las pantallas son más chicas, ese tráfico móvil tiende a ser manejado por software específico, mayormente aplicaciones designadas para un propósito único. Por el bien de la experiencia optimizada en artefactos móviles, los usuarios abandonan la navegación general. Ellos usan la red, pero no la web. La velocidad vence a la flexibilidad.

(NdT: Hay un análisis en contrario que presenta Boing Boing (1) con los mismos datos de Morgan Stanley y que rescata Iván Adaime en su Tumblr donde presentando las cifras absolutas y no porcentuales se ve que el trafico web también crece. De paso, palazo a Anderson, por su fanatismo con Apple (1) al que menciona 25 veces aquí).

Internet, como el ferrocarril

Todo esto era inevitable. Es el círculo del capitalismo. La historia de las revoluciones industriales (1), después de todo, es una historia de batallas por el control. Se inventa una tecnología, se difunde, florecen mil flores y luego alguno encuentra el camino para poseerla, cerrando el paso a los otros. Pasa todo el tiempo.

Tomemos los ferrocarriles. Las trochas estándar y uniformes ayudaron al boom de la industria y crearon una explosión de competidores –en 1920 había 186 ferrocarriles en Estados Unidos. Pero eventualmente los más fuertes de ellos se impusieron sobre los otros y hoy hay sólo siete, un oligopolio ordenado. O los teléfonos. La invención de los conmutadores impuso un standart abierto que permitió interconectar las redes. Después que la patente original de AT&T expiró en 1894, florecieron más de 6.000 compañías telefónicas independientes. Pero para 1939, AT&T controlaba casi todas las líneas de larga distincia y aproximadamente cuatro quintas partes de los teléfonos. O la electricidad. En los tempranos 1900s, después de la estandarización de la distribución de corriente continua, centenares de pequeños proveedores se consolidaron en holdings gigantescos. Para fines de 1920, las 16 compañías más grandes comandaban más del 75% de la electricidad generada en los EE.UU.

En efecto, rara vez se ha creado una fortuna sin un monopolio de algún tipo o, al menos, un oligopolio. Ese es el paso natural de la industrialización: invención, propagación, adopción, control.

Ahora es el turno de la Web para enfrentarse a la presión de rentabilidad y a los jardines amurallados que la generan. La apertura es una cosa maravillosa en la economía no monetaria de la producción de iguales. Pero eventualmente nuestra tolerancia para el delirante caos de la infinita competencia encuentra sus límites. Tanto como amamos la libertad y la elección, también amamos las cosas que simplemente funcionan, de manera confiable y sin problemas. Y si tenemos que pagar por aquello que amamos, bueno, eso se empieza a aceptar progresivamente. Sino lo creés, ¿has visto tu factura de telefonía celular o TV cable últimamente?

Como lo sentenció Jonathan L. Zittrain en “El Futuro de Internet –Y cómo pararlo”, “es un error pensar en el navegador de la web como el apogeo de la evolución de la PC”. Hoy la Internet tiene un montón de jardines cerrados. La Web es una excepción, no la regla.

Los monopolios son en realidad más probables en mercados altamente “enredados” como el mundo online. El lado oscuro del efecto de las redes es que los nodos ricos se vuelven más ricos. La Ley de Metcalfe,que postula que el valor de una red se incrementa en proporción a la cantidad de sus conexiones, crea mercados de ganadores-toma-todo, donde la brecha entre el jugador número uno y el número dos es típicamente grande y creciente.

Pero entonces, ¿por qué tomó tanto tiempo? ¿Por qué la web no fue colonizada por monopolios una década atrás? Porque estaba en su adolescencia, entonces, todavía innovando, con una población de usuarios fresca y creciente, siempre buscando algo nuevo. El dominio de la web liderada por las redes abiertas fue corto. Friendster(1) se hizo gigante mientras las redes sociales estaban en su infancia, y los consumidores estaban prestos a experimentar con la nueva- nueva cosa. Ellos encotraron otro servicio brillante y se movieron a él, igual que abandonaros SixDegrees.com(1)  antes. En el creciente universo de la temprana web, el jardín amurallado de AOL(1) no podía competir con lo que estaba afuera de las paredes, y las paredes cayeron.

Pero la web tiene ahora 18 años. Y ha alcanzado la adultez. Una generación entera ha crecido frente al navegador.Las ansias de explorar el nuevo mundo han sido reemplazadas por la rutina diaria. Ahora poseemos la Web. Es parte de nuestras vidas. Y sólo queremos usar los servicios que hagan más fácil la exisencia. Nuestro apetito por el descubrimiento se ralentiza al tiempo que nuestro hábito por el status quo crece.

Culpen a la naturaleza humana. Tanto como apreciamos intelectualmente la apertura, al final del día nos inclinamos por el camino más fácil. Terminamos pagando por comodidad y confianza, que es la razón por la cual compramos canciones por 99 centavos de dólar pese a que esas canciones están allí afuera, en algún lugar, gratis. Cuando somos jóvenes, tenemos más tiempo que dinero y LimeWire (1) (NdT: un servicio peer to peer de descarga de música open source) vale la pena. A medida que envejecemos, tenemos más dinero que tiempo. El peaje del iTunes(1) es un precio bajo para comprar la simplicidad de obtener exactamente lo que necesitamos. Cuanto más se convierte Facebook en parte de nuestras vidas, más se cierra. La escasez artificialmente creada es la meta natural de la búsqueda de rentabilidad.

Dónde triunfó el “suficientemente bien”

Hay una analogía de la Web actual en la primera era de Internet. En los 1990s, a medida que se iba poniendo claro que las redes digitales serían el futuro, había dos campos de preocupación. Uno eran las telcos tradicionales, sobre cuyos cables se mandaban esos bits salvajes. Las telcos argumentaban que los desordenados protocolos TCP/IP –con todo su ruteo impredecible y esos paquetes perdidos pidiendo reenvíos- eran un grito de auxilio. Lo que querían los consumidores eran redes “inteligentes” que pudieran encontrar –por un precio- el camino y el ancho de bandas correctos para que las transmisiones fluyeran ininterrumpidamente. Sólo los dueños de las redes podían poner la inteligencia en los puntos necesarios y así la Internet se volvería un servicio de valor agregado provisto por la AT&T del mundo, muy parecido al antecedente del ISDN (Red Integrada de Servicio Telefónico). El grito de guerra era “calidad de servicio” (QoS, por su siglas en inglés). Sólo las telcos podían ofrecerla y, tan pronto como los consumidores la demandaran, las telcos serían las ganadoras.

El bando opuesto se inclinaba por las redes bobas. Más que ceder el control a las telcos, argumentaban, sólo había que tomar a las redes como una tubería ciega y dejar al TCP/IP encontrar el ruteo. ¡Qué importaba si uno tenía que hacer reenvíos unas pocas veces, o la latencia estaba por todos lados! Sólo había que construir más capacidad –“sobreprovisión de ancho de banda”- y todo estaría suficientemente bien.

En la Internet subyacente, triunfó el “suficientemente bien”. Preferimos quedarnos esperando la carga de los videos de YouTube (1) antes que aceptar el pacto diabólico de la calidad de servicio de algún Comcast/Google que invariablemente terminaría costándonos más. Fuera de algunas empresas con necesidades específicas, la “tubería boba” (dumb pipes) es lo que el mundo quiere de las telcos. Las ventajas de innovación de un mercado abierto superan la performance limitada de los sistemas cerrados.

Pero la Web es un asunto diferente. El mercado dio su veredicto. Cuando se trata de aplicaciones que corren sobre la red, la gente empieza a optar por calidad de servicio. QueremosTweetDeck para organizar nuestros tweets porque es más cómodo que la página web de Twitter. Si vamos en auto, la aplicación para móviles de Google Maps(1) funciona mejor que la web de Google Maps en nuestra laptop. Y preferimos reclinarnos a leer libros con nuestros Kindles o iPads que inclinarnos sobre nuestras computadoras a leer en los navegadores.

A nivel de las aplicaciones, la Internet abierta ha sido siempre una ficción. Es solamente porque confundimos la Web con la Red que no lo vimos. El ascenso de las comunicaciones de máquina a máquina –aplicaciones de iPhone comunicándose con APIs de Twitter- es un tema de control. Cada API viene con sus términos de servicio. Y Twitter, Amazon.com, Google, o cualquier otra compañía puede controlar el uso como quiera. Estamos eligiendo una nueva forma de calidad de servicio: aplicaciones adaptadas al cliente que funcionan, gracias a contenidos “cacheados” y código local. Cada vez que uno elige una aplicación de iPhone en lugar de un sitio web uno está votando con el dedo: Vale la pena pagar por una buena experiencia, ya sea en efectivo o con la aceptación implícita de un estandart no-Web.

Breve Historia de Internet

Ver artículo original The Web Is Dead. Long Live the Internet, en Wired.

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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