Guardar un secreto pesa (de verdad) sobre los hombros

Esconder algo de los demás representa un esfuerzo tan grande, que nos deja emocionalmente agotados. Tanto, que la idea de subir una pendiente nos parece más agobiante de lo real y la coordinación de nuestro cuerpo disminuye.

Fecha:24/03/12
Autor:Jennifer Abate C.

Su mejor amigo le dice que acaba de quedar cesante, pero que, por favor, lo mantenga en secreto, porque no quiere preocupar a su mujer. Usted acepta la confidencia, pero comienza a sentirse incómodo cada vez que enfrenta al círculo cercano de su amigo. No es culpabilidad por sentirse mentiroso, sino una sensación de agobio emocional tan grande, derivada de rumiar una y otra vez lo mismo, sin poder transmitirlo a otras personas, que se parece bastante a la de estar cargando un saco de cemento.

¿Raro? Para nada. Guardar secretos cansa y a todos nos pasa algo semejante. Así, al menos, lo asegura una reciente investigación, realizada por especialistas de las universidades de Tufts, Wake Forest, Columbia y Stanford (EE.UU.). Los investigadores realizaron cuatro estudios diferentes y gracias a ellos llegaron a la conclusión de que el cansancio mental de guardar un secreto puede ser tan grande, que incluso se manifiesta físicamente. La evidencia fue clara: las personas que guardan secretos perciben como más difícil de lo normal una serie de tareas cotidianas, un claro síntoma de cansancio corporal.

Por supuesto, no estamos hablando de cualquier secreto. No son los pequeños los que nos agotan, sino los que consideramos importantes. En uno de los estudios, se le pidió a un grupo de personas que pensara en un pequeño secreto y a otro, en uno relevante. Luego se les enfrentó a la fotografía de una colina que, potencialmente, tendrían que escalar. Las primeras consideraron que la pendiente del cerro era de 33 grados, mientras que las atribuladas por el peso del secreto consideraron que era de 46 grados, o sea, mucho más empinada.

En un segundo experimento, se les pidió a ambos grupos lanzar un objeto hacia un determinado punto. Quienes pensaron en grandes secretos vieron afectadas sus capacidades de coordinación, por lo que fallaron mucho más que las de la otra sección.

Pero hubo otras conclusiones. Las personas que cargan con secretos cruciales también pierden la capacidad de ayudar a otros cuando lo necesitan, o sea, disminuyen considerablemente su nivel de empatía. Esto, porque al estar tan agobiadas, comienzan a pensar más en sí mismas que en el resto.

El culpable de la pérdida de concentración -en una tarea o en los demás- es el estrés profundo al que nos somete guardar un secreto. Según esta investigación, ocultar eventos altera nuestra atención y no nos permite focalizarnos plenamente. Por otra parte, nos tensiona al punto, según sostiene David Eagleman, autor del libro Incógnito: Las vidas secretas del cerebro(2), de aumentar la producción de cortisol, conocida por ser la hormona del estrés y por afectar los niveles de preocupación por otras personas.

Así lo prueban otras investigaciones, como una de la Universidad San José, en California, que demostró que cuando un grupo de personas meditaba durante ocho semanas lograba disminuir sus niveles de estrés, lo que, a la vez, aumentaba los de empatía. Otro estudio, de 2011, publicado en la revista Academic Medicine, concluyó que los estudiantes de Medicina disminuyen esta capacidad al comenzar la residencia médica, que es cuando se inicia el período de mayor presión para ellos.

El sicólogo de la Fundación Vínculos, Marco Antonio Campos, concuerda plenamente con los resultados de esta investigación, ya que está demostrado que la experiencia emocional del estrés tiene consecuencias sobre la sensación física: “Yo me doy cuenta en la consulta, cuando las personas, en las primeras sesiones, cuentan algo que llevan guardado por mucho tiempo y dicen que sienten que ‘se han sacado un peso de encima'”.

El especialista plantea que la razón de este agobio, a pesar de que el secreto no sea nuestro, está en la forma que tenemos los seres humanos de deshacernos del estrés. Según Campos, “cada vez que tenemos una experiencia emocional, ésta produce una determinada reacción, que procesamos hablando con otras personas. Cuando alguien tiene un accidente, habla del accidente a cada rato”. Necesitamos imperiosamente comunicar la experiencia, y es por eso que el especialista cree que los secretos raramente existen.

Lo mismo confirman otros estudios. Una encuesta inglesa concluyó que las mujeres no son capaces de guardar un secreto por más de 48 horas y un estudio de la experta en comunicación de la Universidad de Texas-Austin, Anita Vangelisti, señala que sólo un 10% de las personas es capaz de mantener un secreto para siempre. Es lo más sano: al deshacerse de lo que lo tensiona, nuestro cuerpo recupera su equilibrio, librándose del exceso de cortisol. Pero, claro, nadie quiere quedar de soplón. Frente a este dilema, Marco Antonio Campos entrega una buena estrategia: escriba el secreto en un papel y luego quémelo.

Fecha:24/04/11
Artículo: Incognito: La vida secreta del cerebro de David Eagleman: revisión
Autor:Alexander Linklater

David Eagleman: ” Es mejor a transmitir mis conocimientos en la ficción que explicar como hechos”. Sus avances en el campo de la neurociencia nos hacen reflexionar

El libro anterior de David Eagleman, Sum: cuarenta Cuentos de la otra vida , fue una deliciosa colección de fábulas breves, cada una con un relato que busca satisfacer los deseos de la vida después de la muerte, en los cuales el deseo en sí contiene sus propias consecuencias perversas. El principio de la fábula se basaba en una psicología irónica, sutil respaldada por la propia profesión de Eagleman, la neurociencia . Usando la ficción, Eagleman encontró una buena manera de revelar cómo la mente no puede escapar a las contradicciones de su estructura subyacente.

Con este nuevo libro, Eagleman prescinde de la ficción. Se trata de un relato sin rodeos de sus propias creencias neurocientíficas. Creencia es el término apropiado, porque Incognito no es precisamente el resultado de exámenes de diversas historias clínicas de neuroanatomía o neurológicas, ni es una exploración de la lucha filosófica que surge en la explicación de la relación entre el cerebro y la mente. Es, más bien, una introspección de las posibles consecuencias abiertas por el avance de la neurociencia como una forma de ver el mundo.

¿Cuáles son esas consecuencias? En primer lugar, el proceso de aprender más sobre el hecho de que el cerebro en su búsqueda por responder inquietudes ha cambiado nuestra idea de lo que significa ser humano. El sentido del hombre sobre sí mismo se ha visto sacudido por las principales revoluciones científicas en nuestra comprensión del universo: el descubrimiento de que la Tierra no era su centro, que el tiempo es profundo, no superficial, que los humanos no fueron creados por Dios, sino un producto de la evolución. Para Eagleman este eslabón que ahonda en en el estudio de este órgano ofrece la última frontera en la comprensión de nuestra propia pequeñez y contingencia: la constatación de que la conciencia no es el centro de la mente, pero si una función limitada y ambivalente en un vasto circuito cosmologico de funciones neurológicas no conscientes.Por lo tanto, la mayoría de nuestras operaciones mentales se producen “de incógnito”.

El autor asevera que no hay que preocuparse por todo estas posturas, la ciencia nos muestra en la medida que avanza que el cerebro y la mente y la vida son aún más maravillosa y emocionante de lo que pensábamos.

Esta interpretación del desarrollo intelectual moderno es ahistórica e incorrecta. Como un entusiasta de los modelos freudianos del inconsciente, Eagleman debe defender que el descentramiento de la mente consciente se llevó a cabo mucho antes del surgimiento de la neurociencia contemporánea. No necesitamos de resonancias magnéticas, o metáforas de software de circuitos del cerebro, que nos digan que estamos sujetos a estados de no-consciencia que inducen o afectan nuestras limitadas facultades racionales. Tenemos que gran parte no sólo de Freud sino de la poesía romántica y de novelas rusas del siglo XIX.

Tampoco hemos necesitado los desarrollos más finos de la neuroanatomía funcional para decirnos que el daño cerebral ocasiona cambios en el comportamiento, lo que socava las nociones simplistas de libre albedrío o culpabilidad penal. Eagleman da galopes a través de varios casos neurológicos bien conocidos, ninguno original de este libro, en el que los actos delictivos o cambios radicales en la personalidad han demostrado ser el resultado de daño cerebral o de alguna enfermedad. Como si no se diese cuenta de la anomalía cronológica evidente, se cita el caso de Phineas Gage , el capataz del ferrocarril estadounidense cuyo cerebro se ha perforado violentamente por una barra de hierro. sorprendentemente, Gage sobrevivió y pudo seguir funcionando. Pero estaba tan alterado drásticamente que los colegas apenas podía reconocerlo (personalidad). Los elementos básicos del problema mente-cerebro se han masticado más en este caso, desde que se produjo – en 1848.

Este libro pertenece a una tendencia popular de la neuro-arrogancia – exagerando enormemente las consecuencias de una ciencia que está todavía en su infancia. La verdadera fascinación de las neurociencias no se encuentra en rimbombantes afirmaciones filosóficas, sino en los pequeños detalles de la función cerebral, las ilustraciones del problema mente-cerebro, y el interés humano de historias clínicas. No hay ni siquiera que gran parte real de la neurociencia en Incognito . Sus ilustraciones son atraídos al igual que gran parte de los anales de la psicología evolutiva, la economía del comportamiento y las formas más tradicionales de la psicología.

El contraste con la suma no puede ser más intenso. Eagleman es el tipo más raro de escritor de ciencia: mejor en la traducción de su conocimiento en la ficción que explicar como un hecho.

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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