¿Dónde están los liberales?

Fecha:25/02/2012

En la carta de colores de la política chilena (1), la gran ausencia desde hace más de 100 años es la del liberalismo. Los liberales, sin embargo, escribieron páginas gloriosas en la historia política del siglo XIX. Se eclipsaron después y, peor, se anduvieron confundiendo durante el gobierno militar(1). Hoy, cuando soplan otros vientos, no pinchan ni cortan.

En la escena política chilena hay gente de izquierda, centro y derecha. La hay de perfil conservador y también de matriz revolucionaria. Mientras algunos se apoyan mucho en la historia, otros confunden la política con la ciencia ficción y caen resueltamente en la ingeniería constructivista. En general, los chilenos cubrimos un abanico político que es amplio. Hay de todo y de un tiempo a esta parte han florecido especies nuevas: los ambientalistas, los partidarios del asambleísmo permanente, los nuevos grupos anarcos… Pero vaya usted a encontrar en Chile un liberal(1).Lo más probable es que encuentre antes un monárquico, un estanquero o un marciano. Lo más probable en que vuelva con las manos vacías.

Podría discutirse por meses y años si eso corresponde o no a un vacío traumático de nuestra sensibilidad política. Quizás lo sea. El liberalismo, que entre nosotros siempre fue la respuesta de elites más ilustradas al proyecto de la república y que iluminó con singular intensidad la historia política chilena durante el siglo XIX, se eclipsó hasta los límites de la inmolación en el siglo XX. Los conflictos sociales que estallaron por entonces, unidos a la Gran Depresión y a la expansión del Estado intervencionista, establecieron un contexto muy poco receptivo a las ideas liberales. Es cierto que hasta antes del triunfo de Allende hubo en la derecha chilena un Partido Liberal con gran convocatoria, pero lo cierto es que llegó a ser tan pragmático y negociador que en los hechos podía transar un día con los conservadores y al siguiente, sin ningún problema, con los comunistas(1) o los radicales(1). Las cosas no terminaron bien para esa colectividad. Pedro Ibáñez, el último de sus líderes, que se había adelantado a su época y fue de los primeros políticos chilenos en reivindicar el pensamiento de Hayeck, terminó poniendo en duda su propia trayectoria, cuando durante la elaboración de la Constitución del 80 se la jugó por el voto censitario, la menos liberal de las prácticas en una república plutocrática(1).

De más a menos

A diferencia de lo que ocurrió en Europa, donde el liberalismo se movilizó por ideales contrarios al viejo orden aristocrático (1), en el Chile del XIX (1), el liberalismo fue fundamentalmente la opción política del sector de la clase dominante, que miraba con desconfianza la influencia política de la Iglesia. Fueron básicamente el clericalismo y las leyes laicas, la Ley de Matrimonio Civil (1) y de Cementerios (1)(2), las piedras que dividieron las aguas. Como todavía la Iglesia no se había separado del Estado, esos pasos, cuya sensatez hoy nadie discutiría, generaron mucha polémica y confusión. En ese momento, el liberalismo chileno entregó su testimonio y, posiblemente, fue su mejor época. Después, cuando comienza a manifestarse en Chile la llamada “cuestión social”, el libreto liberal se complicó. Hasta el viejo Partido Conservador supo adaptarse mejor a los tiempos. Al menos, le inyectó energía a la educación católica popular y al populismo político socialcristiano. Los liberales, en cambio, se mantuvieron como partido patronal, pero se anduvieron quedando sin repertorio. Para unos y otros, en cualquier caso, el costo de sus inercias fue alto cuando a mediados de los 60, a meses del triunfo de Frei Montalva, sobrevino la marejada de la Flecha Roja(1) y liberales y conservadores quedaron reducidos a su mínima expresión en el Parlamento. La decisión de refundir a la derecha en 1966 en el Partido Nacional fue el tributo que el pragmatismo rindió a la desesperación, y desde la partida -con un nacionalista a la cabeza, Sergio Onofre Jarpa-se supo que la colectividad iba a ser cualquier cosa menos liberal. Era lógico: el horno no estaba entonces para bollos ni el ánimo para vanidades.

Copa envenenada

La segunda o tercera oportunidad del liberalismo chileno vino dentro de una copa envenenada que fue servida durante el gobierno del general Pinochet. Efectivamente, el régimen militar desconcentró el poder del Estado, llamó a los Chicago Boys a transformar la economía para afrontar los nuevos desafíos globalizadores e hizo sonar la música del capitalismo democrático y liberal. Pero fue sólo la música, nunca la letra(1). El autoritarismo de la dictadura siempre fue más fuerte y si en algo Pinochet fue muy exitoso fue en cooptar, neutralizar y matonear, desde los años 70 y hasta fines de los 90, cualquier movimiento o facción que desde la derecha se propusiera democratizar las instituciones en serio y liberalizar la sociedad. El intento en esa dirección que a partir de esos años hizo Andrés Allamand en nombre de una derecha liberal terminó, como se sabe, con su derrota electoral de 1997, semanas antes de la detención del general Pinochet en Londres.

Para entonces, en todo caso, la liebre de la imaginación liberal ya había tratado de saltar por otro lado. El PPD, partido organizado a fines del 87, en principio sólo para efectos de controlar el plebiscito del año siguiente, pareció en los 90 encaminado a articularse como una plataforma ciudadana relajada y amplia de temas asociados a las libertades culturales. En alguna medida lo fue y preparó el camino para las iniciativas que en este plano llevó a cabo el gobierno de Lagos (fin de la censura cinematográfica y Ley de Divorcio, entre las más importantes). Pero las pulsiones estatistas en la colectividad fueron más fuertes y lo cierto es que hoy en el PPD por cada bandera referida a las nuevas libertades de la cultura o la ciudadanía, se izan nueve que exhortan a establecer fiscalías y comisariatos, superintendencias e inspecciones. Si para H.L. Mencken el puritanismo era el miedo aterrador de que alguien, en algún lugar, pueda estar pasándolo bien, para la crispada conciencia política y moral de la actual dirigencia del partido, la gran pesadilla es que pueda existir algún mercado donde las relaciones entre productores y consumidores, entre prestadores y usuarios funcionen bien y sin problemas.

Para efectos de la agenda liberal, el gobierno de Piñera también terminó siendo número al agua. Piñera es, sin duda, liberal en sus convicciones económicas. También es un presidente de intencionalidad liberal en su proyecto político, por mucho que no la haya podido desplegar. Pero no es muy liberal en asuntos culturales y valóricos. Basta ver las complicaciones y verónicas en que el gobierno se metió cuando los senadores Allamand y Chadwick presentaron el AVC. Quizás sea entendible: Piñera encabeza un gobierno de coalición donde en este tema hay posiciones encontradas y donde la suya, en este asunto en particular, no califica entre las más liberales. Como quiera que sea y a pesar de la invocación a la “nueva derecha” que en su momento hizo el ministro Hinzpeter, si alguien pensó que el gran legado del actual gobierno iba a ser la generación de una derecha bastante más liberal que la existente cuando él entró a La Moneda, bueno, más le valdría ir poniendo en remojo la tesis.

El Pacto de la desconfianza

Está claro que en estos asuntos pesan distintos factores. Sería un error interpretar las cosas sólo desde el prisma del voluntarismo. Si Chile no es la panacea liberal que unos cuantos quisieran es porque, a pasar del generalizado enriquecimiento de la población, para mucha gente la experiencia con el liberalismo no fue buena. Hay que reconocer, por otra parte, que corren vientos asistencialistas a lo largo y a lo ancho de la sociedad, poco auspiciosos para un proyecto donde sean las personas las que mantengan sus prerrogativas y arreglen como quieran sus problemas. No es poca dificultad, por último, que hayamos entrado a la fase neopaternalista del ciclo político. Ronda mucho discurso sobre lo que es bueno para la gente y que la gente -tal vez porque es corta de luces o francamente estúpida- no alcanza a entender por sí misma. Denme el poder a mí, dennos el poder a nosotros, y yo o nosotros haremos lo que es mejor para todos.

En esas andamos. Los extremos se tocan. La conciencia paranoica diría que hay un secreto pacto entre el conservadurismo ilustrado que profesó desde siempre aversión a las rudas costumbres y prácticas de la chusma y las nuevas dirigencias sociales que, en nombre de la chusma, se arrogan para sí la última palabra y se sienten con derecho a saltarse la consulta a las personas. Por eso desconfían del voto y por eso se manejan en asambleas en corral.

Va a tener que esperar la sensibilidad liberal. A tomar número, que la cola es larga.

El Autor es Abogado (Universidad de Chile, Escuela de Derecho de Valparaíso) y periodista. Fue editor de las revistas Capital, Mundo Dinners y Paula y ha cultivado desde fines de los años 60 la crítica de cine. Su libro Una Vida Crítica fue publicado el año 2008 por Alfaguara. Columnista de La Tercera y panelista del programa Terapia Chilensis de radio Duna.

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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