Eurócratas nostálgicos, veinte años después de Maastricht

Fecha: 06/02/2012
Autor:Richard Werly


Con el Tratado de Maastricht, firmado el 7 de febrero de 1992, se otorgaba a la Comisión Europea y a sus funcionarios unas competencias inéditas. Dos decenios después, la primacía de la economía sobre la política ha acabado con su sueño y la crisis les ha convertido en chivos expiatorios.

Es como el decorado de una novela negra. Al pie de las instituciones comunitarias en Bruselas, la rotonda Schuman es desde hace un año un deprimente caos urbano. Grúas, hormigoneras y andamios han tomado posesión del epicentro administrativo y político de la Unión Europea, al que la frecuente llovizna gris bruselense le confiere un aire de zona industrial.

Las obras no finalizarán antes de 2014 y se han anunciado retrasos. Es un símbolo cruel. Los “eurócratas” tienen aquí su reino, en cuyo frontón aún se venera a los “padres fundadores”: a Schuman por supuesto, a Jean Monnet, a Alcide de Gasperi u otros menos conocidos como Émile Noël, ineludible secretario general de la Comisión de 1957 a 1987(1) (2).

Pero hay otro nombre que se recuerda aún más: el de Jacques Delors, presidente del ejecutivo comunitario entre 1985 y 1995. El exministro francés, apoyado por el dúo Kohl-Mitterrand, hizo que el 7 de febrero de 1992, la eurocracia pasara de la sombra a la luz con la firma del Tratado de Maastricht sobre la Unión monetaria.

Delors, o el recuerdo del líder que plantaba cara a los jefes de Estado, cautivaba a la prensa y encarnaba la Unión. Veinte años después, Jacques Delors sigue dando su opinión. Volverá a Bruselas el 7 de febrero para conmemorar el Tratado de Maastricht. Pero la eurocracia ya no tiene la fogosidad de esos años. Ni mucho menos.

“La moneda única ha acabado con nuestra libido”

Se desgastó con las etapas posteriores: la ampliación a 12 países más de 2004 y 2007, las negativas francesa y neerlandesa en 2005 al difunto proyecto de constitución, la adopción caótica del Tratado de Lisboa y luego la crisis financiera. La duda se extendió por los 13 pisos del edificio Berlaymont, cuartel general de la Comisión, cuya eliminación de amianto se pagó a precio de oro, y sede de los 27 comisarios (uno por país) y sus colaboradores.

“Al pasar de 15 países a 27, tuvimos que integrar a cerca de 15. 000 funcionarios nuevos, en su mayoría procedentes de los nuevos Estados. Imagínese el impacto”, recuerda un excolaborador de Neil Kinnock, antiguo líder laborista británico y comisario europeo encargado de la administración en 2004. Por su parte, Jean Quatremer, corresponsal en Bruselas de Libération, establece la “ruptura” mucho antes.

Exactamente se remonta a marzo de 1999, fecha de la dimisión del “colegio” dirigido por el luxemburgués Jacques Santer, arrastrado por los escándalos alrededor de la comisaria francesa Edith Cresson. A comienzos de 2000 la exigencia de transparencia comienza a zozobrar. Se convierten en norma los concursos de acceso, gruesos como enciclopedias. El arribismo campa a sus anchas. El inglés destrona al francés como idioma mayoritario.

Los lobbies penetran en el sistema. Se exalta la exportación de las normas europeas. El mercado único y la competencia, considerados como prioritarios, imponen la primacía de la economía y las finanzas. En detrimento de la política. La crisis de las deudas soberanas, al desestabilizar el euro, afectó al corazón de la administración comunitaria, impermeable a las críticas por su intratable espíritu corporativo.

Diana, de unos cuarenta años, es griega y jefa de unidad en el Consejo Europeo. Confirma lo siguiente: “La moneda única nos dio un propósito, pero ha acabado con nuestra libido”, comenta. ¿La explicación? “Con la introducción del euro, al equiparar a la UE con una moneda, se descuidaron los valores”, prosigue el escritor griego Petros Markaris y familiarizado con la capital belga.

“Al poner el énfasis en las finanzas se ha acabado con la comprensión de la diversidad cultural. Se ha abandonado el sueño, el único y auténtico germen comunitario”. A esto se añaden hoy, debido a la crisis, las complicaciones personales. La familia de Diana, en Atenas, descarga en ella su ira contra “los que dan órdenes” desde Bruselas.

Una nomenklatura preocupada por perder privilegios

¿El veneno? Los cómodos sueldos de los funcionarios europeos (de 3.500 euros brutos mínimos iniciales hasta unos 18. 000 euros para los grados más elevados al final de la carrera), su fiscalidad limitada y muy ventajosa (transferida al presupuesto comunitario), las escandalosas ofertas de prejubilación a los 50 años con hasta 8.000 euros al mes, el aislamiento de los colegios europeos reservados a sus hijos, en Bruselas o en Luxemburgo… Todas las características de una élite protegida en exceso contra las convulsiones de los mercados.

Otro huracán sopla sobre las brasas: el de los populismos y los nacionalismos. Los funcionarios europeos, espiados, envidiados y vilipendiados por la prensa, se convierten en chivos expiatorios, sin ni siquiera poder contar con sus excompañeros para defenderles. Los eurócratas denuncian que las capitales son cada vez más presas de la hipocresía.

París se revuelve contra las remuneraciones de Bruselas, pero lucha por mantener la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo. Luxemburgo mantiene celosamente el Tribunal de Justicia de la Unión Europea (1), donde los sueldos superan todos los límites. Los países miembros se pelean por las “agencias” comunitarias, cuyo número ha pasado desde 1992 de 2 a 36.

“La crisis plantea la cuestión fundamental de nuestra legitimidad”, reconoce un alto ejecutivo de la Comisión. “Aparte del hecho de que hablan varios idiomas, muchos de nuestros compañeros están desconectados de la realidad del terreno europeo. Ya no son la vanguardia que asume riesgos. Al igual que en los buenos tiempos de la URSS, forman una nomenklatura preocupada por perder sus privilegios”.

¿Es cierto? Karel Schwarzenberg sonríe. El jefe de la diplomacia checa, también ciudadano suizo, fue seguidor del gran Vaclav Havel. Recuerda el horror del disidente y escritor, elegido jefe de Estado, ante la retahíla de oficinas monótonas de Bruselas, él que tanto amaba la Europa de las ideas. “¿Conoce una administración atractiva, sobre todo cuando no habla su idioma y se encuentra a miles de kilómetros de su país?”, se pregunta. Los eurócratas, ¿son víctimas de los avatares de la historia? “Los que se comprometían en los años sesenta, servían a una bella joven llamada Europa“, ríe este exuberante príncipe Habsburgo (1). “Hoy, la dama está arrugada y malherida. Y como nosotros, ya no tiene 20 años”.

El Autor, nació en 1966 y es corresponsal en Bruselas del diario suizo Le Temps desde 2006, tras haber trabajado para este periódico en el sudeste asiático

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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