Ciencias: Dueños del conocimiento

Fecha:02/02/12
Autor:Andrés Gomberoff | Vicerrector de Investigación y Doctorado de la UNAB

Desde hace 20 años se han producido valiosos esfuerzos por mejorar la forma en que la ciencia se comunica, tanto entre los investigadores como hacia la sociedad. Pero ahora intereses poderosos amenazan con perder lo avanzado.

Fue tanto el revuelo que causó el proyecto de ley SOPA(1) en EE.UU., que menos de tres meses después fue pospuesta indefinidamente. Pasaron apenas dos meses y la misma cámara recibió un proyecto de ley similar, de alcances y de perfil mucho más acotados, pero no menos peligroso: el Acta de Trabajos Científicos (conocida por sus siglas RWA), que restringe la diseminación gratuita, en línea, de trabajo científico sin consentimiento editorial.

La ley fue formulada por el republicano Darrell Issa y la demócrata Carolyn Maloney. Esta última está siendo acusada de haber recibido financiamiento de la compañía holandesa Elsevier, la editorial científica más grande del mundo. Hay un hecho cierto: Elsevier y otras grandes editoriales de literatura científica están apoyando este proyecto de ley. De concretarse, estas normas terminarían de golpe con un esfuerzo que en los últimos 20 años ha estado cambiando la forma en que la ciencia se comunica, tanto entre investigadores como hacia la sociedad.

Aunque como decía Michael Clarke en un blog hace algunos años, sorprende la lentitud con que estos cambios se han ido materializando. La web nació en el laboratorio CERN de física de partículas precisamente para mejorar la comunicación, y el intercambio de datos entre científicos. Pero al final ha ocasionado cambios mucho más revolucionarios en quehaceres ajenos a la ciencia, mientras el sistema de publicaciones científicas no ha cambiado de modo radical desde el establecimiento de las revistas científicas en el siglo XVII. Sin embargo, no hay que menospreciar los logros. Quizás el que ha tenido mayor trascendencia fue impulsado por el premio Nobel de Medicina Harold Varmus, quien como director del Instituto Nacional de Salud de EE.UU. luchó para que la ciencia financiada por los ciudadanos a través de sus impuestos pueda retornar a ellos gratuitamente. Su visión dio origen a PubMed Central (1), un repositorio gratuito que hoy contiene más de dos millones de artículos en las áreas de ciencias biológicas y medicina. En 2008, el NHI (1) determinó que cualquier artículo que ellos financien debe ingresar a PubMed Central a más tardar doce meses después de ser publicado.

En otro frente y algunos años antes, el físico norteamericano Paul Ginsparg inaugura el arXiv.org. Este es un repositorio de preprints, artículos que aún no han sido publicados en revistas especializadas, en áreas de la física. La popular base de datos hoy contiene más de medio millón de trabajos y se ha ampliado a otras áreas. A diferencia de PubMed, aquí los artículos no han sido publicados, por lo que no han pasado por una de las etapas críticas del proceso de editorial científico: la revisión de pares. En éste, otros científicos leen el trabajo y recomiendan o no su publicación. Un filtro que ayuda a juzgar la calidad y relevancia de la publicación.

Más recientemente, han aparecido otras formas, aun menos filtradas de comunicación científica: blogs, redes sociales científicas, etcétera, que permiten una convivencia informal de gran valor.

No es difícil imaginar el daño que una ley como el RWA podría infligir en el desarrollo de la ciencia, disciplina que se nutre de la discusión ágil entre sus practicantes. Es imposible que el sistema de revisión por pares y los costos asociados a esto puedan eliminarse, como muchos pregonan; el escrutinio de colegas anónimos en la validación de un trabajo es clave. Lo importante es que las grandes empresas que brindan estos servicios no frenen ni chantajeen el sistema. Que se sumen a la tecnología. Que bajen costos. Que se hagan parte de la comunidad científica y no coarten la libertad de autores para mostrar sus descubrimientos. Desafortunadamente no es así. Parece que los perdemos en torres de marfil impenetrables, escondidos tras su codicia y sus 400 años de historia.

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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