El ataque a la austeridad

Fecha:03/02/12
Autor:Daniel Gros

Bruselas– Europa parece obsesionada con la austeridad. Uno tras otro, los países se ven obligados por los mercados financieros o por la Unión Europea a recortar sus déficits públicos. Y, como si esto fuera poco, 25 de los 27 estados miembro de la UE han acordado un nuevo tratado (llamado «compacto fiscal») que les obligará a no incurrir jamás en déficits presupuestarios de más del 0.5% de sus PBI por ajustes cíclicos. (Como referencia, el déficit de los Estados Unidos en 2011 fue cercano al 8% de su PBI).

Pero, como la economía europea está en riesgo de caer en recesión, muchos observadores se preguntan si la «austeridad» no será contraproducente. ¿Es posible que una reducción de los gastos gubernamentales (o un aumento de los impuestos) lleve a una caída tan pronunciada en la actividad económica que los ingresos caigan y la posición fiscal se deteriore aún más?

Esto es muy improbable, dada la forma en que funcionan nuestras economías. Además, si así fuese, los recortes impositivos reducirían los déficits presupuestarios, porque un crecimiento económico más rápido generaría mayores ingresos, incluso con menores tasas impositivas. Esta afirmación se ha contrastado varias veces en los EE. UU., donde a los recortes fiscales siguieron invariablemente mayores déficits.

En Europa, la preocupación aún se centra en la proporción deuda/PBI. La inquietud se debe a que la caída del PBI por la «austeridad» pueda ser tal que la proporción de deuda aumente. Esto es importante, porque los inversores a menudo usan la proporción de deuda como un indicador de sostenibilidad financiera. Por lo tanto, un menor déficit podría en realidad a aumentar las tensiones en los mercados financieros.

Sin embargo, un déficit menor debe conducir eventualmente a una menor proporción de deuda, incluso si ésta empeora en el corto plazo. Después de todo, la mayoría de los modelos utilizados para evaluar el impacto económico de la política fiscal implican que un recorte en el gasto, por ejemplo, disminuye la demanda en el corto plazo, pero que la economía se recupera luego de un tiempo para retornar a su nivel anterior. Por lo tanto, en el largo plazo, la política fiscal no tiene impactos duraderos (o estos son muy pequeños) sobre el producto. Esto implica que los impactos negativos en el corto plazo que pueda producir la menor demanda sobre la proporción de deuda deberían verse contrarrestados luego (en el mediano o largo plazo) por un rebote de la demanda que devuelva la economía a su nivel anterior de producto.

Más aún, incluso si suponemos que el impacto de un recorte permanente en el gasto público sobre la demanda y el producto también será permanente, la reducción del PBI será un evento único, mientras que la reducción del déficit continuará generando impactos positivos sobre el nivel de deuda año tras año.

Es importante notar que esta conclusión se alcanza sin recurrir a lo que Paul Krugman y otros han ridiculizado como el «hada de la confianza». En los EE. UU., puede ser poco razonable esperar que un menor déficit se traduzca en una reducción de las primas de riesgo –por el sencillo motivo de que las tasas de interés que paga el gobierno estadounidense ya son extremadamente bajas.

Pero, incluso sin efectos confianza, la Oficina bipartidaria de Presupuesto del Congreso ha llegado a la conclusión de que, si bien recortar el déficit estadounidense reduce la demanda, de todas maneras conduce en forma confiable a una menor proporción de deuda. Esto debiera ser aún más claro en los países de la eurozona, como Italia o España, que están pagando primas de riesgo de más del 3-4%. Para estos países, el hada de la confianza se ha convertido en un monstruo.

La pregunta decisiva es entonces: ¿Qué es más importante, el impacto del recorte del déficit sobre la relación entre deuda y PBI en el corto o en el largo plazo?

Los potenciales compradores de los bonos italianos a 10 años deben considerar el impacto de largo plazo del recorte presupuestario sobre el nivel de deuda, que muy seguramente será positivo. Por supuesto, algunos participantes del mercado pueden ser irracionales y exigir una mayor prima de riesgo luego de un deterioro de la proporción de deuda en el corto plazo. Pero quienes se concentran en el corto plazo se arriesga a perder dinero, porque la prima de riesgo eventualmente disminuirá cuando la proporción de deuda cambie.

Abandonar la austeridad por miedo a que los mercados financieros se comportan en forma miope solo pospondrá la hora de la verdad, porque las proporciones de deuda aumentarán en el largo plazo. Además, sería altamente improbable que Italia, por ejemplo, pagara una menor prima de riesgo si tuviese mayores déficits.

Sería peligroso para los países con elevados niveles de deuda de la eurozona abandonar ahora la austeridad. Cualquier país que ingrese en un período de aversión al riesgo aumentada con grandes niveles de deuda solo enfrenta opciones desagradables. Implementar planes creíbles de austeridad es el menor de los males, incluso si agrava la caída cíclica en el corto plazo.

El Autor. es director del Centro de Estudios de Políticas Europeas.

Fecha:02/02/2012
Artículo: Regreso a la decadencia de Occidente
Autor:Shlomo Ben-Ami

Madrid – Desde la publicación en 1918 del primer volumen de La decadencia de Occidente de Oswald Spengler, las profecías sobre la muerte segura de lo que llamó la “civilización fáustica” han sido un tema recurrente para los pensadores y los intelectuales públicos. Se podría considerar que las crisis actuales en los Estados Unidos y en Europa, consecuencia primordialmente de los fallos éticos inherentes al capitalismo de los EE.UU. y a las deficiencias de funcionamiento de Europa, atribuyen crédito a la opinión de Spengler sobre la insuficiencia de la democracia y a su rechazo de la civilización occidental por estar impulsada esencialmente por una corruptora avidez de dinero.

Pero el determinismo en la Historia siempre ha sido derrotado por las imprevisibles fuerzas de la voluntad humana y en este caso por la extraordinaria capacidad de Occidente para renovarse, aun después de derrotas cataclismáticas. Cierto es que Occidente ya no está solo al dictar el programa mundial y sus valores han de verse cada vez más impugnados por potencias en ascenso, pero el proceso de su decadencia no es lineal e irreversible.

No cabe la menor duda de que el dominio militar de Occidente y su ventaja económica han quedado gravemente reducidos recientemente. En 2000, el PIB de los Estados Unidos era ocho veces mayor que el de China; hoy sólo lo es dos veces. Peor aún: unas atroces desigualdades de renta, una clase media exprimida y la evidencia de unos deslices éticos y una impunidad generalizados están alimentando un desencanto con la democracia y una pérdida cada vez mayor de la confianza en un sistema que ha traicionado el sueño americano de un progreso y una mejora constantes.

Sin embargo, ésta no sería la primera vez que los valores de los Estados Unidos prevalecieran sobre la amenaza del populismo en tiempos de crisis económica. En el decenio de 1930, apareció en los EE.UU. una variación del programa fascista con la acometida populista del padre Charles Coughlin contra la “alianza con los banqueros” de Franklin Roosevelt. La Unión Nacional por la Justicia Social de Coughlin, que llegó a contar con millones de miembros, acabó derrotada por los poderosos anticuerpos democráticos del sistema americano.

En cuanto a Europa, la crisis de la zona del euro ha expuesto las deficiencias de la democracia al abordar emergencias económicas importantes, además de los fallos en la concepción de la Unión Europea. En Grecia y en Italia, unos políticos fracasados han sido substituidos por gobiernos tecnocráticos. En Hungría, el Primer Ministro, Viktor Orbán, ha presionado en pro de un “restablecimiento [autoritario] del Estado”. Casos así parecen indicar el regreso a un pasado europeo en el que fracasos de la democracia dieron paso a formas de gobierno más “oportunas”.

Y, sin embargo, mientras que el futuro de Europa sigue estando en el aire, el crecimiento económico y la creación de empleo, por frágiles que sean, han reaparecido en los Estados Unidos. Además, aun cuando China llegara a ser la mayor economía del mundo en 2018, pongamos por caso, los americanos seguirían siendo mucho más ricos que los chinos, con un PIB por habitante en los EE.UU. cuatro veces mayor que en China.

Desde luego, la desigualdad de renta y la injusticia social son concomitantes a la cultura capitalista en todo Occidente, pero competidores como China y la India no están en condiciones de predicar. En comparación con el capitalismo indio, los fallos éticos del capitalismo en otros países parecen particularmente benignos. Un centenar de oligarcas de la India poseen activos equivalentes al 25 por ciento del PIB, mientras que 800 millones de sus compatriotas sobreviven con menos de un dólar al día. Se compran políticos y jueces y se venden a grandes empresas poderosas por una miseria recursos naturales que valen billones de dólares.

Contar con la mayor economía es decisivo para una potencia que aspire a mantener la superioridad militar y la capacidad para determinar el orden internacional. Así, pues, el poder en retroceso de Occidente significa una lucha más denodada para defender la pertinencia de componentes fundamentales de su sistema de valores, como, por ejemplo, la democracia y los derechos universales.

Europa, con su mentalidad casi posthistórica, hace mucho que abandonó la pretensión de ser una potencia militar. No se puede decir lo mismo de los EE.UU., pero, en lugar de reflejar una decadencia de su superioridad militar, sus reveses en el Iraq (1) (2)y el Afganistán han sido consecuencia de políticas mal encaminadas con las que se intentó recurrir a la fuerza para resolver conflictos para los que, sencillamente, no estaba indicada.

Los recientes recortes en gran escala en el presupuesto militar de los EE.UU. no tienen por qué indicar una decadencia; pueden iniciar una época de defensa más inteligente, basada en ideas innovadoras, alianzas fuertes y creación de capacidad de los socios. El traslado de prioridades militares de los EE.UU. a la región de Asía y el Pacífico es un reequilibrio estratégico comprensible, en vista de que los EE.UU. estaban excesivamente centrados en Oriente Medio y resulta innecesario el mantenimiento de una presencia militar en Europa.

El celo misionero de los Estados Unidos por salvar el mundo de la perversidad de autócratas lejanos, moderado por la fatiga del público de los EE.UU. con las aventuras exteriores, quedará reducido en gran medida, pero eso no necesariamente significa que China vaya a hacerse automáticamente con el terreno del que los Estados Unidos se retiren. Pese a los recientes recortes, el presupuesto para defensa de los Estados Unidos sigue siendo cinco veces mayor que el de China. Más importante es que la estrategia de China a largo plazo requiere que se centre en el corto plazo para satisfacer su inmensa ansia de energía y materias primas.

No nos engañemos: el eurocentrismo y el desmedido orgullo occidental han recibido golpes duros en los últimos años, pero, para quienes en Occidente se sienten vencidos por el fatalismo y las dudas sobre sí mismos, de la “primavera árabe” y de la reanudación en Rusia de la revolución inconclusa que acabó con el comunismo emana ahora un mensaje de esperanza. Tampoco se ha resuelto la incoherencia entre el capitalismo de China y su falta de libertades civiles. No se puede descartar una “primavera china”.

Occidente afronta amenazas graves… como siempre, pero los valores de la libertad y la dignidad humanas que impulsan la civilización occidental siguen siendo el sueño de la inmensa mayoría de la Humanidad.

Shlomo Ben Ami, ex ministro de Asuntos Exteriores de Israel y actualmente Vicepresidente del Centro Internacional para la Paz de Toledo, es autor de Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy (“Cicatrices de guerra, heridas de paz. La tragedia árabo-israelí”).

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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