Se busca enemigo para Unión en crisis

Fecha:17/11/11
Autor: Martin Ehl

Nada mejor que un enemigo para forjar una identidad común. Pero este adagio del siglo XIX no se adapta a la coyuntura de la crisis actual. Un columnista checo considera que si los europeos modifican su relación con los poderes podrán sentirse unidos y salir de la crisis.

Quien entiende el pasado puede influir en el futuro. Con relación a la situación actual de la Unión Europea, esta paráfrasis del eslogan de Orwell [“Quien controla el pasado controla el futuro”, lema del Partido en su libro 1984] viene muy al caso. En su novedoso análisis de la identidad europea, realizado con motivo de la conferencia anual del foro de debate checo-alemán que se celebró recientemente en Passau [Alemania], el historiador Milos Rezník dio la clave para asegurar la supervivencia de Europa como una entidad económica, política y cultural próspera.

Desde el punto de vista de nuestra identidad colectiva, lo que es importante no es únicamente lo que somos, sino, sobre todo, lo que no somos. He ahí condesada la tesis esencial del profesor Rezník, forjada a partir de las formas de desarrollo del nacionalismo moderno durante la primera mitad del siglo XIX. Mientras el sistema de las sociedades del Antiguo Régimen entraba en decadencia, las nuevas élites de la época ofrecieron al pueblo una identificación con la nación a través del concepto de igualdad civil. La identidad nacional llegó a ser, al desarrollarse, una potencial fuente de conflictos.

Así planteado, ahondemos ahora en el papel que desempeña la identidad europea. Nacida como una construcción, tiene una evolución continua. Pero podríamos preguntarnos si llegó verdaderamente a imponerse. ¿Que le falta para conseguir unir a quienes, teóricamente, partiendo de que conviven en un mismo espacio y comparten valores comunes, deberían reivindicar dicha identidad? Falta un firme sentimiento de amenaza. Los europeos necesitan, de hecho, un enemigo común.

Unos cimientos no lo suficientemente sólidos

Un intento de aplicarlo a la crisis actual: Grecia en quiebra, Italia se tambalea y Francia siente que su calificación se ve amenazada,y, como telón de fondo, la perspectiva de un desmoronamiento de la zona euro. Todo esto no constituyen unos cimientos lo suficientemente sólidos para aglutinar a los ciudadanos del viejo continente. Ni en esta crisis sin precedentes, la más grave que ha atravesado el proceso de unificación europea, los europeos son capaces o están dispuestos a admitir que tienen más cosas en común que motivos para estar separados.

Cada vez con mayor frecuencia, se escucha el argumento que defiende que o bien la integración de la UE se acelera, o bien la UE se hundirá. Pero una mayor integración no se decreta mediante una modificación del Tratado de Lisboa. Necesitamos una crisis. Una crisis real y profunda.

Pero ¿dónde encontrar a ese enemigo que logre aglutinar a los europeos? ¿Quién es por tanto el responsable del debilitamiento de la prosperidad económica, del estado catastrófico de las finanzas públicas, del declive de la competitividad? ¿Nos enfrentamos únicamente a un caso de evolución histórica de crecimiento y desmoronamiento de los imperios, que han descrito muy pertinentemente los historiadores Paul Kennedy y Niall Ferguson? ¿Podemos simplemente señalar a alguien con el dedo y cargarle con la responsabilidad de las dificultades de Europa? ¿A los griegos que han maquillado sus cuentas? ¿A los italianos endeudados? O, ¿podemos simplemente salir de nuestras fronteras y acusar, por ejemplo, al capitalismo del Estado chino o a la barata mano de obra india (1)?

Relegar las viejas categorías sociales

En una economía globalizada, conviene dejar de lado las viejas categorías nacionales e ideológicas. Al enfrentarse a una clase totalmente distinta de persona es posible que se produzca el refuerzo de la identidad europea, sobre la que podría sustentarse una prosperidad que recobren los ciudadanos del viejo continente. En este caso, frente a una cierta clase política que no es capaz ni está dispuesta a mirar más allá de los plazos de su mandato, que emplea un lenguaje muy alejado del día a día de los europeos de la calle y que rechaza abandonar el poder mientras arrastra a su país al borde de la quiebra.

Los traumas que atraviesa una sociedad han permitido a menudo que surja una identidad nacional. El profesor Řezník considera que la identidad europea necesita una profunda crisis para poner a prueba su viabilidad.

El Autor,es politólogo y jefe de la sección internacional del diario económico checo Hospodářské Noviny. Es autor de libros sobre globalización, Europa Central y los Balcanes. Mantiene un blog en el sitio web del diario.

Artículo: Estados Unidos en el siglo del Asia
Autor:Dominique Moisi
Fecha:15/11/11

Nueva York – En la “zona cero”, ubicada en bajo Manhattan, dos espacios vacíos serán ocupados por cascadas de agua para conmemorar de una forma serena y respetuosa a las víctimas de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. Junto a ellas, una torre de gran alcance diseñada por el arquitecto Daniel Libeskind (1), y que al presente está casi terminada, se eleva de forma vigorosa hacia el cielo como símbolo del triunfo de la vida sobre las fuerzas de la muerte. Una palabra viene a la mente para caracterizar la impresión que causa este lugar, el sitio donde ocurrió un crimen sin precedentes: resiliencia.

En un edificio que albergará lo que un día será un museo conmemorativo, se puede comprar un DVD titulado “9/12: From Chaos to Community” (9/12: Del caos a la comunidad). La Zona Cero es la prueba arquitectónica y humana de que, a pesar de los problemas económicos actuales de Estados Unidos, sería prematuro, y hasta peligroso, clasificar al país como una potencia en declive. Estados Unidos tiene los recursos morales e intelectuales que son necesarios para poder recuperarse.

Pero lo que es necesario no es suficiente. Con el fin de reinventarse a sí mismo, o al menos para administrar su relativo declive internacional, Estados Unidos debe dirigirse hacia un reequilibrio de sus prioridades nacionales e internacionales. En el período inmediatamente posterior a la Primera Guerra Mundial, un EE.UU. triunfante se replegó de la responsabilidad global con trágicas consecuencias para el equilibrio de poder en una Europa que fue abandonada para hacer frente sola a sus demonios internos.

Durante el periodo inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, por el contrario, EE.UU. se las arregló para contener las ambiciones soviéticas. Hoy en día, a diferencia del año 1945, los estadounidenses no enfrentan una amenaza inminente. Rusia puede hablar en voz alta (utilizando su puesto permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas como megáfono), pero es un remanente muy reducido de lo que fue la Unión Soviética. Del mismo modo, mientras que el nacionalismo de China, país que es el principal rival de Estados Unidos, últimamente se ha tornado en más firme, la clara prioridad del régimen comunista – que en los hechos es clave para su estabilidad – es el crecimiento económico nacional.

En verdad, el único peligro obvio al que EE.UU. se enfrenta emerge de las armas de destrucción masiva, las que podrían proliferar o ser utilizadas por grupos terroristas. Pero, para hacer frente a esta amenaza no se requiere de un enorme presupuesto militar o de despliegues de grandes cantidades de tropas de EE.UU. en todo el mundo. Estados Unidos tiene una oportunidad, misma que le es muy necesaria, para volver a centrarse en su propio país, para recuperar su fuerza interior sin retirarse del mundo. Como Richard Haass, presidente del Consejo de Relaciones Exteriores, dice, Estados Unidos debe entrar en un período de “restauración” de sus fundamentos.

La política exterior norteamericana empieza en casa, y eso significa frenar el déficit presupuestario en el largo plazo, reactivar el crecimiento económico y crear empleos en el corto plazo, y hacer frente al deterioro de la infraestructura del país. En verdad, “la envejecida modernidad” de Estados Unidos se ha convertido en un lastre para su competitividad, así como un insulto a su imagen internacional y en un riesgo para la seguridad de sus ciudadanos.

Es más, se ha asentado la fatiga imperial (1). La historia reciente de EE.UU. se ha caracterizado por ciclos de entusiasmo relacionados a su participación activa en el extranjero. A mediados de la década de 1970, tras la guerra de Vietnam, Estados Unidos, guiado por el impulso moralizador del presidente Jimmy Carter, optó por la “regionalización” de sus participaciones. Pero, tomando en cuenta que todavía existía la amenaza soviética, esta iniciativa llegó demasiado temprano (y, probablemente, se la llevó a cabo de forma incorrecta).

Hoy en día, por el contrario, el punto de partida para una reevaluación de las prioridades estadounidenses es más de naturaleza económica que ética. Pero, el razonamiento es el mismo, ya que se basa en la convicción de que tener más presencia de EEUU en el mundo hoy en día implica menos intervencionismo costoso y confuso en el mañana. Esto significa que la política exterior de EE.UU. – que se definió en los últimos años por la muchísima atención que prestó al Oriente Medio, y por la muy poca prestada a Asia – debe adoptar un cambio en sus prioridades.

Por supuesto, en medio de las actuales revoluciones árabes de la actualidad, Estados Unidos no puede simplemente ignorar al Oriente Medio. EE.UU. tampoco debe renunciar a tener esperanzas en una solución para el frente palestino-israelí, ni debe rendirse en sus esfuerzos para contener las ambiciones nucleares de Irán. Sin embargo, Asia es el lugar donde la historia se está desarrollando, y es allí donde EE.UU. debe definir su estrategia global a largo plazo.

¿Debe EE.UU., tal como Henry Kissinger sugiere en su último libro titulado On China, considerar la posibilidad de una “Comunidad del Mar Pacífico” que, a diferencia de la Comunidad Atlántica de la era de la Guerra Fría, no se base en cultura y valores comunes frente a una amenaza directa, sino en intereses comunes frente a una “época de reequilibrio del orden mundial”?

La resiliencia de Estados Unidos puede hacer contraste con las múltiples debilidades de Europa. Pero la resiliencia no será suficiente. EE.UU. debe ponerse en forma para enfrentar los retos del futuro, y eso significa restaurar el crecimiento económico, reducir el déficit, y mejorar la infraestructura. Paradójicamente, sólo un Estados Unidos más seguro de si mismo puede aceptar un status global reducido, ya que reconciliarse con el cambio siempre será más fácil una vez que uno ha tomado las medidas necesarias para ajustarse a tal cambio.

Dominique Moisi es el autor de The Geopolitics of Emotion (La geopolítica de la emoción).

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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