En defensa de los tecnócratas

Fecha: 17/11/11
Fuente: The Guardian
Autor:Philip Oltermann

La designación de personalidades ajenas al ámbito político como Lucas Papademos y Mario Monti, en Grecia e Italia respectivamente, ha hecho correr ríos de tinta. Pero en numerosas ocasiones los expertos han desempeñado una función positiva en la política, señala The Guardian.

Hojeando la prensa británica de la semana pasada, resulta inevitable constatar la creciente presencia de una singular subespecie política: el “tecnócrata”. Entre los tecnócratas (información) más destacados se encuentran el nuevo primer ministro Mario Monti y el primer ministro griego, Lucas Papademos, a los que, según exponen los periódicos, han colocado en el escalafón más alto para hacer cumplir los dictados de sus “pagadores” en Alemania y Francia.

El término “tecnocracia” procede de las palabras griegas “tecnos”, que significa habilidad o técnica y “kratos”, fuerza o poder. Por lo tanto, los tecnócratas literalmente prometen ser “solucionadores de problemas”, políticos que toman decisiones basándose en su pericia o en sus conocimientos especializados en un ámbito concreto, en lugar de intentar complacer a un grupo de interés o a un partido político determinado.

Por lo general, el término se atribuye al ingeniero William H. Smyth de Berkely, California, en 1919, aunque la idea de que un país no debe organizarse y dirigirse espiritualmente por la iglesia, los terratenientes feudales o el ejército, sino por jefes industriales y científicos, se remonta al pensador socialista Saint-Simon.

Una idea de la izquierda internacional

Sí, no pasa nada por reconocer que la tecnocracia solía ser una gran idea de la izquierda internacional. En Estados Unidos, en la década de los años treinta, por ejemplo, no era un término peyorativo, sino el programa de una nueva utopía social. A lo largo de las siguientes décadas, la tecnocracia se labró una reputación un tanto despectiva. La veneración del progreso industrial y del poder sin obstáculos por parte de los burócratas se convirtió en un signo distintivo de los regímenes totalitarios en la Alemania nazi y la Rusia soviética. George Orwell describe la tecnocracia como el elemento precursor del fascismo. ¿Qué fue Adolf Eichmann sino un tecnócrata?

En muchos países europeos, la palabra tecnócrata aún conserva connotaciones positivas. En la década de los cincuenta, Jean Monnet planteaba el crecimiento como algo que necesitaba especialización y no partidos políticos. Algunas democracias pequeñas, como Holanda, en ocasiones han recurrido a tecnócratas como negociadores entre Gobiernos de coalición complicados o entre empresarios y empleados. Bélgica, que de momento lleva sin Gobierno 17 meses, es un paraíso de tecnócratas y ha soportado la crisis bastante bien hasta ahora. En los antiguos Estados comunistas de Europa Central y del Este, los tecnócratas desempeñaron una función clave a la hora de negociar la transición del régimen autoritario hacia la democracia.

Kevin Featherstone, catedrático de política europea en la London School of Economics, expone que “puede que en Europa ahora haya menos tecnócratas en el poder que los que había en la década de los noventa”. Sin duda, no es nada nuevo en Italia, donde se nombró al catedrático de derecho Giuliano Amato primer ministro tras la expulsión de Italia del Sistema Monetario Europeo en 1992. Del mismo modo, Carlo Azeglio Ciampi, exsecretario general del Banco de Italia y el economista Lamberto Dini, nunca fueron elegidos, sino nombrados por el presidente para supervisar las reformas. La situación en Grecia es distinta, pero con Xenofon Zolotas también tuvo un primer ministro provisional y no elegido entre 1989 y 1990. Gran Bretaña, donde el partido laborista sólo flirteó brevemente con la tecnocracia en los años sesenta, puede que sea la excepción en Europa.

Solución temporal antes de convocar elecciones

¿Significa esto que la tecnocracia es mejor que la democracia? En absoluto. Pero quizás merecería la pena plantearse que un mandato tecnócrata temporal puede ser una parte aceptable y quizás necesaria del proceso democrático en tiempos de crisis. ¿Preferiríamos que el sistema sanitario británico estuviera gestionado por tecnócratas (es decir, expertos) y no por políticos e ideólogos del libre mercado? Creo que sí. ¿Confiaríamos más en la opinión de los diputados británicos si la mayoría no hubiera pasado de la universidad directamente a la política? En mi opinión, sí.

Puede que los “ingenieros” (1) no sean nunca totalmente apolíticos, pero posiblemente sean menos políticos que los que aterrizaron en la política para convertirse en políticos. ¿Qué pasaría si los tecnócratas son simplemente políticos sin mucho carisma o sin las costosas relaciones públicas? “No se debe despreciar la mediocridad en política”, escribió una vez el escritor alemán (y euroescéptico) Hans Magnus Enzensberger. “La grandeza no es necesaria”.

Todo esto no es para decir que todo va bien en la eurozona, ni para negar que la UE ahora está fomentado un problema de imagen además de los dramas financieros, que Angela Merkel ha realizado un trabajo nefasto para idear un plan creíble de resolución de la crisis y que Grecia e Italia deben convocar elecciones tan pronto como se haya calmado un poco la marea. Ante todo, no es para insinuar que Gran Bretaña no deba cuestionarse el mantra de “más Europa”. Pero sí que podría ayudar a entender la forma tan distinta con la que se hace política en la Europa continental antes de apresurarnos a dar consejos.

Opinión

La democracia se ha puesto en ‘stand-by’ en Europa

Hendrik Vos in De Standaard.

“No necesitamos elecciones aquí, sino reformas”, dijo el presidente del Consejo Europeo Herman Van Rompuy la semana pasada durante la apertura del año académico en el Instituto Universitario Europeo (IUE) de Florencia, hablando sobre la crisis de la zona euro y las problemáticas perspectivas para Italia. “Una frase un poco dura si lo piensas” según escribe el politólogo de la Universidad de Gante Hendrik Vos en De Standaard:

Cuando un líder africano medio dice cosas como esa, normalmente no pasan más de cinco minutos antes de que escuchemos las primeras reacciones indignadas de la Unión Europea. El dedo índice europeo le señala, seguido de una lección sobre la democracia y un discurso lleno de alabanzas a las elecciones (…). Si Van Rompuy hace declaraciones que normalmente asociamos con repúblicas bananeras, su corrupción y sus líderes caóticos, esto dice mucho de la seriedad de la situación a la que ha llegado Europa.

Vos no está convencido de la competencia de los tecnócratas económicos de Grecia e Italia:

La verdad es que la democracia de hoy en día ha sido puesta más o menos en ‘stand-by’ en Europa. Es una vergüenza, pero por el momento no hay alternativa, es el argumento de los líderes europeos. […] Pero la cuestión es que no es tan seguro que los líderes sigan teniendo una buena visión de la situación. Para esta crisis no hay guión. […] No es solo que las cosas sean complejas, es que también los economistas, gente en la que se debería poder creer, se están contradiciendo entre ellos. […] Algunos economistas dicen que el colapso del euro como mucho generaría una pequeña arruga en la economía mundial, mientras que otros advierten acerca de una vuelta a la edad de piedra. Y ahí esta, tu canciller, primer ministro o presidente: ¿a qué economista debe creer?

Fecha:17/11/11
Autor:Daniel Mansuy Huerta, desde Francia

Así como está, Europa es simplemente inviable: o muta o muere. Las alternativas que sus líderes manejan presentan tantas ventajas como dificultades, pero las definiciones se hacen urgentes.

¿Qué tienen en común Mario Monti, Lucas Papademos y Mario Draghi? Los tres asumieron recientemente cargos clave para el futuro de la Unión Europea: Monti es el nuevo jefe del gobierno italiano, Papademos el nuevo primer ministro griego, y Draghi el nuevo presidente del Banco Central Europeo. Pero las coincidencias no acaban allí: además, los tres trabajaron en un pasado no tan lejano en el banco Goldman Sachs, el gigante norteamericano que ayudó durante años a “maquillar” el estado de las finanzas griegas con tal de seguir prestando dinero. Casualidad o no, el hecho ha servido para alimentar las dudas respecto de la influencia del mundo financiero en las democracias europeas. De hecho, Berlusconi y Papandreu cayeron por no dar suficiente confianza a los agentes económicos, en lo que puede leerse como un regreso encubierto del voto censitario.

Por cierto, las dudas son más que razonables: el mundo financiero ha mostrado en esta larga crisis sus imperfecciones y, sobre todo, su carencia de racionalidad. Y sin embargo es un poco injusto culparlo de todos los males: después de todo, nadie obligó a los estados europeos a financiar con deuda sus generosos aparatos públicos por tantos años. Los políticos europeos se apuran en apuntar con el dedo a los bancos y a los traders -y no dejan de tener razón-, pero son bastante más cautos a la hora de asumir sus propias responsabilidades en la debacle: ellos instauraron la lógica de endeudarse hoy y pagar en cuarenta años con el fin de ganar elecciones.

Ahora bien, la crisis también tiene directa relación con el diseño del Euro, y allí los mercados financieros tampoco tienen mucho que ver: la unión monetaria carece de los medios mínimos para garantizar cierta convergencia, y no puede en consecuencia resolver los profundos desequilibrios internos. El consenso actual va por este lado: es urgente pensar en reformas profundas, que permitan superar esta crisis y abrir perspectivas más optimistas para el futuro.

Empero, todas las alternativas presentan, al día de hoy, tantas ventajas como dificultades -y los mercados no se van a calmar mientras no vean salidas claras-. Por eso todos los gobiernos miran con tanto nerviosismo las agencias de notación. La primera medida ha sido aplicar reducciones presupuestarias que pueden a veces ser draconianas. Y aunque suena bonito, el arma es de doble filo: la austeridad puede debilitar aún más el crecimiento, que es justamente el mal endémico de la Zona Euro: un país que no crece no puede pagar sus deudas, por más que suba los impuestos. Otra posibilidad es apartar a los malos alumnos, programando el retiro de algunos países de la Zona Euro. Esto permitiría a los salientes depreciar su moneda, pero quedarían con una deuda colosal en euros.

Hay una alternativa inmediata que permitiría aliviar la presión y detener la especulación sobre los países más vulnerables y que, además, es relativamente simple: que el Banco Central Europeo haga lo que norteamericanos e ingleses hacen todos los días sin ponerse colorados: imprimir billetes para respaldar deuda. Pero eso produce inflación, y los alemanes no quieren escuchar esa palabra. Les cuesta entender que 5 ó 7 puntos de inflación pueden ser menos dramáticos que una implosión violenta del euro (y no hay que olvidar que Alemania realiza dos tercios de su excedente comercial al interior de la zona Euro).

Otras soluciones van por el lado de dotar de herramientas más poderosas a las autoridades europeas, esto es, avanzar en la creación de un gobierno económico común. Pero hay un fundado temor de que esto redunde en una toma de control de Europa por la dupla germano-francesa: en Italia ese peligro ya tiene hasta nombre -“Merkozy“-, y en Grecia las comisiones supervisoras son calificadas como “fuerzas de ocupación”.

¿Qué hacer entonces? Me parece que se dibujan tres escenarios posibles. El primero es el de avanzar hacia una federación, pero esto tendría que pasar necesariamente por una validación democrática directa -con éxito incierto-. El segundo es que los alemanes hagan concesiones, y permitan al instituto emisor respaldar la deuda. Sin embargo, el tiempo apremia: si esperan demasiado, será muy tarde. Un tercer escenario es el de la división de la Zona Euro en dos áreas: la del norte –Alemania y los países de su órbita- y la del sur, con una política monetaria más laxista. Lo único seguro por ahora es que, en las condiciones actuales, el euro es simplemente inviable: o muta o muere. Y en esa decisión Europa se juega buena parte de su destino.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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