Europa: crisis y respuesta

Fecha: 13/11/11
Fuente: País
Autor: Felipe Gonzalez

Vivimos una situación de emergencia en la que solo cabe reaccionar avanzando hacia la federalización (1)de las políticas económicas y fiscales. Los debates, sin embargo, siguen siendo nacionales cuando el desafío es global

Sigue nuestra particular campaña electoral, mirando hacia dentro, sin levantar la mirada para analizar lo que pasa en Italia, en Grecia, en Portugal, en Irlanda… o en Francia. Nada parece importar para encontrar responsables de la crisis solo dentro de nuestras fronteras. ¡Por eso no existe una respuesta europea! Porque el debate sigue siendo nacional, aquí y en los demás países de la Unión, cuando el desafío es Europeo y Global.

En cada país hay que hacer reformas estructurales de fondo para enfrentar una realidad nueva, mundial, donde las cosas han cambiado radicalmente y nos obligan a cambiar a nosotros. Pero además, y ahora en primer lugar, hay que Gobernar el espacio público supranacional que compartimos: el de la eurozona y el de la Unión Europea. Y no se está haciendo en serio.

Toca reconocer el coraje del Gobierno de España, que hace año y medio nos alejó de la zona más arriesgada de las turbulencias y de los ataques especulativos con gran coste político. Es justo hacerlo ahora cuando desde el PP, que se siente ganador en las encuestas, se pide consenso, y grandes acuerdos para enfrentar la crisis si llegan al poder. ¿Deberían decirles los socialistas que, llegado el caso, serían tan responsables como ellos han sido? No, porque no nos sale el juego de “mientras peor, mejor” que siempre practican desde la oposición. Porque con aciertos o con errores siempre estamos dispuestos a anteponer los intereses generales de España a los partidarios.

Pero la partida de lucha contra la crisis se juega en dos tableros: el de nuestra realidad como país y sus exigencias y el del espacio público que compartimos con los países del euro y con la Unión Europea en su conjunto. Por eso una parte fundamental de la faena que hay que hacer está en Europa, en sus instituciones, en la recuperación de un liderazgo que mire al espacio común, sin replegarse en una falsa visión de intereses particulares nacionalistas que nos lleva a la catástrofe ¡A TODOS!

Esta reiterada voz de alerta no tiene nada que ver con la campaña electoral. Es la misma que hace dos años y medio me llevó a plantearlo en el propio Consejo Europeo, coincidiendo con el primer debate -sin respuestas- sobre el problema de Grecia. Es la misma que he repetido en los foros en los que he participado desde entonces y en publicaciones diversas. Estamos en una situación de emergencia. No la del día a día que se nos ofrece en las noticias de Bolsa. Es una emergencia histórica que nace de una crisis financiera y económica global, sin una respuesta europea como condición para encarar una respuesta global.

¿Es tan difícil de entender que en una zona monetaria única tiene que haber una política económica y fiscal coherente? Parece inútil recordar que hace 20 años negociamos un Tratado de Unión Económica y Monetaria, no una Unión Monetaria y 17 políticas económicas y fiscales diferentes y divergentes.

Los que proclaman la desaparición del euro o las dos velocidades en la propia eurozona siguen echando leña al fuego con la errónea pretensión de salvaguardar intereses nacionales. Si alguna vez se retrocede en esa dirección el coste será inmenso y ningún país saldrá beneficiado. El mercado interior desaparecerá, víctima, entre otros efectos, de las devaluaciones irremediables y de las competitivas. Entonces tendrán que evaluar -otra vez a destiempo- el coste de la NO EUROPA.

En la encrucijada de Europa solo cabe reaccionar avanzando hacia la federalización de las políticas económicas y fiscales. Ni la marcha atrás ni esta carrera agónica de galgos persiguiendo a una liebre mecánica que nunca alcanzan. Necesitamos un gobierno de Europa, porque en este espacio se proveen bienes públicos que nos afectan a todos. No somos una suma de intereses nacionales, somos algo más y diferente, por eso la crisis es POLÍTICA y EUROPEA, aunque sea imprescindible hacer los ajustes y las reformas nacionales que la situación demanda.

En este suma y sigue de medidas parciales y agónicas, ahora es el turno de Italia. Pero con Italia se puede cometer el grave error de meterla en la recesión que la aleje de la solución de sus problemas reales. Si contemplamos sus cifras: deuda pública del 120% del PIB y solo un 42% de deuda de las familias, pero con una riqueza neta de los hogares italianos de 2,3 billones de euros (mayor que la de Alemania en términos per cápita); si vemos que la deuda pública y privada es del 260% (menor que la de Holanda, Reino Unido, Francia, Estados Unidos o Japón), llegamos a la conclusión de que no es, ni mucho menos, un país insolvente, aunque sea presa de la especulación y de su propia crisis política interna. Su presupuesto primario (sin el servicio de la deuda) tiene superávit. Y con esta deuda lleva muchos años.

El problema de Italia, más que su deuda pública que sin duda tiene que disminuir y tiene recursos para hacerlo, es que su productividad ha caído un 40% respecto de Alemania en los últimos 15 años, y está atrapada con un tipo de cambio en la Unión Monetaria que ha perjudicado su competitividad y asfixiado su crecimiento. Si la llevan a una fuerte recesión -con o sin Berlusconi- todo se hará más difícil.

Tiene que hacer las reformas estructurales que le permitan ganar competitividad y desendeudarse privatizando un sector público empresarial sobredimensionado y poco eficiente porque no está sometido a verdadera competencia.

Pero es el tablero europeo el más preocupante. Estamos equivocando la política, obsesionados por la crisis de la deuda sin tener en cuenta la crisis de crecimiento y empleo que está induciendo esta política de ajustes drásticos, sin la compensación de políticas activas para animar la demanda hasta que arranque la inversión privada.

Gobierno económico europeo significa modular el ajuste presupuestario sin renunciar a objetivos razonables de déficit; impulsar inversiones con el Banco Europeo de Inversiones y con el Fondo del mismo nombre; pedir a Alemania que utilice sus márgenes de crecimiento interno; acordar que el Banco Central Europeo cumpla una función semejante a la Reserva Federal; regular el funcionamiento del sistema en la Unión, incluida la tasa a las transacciones financieras, que no afectan al funcionamiento del sistema financiero sino a los movimientos especulativos a corto.

El Banco Central Europeo tiene que bajar los tipos al nivel de Estados Unidos o Reino Unido; debe comprar deuda soberana, sin excusas innecesarias, para limitar el poder de los especuladores y bajar drásticamente las primas de riesgo que arrasan la economía europea.

Claro que esto no significa que se permita la indisciplina en la eurozona. La gobernanza económica y fiscal de la Unión debe entenderse como cumplimiento de obligaciones para ser acreedores de la solidaridad del conjunto. Pero es absurdo que se cumplan estas obligaciones y los países se sigan ahogando a manos de los especuladores.

Tenemos que corregir el rumbo de la Unión y hay que hacerlo ya. Graduar en el tiempo la lucha contra el déficit, de manera acordada y con un paquete de premios y sanciones para todos por igual. El compromiso de estabilidad presupuestaria debe abarcar a todos los países de la zona euro. Y con ese compromiso debe ponerse en marcha el mecanismo del bono europeo hasta el límite del 60% de deuda que establece el Pacto de Estabilidad.

Al mismo tiempo, los países de la Unión, no solo del euro, tienen que mejorar su competitividad. Todos los acuerdos sociales y las reformas estructurales deben guiarse por ese objetivo de ganancias de competitividad, desde la negociación colectiva a la formación profesional, pasando por la simplificación administrativa o la reforma judicial. Nuestra opción no es competir por costes salariales bajos, sino por ganancias de productividad, por excelencia, por innovación.

Por eso insistiré en que la educación y la sanidad no son solo líneas rojas en defensa del Estado de bienestar, sino inversiones para mejorar nuestro capital humano del que depende nuestro futuro en la sociedad del conocimiento.

Felipe González fue presidente del Gobierno de España entre 1982 y 1996.

Fecha:14/11/11
Autor:Alain Frachon

Existe una forma sencilla de resolver la crisis de la eurozona: que el Banco Central Europeo se comprometa a ser el prestamista de último recurso de los Estados. Pero a pesar de que muchos economistas abogan por esta solución, la institución la rechaza. Un editorialista de Le Monde lamenta la rigidez de dicho planteamiento.

Según defiende un nutrido grupo de economistas, una frase bastaría para encauzar la crisis del euro. Una frase que debería pronunciar el Banco Central Europeo. El BCE debería decir alto y claro que asumirá la función de prestamista en última instancia para los miembros más endeudados de la unión monetaria. De este modo, mejoraría la situación del euro.

Y se mantendrían a raya los mercados. Y, bendita alegría suprema, dejaría de importar lo que dicen las agencias de calificación. Y se podría aflojar un poco el tornillo de la austeridad presupuestaria y flexibilizar las condiciones del rigor. Y esto favorecería el inicio de la recuperación de la actividad, lo que facilitaría la liquidación de la deuda. Y, aunque sin promesas de conseguirlo sin coste alguno, se saldría de este ciclo siniestro que deshace la eurozona, como si fuera una cruel partida de bolos, cuando la gran bola negra va derribándolos uno tras otro: primero Atenas, luego Dublín, Lisboa, Madrid, Roma y, queda a la espera, París

Recursos ilimitados

Puesto que una de sus funciones es la de institución de emisión que acuña moneda, por definición sus recursos son ilimitados. Si el BCE afirma que será el garante en última instancia, disuade la especulación. Los mercados volverán a tranquilizarse y dejarán de exigirse tipos faraónicos de interés para suscribir los préstamos de los Estados más endeudados.

Éstos últimos evitarán así que se desboquen los costes de su deuda y saldrán de una espiral infernal cuyas etapas conocemos a la perfección. Al Estado innoblemente endeudado primero se le condena a no poder financiarse en el mercado mediante la emisión de bonos del tesoro, después tendrá que pagar tipos de interés prohibitivos. Se ve obligado a pasar el platillo pidiendo dinero. Entonces solicita ayuda a los acreedores externos, que únicamente le conceden ayuda a cambio de unas condiciones de austeridad draconianas que terminan por dejar exhausto al enfermo.

Bajo la hipótesis de que el Banco Central afirme de antemano que suscribe los préstamos de un Estado con dificultades para pagar sus deudas, el esquema varía completamente. Las adquisiciones de la institución de emisión rebajarán los tipos hasta niveles viables, si la propia declaración de intención del Banco Central no lo ha conseguido directamente.

Es lo que ocurre fuera de la eurozona, en Estados Unidos, en Gran Bretaña o en Japón, por ejemplo. En muchos sentidos, estos tres países no presentan un boletín de notas más brillante que la media en la unión monetaria europea. Pero para todo el mundo está claro que la Reserva Federal, el Banco de Inglaterra o el de Japón no se mostrarán dubitativos a la hora de actuar.

La doctrina de la separación de poderes

¿Por qué el BCE no actúa de igual modo? Porque está vinculado a una doctrina que aboga por la separación de poderes. El Banco es responsable del ámbito monetario, el Gobierno, del presupuestario; el Banco se ocupa de garantizar la estabilidad de la moneda (nada de inflación), el Gobierno, de gestionar su deuda. Dicho de otro modo, no es tarea de la institución de emisión acudir al auxilio del Tesoro: cada uno tiene su función.

“Se trata de una cuestión de ideología”, señala Jean-Paul Fitoussi, director de investigación del OFCE (Observatorio Francés de Coyunturas Económicas). “Al prohibir que se disponga de un prestamista de último recurso, en caso de dificultades financieras nos encontramos ante la siguiente elección: o la quiebra o una ayuda, pero sometida a unas condiciones que implican tal austeridad que al final tampoco se evitará la quiebra”, afirma.

Esta incomprensión la comparten muchos de sus colegas estadounidenses que, desde el Premio Nobel Paul Krugman hasta Jeffrey Sachs, pasando por Kenneth Rogoff, sostienen lo mismo: “Si el BCE se hiciera cargo de las deudas europeas, la crisis se aliviaría considerablemente” (Paul Krugman, New York Times, 23 de octubre).

¿Cuáles son los riesgos? Como es evidente, la inflación. Los partidarios de la separación de poderes señalan que la adquisición directa de la deuda de un Estado por parte de su banco central equivaldría a hacer funcionar la plancha de billetes. Y ese temor a la inflación, a una moneda que entre en una espiral de devaluación continua, así como el recuerdo de la tragedia que se vivió en los años veinte y que desembocó en el poder de Hitler, es precisamente lo que atormenta a la memoria colectiva de Alemania. Esto explica que este país únicamente accediera a abandonar su sólido marco alemán por el euro con la condición de que al BCE se le asignara una sola tarea: la lucha contra la inflación.

No hay que temer a la inflación

Los defensores de la doctrina plantean otros motivos. Es necesario mantener la credibilidad de la institución de emisión y por lo tanto, no cargar su balance con créditos dudosos: aunque el BCE adquiere a escondidas, en el mercado secundario e indirectamente, cantidades importantes de deuda soberana de los Estados más débiles de la eurozona… Otro de los argumentos de los partidarios de la “separación de los poderes” es que no se puede fomentar el laxismo presupuestario al asegurar de antemano que se van a garantizar las deudas de los irresponsables.

Ante este argumento, Jean-Paul Fitoussi y Paul Krugman responden que la creación de moneda no genera inflación en economías deprimidas como las nuestras. Y para impedir que la flexibilidad de la doctrina monetaria del BCE incite al vicio de la deuda, es necesario que vaya acompañada de una estricta disciplina presupuestaria. Relajación doctrinal contra severidad presupuestaria: un quid pro quo [una cosa por la otra].

Paul Krugman concluye su artículo del siguiente modo: “Sobre las ruinas de la guerra, los europeos crearon sociedades que, sin bien no son perfectas (…) sin duda son las más decentes de la historia de la humanidad. Y están amenazadas porque la élite europea (…) vincula el continente a un sistema monetario que genera rigidez (…) con aspecto de trampa mortal”.

Alain Frachon es director editorial del diario Le Monde, para el que ha trabajado, entre otras cosas, como corresponsal en Washington y director de redacción. Es autor de varios libros, entre ellos “La América Mesiánica. Los orígenes del neoconservadurismo y las guerras del presente” (ed. Paidós, 2006).

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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