Oppenheimer: La confesión de Condoleezza

Fecha: 11.03.11
Autor:Andrés Oppnheimer

Si las biografías políticas de los recientes presidentes de Estados Unidos y sus encargados de relaciones exteriores dicen algo sobre cuales son las regiones que más les interesan —y yo creo que sí—, el nuevo libro de la ex Secretaria de Estado Condoleezza Rice habla por sí mismo: alrededor del 98 por ciento de sus páginas se refieren al Medio Oriente, Rusia y Asia, y un 2 por ciento a Latinoamérica.
Rice, cuyo jefe, el ex presidente George W. Bush, prometió durante la campaña del 2000 convertir a Latinoamérica en un “compromiso fundamental” de su presidencia, dedica sólo dos de los 58 capítulos de su libro de memorias, “No Higher Honor” (Ningún honor más alto) a America Latina. O sea, le dedica a la región unas 15 páginas de un volumen de 766 páginas.

Pero el libro de Rice no es diferente de otros libros de memorias políticas escritos por presidentes recientes y ex secretarios de estado en lo que se refiere a los temas a los que dedican la mayor parte de sus obras. Veamos:

• Hojeando el libro de memorias de George W. Bush, publicado recientemente, y titulado “Decision Points” (Puntos de Decisión), dudo de que las páginas referidas a Latinoamérica lleguen al 0.5 por ciento de las 497 páginas de la edición de bolsillo.
No pude encontrar en el índice del libro de Bush ni una sola referencia a Brasil, la octava economía del mundo. Sólo hay unos párrafos sobre Venezuela, y referencias aisladas a México y Chile, en general vinculadas con las posturas de esos dos países en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

• En la biografía política del ex presidente Bill Clinton, “My life” (Mi vida), publicada en el 2004, sólo hay unas 10 páginas del volumen de 957 páginas que se refieren a Latinoamérica, o alrededor del 1 por ciento del libro. Y esas 10 páginas están casi por completo dedicadas a Haití y a Cuba.

• En las memorias de la ex Secretaria de Estado Madeleine Albright, “Madame Secretary”, del 2003, hay alrededor de una docena de referencias a “Latinoamérica” en el libro de 562 páginas, sin contar las menciones en un anexo con la bitácora de sus viajes por el mundo, y algunos párrafos dispersos sobre Cuba y Haití.

Volviendo al libro de Rice que acaba de salir, hay que decir que contiene algunas referencias inusualmente sinceras sobre varios líderes latinoamericanos, que resulta interesante leer.
Cuando escribe sobre el año 2007, describe a la pareja presidencial de Argentina como “los siempre difíciles Kirchner”.

Refiriéndose a los líderes con los que se encontró en la asunción de la ex presidenta chilena Michelle Bachelet, escribe que el presidente izquierdista de Bolivia, Evo Morales, “parecía completamente perdido. No tenía ideas, solamente eslóganes”. Rice añade que el gesto de Morales de entregarle públicamente como regalo un ukelele decorado con hojas de coca en esa ocasión “fue harto revelador sobre su inmadurez”.

Rice confiesa que para fines del primer período presidencial de Bush, en el 2004, el presidente venezolano Hugo Chávez y sus seguidores estaban cobrando fuerza “como resultado de nuestra desatención” hacia Latinoamérica. Agrega, con una mezcla de esperanza y resignación, que “ya llegaría el momento, más tarde, de hacer algo al respecto, si el presidente (Bush) era reelecto”.

Por supuesto, Bush terminó su segunda presidencia sin convertir a Latinoamérica en una prioridad de su política exterior.

Y uno ya puede prever que las biografías políticas del presidente Obama y de la Secretaria de Estado Hillary Clinton, una vez que dejen sus cargos, no serán muy diferentes. Ya tenemos un indicio de ello en el número de este mes de la revista Foreign Policy, en el que la Clinton publica un artículo titulado “El siglo del Pacifico de Estados Unidos”, cuyo subtítulo empieza diciendo que “el futuro de la geopolítica se decidirá en Asia, no en Afganistán ni en Irak”.

Mi opinión: La confesión de Rice sobre la “desatención” de Washington a Latinoamérica confirma lo que muchos sabemos, pero los ocupantes de la Casa Blanca siempre niegan.

No hay dudas de que Estados Unidos tenía que centrarse en el terrorismo islámico después del 11 de Septiembre del 2001, y que China será su principal desafío en el futuro próximo.

Pero también es cierto que Estados Unidos exporta tres veces más a Latinoamérica que a China. En total, el 43 por ciento de las exportaciones de Estados Unidos van a Latinoamérica y Canadá, y con el crecimiento de las clases medias de los países latinoamericanos, ese porcentaje podría aumentar aún más.

Además, América Latina es fuente cada vez más importante de petróleo, y es la región que más impacto tiene sobre Estados Unidos en temas como la inmigración y el narcotráfico. Latinoamérica merece algo más que el 2 por ciento de la atención de los líderes estadounidenses.

Fecha:31/10/11
Autor:Yuriko Koike

Tokio – A pesar del implacable desplazamiento del poder económico global hacia el continente asiático, y el ascenso de China como una gran potencia –los principales sucesos históricos de nuestro tiempo, que serán el motor de los asuntos mundiales en el futuro previsible- la atención de los Estados Unidos se ha centrado en otras cuestiones. Los ataques terroristas de 2001, seguidos de las guerras en Irak y Afganistán, la gran contracción de 2008, la primavera árabe, y la crisis de deuda soberana de Europa, todo distrajeron a los Estados Unidos e impidieron que ayudaran a crear una estructura duradera de paz en la que se tuviera en cuenta el resurgimiento actual de Asia.

En noviembre, el presidente estadounidense Barack Obama puede empezar a corregir este desequilibrio cuando sea el anfitrión de la cumbre del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico, que se realizará en Hawaii, su estado natal. El momento es propicio porque hay una serie de temas críticos sobre Asia que están llegando a un punto de ebullición.

Por ejemplo, las islas, arrecifes y lecho marino del mar de China Meridional son ahora objeto de reclamos opuestos, incluida la audaz afirmación de China de que todo es territorio soberano chino. En la cumbre de la ASEAN (Asociación de Naciones del Sureste Asiático) de este año en Bali, se acordó que todas estas disputas territoriales se resolverían mediante negociaciones bilaterales. Sin embargo, la magnitud de las reclamaciones chinas condenaron el acuerdo desde el principio; de hecho, ahora China insiste en que el mar es uno de los principales asuntos de interés nacional, al mismo nivel que Taiwán y el Tíbet, y está preparado para luchar por él.

China está dispuesta a hacer sentir su poder lo que intensifica el enorme desequilibrio (1), tanto en tamaño como en influencia, entre dicho país y los demás que bordean el mar de China Meridional. Esto hace inviables las negociaciones bilaterales como medio para resolver las disputas. Vietnam y Filipinas han recibido presiones recientemente pero ambos se han resistido en lugar de someterse a las condiciones impuestas por China.

Las elecciones presidenciales previstas para el próximos año en dos de las democracias más sólidas de Asia –Corea del Sur y Taiwán– probablemente también harán que suba el tono de los intercambios diplomáticos en los meses por venir. El riesgo no radica en la conducta de los surcoreanos o los taiwaneses, sino en las decisiones democráticas que hagan, que podrían ofender a dos de las últimas dictaduras de Asia.

En Corea del Sur, el notable esfuerzo de Park Guen-hye para convertirse en la primera presidenta de su país puede servir como pretexto –como si hicieran falta- para las fechorías de Corea del Norte. El régimen de Pyongyang está tratando de garantizar que el poder pase a manos de una tercera generación de Kims, representado por el gordinflón y bien alimentado “joven General,” Kim Jong-un, y parece pensar que las provocaciones, como el bombardeo a una isla surcoreana hace unos meses, son el medio para asegurar la sucesión.

Taiwán también podría elegir el próximo año a una mujer presidente, Tsai Ing-wen, líder del Partido Popular Democrático de la oposición. Ese resultado avivaría la ira china, no porque Tsai sea mujer sino por su posición política. Durante mucho tiempo este ha sido el partido taiwanés más interesado en obtener la independencia de su país.

Un tercer asunto regional que podría generar tensiones es Birmania, donde otra mujer excepcional, la Premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi, está en el centro de los acontecimientos. Las elecciones de hace unos meses, que muchos al principio consideraron una farsa, ahora parecen haber producido cambios a los que los países asiáticos tendrán que responder colectiva e individualmente. El gobierno no solo liberó a Suu Kyi después de dos décadas de arresto domiciliario, sino que incluso ha iniciado un diálogo con ella –la meticulosa líder de la oposición ha expresado tener verdaderas esperanzas en estas conversaciones.

En efecto, el gobierno del presidente, Thein Sein, ha empezado a poner en libertad a miles de prisioneros políticos, incluido el monje que dirigió las enormes protestas populares de 2007. El gobierno de Sein también ha respondido al descontento del público birmano por la gran influencia de China en el país y canceló la gigantesca presa de 3 mil 600 millones de dólares que las empresas chinas estaban construyendo.

Es evidente que China es el origen de la mayoría de las disputas que afectan a Asia. Se deben abordar dos cuestiones principales -una filosófica y otra estructural- para tratar de mitigar los problemas provocados por el ascenso implacable de China. Asia solo logrará superar el problema filosófico si resuelve el estructural.

El problema filosófico tiene que ver con la renovada concepción de China de sí misma como “el Reino Medio”, un Estado sin un igual soberano. A lo largo de su historia, China intentó tratar a sus vecinos como vasallos – actitud que actualmente se refleja en la forma en que ha conducido sus negociaciones con Vietnam y Filipinas sobre el tema del mar de China Meridional.

El ascenso sin limitaciones de China, que no se apoya en ninguna estructura ni acuerdo regional hace que esta actitud sea particularmente preocupante. En la cumbre de Hawaii, Obama debe dirigir los primeros pasos hacia la construcción de un marco multilateral efectivo en el que se puedan tratar las complicaciones generadas por el ascenso de China.

En cierta medida, la falta de dicha estructura de paz no había sido tan evidente debido al papel dominante de los Estados Unidos en Asia desde la guerra del Pacífico. Sin embargo, el ascenso de China y las demás inquietudes globales e internas de los Estados Unidos hacen que muchos asiáticos se pregunten si esos compromisos serán duraderos en el futuro. No obstante, la reciente autoafirmación estratégica de China ha conducido a muchas democracias asiáticas a tratar de profundizar sus vínculos con los Estados Unidos, como ha hecho Corea del Sur mediante un acuerdo bilateral de libre comercio. De manera recíproca, los Estados Unidos han prometido no recortar el gasto de defensa relacionado con Asia, a pesar de la gran reducción del gasto total de defensa de los Estados Unidos que queda por hacer.

Lo que más necesita Asia en este momento es un sistema regional bien diseñado, integrado en instituciones multilaterales vinculantes. Una “Asociación Transpacífica” entre Australia, Brunei, Chile, Malasia, Nueva Zelanda, Perú, Singapur, los Estados Unidos y Vietnam para gestionar la cadena de suministro, la protección de la propiedad intelectual, las inversiones, las normas de las empresas estatales y otros temas comerciales –que probablemente se mencionarán en Hawaii- es un buen comienzo en el ámbito económico. Sin embargo, se necesita hacer mucho más.

En última instancia, la mejor manera para que perdure la paz en la región es que los Estados Unidos y China asuman de forma compartida la responsabilidad de crear un orden regional con las demás potencias asiáticas, en particular la India, Indonesia, Japón y Corea del Sur.

La elección de Asia es clara: se integra en una estructura de paz multilateral o se verá limitada por alianzas militares estratégicas. En Hawaii, Obama y los otros líderes reunidos –en particular los chinos- deben empezar a escoger entre estos dos futuros para Asia.

Yuriko Koike, ex ministro de Defensa de Japón y asesor de Seguridad Nacional.

Fecha:20/09/11
Traducción: Elisa Carnelli.

Visité China por primera vez en 1979, pocos meses después de que nuestros países normalizaron sus relaciones. China recién comenzaba a rehacer su economía y yo formaba parte de la primera delegación del Senado que presenciaba esa evolución. El mes pasado, al viajar por el país, pude ver cuánto ha cambiado China en estos 32 años y, sin embargo, el debate sobre su notable ascenso sigue vigente.

Entonces como ahora, había preocupación por saber qué significaba el crecimiento de China para Estados Unidos y el mundo. Aquí y en la región, algunos ven el crecimiento de China como una amenaza y tienen la visión de una rivalidad al estilo de la Guerra Fría o un enfrentamiento de grandes potencias. A algunos chinos los inquieta que nuestro propósito en la región Asia-Pacífico sea contener el ascenso de China.

Rechazo esos puntos de vista . Vemos con claridad que hay preocupación por temas como la creciente capacidad militar de China y sus intenciones a ese respecto.

Es por eso que estamos tendiendo lazos con las fuerzas armadas chinas para comprender su pensamiento e
informarlo.

También a ello se debe que el presidente Barack Obama haya dado instrucciones a Estados Unidos, junto con sus aliados, de mantener una fuerte presencia en la región. Como les dije a los dirigentes y el pueblo chinos, Estados Unidos es una potencia del Pacífico y lo seguirá siendo. Sin embargo, estoy convencido de que una China exitosa puede hacer a nuestro país más próspero, no menos.

En tanto nos unen el comercio y la inversión, tenemos participación en el éxito del otro. En cuestiones como la seguridad mundial y el crecimiento económico global, compartimos desafíos y responsabilidades comunes . Por ello, nuestro gobierno se ha esforzado por colocar nuestra relación con China en un pie de igualdad.

A la vez que Estados Unidos y China cooperan, también compiten. Creo firmemente que Estados Unidos puede prosperar con esta competencia y lo hará. Tenemos que colocar en perspectiva el creciente poder económico de China. Según el FMI, el producto bruto interno de EE.UU., de casi 15 billones de dólares, sigue siendo más del doble del de China. Nuestro PBI per capita de más de 47.000 dólares es seis veces el de China.

Y, aunque mucho se habla de que China es la “dueña” de la deuda estadounidense, la verdad es que los estadounidenses son los dueños de la deuda de los EE.UU.

China posee sólo el 8 % de los bonos del Tesoro vigentes. En comparación, los estadounidenses poseen casi el 70 %. Nuestro firme compromiso de cumplir con nuestras obligaciones financieras es por el bien de los estadounidenses, así como por el de los ciudadanos de otros países.

Es por eso que Estados Unidos nunca ha dejado de pagar sus obligaciones y nunca lo hará.
Algo quizá más importante aún es que el carácter de la competencia del siglo XXI favorece a Estados Unidos.

En el siglo XX, medíamos la riqueza de una nación fundamentalmente por sus recursos naturales, su masa territorial, su población y su ejército. En el siglo XXI, la verdadera riqueza de una nación se funda en la mente creativa de su gente y su capacidad para innovar.

Autor:Joseph S. Nye
Fecha: 04/07/11

Cambridge – El siglo XXI es testigo del retorno de Asia a lo que podrían considerarse sus proporciones históricas en cuanto a población y economía del mundo. En 1800, Asia representaba más de la mitad de la población y la producción global. Para 1900, representaba apenas el 20% de la producción mundial –no porque a Asia le hubiera sucedido algo malo, sino más bien porque la Revolución Industrial había transformado a Europa y Norteamérica en el taller del mundo.

La recuperación de Asia comenzó con Japón, luego se trasladó a Corea del Sur y al sudeste asiático, empezando por Singapur y Malasia. Ahora la recuperación está centrada en China, y cada vez más involucra a la India, mientras en el proceso permite que cientos de millones de personas salgan de la pobreza.

Este cambio, sin embargo, también crea ansiedades respecto de las relaciones de poder cambiantes entre los estados. En 2010, China superó a Japón para convertirse en la segunda economía más grande del mundo. De hecho, el banco de inversión Goldman Sachs espera que el tamaño total de la economía china supere al de Estados Unidos para 2027.

Pero, aún si el PBI chino general alcanza una paridad con el de Estados Unidos para 2020, las dos economías no serán iguales en composición. China seguirá teniendo un amplio sector rural subdesarrollado. Suponiendo un crecimiento del PBI chino del 6% y un crecimiento de Estados Unidos del 2% después de 2030, China no sería igual a Estados Unidos en términos de ingresos per capita –una medición mejor de la sofisticación de una economía- hasta algún momento cercano a la segunda mitad del siglo.

Es más, las proyecciones lineales de las tendencias de crecimiento económico pueden ser engañosas. Los países emergentes tienden a beneficiarse de las tecnologías importadas en las primeras etapas del despegue económico, pero sus tasas de crecimiento generalmente se ralentizan conforme alcanzan niveles más elevados de desarrollo. Y la economía china enfrenta serios obstáculos para un crecimiento rápido sostenible, debido a sus empresas estatales ineficientes, una creciente desigualdad, una profusa migración interna, una red de seguridad social inadecuada, corrupción e instituciones inapropiadas, todo lo cual podría fomentar la inestabilidad política.

El norte y el este de China han superado al sur y al oeste. China -casi el único caso entre los países en desarrollo– está envejeciendo extraordinariamente rápido. Para 2030, China tendrá más personas mayores a su cargo que niños. Algunos demógrafos chinos temen que el país se vuelva viejo antes de volverse rico.

Durante la pasada década, China pasó de ser el noveno exportador en importancia del mundo a ser el líder, desplazando a Alemania del puesto número uno. Pero el modelo de desarrollo liderado por las exportaciones de China necesitará ajustarse a medida que los equilibrios comerciales y financieros globales se vuelvan más contenciosos. Por cierto, el duodécimo Plan Quinquenal de China apunta a reducir la dependencia de las exportaciones y estimular la demanda doméstica. ¿Funcionará?

El sistema político autoritario de China hasta ahora demostró una capacidad sorprendente para alcanzar objetivos específicos -por ejemplo, montar unos Juegos Olímpicos(1) exitosos, construir proyectos ferroviarios de alta velocidad o incluso estimular la economía para recuperarse de la crisis financiera global-. Que China pueda o no mantener esta capacidad en el largo plazo es un misterio para los de afuera y hasta para los propios líderes chinos.

A diferencia de la India, que nació con una constitución democrática, China todavía no ha encontrado una manera de canalizar las demandas de participación política (si no democracia) que tienden a acompañar un creciente ingreso per capita. La ideología comunista desapareció hace tiempo, de manera que la legitimidad del partido gobernante depende del crecimiento económico y del nacionalismo étnico han. Si China puede desarrollar o no una fórmula para manejar una clase media urbana en expansión, una desigualdad regional y un resentimiento entre las minorías étnicas todavía está por verse. El punto básico es que nadie, ni siquiera los chinos, saben de qué manera el futuro político de China afectará su crecimiento económico.

Algunos analistas sostienen que China apunta a desafiar la posición de Estados Unidos como la potencia dominante del mundo. Aún si ésta fuera una evaluación precisa de las intenciones de China (y ni los chinos pueden saber las opiniones de las generaciones futuras), es improbable que China tenga la capacidad militar para lograrlo. Sin duda, los gastos militares chinos, que subieron más del 12% este año, han venido creciendo aún más rápido que su economía. Pero los líderes de China tendrán que lidiar con las reacciones de otros países, así como con las limitaciones que trae aparejada la necesidad de mercados y recursos externos para satisfacer sus objetivos de crecimiento económico.

Una postura militar china que sea demasiado agresiva podría producir una coalición de contrapartida entre sus vecinos, debilitando así el poder duro y blando de China. En 2010, por ejemplo, cuando China se volvió más enérgica en su política exterior hacia sus vecinos, sus relaciones con la India, Japón y Corea del Sur se vieron afectadas. En consecuencia, a China le resultará más difícil excluir a Estados Unidos de los acuerdos de seguridad de Asia.

El tamaño y la alta tasa de crecimiento económico de China casi con certeza aumentarán su fortaleza relativa frente a Estados Unidos en las próximas décadas. Esto seguramente acercará a los chinos a Estados Unidos en términos de recursos de poder, pero China no necesariamente superará a Estados Unidos como el país más poderoso.

Aún si China no sufre ningún revés político doméstico importante, muchas proyecciones actuales basadas exclusivamente en el crecimiento del PBI son demasiado unidimensionales: ignoran al ejército estadounidense y las ventajas del poder blando, así como las desventajas geopolíticas de China en el equilibrio de poder al interior de Asia. Mi propia estimación es que entre el rango de posibles futuros, los escenarios más factibles son aquellos en los que China le planteará un fuerte desafío a Estados Unidos, pero no lo superará en cuanto a poder general en la primera mitad de este siglo.

Más importante aún, Estados Unidos y China deberían evitar desarrollar miedos exagerados de las capacidades e intenciones del otro. La expectativa de conflicto puede en sí misma convertirse en causa de conflicto. En realidad, China y Estados Unidos no tienen intereses en conflicto que estén profundamente arraigados. Ambos países, junto con otros, tienen mucho más para ganar en un contexto de cooperación.

Joseph S. Nye, Jr. es profesor de Harvard y autor de The Future of Power.

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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