El nacionalismo avanza en Rusia

Fecha: 04/11/11
Autor: Pilar Bonet

Grupos extremistas se manifiestan en Moscú contra los inmigrantes, las ayudas a las regiones del Cáucaso y el partido gubernamental

Varios miles de nacionalistas rusos se manifestaron el viernes en Moscú contra la inmigración, las transferencias presupuestarias estatales a las regiones del Cáucaso y contra el partido gubernamental. “Basta de dar de comer al Cáucaso” y “Fuera Rusia Unida, el partido de los bandidos y ladrones” fueron dos de las principales consignas de la “marcha rusa”, que se celebró en Lublinó, un barrio alejado del centro. El acto, donde hubo saludos nazis con el brazo extendido y se corearon expresiones racistas, contaba con la participación de Alexéi Navalni, un abogado muy popular por su página de web (“rospil”) en la que denuncia con documentos la corrupción en las instituciones oficiales y las irregularidades del Gobierno en la adjudicación de proyectos públicos.

La “marcha rusa” de Moscú, como muchas otras manifestaciones en la capital y en otras ciudades, se celebraba con motivo del Día de la Unidad Nacional, una fiesta instituida en 2005, siendo presidente del Estado Vladímir Putin, para sustituir a la fiesta del 7 de Noviembre que conmemoraba la Revolución Bolchevique de 1917. Lo que ahora se celebra es la expulsión de polacos y lituanos del Kremlin en 1612, acontecimiento que ha sido simplificado y “estilizado” para consumo popular. Sin embargo, la mayoría de los rusos no saben aún qué festejan y la jornada, por el carácter de la conmemoración, ha adquirido un marcado tinte nacionalista ruso, aunque la propaganda oficial insiste en que se trata de una fiesta para toda la ciudadanía, con independencia de su identidad cultural.

Navalni, uno los organizadores de la “marcha rusa” de este año, se ha convertido en uno de los principales propagandistas del “nuevo nacionalismo político”, movimiento en gestación que aspira a representar el supuesto sentir de la mayoría de los rusos y que pretende arrebatar la bandera del nacionalismo a cabezas rapadas, extremistas y marginales. Según Navalni, ese nacionalismo debe ser legalizado para poder encauzar y controlar sentimientos que ahora se expresan en la calle de forma extrema y violenta.

“El único modo de que la “marcha rusa” tenga mejor aspecto”, dijo Navalni en una entrevista a Lenta.ru, “es participar en ella”. El abogado explicó que las marchas son el resultado de la “evolución del movimiento nacionalista en Rusia”. “Considero que la dinámica de esta evolución es totalmente positiva, porque hasta ahora cuando hablamos de nacionalistas evocamos a algunas gentes con la que Yeltsin se enfrentó a principios de los noventa. Aquellos no eran nacionalistas, sino más bien patriotas soviéticos”, señaló.

Las fuerzas del orden público no reaccionaron ante los eslóganes de carácter racista que se corearon en la “marcha rusa”, según dijo a Interfax Aleksandr Verjovski, director del centro analítico Sova (especializado en el seguimiento de la xenofobia). Verjovski opinó que el número de participantes en las “marchas rusas” del 4 de noviembre aumenta un poco cada año. “Rusia para los Rusos”, “Moscú para los moscovitas” y “Basta de saqueo de las regiones rusas” fueron algunas de las consignas que jalearon los manifestantes, entre los que había muchos adolescentes y hasta niños, algunos de ellos de comportamiento agresivo.

El canal informativo estatal “Rusia 24 horas” no informó de la “marcha rusa” en sus noticiarios nocturnos, pero sí dedicó amplio espacio a los festejos de Rusia Unida y sus afiliados así como a los actos que encabezaron Putin y Medvédev en la ciudad de Nizhni Nóvgorod, en el Volga. Las estimaciones sobre el número de asistentes a la “marcha rusa” de Moscú divergían entre 25.000, según los organizadores, y 7000, según la policía. Oficialmente, 10.000 personas se reunieron en la concentración organizada por Rusia Unida.

Las pasiones nacionalistas se desataron violentamente en diciembre de 2011 en Moscú después de que un hincha ruso muriera en una pelea con un oriundo del Cáucaso tras un partido de fútbol. Días después, jóvenes enfurecidos salieron a la calle a reclamar justicia y arramblaron con todo lo que encontraron a su paso en las inmediaciones del Kremlin, donde la policía tuvo que proteger a ciudadanos con aspecto caucásico. La semana pasada, los tribunales de Moscú condenaron simultáneamente al asesino del hincha ruso y también a los organizadores de los desórdenes junto al Kremlin. De este modo, el Kremlin enviaba una señal de que no tolerará la violencia en ninguno de los dos bandos enfrentados.

En su entrevista a “lenta.ru”, Navalni manifestaba que la mayoría de los ciudadanos de Rusia está de acuerdo con él en que “no hay que dar tanto dinero a Daguestán y Chechenia, si no recibimos ningun resultado”. “La mayoría de los habitantes de la Federación Rusa dirá conmigo que no queremos financiar la formación de un ejercito islamista en Chechenia (…) y que queremos introducir el visado a las repúblicas de Asia Central”. “Todo el país debate esto, pero no el Gobierno ni la Duma”, continuó Navalni. El político relacionó la emigración de Asia Central y de Tayikistán con el tráfico de drogas y el consumo de heroína, fenómeno por el que Rusia, dijo, está en primer lugar en el mundo. La heroína, afirmó, la traen y la venden los emigrantes sin trabajo, para sobrevivir y pagar a quienes les han ayudado a llegar a Rusia.

Fecha:04/11/11
Autor:Joseph E. Stiglitz

Nueva York – El movimiento de protesta que nació en enero en Túnez, para luego extenderse a Egipto y de allí a España, ya es global: la marea de protestas llegó a Wall Street y a diversas ciudades de Estados Unidos. La globalización y la tecnología moderna ahora permiten a los movimientos sociales trascender las fronteras tan velozmente como las ideas. Y la protesta social halló en todas partes terreno fértil: hay una sensación de que el “sistema” fracasó, sumada a la convicción de que, incluso en una democracia, el proceso electoral no resuelve las cosas, o por lo menos, no las resuelve si no hay de por medio una fuerte presión en las calles.

En mayo visité el escenario de las protestas tunecinas; en julio, hablé con los indignados españoles; de allí partí para reunirme con los jóvenes revolucionarios egipcios en la plaza Tahrir de El Cairo; y hace unas pocas semanas, conversé en Nueva York con los manifestantes del movimiento Ocupar Wall Street. Hay una misma idea que se repite en todos los casos, y que el movimiento OWS expresa en una frase muy sencilla: “Somos el 99%”.

Este eslogan remite al título de un artículo que publiqué hace poco. El artículo se titula “Del 1%, por el 1% y para el 1%”, y en él describo el enorme aumento de la desigualdad en los Estados Unidos: el 1% de la población controla más del 40% de la riqueza y recibe más del 20% de los ingresos. Y los miembros de este selecto estrato no siempre reciben estas generosas gratificaciones porque hayan contribuido más a la sociedad (esta justificación de la desigualdad quedó totalmente vaciada de sentido a la vista de las bonificaciones y de los rescates); sino que a menudo las reciben porque, hablando mal y pronto, son exitosos (y en ocasiones corruptos) buscadores de rentas.

No voy a negar que dentro de ese 1% hay algunas personas que dieron mucho de sí. De hecho, los beneficios sociales de muchas innovaciones reales (por contraposición a los novedosos “productos” financieros que terminaron provocando un desastre en la economía mundial) suelen superar con creces lo que reciben por ellas sus creadores.

Pero, en todo el mundo, la influencia política y las prácticas anticompetitivas (que a menudo se sostienen gracias a la política) fueron un factor central del aumento de la desigualdad económica. Una tendencia reforzada por sistemas tributarios en los que un multimillonario como Warren Buffett paga menos impuestos que su secretaria (como porcentaje de sus respectivos ingresos) o donde los especuladores que contribuyeron a colapsar la economía global tributan a tasas menores que quienes ganan sus ingresos trabajando.

Se han publicado en estos últimos años diversas investigaciones que muestran lo importantes que son las ideas de justicia y lo arraigadas que están en las personas. Los manifestantes de España y de otros países tienen derecho a estar indignados: tenemos un sistema donde a los banqueros se los rescató, y a sus víctimas se las abandonó para que se las arreglen como puedan. Para peor, los banqueros están otra vez en sus escritorios, ganando bonificaciones que superan lo que la mayoría de los trabajadores esperan ganar en toda una vida, mientras que muchos jóvenes que estudiaron con esfuerzo y respetaron todas las reglas ahora están sin perspectivas de encontrar un empleo gratificante.

El aumento de la desigualdad es producto de una espiral viciosa: los ricos rentistas usan su riqueza para impulsar leyes que protegen y aumentan su riqueza (y su influencia). En la famosa sentencia del caso Citizens United, la Corte Suprema de los Estados Unidos dio a las corporaciones rienda suelta para influir con su dinero en el rumbo de la política. Pero mientras los ricos pueden usar sus fortunas para hacer oír sus opiniones, en la protesta callejera la policía no me dejó usar un megáfono para dirigirme a los manifestantes del OWS.

A nadie se le escapó este contraste: por un lado, una democracia hiperregulada, por el otro, la banca desregulada. Pero los manifestantes son ingeniosos: para que todos pudieran oírme, la multitud repetía lo que yo decía; y para no interrumpir con aplausos este “diálogo”, expresaban su acuerdo haciendo gestos elocuentes con las manos.

Tienen razón los manifestantes cuando dicen que algo está mal en nuestro “sistema”. En todas partes del mundo tenemos recursos subutilizados (personas que desean trabajar, máquinas ociosas, edificios vacíos) y enormes necesidades insatisfechas: combatir la pobreza, fomentar el desarrollo, readaptar la economía para enfrentar el calentamiento global (y esta lista es incompleta). En los Estados Unidos, en los últimos años se ejecutaron más de siete millones de hipotecas, y ahora tenemos hogares vacíos y personas sin hogar.

Una crítica que se les hace a los manifestantes es que no tienen un programa. Pero eso supone olvidar cuál es el sentido de los movimientos de protesta. Son ellos una expresión de frustración con el proceso electoral. Son una alarma.

Las protestas globalifóbicas de 1999 en Seattle, en lo que estaba previsto como la inauguración de una nueva ronda de conversaciones comerciales, llamaron la atención sobre las fallas de la globalización y de las instituciones y los acuerdos internacionales que la gobiernan. Cuando los medios de prensa examinaron los reclamos de los manifestantes, vieron que contenían mucho más que una pizca de verdad. Las negociaciones comerciales subsiguientes fueron diferentes (al menos en principio, se dio por sentado que serían una ronda de desarrollo y que buscarían compensar algunas de las deficiencias señaladas por los manifestantes) y el Fondo Monetario Internacional encaró después de eso algunas reformas significativas.

Es similar a lo que ocurrió en la década de 1960, cuando en Estados Unidos los manifestantes por los derechos civiles llamaron la atención sobre un racismo omnipresente e institucionalizado en la sociedad estadounidense. Aunque todavía no nos hemos librado de esa herencia, la elección del presidente Barack Obama muestra hasta qué punto esas protestas fueron capaces de cambiar a los Estados Unidos.

En un nivel básico, los manifestantes actuales piden muy poco: oportunidades para emplear sus habilidades, el derecho a un trabajo decente a cambio de un salario decente, una economía y una sociedad más justas. Sus esperanzas son evolucionarias, no revolucionarias. Pero en un nivel más amplio, están pidiendo mucho: una democracia donde lo que importe sean las personas en vez del dinero, y un mercado que cumpla con lo que se espera de él.

Ambos objetivos están vinculados: ya hemos visto cómo la desregulación de los mercados lleva a crisis económicas y políticas. Los mercados solo funcionan como es debido cuando lo hacen dentro de un marco adecuado de regulaciones públicas; y ese marco solamente puede construirse en una democracia que refleje los intereses de todos, no los intereses del 1%. El mejor gobierno que el dinero puede comprar ya no es suficiente.

El Autor es profesor de la Universidad de Columbia, premio Nobel de Economía y autor del libro Caída libre: Estados Unidos, el libre mercado y el hundimiento de la economía mundial.

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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