Cuidado con los salvadores del euro

Fecha: 05/10/11
Fuente:Der Freitag
Autor: Tom Strohschneider

Si el futuro europeo está en peligro, entonces es hora de plantarse ante las propuestas de la canciller Merkel y el presidente Sarkozy, que promueven una unión con déficit democrático, competición impositiva y dumping social, argumenta un autor alemán.

Hace poco, el destacado historiador social Jürgen Kocka recordaba que las grandes crisis del capitalismo en muchas ocasiones han servido de catalizador de las reformas profundas del propio sistema capitalista. Podría ser una esperanza y debe servirnos de advertencia: si la crisis del euro brinda alguna oportunidad de que surjan “efectos productivos”, esa oportunidad debe aprovecharse ya.

Las crisis anteriores allanaron el camino a los cambios estructurales o al menos los aceleraron. Las crisis dieron lugar a la institucionalización de la regulación estatal, al Estado del bienestar y en particular, al paradigma económico keynesiano que se impuso durante tanto tiempo. Éste era básicamente el panorama general. Sin embargo, al final, los “efectos productivos” acabaron una vez más por servir a los intereses particulares. Una de las explicaciones del actual batacazo es que una Alemania gobernada por una coalición integrada por los social-demócratas y los verdes, que liberalizó lo que estaba regulado y renunció al nivel de redistribución que ya se había conseguido, puso contra la pared esos efectos.

¿Se ha aprendido algo de la crisis de la deuda en Europa? Al parecer, no. Porque lo que se está dando a entender al preocupado público como gestión de la crisis no tiene nada que ver con los “efectos productivos” de los que hablaba Kocka. En la carrera contra “los mercados” para rescatar al euro, lo único que están demostrando los Gobiernos es dónde se encuentra realmente el poder. En lugar de abordar las causas de la crisis económica y política, se intenta dar con una explicación convincente, como si fuera la solución. Lo que se ha seguido dejando al Estado es que, desde 2008, ha tenido que soportar las cargas sociales de una crisis financiera privada. Y antes de que a los presupuestos públicos se les hubiera cargado el coste de propagar la riqueza privada, se recetó otra dieta para curar la enfermedad que ahora se denomina “crisis del Estado”.

Si el euro fracasa…

Con la crisis, el principio alemán del “freno a la deuda” se ha expandido por toda Europa. ¿Quizás gracias a las virtudes de la ahorrativa ama de casa de Suabia? En absoluto. “Lo que no debemos hacer”, afirmaba la canciller Merkel, “es que los inversores pierdan la confianza a lo largo del proceso”. Esto revela a quién es fiel. E ilustra claramente a lo que se ha visto reducido el debate europeo: a un debate sobre ahorrar dinero, sobre mantener las reclamaciones sobre los activos, sobre conservar la competitividad.

Cuando alguien pide más “pasión por Europa”, se apela en última instancia a reducir las autorizaciones para aplicar una disciplina presupuestaria, normas para las deudas soberanas y temas similares. Además, no se pueden ocultar las disputas de motivación política de la coalición sobre la política europea. El hecho de que el Parlamento se vaya a implicar más en el futuro en las decisiones sobre el rescate del euro no es en sí mismo la respuesta a la pregunta de qué van a rescatar los diputados.

“Si el euro fracasa, fracasa Europa”, declaró la canciller y así dio rienda suelta globalmente a una amenaza que tendrá el mismo impacto en los parlamentarios de los partidos gobernantes que en los pequeños ahorradores y en los receptores de prestaciones, en los trabajadores y en los estudiantes, en los médicos y en los artistas, en los jubilados y en las amas de casa. Como mucho, la frase expresa sólo la mitad de la verdad.

Se están destruyendo las bases de una Europa mejor

Porque se están destruyendo las bases de una Europa mejor, de una Europa que, en la discusión sobre el Tratado de Lisboa, al menos estaba abierta al debate: una Europa que defendía las normas sociales, los derechos fundamentales que pudiesen exigirse. Quien desee salvar a Europa, pensando en algo más que un proyecto elitista ideado únicamente para servir a intereses económicos, a una Europa con su déficit demográfico, su competencia fiscal y dumping social, debe enfrentarse a los “salvadores”, a Merkel, Sarkozy y compañía.

Es necesario, por un lado, porque a través de las mismas decisiones de gestión de la crisis ya se está creando la futura realidad constitucional de la UE. Por otro lado, no será tan sencillo, ya que la negativa a la vía del rescate por parte de una sociedad unida se puede confundir fácilmente con el populismo euroescéptico que se está extendiendo actualmente por esa misma sociedad. Estas críticas equivocadas de Europa han encontrado su “órgano central” en el tabloide Bild; lo que aún les falta es el apoyo de un partido político.

Austeridad autoritaria

Según una reciente encuesta, dos tercios de los ciudadanos de la UE creen que el mercado único sólo ha beneficiado a las grandes empresas. La mitad creen que el statu quo europeo ha degradado las condiciones laborales y que el estado actual de la integración política no aporta nada a los desfavorecidos. Esto dice mucho del carácter de la Europa que Merkel y otros desean salvar. Y aún así, sería un error abandonar por completo la noción y dar vía libre a los que ven la salida en los marcos alemanes, en la pérdida de solidaridad y la estrechez mental nacional.

Lo que está en juego es ni más ni menos que esto: o la crisis del euro se resuelve “desde arriba”, con lo que se llegará a un régimen de austeridad autoritaria en la UE, que reducirá el margen de maniobra para la creación de políticas sobre el terreno y alejará las fuerzas sociales centrífugas del ideal europeo; o bien, la presión “desde abajo” obligará a los Gobiernos a cambiar su rumbo.

No bastará con una campaña publicitaria de los sindicatos. Ninguna crisis ha tenido “efectos productivos” únicamente realizando llamamientos. Tal y como nos recuerda Kocka, siempre se necesita una crítica al capitalismo, compromiso político y movilización social. Las críticas ya han salpicado todas las páginas de los periódicos, pero aún no se ha caído en la cuenta de que con eso no es suficiente.

Fecha:07/10/11
Autor: Leif Pagrotsky

Suecia – El juego de echar culpas está de moda a medida que la crisis y la desesperación se propagan por Europa. Los informes de noticias, así como el debate político y económico, hoy en día se centran en identificar a los culpables, y banqueros y políticos son los que surgen como principales sospechosos.

A los banqueros se los acusa porque sus préstamos y su especulación irresponsables trajeron aparejada la caída de economías como Irlanda y Letonia, así como graves problemas en países como España y Portugal. A los políticos se los culpa porque no ajustaron las políticas fiscales cuando era necesario para impedir las burbujas inmobiliarias, controlar los déficits externos y evitar el sobrecalentamiento económico. Ahora, después de que las burbujas estallaron y que al colapso inevitable del mercado inmobiliario le siguieran el de los bancos, las finanzas públicas y los mercados laborales, los villanos deben recibir castigo.

Sin embargo, este ejercicio popular no tiene sentido. Es obvio que los políticos y los banqueros cometieron errores graves que contribuyeron a la crisis actual. Pero, más allá de lo malos que puedan parecer los líderes políticos y financieros de Europa, un repentino incremento de la cantidad de individuos incompetentes o inmorales en la periferia de la eurozona no es una explicación creíble para esta crisis. Los dirigentes de Irlanda y Letonia fueron elogiados como modelos de rol poco tiempo antes de convertirse en chivos expiatorios.

A decir verdad, la culpa debería ser compartida por aquellos que conocían, o deberían haber conocido, los riesgos de perder la capacidad de fijar tasas de interés en países individuales. Sabemos que tasas de interés reales extremadamente bajas producen una expansión masiva del crédito. En países con un mayor crecimiento de los precios que en Alemania, pero con los mismos costos de endeudamiento, esto no puede producir otra cosa que sobrecalentamiento, mayor inflación o incluso tasas de interés reales más bajas.

Contener esta oleada de demanda inducida por el crédito sólo con política fiscal es imposible, y algo absurdo de intentar. ¿Cómo se ajusta la política fiscal para compensar más del 100% del PIB en poder de gasto inducido por el crédito en sólo tres años, como ocurrió en Irlanda en 2004-2007 -y en una democracia con excedente fiscal, como es Irlanda? Pedirles a los políticos en una democracia con grandes excedentes que aumenten los impuestos o recorten los beneficios o la inversión pública en la enorme magnitud que se necesita para evitar huelgas desastrosas es no estar en contacto con la realidad.

Simplemente, los riesgos para los pequeños países periféricos son inherentes al sistema creado por la Unión Monetaria Europa. La principal culpa, por ende, debería recaer sobre los fundadores del sistema, o aquellos que vieron los problemas venir pero optaron por no pronunciar ninguna señal de advertencia. El sueño de la unidad europea evidentemente indujo a algunos a mantenerse callados en un esfuerzo por preservar la buena voluntad visionaria del proyecto del euro. Ahora hemos despertado a una crisis existencial por la moneda común.

Ignorar los riesgos y exagerar los beneficios del euro para promover un respaldo de la moneda a corto plazo inevitablemente se tornó autodestructivo. Aquellos que no sólo toleraron sino que alentaron activamente los excesos en países como Letonia -haciendo de una eventual adopción del euro un prerrequisito para ser miembro de la Unión Europea, y prometiendo que esto produciría sólo crecimiento, prosperidad y disciplina- son aquellos a quienes debería perseguirse en el juego de echar culpas.

Todas las economías necesitan a alguien que pueda asegurar que se retire la ponchera proverbial cuando la fiesta se sale de control. Para eso están los banqueros centrales independientes, y es por eso que su independencia de la interferencia política ha sido consagrada en el Tratado Europeo. Pero este concepto no está reflejado en el diseño de la unión monetaria.

Los miembros más pequeños de la eurozona, particularmente aquellos en la periferia y con lazos económicos más débiles con el centro de la Unión Monetaria Europea, se tornan vulnerables al sobrecalentamiento y la inflación cuando se elimina su capacidad para aumentar las tasas de interés. Ninguna estipulación en el Tratado aborda este problema fundamental. Muchos hoy están sufriendo las consecuencias.

El Autor es miembro del parlamento sueco, es vicepresidente del Consejo General del Riksbank, y fue ministro de Industria y Comercio de Suecia.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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