El regreso de los estudiantes a las calles

Fecha: 01/10/11
Autor:Alvaro Vargas Llosa

En el imaginario global, “estudiante” es, de un tiempo a esta parte, sinónimo de protesta. Ellos tienen muchos más reclamos que satisfacciones y más razones para oponerse de forma colectiva que para buscar su camino individualmente.

Se ha reparado mucho en que en diversas capitales del mundo -en América Latina, Europa y el Medio Oriente– grupos importantes de “indignados”(termino proveniente del movimiento español), como los llamó premonitoriamente Stéphane Hessel en su ya célebre panfleto, han coincidido en el ejercicio masivo y a veces violento de la protesta. Se ha reparado menos, quizá porque los “indignados” son una sombrilla que cobija a muchos otros estamentos, en que los estudiantes están intensamente movilizados en muchas partes.

Que no se hable de ellos en particular tanto como de los “indignados” en general no quita que hayan tenido impacto psicológico. En el imaginario global, “estudiante” es, de un tiempo a esta parte, sinónimo de protesta. Los estudiantes tienen muchos más reclamos que satisfacciones y muchas más razones para oponerse de forma colectiva que para buscar su camino individualmente.

Esto es una gran novedad. Si algo caracterizaba a las generaciones jóvenes en la era de la globalización y la abundancia (la palabra hoy suena a humor negro) era precisamente la apatía cívica, el desinterés político, el desdén por la acción colectiva. Esas eran pérdidas de tiempo y lujos de generaciones ideologizadas del pasado. Los jóvenes de hoy iban a lo suyo, y lo suyo eran las infinitas posibilidades de superación de la globalización.

Todo eso se acabó por un buen tiempo. Los estudiantes están de vuelta en las calles. Veamos.

-El movimiento de protesta estudiantil chileno, organizado alrededor de la Confederación de Estudiantes de Chile y en particular la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile, ha acaparado la atención y la agenda política desde mayo. Apuntan tanto a las finanzas como a la calidad de la educación.

-En España, los estudiantes han cobrado protagonismo en protestas diversas. Han sido un factor importante de los “indignados”, pero también han secundado parcialmente una huelga de docentes contra los recortes a la enseñanza pública en Madrid, Galicia y, próximamente, Castilla-La-Mancha. Los recortes incluyen la eliminación de docentes interinos o asistentes al aumentar el número de horas lectivas (es decir, de asistencia efectiva a clase) de los profesores. Los estudiantes, además de solidarizarse con los afectados, creen que es el comienzo de un proceso de erosión de la enseñanza pública que irá a peor.

-En Francia, los estudiantes y sus padres han respaldado en las calles la protesta de los profesores contra los recortes que afectan a su sector bajo el gobierno de Nicolas Sarkozy. Acusan al gobierno de haber eliminado 64 mil puestos públicos en la enseñanza escolar y estar obligando a muchos profesores a enseñar en clases masificadas. La “degradación” educativa ha galvanizado a estudiantes junto con profesores.

-En el Reino Unido, los estudiantes participaron parcialmente en los disturbios de agosto pasado, provocados por la muerte de un joven negro a manos de la policía en la localidad londinense de Tottenham. Pero también se manifiestan muy especialmente contra la ley dada por la alianza de conservadores y liberal-demócratas que eleva el tope que pueden cobrar las universidades a los alumnos. El aumento del valor de la matrícula universitaria hasta nueve mil libras esterlinas no ha sido adecuadamente compensado, según los manifestantes, por la relativa postergación de la fecha para devolver los préstamos universitarios.

-En Israel, los estudiantes han sido un dínamo de las movilizaciones contra el alto precio de la vivienda y diversas carencias sociales que han forzado al gobierno de Benjamín Netanyahu a aceptar una comisión de alto nivel. Esta comisión ha propuesto cosas como el recorte del gasto de Defensa para subvencionar una rebaja del costo de la vivienda para estudiantes. El aumento del precio de la vivienda -250 por ciento en tres años en Tel Aviv- es un dato social que afecta a un universo mucho mayor que el de los estudiantes.

Ante la tentación de poner todas las protestas en el mismo saco, es indispensable diferenciar unas de otras. En algunos casos, la discusión se centra más en la universidad que en la escuela (Inglaterra), en otros se emparenta con muchos reclamos sociales simultáneos (Israel); hay países donde los estudiantes han sido la punta de lanza de los reclamos sociales (Chile), mientras que en otros (España y, en cierta forma, Francia) han sido un soporte. También hay diferencias importantes en la amplitud. No se compara, al menos no todavía, el fenómeno de Chile, donde la participación estudiantil es masiva, con España, donde los estudiantes específicamente comportan un segmento significativo, pero no tan grande del fenómeno social. Para no hablar de que en Chile, por ejemplo, el movimiento tiene liderazgos mucho más claros que en Europa, donde una característica importante ha sido, por ejemplo en España, un modo más bien anarquista de operar, evitando deliberadamente toda jerarquía o cabeza visible.

Las constataciones más obvias son también las más sorprendentes: ninguno de los países citados es pobre; en ninguno de los países citados está el grueso de la revuelta conformado por el sector más desamparado de la sociedad, pudiéndose hablar en cierta forma de un fenómeno de clase media, sin bien una clase media muy venida a menos; en ningún caso el reclamo es exclusivamente de naturaleza estudiantil, si bien en Chile es donde el enfoque -la exigencia de una educación universitaria gratuita- ha sido más concentrado. En muchos otros lugares, como en Mayo del 68, los estudiantes se asocian con grupos distintos de la sociedad para disparar su ira contra blancos simultáneos. Es cierto que en Chile ha habido algo de eso, especialmente durante el invierno, cuando los pedidos de cambio de modelo y cambio constitucional eran más generales, pero últimamente vuelve a predominar, como al principio, la discusión específicamente universitaria.

Hasta donde pueden hacerse lecturas globales de fenómenos como estos, tan directamente relacionados con la experiencia concreta de los países donde ocurren, pueden decirse tres cosas sin demasiada exageración. Primero: ha regresado el espíritu cívico y político al mundo estudiantil después de varios años en que parecía que la globalización, con sus muchas posibilidades para el desarrollo individual de los jóvenes, había matado en ellos el espíritu de acción colectiva. Segundo: la incertidumbre y el miedo provocados por las consecuencias financieras y económicas de la crisis que empezó en 2007/2008 han sido una causa determinante del regreso de los jóvenes al espíritu de la acción colectiva. Y tercero: el mundo occidental anda dolorosamente en busca de un nuevo modelo de educación, tanto desde el punto de vista de su financiamiento como desde el punto de vista de su calidad.

Cuando yo estaba en la universidad en Londres, protestar en las calles era casi impensable. Mis protestas ocurrían todas en el Perú y casi nunca en Europa. Los estudiantes habían protagonizado actos violentos en 1985, con motivo de unos disturbios por motivos raciales ocurridos en Brixton, en el sur de Londres, y no volvieron a las calles hasta 1990, el año de la caída de Margaret Thatcher, cuando se sumaron a la rebelión nacional contra el “poll tax”, un impuesto a la propiedad que el gobierno quería reformar para basarlo no en la vivienda, sino en las personas que habitaban en ellas. Pero se trató de algo muy puntual, no de un episodio de activismo cívico o político permanente.

Mi generación fue la de la transición del activismo a la apatía. La siguiente generación estudiantil abandonó las calles casi por completo. La era de la globalización ofrecía tantas posibilidades a las personas, se pensaba, que la idea de desperdiciar tiempo valioso oponiéndose a algo o actuando en masa era la negación de esas oportunidades.

Eso cambió drásticamente con la generación siguiente, es decir, la actual, probablemente en gran parte por los efectos de la crisis financiera y económica, que están erosionando muchos supuestos. Entre ellos, el principio de que la educación, en tanto que bien social, es intocable. Los gobiernos han empezado, algunos abiertamente y otros con más disimulo, a hacer economías en las finanzas educativas, recortando presupuestos y en ciertos casos aumentando la responsabilidad de los particulares.

Esto se emparenta hoy -explosivamente- con el problema de la calidad. El ascenso del Oriente y lo que se percibe como el relativo declive económico del Occidente lleva a toda una generación de jóvenes a pensar que sus oportunidades no serán, como parecía anunciar la globalización, mejores que las de sus padres, sino bastante peores. Y esos jóvenes asocian hoy la dislocación que está produciendo la competencia de las zonas emergentes del mundo con la calidad decreciente de su educación. Por eso, cuando los franceses hablan de la “degradación” están hablando no de uno, sino de dos problemas juntos, aunque las consignas aludan prioritariamente a los recortes: la rebaja de la financiación y el deterioro de una educación que va por detrás de Asia y otros lugares.

Ninguno de los países donde se suceden las protestas está en los mejores puestos del ranking de Pisa, el sistema de evaluación educativa de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo. El mejor colocado, Francia, ni siquiera se ubica en los primeros 20 puestos. En cambio, varios de los países emergentes asiáticos que los europeos ven como competidores acaparan los primeros lugares, seguidos de cerca por el norte europeo, donde hoy no hay protestas estudiantiles de ningún tipo.

La crisis financiera agudizó algo que ya se veía venir: la insostenibilidad del modelo educativo basado en la gratuidad o al menos en la masiva subvención estatal. Ni ese dinero está hoy disponible, ni sería suficiente, en caso de que lo estuviera, para asegurar la calidad necesaria a fin de proveer a los jóvenes el grado de seguridad que quieren frente a la competencia en la aldea global. De allí que todos -los gobiernos que andan a la defensiva, pero también los jóvenes que se manifiestan- estén desconcertados.

El cambio de un modelo que pone el énfasis en la subvención pública hacia otro que lo pone en la responsabilidad de las familias choca con la tradición y la mentalidad del estado del bienestar. Y allí donde el modelo tiene elementos de responsabilidad privada, como se ha visto en Chile, contiene suficientes deficiencias financieras y de calidad (a pesar de ser Chile el mejor situado de América Latina en el ranking de Pisa) como para dificultar aun más el de por sí traumático tránsito de la sociedad que financia colectivamente su educación hacia aquella que lo hace privadamente. En Europa, la cuna del estado del bienestar, el problema es mayor tanto en lugares donde la subvención nunca ha dejado de ser enorme como en otros, por ejemplo el Reino Unido, donde desde hace años se intenta a paso muy lento aumentar la participación financiera de las familias.

El académico Carles Feixa reparaba en la prensa europea, hace algún tiempo, que las protestas actuales son protagonizadas por una generación “no ya educada en la ética puritana del ahorro, sino en la ética hedonista del consumo y la ética posmoderna de la red”. Es cierto, y eso aviva angustiosamente su incertidumbre sobre la calidad y la utilidad de su propia educación en mundo que ya no puede financiarla como antes ni garantizarle, como a otras generaciones, un lugar entre los privilegiados.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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