Crecimiento con felicidad

Fecha: 25/09/11
Autor: José Ramón Valente
Fuente: Blog del Autor

Mientras los economistas hablamos de crecimiento, ingreso per cápita , equilibrios macroeconómicos y desarrollo, en la intimidad de la mayoría de los hogares chilenos los temas de conversación son los hijos, el trabajo, el colegio, las penas, los miedos, las apreturas económicas y los viajes soñados.

Parece haber un abismo de distancia entre las procuraciones reales de la gente y las de los economistas. Pero no es que los economistas seamos malas personas, insensibles o que estemos totalmente alejados de la realidad, simplemente nos cuesta comunicarnos.

Uno de los grandes cortocircuitos comunicacionales entre economistas y el resto de los ciudadanos es la negativa de los primeros a soltar la billetera fiscal para dar una solución rápida uno de los problemas de la gente. El argumento es que un aumento desmedido del gasto fiscal crea inflación, caídas del tipo de cambio, reducción en la tasa de crecimiento económico y a la larga nos aleja del objetivo de derrotar la indigencia y la pobreza. Todo esto es verdad, hasta cierto punto.

Efectivamente, si el gobierno comienza a gastar como país en guerra, pronto tendríamos déficit fiscales abultados que se transformarían luego en una deuda pública abultada, que requeriría ser financiada a tasas de interés cada vez más altas o diluida creando inflación, como de hecho se hizo durante tantos años en Chile y en muchos otros países latinoamericanos entre 1940 y 1990.

Así que la cautela de los economistas en general y de los ministros de Hacienda en particular con las cuentas fiscales no es un capricho ni tampoco un exceso de ortodoxia económica. Algunas personas, especialmente un numero significativo y transversal de parlamentarios, parecen no haber leído la dramática historia de decadencia económica de Chile y latinoamericana durante el siglo XX, y si la han leído parecen haber olvidado sus causas(más información).

Fue justamente la imprudencia fiscal de los gobiernos latinoamericanos lo que condenó a la gran mayoría de los países de este continente a altas tasas de inflación, paupérrimas tasas de crecimiento y a un aumento sostenido de los niveles de desempleo y pobreza durante el siglo pasado. Adicionalmente, el estancamiento económico y la desesperanza de los ciudadanos fueron también una de las principales causas del quiebre institucional y el deterioro de la democracia en nuestro continente. De manera que cuando hablamos de cuidar los equilibrios macroeconómicos no es algo que debamos tomar a la ligera.

El gran desafío que enfrentamos los economistas y los gobernantes latinoamericanos del siglo XXI es encontrar formas de dar soluciones a las carencias de la gente, en un plazo suficientemente corto como para mantener viva en ellos la esperanza de que algún día van a poder superar la situación de apremio en que viven muchos de ellos, sin caer en el populismo, el despilfarro.

Debemos evitar que la premura por solucionar los problemas de la gente se transforme en soluciones que son pan para hoy y hambre para mañana. Pero eso no significa que tengamos que cruzarnos de brazos a esperar a que el crecimiento económico y la llegada del mágico número de US$ 22 mil de ingreso per cápita que nos transformen en país desarrollado y con ello se solucionen todos los problemas de la gente. Debemos encontrar la forma de ser fiscalmente responsables y mantener el foco en el crecimiento económico, pero a la vez hacer más felices a los chilenos mientras transitamos ese camino.

Los economistas aprendemos en la universidad que hay que maximizar el bienestar con los recursos que disponemos. Tengo la convicción de que con la plata de que disponemos podemos hacer más para aumentar la felicidad de la gente sin sacrificar los equilibrios macroeconómicos. Hemos dedicado poco tiempo y esfuerzo a entender qué hace felices a los chilenos, qué cosas los apremian, cuáles son sus angustias y sus sueños. Siento que si lo hiciéramos podríamos encontrar formas de aumentar su felicidad gastando poca plata.

¿Cuánto más feliz podríamos hacer a una madre y a un padre si ellos supieran que van a contar con los recursos para mandar a su hijo recién nacido a la universidad? La solución a ese problema no requiere un solo peso en los próximos 18 años.

¿Cuánto más felices serían los santiaguinos y todos los chilenos si nos proponemos hacer de Santiago la capital más segura, limpia, linda y entretenida de Latinoamérica? ¿Cuánta plata se necesita para eso?

No es el propósito de esta columna hacer un listado de propuestas, ni pretender tener todas las soluciones. Por el contrario, lo que digo es justamente que no hemos explorado bien cuales son esas soluciones y que debiéramos hacer un esfuerzo en ese sentido. Hemos hecho tantas comisiones para tantas cosas. Creo que bien vale la pena dedicar algunas de nuestras mejores mentes a analizar el corazón de los chilenos para tratar de descubrir como los podemos hacer felices con poca plata.

El Autor es Director ejecutivo de Econsult.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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