Última corrida de toros para Cataluña

“‘Adéu’ a los toros” : el diario catalán El Periódico dice adiós a la fiesta taurina al día siguiente de la última corrida celebrada en Cataluña después de la prohibición votada por el Parlamento en julio de 2010 y que entrará en vigor en 2012. José Tomás encabezó el cartel de una tarde en la que la Monumental de Barcelona se llenó y estuvo rodeada de numerosos manifestantes pro y anti-taurinos.

“Todo parece indicar que las corridas estaban sentenciadas y diagnosticadas de muerte natural”, escribe El Periódico, señalando que la celebración de este tipo de festejos en España ha caído un 37% en los últimos años. El diario barcelonés muestra su “extrañeza” frente a la decisión de prohibir “el ejercicio de un derecho individual que no debería haber sido coartado por razones políticas”. “Es curioso”, añade para terminar El Periódico, “ que la primera iniciativa legislativa popular que sale adelante en los más de 30 años del Parlament reinstaurado sea esta y no otra”, teniendo en cuenta los “graves problemas” a los que los ciudadanos deben enfrentarse en su día a día.

Fecha: 01/10/11

La corrida de toros del domingo pasado en Barcelona fue la última que se realiza en la ciudad, luego de que el Parlamento catalán las prohibiera. Entramos a La Monumental a mirar cómo estuvo esa fiesta de despedida, cuyo protagonista fue José Tomás, el matador más grande de los últimos tiempos.

El silencio se puede cortar. Ese silencio tan propio de este ritual con la muerte, pero que en los últimos años había ido desapareciendo de las plazas, José Tomás lo ha recuperado. Ha sido un trabajo de años. En decenas de plazas de todo el mundo, pero sobre todo en esta, La Monumental de Barcelona, su catedral particular, el sitio de sus mayores triunfos. Ahí está, en medio del ruedo, el tiempo detenido, el volumen bajado hasta el mínimo. Pasea tranquilamente alrededor de su primer toro. Es un animal sin demasiada fuerza. Todo será más difícil, todo tendrá que ser más delicado. Y lo lleva al medio del albero para estudiarlo, primero de lejos, luego de cerca, hasta tocarlo. Si no se entienden el hombre y el animal, la magia no es posible. El respetable aplaude a rabiar, se pone en pie después de cada serie de pases, pero enseguida se impone el silencio de nuevo y Tomás juega con el vacío. Y burla al toro. El capote siempre unos milímetros por delante de su embestida. Los cuernos no llegan a rozar el tejido. El ballet del matador echándose encima a la bestia, el silencio impuesto en las gradas como un toque de queda, al ritmo de los dos cuerpos que parecen uno solo. Y el tiempo que no pasa.

Pero es cierto. Hoy no sólo se espera una liturgia taurina. Hoy, La Monumental acoge un auténtico espectáculo. El último. Todo empezaba hace unas horas. A las cuatro y media las inmediaciones de la plaza bullen de gente llegada de todas partes para asistir a la última corrida de la ciudad de Barcelona. En las terrazas de los bares, cientos de aficionados brindan con cerveza y gin tonic con la esperanza de asistir a una obra maestra de José Tomás, el matador más grande de los últimos tiempos. Del otro lado de la calle, una docena de activistas “antitaurinos” brinda con cava porque esta corrida, en la que no ven arte sino barbarie, va a ser la última. La única plaza que queda en la Ciudad Condal, tras la desaparición de El Torín y la conversión de Las Arenas en un centro comercial, está a punto de cerrar sus puertas tras casi un siglo de historia. El Parlamento de Cataluña ha prohibido la fiesta de los toros y ésta entra en vigor en 2012. Ahí está parte del espectáculo: ya no habrá otro.

Ha habido suerte con el tiempo, hay un sol espléndido. Ayer sábado llovió por la mañana y por la noche (cuando en la ciudad actuaba otro genio, Lionel Messi), pero no por la tarde. Morante de la Puebla, el Juli y José María Manzanares firmaron una corrida para la posteridad bajo un cielo totalmente nublado. Hoy, a José Tomás lo acompañarán Juan Mora y Serafín Marín, un torero catalán para la última corrida en Cataluña.

El día anterior, Jordi Villacorta ya estaba aquí, pintado de rojo de la cabeza a los pies en alusión a la sangre vertida en el ruedo, y rodeado por la policía. Lleva años protestando de este modo, acompañado por una discreta corte y empuñando una pancarta reivindicativa que hoy tiene menos sentido que otras veces: ya han ganado. Pero hoy le dan la réplica: una bandera catalana con un texto escrito en catalán que reivindica desde el lado opuesto de la calle el derecho a disfrutar de los toros. Es significativo que esta demanda se haga de esta manera, con esa bandera y en esa lengua, pues en Cataluña el debate sobre la prohibición está envenenado políticamente. Una parte del nacionalismo catalán reniega de la tradición taurina, identifica los toros con la barbarie y a la barbarie con España. Por su parte, el nacionalismo español ha utilizado el hecho taurino como arma política, consiguiendo exactamente lo opuesto: herir de muerte la fiesta de los toros, instrumentalizándola. De hecho, el Partido Popular tiene un tenderete junto a la plaza donde ahora mismo se reparten pasquines propagandísticos. Flaco favor.

Cinco unidades móviles apostadas muy cerca de la puerta grande esperan para retransmitir el evento. El aforo de la plaza es de casi 20 mil, y hoy, a diferencia de ayer, se prevé que no haya ni una sola localidad vacía. El cartel de la corrida es obra del artista mallorquín Miquel Barceló. Los aficionados llevan una semana buscándolo por toda la ciudad y arrancándolo de las paredes. El propio Barceló asistirá a la corrida. José Tomás le regalará un capote como recuerdo.

Pero eso será luego. A las cinco de la tarde, el ruedo está todavía pintado de sol y de sombra en forma de medialuna. Los primeros asistentes buscan su asiento armados con abanicos. Los fotógrafos de la prensa y las cámaras de televisión recorren el callejón, plantando sus trípodes, charlando con los areneros. Los capotes esperan doblados en la barrera. La Monumental se enfrenta a su última tarde de toros con una discreta muestra de protesta: en las localidades más lejanas al ruedo, y por tanto las más baratas, penden algunas pancartas con breves fragmentos de textos legales que, según la administración de la plaza, apoyarían la continuidad de la fiesta. Uno de ellos dice: “La tauromaquia es disciplina artística”.

Dan las seis de la tarde, la hora del silencio. La medialuna de sombra ya es luna llena. La banda de música da luz verde al paseíllo. Salen los tres matadores, sus cuadrillas, los seis picadores, los mulilleros, y una nube de fotógrafos aparece de la nada para rodear a José Tomás y captar su estampa en contrapicado, pues eso reafirma al héroe en su superioridad. Veinte minutos más tarde, con el segundo toro de la tarde, aparece en la plaza el maestro.

Las gradas parecen venirse abajo. El público está completamente entregado mucho antes de que Tomás acometa la primera verónica. Para contar lo que viene luego no es suficiente con ser cronista, haría falta un poeta, o un crítico taurino, que en los casos ilustres es la misma cosa. El silencio como algo físico, como un movimiento extrañamente fluido, sin interrupciones, sin una sola nota discordante. Y aquí estamos de nuevo, oyendo la respiración del maestro y la del toro, los gritos como ronquidos animales de Tomás. Y se suceden las suertes hasta una estocada perfecta que le vale al matador las dos orejas del toro. Luego, el público pide pañuelo en mano el rabo del toro. Abajo, en la plaza, se lo cortan, pero arriba, en el palco, el presidente no ha dado su permiso y ordena que se detenga el disparate. No hay rabo, pues.

Con el quinto toro, Tomás vuelve a lucirse de forma magistral, aunque falla al entrar a matar. Juan Mora ha estado bien, y Serafín Marín, el matador catalán que ha salido con un insólito capote pintado de colores, diseñado por María Franco y con la palabra “Libertad” escrita en los bajos, le corta dos orejas al sexto, de nombre “Dudalegre”. El último toro de La Monumental.

José Tomás sale a hombros por la puerta grande acompañado de Serafín Marín, pero antes ha ido al medio de la plaza para aplaudir al público de La Monumental y despedirse. Para rubricar el rito y también el espectáculo. La gente ha saltado al albero para llevarlos en volandas. Hay muchos que toman arena del suelo y la meten en botellas de agua, en botes de cerveza o paquetes de tabaco vacíos para llevarse a casa un recuerdo. El personal de la plaza sale al ruedo para hacerse una foto. Los asistentes hacen lo propio en las gradas con sus celulares. Afuera, en la calle, habrá momentos de tensión e incluso algún tortazo al que no conviene dedicarle mucha atención. Dentro, mientras la gente se resiste a meterse en los vomitorios para abandonar la plaza, una última pancarta reza en negro sobre blanco: “Continuará…”, con todo el optimismo cargado en los puntos suspensivos.

Pero lo cierto es que, de momento, ha caído el telón.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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