El día en que casi se acabó el mundo

Fecha: 17/09/11
Fuente: El Pais
Autor: Alvaro Vargas Llosa

 

La caída de Lehman Brothers hace tres años precipitó muchos problemas que hubieran llegado de todas formas, porque ya la tragedia estaba en marcha desde mucho antes.

El jueves de esta semana se cumplieron tres años de la quiebra de Lehman Brothers, el momento fronterizo que definió la crisis financiera de 2008 para el mundo entero y cuyas consecuencias estuvieron a punto de destruir al sistema financiero internacional. El debate sobre si el gobierno de los Estados Unidos hizo bien o hizo mal en dejarlo caer y sobre si esa quiebra fue una causa o un síntoma del salto cualitativo que dio por aquellos días la crisis sigue abierto. Pero de lo que no hay duda es de que fue el epítome de la tragedia provocada por el estallido de la burbuja inmobiliaria y de que desencadenó una serie de hechos dramáticos alrededor del globo.

Lehman era el cuarto banco de inversión del país, detrás de Goldman Sachs, Morgan Stanley y Merril Lynch. Había, como tantos otros, participado masivamente en el mercado de bonos vinculados a las hipotecas, esos instrumentos que resultaban de mezclar hipotecas de distinto tipo y calidad, crear títulos con distintos tramos según el riesgo y luego revenderlos. Lehman había emitido, intermediado, comprado y vendido estos bonos a escala descomunal. Muy lejos habían quedado, hacia 2008, los días en que, un siglo y medio antes, los hermanos Lehman habían iniciado el negocio con una tienda de ropa y confecciones y, un poco más tarde, la modesta compra-venta de algodón. Ahora tenían ingresos de casi 19 mil millones de dólares anuales, 28 mil empleados y una presencia en los cinco continentes. Su jefazo, Richard Fuld, que desde la salida a Bolsa del holding en 1994 se había convertido en uno de los grandes referentes del capitalismo norteamericano, parecía invulnerable.

Pero en 2008 había un problema que ni él ni nadie podía resolver, aunque Fuld tardara mucho en admitirlo: había adquirido demasiados bonos vinculados a las hipotecas, lo que significaba que los activos que figuraban en su balance valían menos, por el derrumbe del mercado inmobiliario, de lo que los libros decían. Por ello mismo, el banco tenía dificultades para obtener liquidez, es decir préstamos a corto plazo. Y sin esos préstamos no podía operar. Los bancos a veces tienen problemas de solvencia y a veces de liquidez. Lehman tenía los dos al mismo tiempo. Había prestado demasiado -es decir había comprado demasiados bonos basura, que es una forma indirecta de prestar- y cualquier degradación de esos activos podía pulverizar la base de capital. Además, nadie quería prestarle porque desconfiaban de su capacidad de pago en vista de que su balance se había debilitado alarmantemente.

Para hacerse una idea de la situación, basta saber que, como testimonió Luigi Zingales, académico de la Universidad de Chicago, ante el Congreso, la relación entre activos y capital era de 30 a 1, mientras que a un banco comercial la ley no le permitía una relación de más de 15 a 1. Es decir: bastaba que los activos, lo que en gran parte quería decir bonos basura, cayeran de valor un 3.3 por ciento para que el banco se quedara sin capital.

En esas condiciones, lo que todo el “establishment” de Wall Street y el gobierno pretendía -que alguien comprara Lehman Brothers- era un imposible. Henry Paulson, entonces Secretario del Tesoro, cuenta en su libro de memorias, “On the Brink”, los esfuerzos denodados que él mismo hizo para convencer a Barclays y al gobierno inglés, que tenía que dar la autorización, para que rescataran a Lehman. Se intentó otras fórmulas privadas. El gobierno no podía por razones legales rescatar directamente a Lehman por tratarse de un banco de inversión. Antes había ayudado a Bear Sterns a conseguir comprador (JP Morgan), pero esta vez no logró empatar al enfermo con el médico y no podía él mismo hacer ese papel. El 14 de septiembre, la víspera del colapso, Paulson resumió su impotencia diciéndole a su esposa: “Tengo miedo”.

Cuando Lehman cayó, ya la crisis llevaba un buen tiempo. Esto conviene recordarlo porque existe la versión, a mi modo de ver poco seria, de que Lehman fue causante de los grandes problemas que vinieron después. En realidad, Lehman precipitó muchos problemas que hubieran llegado de todas formas, porque ya la tragedia estaba en marcha desde mucho antes. Ya para entonces el gobierno había tenido que intervenir desesperadamente a fin de que Bear Sterns fuera adquirida por JP Morgan y había nacionalizado los gigantes Freddie Mac y Freddie Mae, que aseguraban los préstamos hipotecarios, precisamente por la gravedad de la situación. Lehman fue el punto de quiebre de lo que había venido gestándose.

Entre 1997 y 2006 había tenido lugar un “boom” inmobiliario en parte causado por las bajas tasas de interés de la Reserva Federal, en parte por la promoción política del crédito hipotecario y en parte por la orgía financiera de financistas que habían perdido todo sentido de las proporciones y riesgos ante la pasividad de entes reguladores que eran, a su vez, parte del problema. La propiedad había subido más de 12 por ciento al año en promedio, lo que había degenerado en hipotecas sin cuota inicial y un sobreendeudamiento generalizado a través de diversos mecanismos, incluyendo los nuevos instrumentos financieros. Nuevos no porque no existieran bonos basados en hipotecas -ya los había desde hacía décadas- sino porque ahora incluían hipotecas basura, porque los modelos informáticos usados por los grandes inversores no tenían en cuenta la posibilidad de un mercado sobrecalentado y porque los volúmenes eran inmanejables.

En 2007, el valor nominal de todos los bonos basados en hipotecas alcanzaba la cifra astronómica de seis billones (trillones en inglés) de dólares. Y era sólo una parte del total del mercado de productos derivados. En un informe del Fondo Monetario Internacional, Miguel Segoviano y Manmohan Singh han calculado en 600 billones el valor nominal de todos los productos derivados.

Lehman fue una de las grandes entidades con problemas. Desde 2007, cuando se vio obligado a vender una subsidiaria que se dedicaba precisamente a otorgar hipotecas a gente con crédito bajo, se sabía que había entrado en problemas. Cuando colapsó al año siguiente, otras entidades aún más problemáticas desde el punto de vista de sus tentáculos internacionales, como la aseguradora American International Group, que vendía “crédito default swaps”, es decir seguros contra quiebras o suspensiones de pagos, estaban con la soga al cuello. Merril Lynch era otro de los gigantes en riesgo, pero, al igual que Bear Sterns, consiguió comprador, en ese caso el Bank of America.

La caída de Lehman tuvo un efecto cataclísmico. No sólo porque muchas instituciones del mundo tenían relación -como acreedores, socios, clientes o sujetos de garantía- con el banco de inversión, lo que multiplicaba el efecto de inmediato. También porque el mercado monetario, es decir el de préstamos de corto plazo, se congeló, y con él una parte de la cadena de pagos de la economía. Ninguna empresa podía recibir dinero para financiar inventarios, pagos pendientes o amortizaciones de deuda, ningún banco podía seguir recibiendo dinero para el día a día: nadie confiaba en nadie. La opacidad del sistema -la imposibilidad de saber quién era dueño de qué y por tanto quién era o no solvente- es algo de lo que todo el sistema sólo toma conciencia a partir de la quiebra de Lehman. En consecuencia, inmediatamente después de esa quiebra, se congeló el mercado financiero y con ello buena parte de la economía. La pérdida de valor en las Bolsas del mundo fue cuantiosa.

Pero, al acelerar la toma de conciencia sobre la fragilidad de todo el sistema, Lehman hizo algo más: aceleró el descomunal aumento del poder de intervención del Estado en la economía, en cierta forma forzando un cambio de paradigma en un país que no se planteaba en este nuevo milenio que su gobierno rescatara a la industria automotriz, por ejemplo, por mencionar sólo una de las áreas en que se produjeron nacionalizaciones con otro nombre.

George W. Bush, el enemigo del socialismo, tuvo que lanzar un paquete de salvataje de 700 mil millones. Obama lanzó luego el suyo propio, por 800 mil millones. Y ahora acaba de anunciar otro de casi 450 millones. Sumando todo lo gastado en rescates y todo lo garantizado para evitar quiebras, la deuda del gobierno norteamericano se cuadruplicó. Para no hablar de la creación maniática de moneda por parte de la Reserva Federal, que ha triplicado su balance. Lehman no produjo esto: pero sí lo desencadenó. De no haber sido Lehman, otro factor lo habría precipitado.

Lehman entró en una corte de quiebras en Estados Unidos. Tres años después no acaba de salir de ella. Una propuesta será hecha a sus acreedores en octubre, pero es probable que el proceso tenga todavía para rato. Entre tanto, las investigaciones han revelado que hubo fraude a gran escala para tratar de ocultar la realidad de lo que pasaba. Antes de su quiebra, el banco presentaba como vendidos ciertos activos de dudosa solvencia que en realidad estaba obligado a recomprar y que por tanto seguían lastrando su balance real.

Mientras tanto, todos los esfuerzos para “salvar” a Estados Unidos de las consecuencias de la crisis financiera, y desde la quiebra de Lehman, han resultado poco efectivos: los 8.5 millones de empleos que se perdieron entre 2008 y 2009 no han sido recuperados y el leve respingo que hubo en el entretiempo parece estar dando paso gradualmente a una nueva recesión. Al otro lado del charco, Europa, que también tuvo su burbuja inmobiliaria, vive ahora las consecuencias de la nueva burbuja, la de los bonos soberanos. El mundo está a la espera del equivalente europeo a la quiebra de Lehman. ¿Será un banco? ¿Tal vez el francés BNP Paribas o el italiano UniCredit? ¿O será un Estado? ¿Quizá la suspensión de pagos de Grecia? ¿O será un acontecimiento como la salida de uno de los países del club del euro?

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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