Diez años después de que rugiera el ratón

Fecha:01/09/!1
Autor: Joseph S.Nye Jr.

Cambridge – El ataque de Al Qaeda a los Estados Unidos hace diez años fue una gran conmoción para los estadounidenses y la opinión pública internacional. Después de una década, ¿qué lecciones podemos aprender?

Cualquiera que tome un avión a Washington o trate de visitar algún edificio de oficinas de la ciudad vuelve a recordar cómo cambió la seguridad estadounidense por lo del 11 de septiembre. Sin embargo, si bien creció la preocupación por el terrorismo y las restricciones migratorias son más severas, la histeria de los días inmediatos al 11 de septiembre ha disminuido. Nuevas agencias como el Departamento de Seguridad Nacional, el director de Inteligencia Nacional y el perfeccionado Centro de lucha contra el Terrorismo no han transformado al gobierno estadounidense, y la mayoría de los estadounidenses no han visto afectadas gran cosa sus libertades personales. No ha habido ataques grandes al interior de los Estados Unidos y la vida cotidiana se ha restablecido bien.

Sin embargo, este aparente retorno a la normalidad no debe desviar nuestra atención de la importancia de largo plazo del 11 de septiembre. Como señalo en mi libro, The Future of Power, uno de los grandes giros de poder en esta era de la información global es el fortalecimiento de los actores no estatales. Al Qaeda asesinó más estadounidenses el 11 de septiembre que el ataque del gobierno japonés a Pearl Harbor en 1941. Esto podría llamarse la “privatización de la guerra.”

En términos tecnológicos, durante la Guerra Fría, los Estados Unidos fueron aún más vulnerables a un ataque nuclear de Rusia, pero “la destrucción mutua asegurada” evitó lo peor al mantener el riesgo más o menos simétrico. Rusia tenía una enorme fuerza pero no podía controlar con su arsenal a los Estados Unidos.

No obstante, dos asimetrías favorecieron a Al Qaeda en septiembre de 2001. Primero, había una asimetría en la información. Los terroristas sabían muchas cosas de sus objetivos, mientras que los Estados Unidos antes del 11 de septiembre sabían poco de la identidad y ubicación de las redes terroristas. Algunos informes del gobierno habían anticipado la magnitud del daño que podían provocar los actores no estatales a países grandes, pero sus conclusiones no fueron incluidas en los planes oficiales.

Segundo, hubo una asimetría en la atención. Los numerosos intereses y objetivos de un actor más grande a menudo pueden diluir su atención hacia un actor más pequeño, que en contraste, puede enfocar su interés y voluntad más fácilmente. El sistema de inteligencia estadounidense tenía bastante información sobre Al Qaeda, pero los Estados Unidos no pudieron procesar coherentemente la que habían reunido varias de sus agencias.

Sin embargo, las asimetrías en la información y la atención no dan una ventaja permanente a los ejecutores de la violencia informal. Con seguridad, no hay tal cosa como la seguridad perfecta, además, históricamente, las olas de terrorismo a menudo han tardado una generación en disiparse. Aún así, la eliminación de los principales líderes de Al Qaeda, el fortalecimiento de la inteligencia estadounidense, los controles fronterizos más estrictos y una mayor cooperación entre el FBI (sitio oficial) y la CIA (sitio oficial), en conjunto, claramente han hecho a los Estados Unidos (y sus aliados) más seguros.

No obstante, hay lecciones más grandes que el 11 de septiembre nos enseña sobre el papel de la narrativa y el poder suave en la era de la información. Tradicionalmente, los analistas asumen que la victoria se la llevó el mejor ejército o la fuerza más grande; en la era de la información, el resultado también está influenciado por quién tiene la mejor historia. Las narrativas rivales son importantes, y el terrorismo se trata de narrativa y drama político.

El actor más pequeño no puede competir con el más grande en términos de poder militar, pero puede usar la violencia para establecer la agenda global y crear narrativas que afectan el poder suave de sus objetivos. Osama bin Laden era muy hábil para la narrativa. No pudo dañar a los Estados Unidos como hubiera querido, pero logró dominar la agenda mundial durante una década, y la ineptitud de la reacción inicial estadounidense significó que Bin Laden pudo imponer a los Estados Unidos costos más grandes que los que eran necesarios.

El presidente George W. Bush cometió un error táctico al declarar “la guerra contra el terrorismo.” Hubiera sido mejor que diseñara la respuesta dirigida a Al Qaeda, quien había declarado la guerra a los Estados Unidos. La guerra global contra el terrorismo se tergiversó para justificar una amplia gama de acciones, incluida la cara y equivocada guerra con Irak, que dañó la imagen estadounidense. Además, muchos musulmanes malinterpretaron el término como un ataque al Islam, que no era la intención de los Estados Unidos, pero cuadró con los esfuerzos de Bin Laden para empañar la opinión sobre los Estados Unidos en países musulmanes estratégicos.

Al grado que el billón de dólares o más en costos de una guerra sin fondos contribuyeron al déficit presupuestal que actualmente asola a los Estados Unidos. Bin Laden logró dañar el poder duro estadounidense. Y el verdadero precio del 11 de septiembre pueden ser los costos de oportunidad: durante gran parte de la primera década de este siglo, mientras la economía mundial cambiaba gradualmente su centro de gravedad hacia Asia, los Estados Unidos estaban preocupados con su decisión equivocada de hacer la guerra en Medio Oriente.

Una lección clave del 11 de septiembre es que el poder militar duro es esencial para luchar contra el terrorismo de individuos como Bin Laden, pero que el poder suave de las ideas y la legitimidad es fundamental para ganar los corazones y mentes de las principales poblaciones musulmanas que Al Qaeda le gustaría reclutar. Una estrategia de “poder inteligente” no ignora las herramientas del poder suave.

Sin embargo, al menos para los Estados Unidos, la lección más importante del 11 de septiembre es que su política exterior debería seguir el consejo del presidente Dwight Eisenhower, de hace medio siglo: no te involucres en guerras de ocupación terrestre y enfócate en mantener la fortaleza de la economía nacional.

Joseph S. Nye, Jr., ex asistente del secretario de Defensa de los Estados Unidos, es profesor de la Universidad de Harvard y autor de The Future of Power.

Fecha: 10/09/11
Fuente: The Atlantic
Autor: Jannie Rothenberg Gritz (The Atlantic) / Fotografía: AP
Artículo: Robert Kaplan: “Al sacar a Saddam, quedó un vacío insano”

El periodista de la revista The Atlantic reflexiona sobre los errores y aciertos de Estados Unidos -y de él mismo- respecto a Afganistán e Irak. Kaplan, quien ha escrito en The Washington Post, The New York Times, The New Republic, The National Interest, Foreign Affairs y The Wall Street Journal, asumió en 2009 como asesor en materias de Defensa del entonces jefe del Pentágono, Robert Gates.

Usted ha escrito sobre el descontento global por décadas. Cuando oyó las noticias sobre el 11 de septiembre, ¿cuál pensó que era la principal historia geopolítica que había detrás?

En realidad no supe de los ataques hasta 12 horas después, porque estaba navegando en Canadá. Fui una de las últimas personas en el mundo en enterarme. Por un lado, es obvio que cuando oyes que las Torres Gemelas han sido destruidas y que una parte del Pentágono ha sido destrozada -aunque tengas la experiencia de haber estado en Medio Oriente cubriendo guerras- quedas en shock. Es así. Pero en otro nivel, es una suerte de shock familiar. Me dije a mí mismo “finalmente ha sucedido. Finalmente, algo totalmente horrible ocurrió y tiene que ver con el malestar y la agitación en Medio Oriente”. En las semanas y meses siguientes, advertí que el Ejército de Estados Unidos iba a jugar un rol mucho más importante en nuestra política diplomática. Entrábamos en un período de protagonismo del Ejército, nos gustara o no. Y pensé que esa era una gran historia.

En 2003 usted publicó en The Atlantic una historia llamada “Supremacía sigilosa”. ¿Cree que los argumentos que planteó aún son válidos?

El artículo fue publicado en el número de julio/agosto de 2003, pero había sido escrito entre enero y febrero de ese año, semanas antes de que invadiéramos Irak, pero cuando estaba claro que iba a ocurrir. Dije que en un comienzo no sabíamos si la invasión de Irak iba a ser un éxito o un fracaso. Pero aún si no resultaba exitosa, enviar cientos de miles de tropas para despedirlas en una tierra invadida no era un modelo que íbamos a ser capaces de seguir en las décadas siguientes. Entonces propuse un modelo alternativo: Fuerzas Especiales letales y mínimas, expertos en el área que hablaran el lenguaje local y comprendieran íntimamente la cultura. Encontraríamos a estos expertos manteniendo la mente abierta respecto a la inmigración, permitiendo a gente de países exóticos ingresar a nuestro país más fácilmente. Ahora han pasado tres años desde el número de julio/agosto del 2008, en que publiqué un perfil de Donald Rumsfeld. Allí describí todas las cosas en que acertó -había algunas- y aun cuando las sumaras todas, no se igualaban con los errores que cometió en Irak. Pero una de las cosas en las que tenía razón era en su visión sobre el Ejército de Estados Unidos en el siglo XXI: mínimo y letal con mucho menos tropas en terreno. Puedes ver cómo capturamos a Bin Laden, cómo llevamos las campañas con el uso de fuerzas especiales en terreno en la frontera afgano-paquistaní.

Usted volvió a Irak en 2004 a reportear una historia llamada “Cinco días en Faluya”. ¿Qué fue lo que más lo impresionó del país sin Saddam?

Lo que más me impresionó fue el gran error que yo había cometido al apoyar la guerra. No es que los marines no se desempeñaran en forma brillante, ni tampoco que no estuviéramos aprendiendo muchas lecciones en terreno y haciendo muchas cosas bien. Pero el caos en Irak -el caos político y de seguridad- era de tal extensión, que cuando decapitamos al régimen, no quedaba nada más que un vacío insano. Ni siquiera es que fuera un Estado débil, es como si no hubiera Estado. Mi suposición, una suposición errónea, había sido que si derrocábamos a Saddam podríamos tener otro dictador mucho más benigno en su lugar. No era para promocionar la democracia en Irak. Pensé que después de Saddam podíamos tener a un Mubarak o a un Musharraf. Eso no ocurrió. Algunos dicen que disolvimos al Ejército iraquí y que hubiéramos manejado las cosas de otra forma si no los hubiéramos acabado. Puede ser verdad. Pero no puedes negar cómo son los hechos. Y la guerra fue un desastre.

¿Y qué pasa con Afganistán? ¿Cómo cambió a ese país la invasión?

Afganistán es una situación con más matices. Para empezar, siempre fue un Estado muy, muy débil. El Estado no gobernó más allá de la carretera Ring Road y de las grandes ciudades. Cuando decapitamos al régimen en Afganistán, no cambió ni de cerca tanto como cuando decapitamos al régimen en Irak. En noviembre de 2003 cuando yo estaba allá, fui muy crítico de la forma en que estábamos empleando nuestras Fuerzas Especiales. Vi mucho progreso. Mucha gente dice que perdimos de vista la pelota en Afganistán cuando invadimos Irak, pero es más complicado que eso. Afganistán no comenzó a irse a pique sino hasta 2006, más o menos, después que llevábamos tres años en Irak.

¿Cuál debería ser la próxima jugada de Estados Unidos en Afganistán?

Creo que la realidad política es la siguiente: para 2014 tendremos cuando mucho 25.000 tropas en terreno. La política en Estados Unidos y en Europa no sustentará mayor compromiso. Las distintas facciones -el gobierno de Pakistán, el gobierno de Afganistán, los talibanes y otros- se están posicionando para una presencia mucho más débil de parte de Estados Unidos. Creo que la única salida posible de Afganistán es a través de una estrategia regional -involucrando a China, Rusia y otros que tienen intereses en el país- y tratando de crear una suerte de acuerdo regional de seguridad.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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