Divididos perdemos

Fecha:05/09/11
Autor: Gordon Brown

Londres– La política derrotó a la economía sensata en los Estados Unidos este verano cuando el Congreso y el presidente Barack Obama no pudieron llegar a un acuerdo en lo referente a los impuestos, prestaciones, déficits y estímulos para la inversión. Los dirigentes europeos también estuvieron paralizados –descartaron rescates y devaluaciones, así como déficits y estímulos. Además, al tener verdaderas tasas de interés negativas, imprimir dinero, forzar un aumento de la liquidez y subsidiar a los bancos comerciales, los banqueros centrales en todos lados – hace poco, el presidente de la Reserva Federal estadounidense, Ben Bernanke– perecen haber llegado a la conclusión de que ellos también llegaron al límite de lo que pueden hacer.

Como resultado, pocas personas dudan ahora que el mundo se está dirigiendo sin timón ni guía hacia una segunda desaceleración. El debate previo al verano sobre si nos enfrentamos a una “nueva normalidad” de crecimiento más lento ya se ha resuelto: nada ahora parece normal. Arreglar las cosas a medias ya no funciona. Sin poder concluir un acuerdo comercial global o uno para el cambio climático, un pacto de crecimiento, o cambios en el régimen financiero, es probable que el mundo caiga en un nuevo proteccionismo de devaluación competitiva, guerras de divisas, restricciones comerciales y controles de capital.

Sin embargo, no es tiempo de derrotismos. Los países que claman haber llegado al límite de lo que pueden hacer realmente significa que llegaron al límite de lo que pueden hacer por su cuenta. El camino hacia el crecimiento sostenido y el empleo no se encuentra en la aplicación de una ráfaga de iniciativas nacionales aisladas, sino mediante la coordinación de políticas globales.

Ese era el objetivo en abril de 2009 cuando el G-20 se fijó tres tareas fundamentales. La primera consistía en evitar una depresión global y se logró. Las otras dos -un pacto de crecimiento, sostenido por un sistema financiero mundial reformado –deberían ser ahora los principales temas en la próxima reunión del G-20.

En 2010, el Fondo Monetario Internacional estimaba que un enfoque coordinado de las políticas macroeconómicas, comerciales y estructurales podría producir un aumento del 5.5% en el PIB global, crear entre 25 y 50 millones de empleos adicionales y sacar de la pobreza a 90 millones de personas. Sin embargo, un pacto de crecimiento global parece incluso ahora más indispensable teniendo en cuenta los problemas estructurales de la economía mundial y los enormes desequilibrios entre la producción y el consumo.

Puede parecer extraño describir la crisis financiera más grande desde los años treinta como síntoma de un problema mayor. No obstante, cuando los historiadores consideran la ola de globalización que se dio después de 1990 –que produjo dos mil millones de nuevos productores en la economía mundial- identificarán un parteaguas alrededor de 2010. Por primera vez en 150 años, Occidente (los Estados Unidos y la Unión Europea) habían sido superados por el resto del mundo en manufactura, producción, exportación, comercio e inversión.

En efecto, para la primera mitad de 2020, el mercado de consumo asiático será dos veces más grande que el mercado estadounidense. Ahora, sin embargo, Occidente y Asia siguen siendo mutuamente dependientes. Dos terceras partes de las exportaciones de Asia todavía son para Occidente, y el comercio entre el Sur-Sur representa solo el 20% del volumen global.

Dicho de otra forma, hace diez años el motor estadounidense podía dirigir la economía mundial, y dentro de diez años los países con mercados emergentes se perfilan para ocupar ese lugar, en particular, tomando en cuenta el creciente poder adquisitivo de las clases medias. Sin embargo, por ahora, los Estados Unidos y Europa no pueden ampliar su gasto de consumo sin aumentar las exportaciones, mientras que para China y los mercados emergentes no es tan fácil expandir su producción o consumo sin la garantía de contar con mercados occidentales fuertes.

Entonces, primero tenemos que restablecer la visión amplia de la cooperación mundial contenida en el pacto de crecimiento del G-20 (que desde entonces ha sido rebajada a lo que ahora el FMI llama “un profundo análisis de …aquellos países en los que se han detectado enormes desequilibrios”). No obstante, se necesita una agenda más extensa y profunda: China debería aceptar un aumento en el gasto de los hogares y en las importaciones para el consumo; India debería abrir sus mercados para que su población pobre se beneficie de las importaciones de bajo costo; y Europa y los Estados Unidos deben impulsar su competitividad a fin de aumentar sus exportaciones.

El G-20 también fue enérgico en 2009 en cuanto a la necesidad de un nuevo régimen financiero global para lograr una futura estabilidad. David Miles del Banco de Inglaterra pronostica tres crisis financieras más en las siguientes dos décadas. Además, si Andrew Haldane del mismo banco tiene razón en que las crecientes presiones en Asia pueden provocar futuros trastornos, Occidente lamentará su incapacidad para consolidar su suficiencia de capital global y estándares de liquidez, y un sistema de aviso temprano más transparente.

Ese problema empieza a ser evidente. Los pasivos del sector bancario de Europa son casi cinco veces más grandes que en los Estados Unidos, un 345% del PIB. Los bancos de Alemania tienen un apalancamiento equivalente a 32 veces sus activos. Entonces, la recapitalización bancaria no solo es esencial para la estabilidad financiera, también lo es el euro reformado, trabajar en la coordinación fiscal y monetaria y el fortalecimiento del papel del Banco Central Europeo al apoyar a los gobiernos individuales (y no los bancos) como instancia de crédito de último recurso.

El G-20 no alcanzará estabilidad y crecimiento sin un enfoque renovado en la reducción de la deuda de largo plazo. No obstante, también hay un imperativo de corto plazo para evitar un ciclo de deterioro. Entonces, debemos considerar las propuestas de Robert Skidelsky para una banca de inversión nacional a fin de preparar nuestra infraestructura y no se diga nuestro medio ambiente- para futuros desafíos y para estimular el crecimiento y crear empleos. Un modelo es el Banco Europeo de Inversiones(def), que con 50 mil millones de euros, ha podido invertir 400 mil millones de euros. Sin embargo, tal vez se pueda llegar a un acuerdo con los chinos para que inviertan sus reservas y con las multinacionales occidentales en cuanto al trato fiscal de las ganancias repatriadas.

Finalmente, como ha mostrado, Michael Spence, premio Nobel de Economía, el crecimiento es ahora una condición necesaria pero insuficiente para crear empleos. En particular, la actual epidemia de jóvenes desempleados requiere de nuevos enfoques – por ejemplo, un banco de desarrollo que ayude a dar empleo a la enorme población joven en Medio Oriente y en África del norte, y crear programas de formación y aprendizaje en otros lados. El pacto de crecimiento del G-20 tiene que ser también un pacto de empleos.

El G-20, que representa el 80% de la producción mundial, cumplió todo su potencial en 2009, como el único organismo multilateral capaz de coordinar la política económica global. Por desgracia, sus Estados miembros pronto abandonaron ese objetivo y regresaron a las soluciones nacionales. Como era de esperarse, es vano actuar en solitario para asegurar la recuperación económica. Ha llegado nuevamente la hora del G-20. Cuanto antes el presidente francés, Nicolas Sarkozy convoque al G-20 a trabajar en conjunto, mejor.

Gordon Brown fue primer ministro del Reino Unido.

Fecha: 06/09/11
Autor: Gordon Brown
Artículo: Un acuerdo sobre el crecimiento mundial

Londres – El Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, cautivó la imaginación del mundo cuando habló recientemente de un nuevo “momento sputnik”. Trazó un plan audaz para mejorar la educación, las infraestructuras y la tecnología y comparó, gráficamente, la determinación necesaria para enviar a un hombre a la Luna con la necesaria para restablecer el crecimiento de la economía de los EE.UU.

Obama tiene razón al decir que Occidente afronta no sólo grandes amenazas, sino también grandes oportunidades. En el último decenio, la economía mundial quedó transformada con la incorporación de mil millones de trabajadores asiáticos a las filas de los productores industriales. En 2011, por primera vez en dos siglos, Europa y los Estados Unidos corren el riesgo de ser superados en producción, exportaciones e inversiones por China y el resto del mundo.

Sin embargo, el crecimiento de Asia infunde también a Occidente una esperanza económica sin precedentes. En este decenio, el mundo quedará transformado una vez más por el aumento de los consumidores asiáticos. En 2020, el tamaño de los mercados internos de Asia será el doble del de los Estados Unidos. La clase media del mundo habrá pasado de mil millones de consumidores a tres mil millones.

Las oportunidades para el crecimiento de Europa y de los EE.UU. que ofrecerá esa demanda mundial suplementaria serán enormes. Los países y las empresas que prosperarán en los nuevos mercados de Asia serán los que ofrezcan los bienes y servicios –hechos por encargo, facilitados por la tecnología y con gran valor añadido– necesarios para atender la demanda de dos mil millones de consumidores de Asia.

Pero ni Europa ni los EE.UU. se encuentran en una situación suficientemente fuerte para aprovechar al máximo esos nuevos mercados. Para poder aprovechar las oportunidades que ofrece Asia, Occidente debe empezar de nuevo a superar en invención, innovación y aptitudes al resto del mundo. De hecho, a no ser que Occidente aumente en gran medida sus inversiones de capital en los sectores de la ingeniería, la ciencia y las nuevas tecnologías, se verá marginado por países cuyos gobiernos respaldan a sus innovadores con dinero contante y sonante.

Con el plan de inversiones de Obama se pondría la primera piedra para un acuerdo mundial oficial que brinde altos niveles de crecimiento a todos los confines del mundo y cree millones de nuevos puestos de trabajo. Conforme a dicho acuerdo, Europa se uniría a los EE.UU. para aumentar los niveles de inversión, complementando la iniciativa del “lanzamiento de un cohete lunar” por parte de los Estados Unidos con un programa de reforma estructural encaminado a crear una economía digital, verde, energéticamente eficiente (analogía) y competitiva, mientras que China desempeñaría su papel aumentando su consumo. Creo que semejante acuerdo podría incrementar la economía mundial en un 3 por ciento, aproximadamente, de aquí a 2014… y sacar a cien millones de personas de la pobreza.

Presenté ese plan cuando presidí el G-20 en Londres en 2009. Quería que Oriente y Occidente se comprometieran con una estrategia oficial para rendir resultados más duraderos que los prometidos por los planes de rescate que estábamos aplicando en aquel momento. Habíamos centrado la atención en impedir que la recesión se convirtiera en una depresión. Yo sostuve que era también el momento de innovar con la creación de un marco de crecimiento más duradero.

Al final, no se pudo lograr un objetivo compartido de crecimiento y hasta ahora no ha habido suficiente voluntad política para actuar coordinadamente a fin de lograrlo. Desde entonces, Europa y los Estados Unidos han crecido muy por debajo de su capacidad (pese a la existencia de una demanda no atendida en todo el mundo) y el desempleo ha llegado a ser el 10 por ciento, aproximadamente, en los dos continentes (con un desempleo juvenil que ha alcanzado el alarmante nivel del 20 por ciento).

El acuerdo sobre el crecimiento mundial que nos eludió en 2009 sigue siendo la labor inacabada del G-20. La inversión pública concentrada al principio del período podría financiarse con cargo a un Banco Europeo de Inversiones de mayores dimensiones. China ha puesto ya los cimientos para desempeñar su papel: su política de xiaokang (reducir la pobreza y aumentar la clase media) ha de crear un mercado de miles de millones de dólares de bienes y servicios occidentales.

Occidente debe proponer que, si el consumo de China aumenta en entre dos y cuatro puntos porcentuales de su PIB durante los tres próximos años (cosa enteramente posible, al ampliar su red de seguridad social, reducir los impuestos y poner al alcance de sus ciudadanos de a pie la propiedad de una vivienda), los Estados Unidos y Europa incrementarán su inversión pública en cantidades similares. Si otros países asiáticos hacen lo propio y acuerdan crear un campo de juego igual para todos los exportadores, podríamos crear unos 50 millones de puestos de trabajo suplementarios.

Naturalmente, en Occidente un plan de inversión se expone a las críticas de quienes prefieren que no hagamos otra cosa que hablar de estrategias de crecimiento. De hecho, los críticos sostienen que el aumento de la inversión pública entra en conflicto con el impulso necesario para reducir los déficits públicos y avisan sobre el aumento de los tipos de interés que entraña un mayor gasto.

Pero los críticos se equivocan sobre los efectos de las inversiones específicas en el déficit. Un estudio reciente del Fondo Monetario Internacional aportó pruebas inequívocas de que podemos mantener en realidad los planes de reducción de los déficits, sin por ello dejar de beneficiarnos de las inversiones de capital suplementarias que las economías de los EE.UU. y de Europa necesitan.

Mí extrapolación del modelo del FMI muestra que los países occidentales pueden incrementar en gran medida su crecimiento del PIB a largo plazo aumentando sus niveles de inversiones de capital a lo largo de un período de tres años. Un estímulo anual equivalente a tan sólo el 0,3 por ciento del PIB rendiría un beneficio en los EE.UU. de 0,8 por ciento en crecimiento económico en su punto máximo en 2013 y de 0,4 en Europa.

Ese planteamiento, que garantiza el crecimiento y reduce el desempleo sin aumentar el déficit, es necesario para activar el sector privado y movilizar parte del capital que se ha acumulado en los balances de las empresas en los últimos años. También subraya la importancia del G-20 y del FMI para intentar conseguir el consenso mundial ahora.

Occidente está en condiciones de desempeñar su papel en la renovación mundial. Sus extraordinarias fuerzas laborales producen bienes y servicios de primera categoría, pero no se debe condenar a la fuerza laboral occidental con políticas que produzcan tozudamente un decenio de crecimiento lento y empleo escaso. Sería una tragedia humana y no sólo un desastre económico.

Gordon Brown fue Primer Ministro (2007-2010) y ministro de Hacienda (1997-2007) del Reino Unido. Es autor de Beyond the Crash: Overcoming the First Crisis of Globalisation (“Más allá del desplome. La superación de la primera crisis de la mundialización”).

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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