Libia: ¿misión cumplida?

Pese a que el avance rebelde ha sido devastador, lo más difícil viene ahora. Y tiene dos partes: sofocar lo que queda de la resistencia de Gaddafi y de los remanentes del régimen; y evitar que las cosas degeneren en una lucha de tribus y dotar al país de estructuras de gobierno funcionales.

Autor: Alvaro Vargas Llosa
Fecha: 27/08/2011

Un análisis aparentemente objetivo de las cosas llevaría a concluir que los rebeldes libios han acabado con el régimen de Muammar el Gaddafi y que el Consejo Nacional de Transición, la estructura opositora creada en Benghazi hace medio año, se ha hecho con el control del país. Todo indicaría que medio año después de iniciados los combates, la oposición ha derrotado a Gaddafi.

Desde que, hace pocos días, los insurgentes tomaran Zawiya, unos 45 kilómetros al oeste de Trípoli, en la ruta costera que comunica al país con Túnez, era evidente que pronto estarían en la capital y que Gaddafi tendría que refugiarse en otro lado, cediendo el mando en lo que había sido su bastión desde que estalló el conflicto en febrero. Ya controlaban Garian, la ciudad desde la cual se domina la ruta hacia Argelia y, desde mucho antes, tenían pleno poder sobre el oriente del país, especialmente Benghazi y Misrata. Al entrar a Trípoli esta semana y capturar la ciudadela del dictador, todo parecía acabado.

Sin embargo, a pesar de que el avance ha sido devastador, lo más difícil viene ahora. Y tiene dos partes: de un lado, sofocar lo que queda de la resistencia de Gaddafi y algunos de sus hijos, y eventualmente, después de matarlos o capturarlos, de los remanentes del régimen que pretendan desestabilizar la victoria rebelde; del otro, evitar que las cosas degeneren en una lucha de tribus o un conflicto civil entre los propios vencedores, y dotar al país de unas estructuras de gobierno civil mínimamente funcionales. Ninguna de estas dos cosas está todavía lograda ni serán fáciles.

Gaddafi puede caer de un momento a otro. Todo indica que la resistencia nucleada en torno a él y sus hijos se centrará, además de algunos barrios de Trípoli, en Sirte, la ciudad natal del coronel fugitivo, y Sabha, el bastión de su tribu. Ya se vio en Irak hasta qué punto una minoría -en ese caso remanentes sunitas del Partido Baath– puede hacer inmanejable una transición una vez derrocado el dictador. Ni la muerte de Hussein y sus hijos pudo impedirlo. Y se vio en Afganistán -salvando, al igual que en Irak, todas las distancias- cómo una estructura política y militar suficientemente motivada, en ese caso la de los talibanes, puede reconstituirse con cierta fuerza si el gobierno central no controla verdaderamente las distintas regiones y territorios.

En Libia, además del riesgo que supone la eventual persistencia de una guerrilla vinculada a Gaddafi, se da el hecho de que la propia unidad de la oposición no está del todo clara. La muerte, el 28 de julio, de uno de los comandantes rebeldes principales, Abdel Fatah Younis, a manos de los propios insurgentes, así lo indica. Por lo demás, han sido notorias las desinteligencias entre los líderes políticos que operan desde Benghazi o constituyen la cara exterior del régimen en ciernes, como Mustafa Abdul Jalil y Mahmud Jibril, y los comandantes y mandos medios que pelean en los distintos teatros de batalla. Tampoco ha sido fácil la convivencia al interior del Consejo Nacional de Transición de las cabezas más visibles y los líderes tribales que la integran. Las informaciones confusas sobre los últimos avances y el extraño episodio relacionado con la supuesta captura, luego, desmentida, de un hijo de Gaddafi delata una maquinaria poco aceitada.

El mayor peligro, una vez que Gaddafi esté fuera de combate, es que en Libia se repita la historia de Somalia en 1991 o Afganistán en 1992 (a la caída de Najibullah), casos en los que el desplome del gobierno no abrió el paso a un gobierno unido, sino a un caos de facciones enfrentadas entre sí. A lo cual se suma el riesgo de que los remanentes del régimen caído o ciertas facciones disidentes de los rebeldes se apoderen del significativo arsenal de armas que, según la inteligencia occidental, hay en el país. Se habla de armas químicas muy potentes, material nuclear en estado primario y unos 30 mil cohetes. Dado el fiasco que fue la denuncia de la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, nadie ha prestado excesiva atención a estas versiones. Pero independientemente de esta consideración, lo que sí es cierto es que hay un vasto arsenal convencional que todavía no está en manos de los comandantes rebeldes o del Consejo Nacional de Transición.

En el caso libio, hay muchas más probabilidades de que la inteligencia occidental esté bien informada. La razón no deja de contener una ironía: cuando Occidente pactó con Gaddafi la renuncia al desarrollo de armas nucleares, Libia entregó abundante información sobre su arsenal. Nada hacía prever, en ese momento de reconciliación entre Trípoli y Estados Unidos y Europa, que poco después se vendría una guerra entre Trípoli y la aviación de la Otan. Se sabe, por ejemplo, que hay reservas de gas mostaza en un lugar al sudeste de Trípoli y cientos de toneladas de concentrado de uranio en polvo en una pequeña instalación nuclear al este de la capital.

Una fuente posible de desunión entre los rebeldes una vez que maten o capturen a Gaddafi y los hijos que siguen libres será la pugna en torno a lo que se debe hacer con las estructuras del régimen derrotado. Hay hoy día un consenso internacional entre expertos con respecto al grave error que cometió en Irak la Autoridad Provisional de la Coalición, dominada por Estados Unidos, al licenciar al Ejército iraquí, unos 250.000 hombres armados, una vez derrotado el régimen de Saddam Hussein. Ellos constituyeron el núcleo de la resistencia posterior. Los rebeldes libios parecen haber aprendido esa lección a juzgar por el documento sobre la transición que se filtró hace poco a la prensa británica. En él, se indica que han reclutado a unos 800 oficiales vinculados al aparato de seguridad de Gaddafi para que se conviertan en la columna vertebral de un nuevo aparato de seguridad una vez instalado el gobierno. Unos cinco mil policías serán asimismo transferidos del régimen saliente al gobierno entrante para evitar un colapso del orden público.

En la práctica, sin embargo, los retos serán muy complejos aun si se preserva algo de la estructura de seguridad del régimen de Gaddafi. La población, tiranizada durante 42 años, tiene una comprensible desconfianza en cualquier cuerpo policial o militar del gobierno desmoronado y el ánimo de venganza en muchos de los comandantes rebeldes, que no necesariamente comparten la visión de los políticos en Benghazi, está a flor de piel. El Consejo Nacional de Transición ha hablado de mantener sólo a quienes no tengan las manos manchadas de sangre, pero se sabe que en una dictadura sanguinaria esas líneas divisorias no son nada claras.

La tentación eventual de compartir parcialmente el poder con representantes de la dictadura, aunque improbable, siempre estará allí en caso de que la resistencia se prolongue y dificulte la transición. Sin embargo, los casos de Kenia y Zimbabwe, dos países africanos donde la situación llevó a las dos partes enfrentadas a pactar, indica que no hay precedentes muy alentadores. Libia se parece más al caso de Costa de Marfil, donde no hubo ningún interés por parte de los insurgentes para llegar a un acuerdo con un déspota que se resistía a abandonar el poder. Si una facción de los insurgentes pretende hacerla, es casi seguro de que se producirá una división violenta.

Otro factor a tener en cuenta es la legitimidad social del nuevo régimen. En Irak, la presencia extranjera dominante destruyó esa legitimidad y fue el gran pretexto de la desestabilización. En Afganistán, aunque el esfuerzo para hacer de Hamid Karzai una figura aceptada, fue en un primer momento bastante significativo, nunca se percibió al nuevo gobierno, liderado por un pashtún, como auténticamente representativo del conjunto del país, de por sí cuarteado por tribus enemistadas entre sí. Ahora Estados Unidos y Europa, cuyo respaldo aéreo fue determinante para que Gaddafi no lograra en marzo avanzar hasta Benghazi y acabar con los rebeldes que habían cedido casi todas las posiciones conquistadas, han dejado en claro que no quieren colocar tropas en tierra. Ha surgido incluso la posibilidad de que Qatar, cuyo respaldo tanto en reconocimiento como en cobertura aérea y la comercialización de petróleo en beneficio del Consejo Nacional de Transición ha sido muy importante, suministre el grueso de la presencia extranjera. Tratándose se un país árabe, la sensibilidad local se vería mucho menos herida que si se tratara de las potencias occidentales. Pero es altamente improbable que las tropas qataríes sean suficientes para mantener el orden en la Libia post Gaddafi.

El factor económico jugará un rol clave en el éxito o fracaso de la transición. A Irak le tomó un largo período -más de cuatro años- restablecer el nivel de producción de petróleo anterior a la guerra iniciada en 2003. Libia, que contiene las mayores reservas de crudo de Africa, producía 1.8 millón de barriles diarios antes de que se disparara la guerra interna en febrero de este año. Pero el conflicto redujo la producción a una mínima expresión a medida que la inseguridad llevó a BP, Royal Dutch Shell, YPF y otras empresas a evacuar a su personal y paralizar sus operaciones. Aunque los rebeldes controlaron el gigante petrolero local, Agoco, desde el comienzo, en la práctica la producción ha sido muy pequeña. Restablecer los niveles anteriores es un reto cuyo logro dependerá del control de la situación interna.

Por otra parte, hay cuantiosos activos congelados en todo el mundo. Sólo en Estados Unidos se calculan en unos 37 mil millones de dólares. El régimen de Gaddafi no pudo disponer de ellos desde la imposición de las sanciones, pero se espera que el Consejo Nacional de Transición logre acceder a esa riqueza más temprano que tarde. De lo contrario, será muy difícil levar a cabo la onerosa reconstrucción, que por lo demás, por obvios motivos económicos, no contará con donaciones occidentales importantes, digan lo que digan los líderes europeos y el Presidente de Estados Unidos.

El contexto regional decididamente ofrece elementos esperanzadores con respecto de la transición. Cuando se produjo la caída de Hussein en Irak, la capacidad de regímenes desestabilizadores del Medio Oriente para influir en la situación interna, particularmente el de Irán, era muy grande. Tanto Siria como Irán contaban con vías de comunicación y de coordinación con facciones iraquíes, y la posibilidad de suministrar armas y hombres a los sunitas resistentes. No es el caso de Libia, donde ningún gobierno árabe tiene una posibilidad real de respaldar eficazmente a Gaddafi o a lo que quede de su régimen. Tampoco tienen ganas de hacerlo: Marruecos y Argelia llevan meses tratando de evitar un contagio de la “primavera árabe” y lo último que pretenden es hacer olas. Túnez, a su vez, se siente el iniciador del dominó democratizador en el norte de Africa y el Medio Oriente, de modo que sus simpatías están con los rebeldes. Y aunque Arabia Saudí representa el bastión de los regímenes autoritarios árabes, está actuando con pragmatismo y nunca se apartará abiertamente de sus tutores occidentales.

Estados Unidos y Europa tendrán que medir con mucho cuidado hasta dónde se quieren o pueden involucrar. Es evidente que su apoyo ha sido determinante para permitir a los rebeldes conquistar casi todo el país y llegar hasta Trípoli. Cuando, hace seis meses se desencadenó el conflicto a raíz del arresto de un activista en Benghazi, los rebeldes estaban en gran inferioridad de condiciones. Aunque tomaron Benghazi y luego Misrata con relativa rapidez, el poderío militar, económico y político de Gaddafi era muy superior. En marzo, las sanciones impuestas por la ONU en febrero y el hecho de decretar una zona de exclusión aérea, seguida del inicio de los bombardeos de la Otan, acabó con las pretensiones de Gaddafi de retomar el control de los lugares donde los rebeldes se habían hecho fuertes en el oriente del país. Luego, la destrucción de la fuerza aérea libia, de numerosos centros de mando y del armamento pesado permitió equilibrar las cosas entre los insurgentes y la dictadura, hasta que ésta empezó a hacer agua. Todo lo cual implica que Estados Unidos y, sobre todo, Europa (es decir, Francia e Inglaterra, que llevaron el peso de los bombardeos) están involucrados lo quieran o no.

La cuestión que tendrán que decidir es si conducen el proceso de transición desde la sombra y se arriesgan a pagar el precio en el caso de que las cosas salgan mal, o si dejan un amplio margen de libertad a los rebeldes y se arriesgan a que se produzca cualquier cosa, menos una transición a la democracia. Tampoco está muy claro cuánto poder real podrían ejercer en la práctica sin que haya tropas occidentales en Libia.

Para los países occidentales está en juego algo más que el futuro libio, país productor de petróleo. Como parte de la ola antiautoritaria en el mundo árabe, en caso de un triunfo definitivo y el inicio de una transición exitosa los rebeldes pueden tener un efecto determinante en la situación siria, el otro gran foco de atención en este momento. Para Washington y Europa, que ya piden abiertamente la salida de Bachar el Assad del gobierno de Damasco, lo que está sucediendo en Libia tiene por tanto una lectura regional y un significado geopolítico de primera magnitud (Siria impacta a su vez al Líbano, país en el que influye mucho, y a Irán, su gran aliado). Lo cual redobla la necesidad de involucrarse en la transición de una manera u otra aun si las lecciones de Irak y Afganistán, y la crisis económica mundial, desaconsejan en principio un rol demasiado activo.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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