¿Y cuál es la salida?

Fecha: 28/08/11
Fuente: Blog de Ascanio Cavallo

¿Cuánto más aguanta la gestión del Presidente Sebastián Piñera? ¿Cuánto más resiste el estado de descontento callejero que lo está condenando a ser el gobierno menos gobierno de las últimas décadas? ¿Cuál es la salida? ¿Tendrá Piñera a un Longueira (de la oposición) que le tienda una mano, aunque sea con condiciones? ¿Y tendrá la oposición al dirigente capaz de dar un giro positivo al estado calamitoso de la política en general y del gobierno en particular?

Estas no son preguntas privadas. Son las que circulan en todas las conversaciones políticas, empresariales, académicas, sociales y familiares. Son las que tienen a los chilenos sometidos a un juego de bandazos entre la angustia y la euforia, entre la depresión y el asombro. Son el resultado de inauditos tres meses de movilizaciones que por primera vez en la historia han alcanzado a muchas ciudades del país.

En estos tres meses, el gobierno ha perdido el control del orden público, la agenda política y la popularidad: casi todo lo que hace de La Moneda un Poder Ejecutivo y no una mera oficina de administración de la angustia. Esta semana afrontó un nuevo jalón en la escalada que ha venido sufriendo en la mitad de su segundo año: un amenazante llamado a paro nacional por 48 horas que para la tarde del martes lo tenía sumido en la incertidumbre.

El paro fue un fracaso. La convocatoria de la CUT no logró mucho más que un estado de nerviosismo, una reducción de las jornadas laborales y la interrupción de pocas, muy pocas actividades productivas. Ningún dirigente serio podría considerar eso como un éxito político, pero el compromiso de Arturo Martínez empujó a su partido, el Socialista, y a toda la Concertación a sumarse a esta apuesta fallida, que el aguerrido dirigente tuvo que refrasear como “paro social” para darle algún contenido postrero. Si alguien pensaba que la Concertación estaba en el piso, no había previsto que aun quedaba un subterráneo: depender de cualquier iniciativa ajena por si acaso resulta exitosa.

Peor aun, a pesar de las angustiadas advertencias del presidente del PS, Osvaldo Andrade, el no-paro derivó en la noche en los episodios de violencia que siempre azotan a los mismos sectores pobres de las ciudades chilenas, esta vez más cargados a los saqueos y las venganzas. Un baldón.

El segundo día de paro volvió a ser un fracaso, pero esta vez lo rescató una marcha de grandes proporciones, sustentada esencialmente por los estudiantes, con un carácter pacífico que fue reconocido por el ministro Andrés Chadwick. Está bien, pero un gobierno no goza de buena salud cuando agradece que una protesta en su contra simplemente no sea violenta.

Cuatro conclusiones emergen de estos sucesos: 1 el pivote único del descontento es el movimiento estudiantil, y no tiene contrapeso ni parangón entre quienes intentan subirse a él por la puerta trasera; 2 la simpatía y solidaridad públicas con los estudiantes, y con sus métodos, no son endosables a nadie más; 3 el maximalismo ya no es lo mismo que el infantilismo revolucionario: la “acción directa” y la “vanguardia activa” carecen de prestigio y se han formalizado como una amenaza contra el vigor del movimiento estudiantil; y 4el protagonismo sigue radicado en la clase media: ¿o no hay una rara inadecuación en la imagen de los dirigentes sindicales caceroleando en la Plaza Ñuñoa?

La quinta conclusión es que, con paro o sin él, la evolución del gobierno ha cambiado muy poco: de mal para peor. Lo mismo se puede decir de la Concertación. Muchos atribuyen este estado de cosas a la debilidad de los liderazgos en ambos sectores, a la ausencia de figuras carismáticas y creíbles que puedan abrir paso a soluciones consensuadas de la manera más amplia posible.

Aun sin dudar de la importancia de los liderazgos en la política moderna, no es claro que ellos sean la solución automática a una crisis social como la que atraviesa Chile. Si hay alguna retórica que pueda afrontar esta situación, ya no es la del crecimiento ni la de la focalización redistributiva. Es otra. Es una que no ha aparecido.

La Concertación ha estado jugando a esperar un deterioro más profundo del gobierno, una estrategia incentivada por la inclinación del Ejecutivo -y del Presidente- al exitismo y al optimismo forzoso. En otras palabras, la Concertación espera encontrarse con un gobierno humillado y confirma esa necesidad cada vez que el oficialismo culpa de sus males a los gobiernos anteriores y -como ha sido su deporte favorito desde el inicio- a la ex Presidenta Michelle Bachelet.

Esto no es un invento de la Concertación, sino el recurso más básico de todas las oposiciones de la historia. El problema consiste en detectar en qué momento se alcanza el punto de no retorno, el instante en que el deterioro del gobierno se convierte en ingobernabilidad, polarización y violencia.

El gobierno cree que aun le esperan algunas semanas de perturbación pública, con una amenazante primera mitad de septiembre y la expectativa de una pacificación después de Fiestas Patrias, que usualmente precipitan el fin del año. Quizás sea así. Pero sustituir la política con el calendario es otro síntoma de enfermedad.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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