¿Ganar dos veces?

Fecha: 20/08/11
Fuente: Bitacora Ascanio Cavallo

El peor escenario que puede enfrentar el país en medio de la crisis estudiantil es el de un gobierno inane y poco creíble y el de un movimiento social incapaz de controlar el “infantilismo revolucionario”.

Los dos principales actores del conflicto de la educación, el gobierno y el movimiento estudiantil, parecen estar cerca de un punto de no retorno: o alcanzan algún tipo de acuerdo, o se sumirán ambos en un proceso de deterioro con horizontes desconocidos.

El gobierno ha vivido el estallido estudiantil como una pesadilla que jamás hubiese esperado. Ese estado psicológico ha determinado muchas de sus decisiones erráticas y los tres meses que ha perdido en contramarchas, apostando a diversas formas de forzar la desmovilización, que sólo consiguieron activar la imaginación juvenil. Una mentalidad de la derecha -no la de todo el gobierno, sí la que estuvo detrás de esas operaciones fallidas- ha naufragado en estas semanas. Pero para ese análisis se necesitará más tiempo.

De momento, sólo el ministro Felipe Bulnes, inopinadamente destinado al frente de guerra, ha podido ordenar en el gobierno criterios de respuesta que se hacen cargo de las demandas reales de los estudiantes. La propuesta que presentó el miércoles aborda, en efecto, los principales reclamos -desmunicipalización de la enseñanza básica y media, becas para el 60% más vulnerable en la educación superior, nivelación de las tasas de interés en los créditos y supervigilancia de la ley que prohíbe el lucro en las universidades-, que es mucho más de todo lo que pudo ofrecer el anterior ministro Joaquín Lavín.

Los dirigentes estudiantiles sólo pudieron replicar acusando al ministro de “ambigüedad”, un término que pone más énfasis en la desconfianza que en el contenido. Sin embargo, este es también uno de los aspectos medulares del conflicto: el gobierno tiene en el mundo de la educación mucha menos credibilidad que la poca que ya tiene en la opinión pública. Las explicaciones para esto podrían llenar tomos, pero hay una que atañe en forma específica a los ministerios de Educación y Hacienda. Ambos han desarrollado una cultura de “tejo quedado” -muy alentada por su bronca contra el Estatuto Docente- que de modo invariable ha terminado cediendo a las presiones en vez de trabajar con certezas propias. El emblema del “gobierno sin convicciones” -Carlos Peña dixit- es la conjunción entre estos dos ministerios.

Bulnes tiene dos ventajas. No proviene de esa cultura y es la gran esperanza blanca de un gobierno metido en un túnel. Esto no lo convierte en un acorazado, pero es el ministro de Educación con más poder en muchos años. Gracias a eso logró una propuesta que por primera vez aborda elementos estructurales y de paso ha satisfecho a las filas internas -especialmente a la UDI– que no se sentían cómodas con la escasa empatía entre el gobierno y las demandas estudiantiles más populares.

Los especialistas coinciden en que el costo del crédito y el endeudamiento son las más costosas y también las más sentidas de esas propuestas. La siguiente es el lucro en la educación superior, que en realidad envuelve un reclamo contra su costo.

Los estudiantes empezaron reclamando contra el lucro disimulado en las universidades, pero ahora lo han extendido hacia institutos profesionales y centros de formación técnica. Las leyes dictadas en el régimen militar vedaron el fin de lucro a las universidades y lo autorizaron en los IP y CFT, esperando incentivar la creación de estas últimas instituciones. Pero como el mercado suele ser más listo que los técnicos y menos que los empresarios, y la demanda aspiracional favorecía a los títulos universitarios, los “emprendedores” de la educación terminaron buscando los forados en las normas de las universidades. Como política de modelación de la oferta, la educación superior fue el Transantiago silencioso del régimen de Pinochet, y ahora parece imposible que el gobierno de Piñera pueda simplemente mantener el statu quo en el segmento no universitario.

Al otro lado, los dirigentes estudiantiles comienzan a enfrentarse a dilemas más de fondo de los que han visto en estos meses donde han llevado las de ganar. El primero de todos es administrar su victoria, sobre la cual ya nadie tiene dudas. Siempre hay un punto en que, habiendo ganado, se quiere ganar dos veces. La política consiste en la dificultad de trazar la línea entre ambas cosas.

Un síntoma de esa dificultad ya fue la contramarcha ante la oferta de dialogar en el Parlamento, que primero rechazaron y luego aceptaron, como obvio resultado de tensiones internas. Toda la agudeza de la crítica a la clase política se vuelve poco presentable cuando se rechaza el diálogo en la principal institución de la República destinada a ese efecto. La actuación oportunista de algunos dirigentes de la Concertación ha contribuido a agudizar esas contradicciones, pero para el movimiento estudiantil sería fatal entregarse a ese oportunismo al que con tanto éxito ha rechazado. Los líderes de la Concertación no serán interlocutores mientras no recuperen algo de la integridad que tuvieron en el pasado y mientras no demuestren que opinan sin la calculadora electoral.

El otro dilema de los jóvenes es cómo controlar el infantilismo revolucionario. Este concepto fue acuñado por Marx como crítica a Louis Auguste Blanqui, el agitador francés que quiso usar de base al movimiento estudiantil parisino a mediados del siglo XIX, sin lograr mucho más que su derrota. El infantilismo revolucionario fue, desde Lenin en adelante, un enemigo histórico del Partido Comunista, aunque pocas veces supo lidiar con él. ¿Hay un Blanqui en el Chile de hoy? No se lo conoce.

Pero el infantilismo puede convertir el 80% de apoyo a las demandas estudiantiles en una cifra irrelevante o marginal. Y ese es verdaderamente el peor de los escenarios: un gobierno inane y poco creíble, contra un movimiento radicalizado y poco inteligente.

Fecha: 20/08/11
Autor: Hector Soto
Artículo: Un horizonte de sombras

Donde existían consensos, ahora surgen grietas. Donde el camino estaba más o menos claro, ahora se levantan interrogantes. Donde pedíamos que las instituciones funcionaran, ahora la gran demanda es que dejen de funcionar. Algo raro está pasando en Chile.

La última vez que en Chile la política dejó de funcionar, en 1973, los resultados fueron desastrosos para todos. Hoy se diría que el país no ha llegado a esos extremos, porque al fin y al cabo la economía sigue creciendo, las ciudades funcionan, la gente va y vuelve con normalidad de su trabajo, los malls se llenan como siempre durante los fines de semana. Pero el tablero político se está llenando de malas señales. La decisión de gran parte de los partidos opositores de jugársela por un plebiscito para zanjar los grandes dilemas de la educación amenaza con meter al país en un callejón sin salida en términos institucionales. Y a estas alturas debiera ser ilusorio creer que estos desencuentros van a afectar solo al gobierno -que es lo que los partidarios del plebiscito quieren- y no al país, que en lo que deberían pensar, si no siempre, al menos de vez en cuando.

La forma en que han evolucionado los acontecimientos podría estar dándole la razón a los deterministas que pregonaron que el triunfo de un gobierno de derecha iba hacer ingobernable al país. ¿Por qué? Bueno, porque para muchos solo la centroizquierda puede gobernar; no hay según esta perspectiva nadie más realmente capacitado a la hora de interpretar y contener a la muy mentada “mayoría sociológica” chilena, por desgracia desafiada y contradicha por la mayoría electoral que le dio el triunfo a Piñera.

En el cuadro actual los problemas del país son básicamente dos: liderazgo y respeto a las instituciones.

Un país confundido

El primer problema es un enorme, tremendo, descomunal vacío liderazgo. De un año a otro pareciera que se extraviaron los mapas, se perdieron las brújulas y se debilitaron los consensos que, desprestigiados y vilipendiados ahora por el maximalismo político emergente, fueron sin embargo los que le permitieron a Chile progresar como nunca antes en su historia durante más de dos décadas. Ahora hemos entrado a una etapa de titubeos, desconfianzas y generalizada confusión.

El Presidente, que sería el primero de los llamados a ejercer el liderazgo, y que algún capital político tuvo, lo perdió en autogoles y leseras (demorados conflictos de interés cuando entra a La Moneda; episodio Bielsa; aterrizaje del helicóptero en el verano; malos manejos en el caso de la intendencia de la VIII Región y en la crisis del gas en Magallanes, entre otras genialidades) y ahora está con problemas de credibilidad incluso para asegurar que Chile es una larga y angosta faja de tierra. Que Piñera, sin embargo, no haya hecho hasta aquí un mal gobierno, al menos en el sentido de haber cometido errores que signifiquen hipotecar parte del futuro, errores de la magnitud digamos de un Transantiago, sirve a estas alturas de poco para mejorar el precario margen de maniobra con que dejó la encuesta CEP, luego de reconocerle sólo 26% de aprobación ciudadana. Con esos niveles de impopularidad, la verdad es que al Presidente le hace la cruza cualquiera.

Tampoco hay otros liderazgos. Los políticos, los partidos, las instituciones, también se están yendo al diablo, en parte por sus propios errores, en parte por el rencor que ahora ha surgido contra las elites. Chile está lejos de tener la peor clase política del hemisferio. Al contrario: lo más probable es que tengamos una de las mejores de la región. Pero la idea de que se vayan todos de una vez y para siempre, sin preguntar ni por asomo sobre quiénes podrían venir, seduce a una parte muy importante de la población. No sólo eso: para la tele y la sobremesa nacional, en términos de liderazgo hoy valen más los 770 votos que sacó Camila Vallejo en las melancólicas elecciones de la Fech que los 60 u 80 mil sufragios que pueda haber obtenido un senador. Ella lleva triunfalmente los suyos; los parlamentarios, en cambio, parecieran cargarlos como un baldón, porque el binominal está en entredicho y esos votos valen menos.

Un país sobrepasado

El segundo problema es de fair play. La democracia es un sistema que para funcionar supone algún grado de convicción interior y compromiso moral. El sistema ciertamente no resiste si a la primera crisis el llamado de la oposición es a desconocer las reglas del juego. La exhortación a un plebiscito tiene mucho de eso. El argumento en que se sustenta ese llamado insiste mucho en la supuesta ilegitimidad de origen de la actual Constitución, desconociendo el hecho de haber sido replebiscitada en 1989 y reformada varias veces desde entonces. Personalmente no tengo memoria de algún período en la historia de Chile en que la izquierda haya estado conforme con la Constitución. Las ha ninguneado todas y de manera sistemática, sin perjuicio -claro- de invocar sus instituciones cada vez que creyó que podía verse favorecida. Maquiavelismo de bajo presupuesto: bien en las maduras, mal en las duras.

Ya era hora

Como vienen semanas complicadas, es prematuro anticipar qué va a quedar en pie y que será arrasado una vez que se decante el polvo levantado por el conflicto estudiantil. Las posiciones todavía continúan muy distantes, pero hay que reconocer que fue un avance que esta semana los dirigentes estudiantiles fueran al Parlamento, a una sesión de la comisión de Educación del Senado, no a marchar, no a protestar, no a organizar batucadas, sino a exponer, a hablar, a preguntar y a responder. Ya era hora. Lo que se vio ahí puede ser descorazonador para la sensatez política y no habla muy bien de la autonomía e independencia de juicio de la clase política, pero fue al menos un ejercicio de civilidad que hacía falta.

Los países se pueden echar a perder de muchas maneras. Por la corrupción, por el autoritarismo, por la demagogia, por la miopía, por el dogmatismo, por la pequeñez. Nunca faltan. Pero la experiencia dice que no hay camino más seguro a los incendios que el gusto de jugar con fuego.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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