Cómo no malinterpretar a Estados Unidos

Fecha: 07/08/11
Autor: Moíses Naím

Según el comentarista Christopher Hitchens, “la crisis financiera de Estados Unidos es el más reciente ejemplo de la tendencia que amenaza con poner a ese país a la par de Zimbabue, Venezuela o Guinea Ecuatorial“. ¡No!, contraataca Nicholas Kristof, influyente columnista del New York Times: “Es la mala distribución de los ingresos la que pone a EE UU al mismo nivel que repúblicas bananeras como Nicaragua, Venezuela o Guyana“. Nada de eso, afirma Vladímir Putin, “lo que sucede es que EE UU es un parásito que vive a costa de la economía global”. Para Mitt Romney, precandidato presidencial republicano, el problema es que “EE UU está a punto de dejar de ser una economía de mercado“. Y Barack Obama lamenta que su país “no tenga un sistema político AAA, en consonancia con su crédito AAA”.

En estos días es demasiado fácil concluir que EE UU es un desastre y que no podrá seguir siendo el país más poderoso del mundo. Para quienes aún tenían dudas sobre la supremacía estadounidense, el vergonzoso proceso de negociación sobre el límite de la deuda fue la confirmación final: la superpotencia está en caída libre. Y, por supuesto, el hundimiento de la Bolsa de Valores y la posibilidad de que la economía esté entrando de nuevo en recesión no son sino manifestaciones adicionales de la imparable debacle americana.

Esta conclusión, que tan obvia parece, es errada.

Primero. Wall Street, el Pentágono, Hollywood, Silicon Valley, las universidades y otras fuentes de donde emana el poder estadounidense siguen sólidas. La Bolsa ha caído y habrá recortes presupuestarios que afectarán a sectores como las Fuerzas Armadas, por ejemplo. Pero aun así, la actual ventaja de EE UU sobre sus rivales es tan enorme que esos recortes no lo desplazarán del primer lugar. Ejemplo: solo su flota de guardacostas tiene más navíos que todos los barcos de las 12 marinas de guerra más grandes del mundo. No es en vano que EE UU gasta más en defensa que los demás países. En el resto de las áreas estratégicas, la superioridad estadounidense sigue siendo indiscutible.

Segundo. El poder absoluto no importa. Lo que importa es el poder relativo respecto a los rivales. Aunque EE UU pueda estar declinando en poder absoluto, sus competidores también tienen problemas y se enfrentan a difíciles amenazas internas y externas, políticas y económicas.

Tercero.La demografía. En casi todos los países ricos la población crece muy lentamente o disminuye. En EE UU aumenta. Además, continúa siendo el polo de atracción de talento más poderoso del mundo. También es el país que más rápido integra y mejor provecho saca de los inmigrantes, especialmente de los mejor formados.

Cuarto. Cuando el mundo entra en pánico financiero y los inversionistas buscan un refugio seguro para sus ahorros, ¿adónde se dirigen? A EE UU. Cuando todas las Bolsas se despeñaron, el apetito por comprar bonos del Tesoro estadounidense batió récords. Fue tanta la demanda de esos bonos, que su rendimiento cayó al nivel más bajo de la historia. A los inversores no les importó que su capital fuese mínimamente remunerado ya que su prioridad era asegurarse de que estaban colocando su dinero en las arcas de un Gobierno que no les dejaría de pagar. Sorprendente, ¿no? Estamos hablando del mismo Gobierno y los mismos bonos cuya solvencia está siendo ferozmente cuestionada. Ni siquiera el hecho de que la calificadora de riesgo Standard & Poor’s haya degradado los bonos soberanos de EE UU produjo una fuga de capitales.

El mercado financiero mundial dio una respuesta contundente a quienes mantienen que el lamentable debate en Washington sobre el límite de la deuda hizo un daño irreversible al crédito estadounidense. Esa idea puede resultar bien en editoriales y tertulias radiofónicas. Pero quienes saben de dinero, la despreciaron olímpicamente. Los inversores hablan con decisiones, no con palabras. Y sus decisiones señalan que ellos creen que EE UU sigue siendo el país más seguro del mundo.

Quinto. La influencia de ideas radicales y destructivas será transitoria. El ascenso de grupos con ideas extremistas que súbitamente adquieren una influencia significativa y dominan la escena política para después desaparecer con igual rapidez, es un fenómeno recurrente en EE UU. El macartismo o los diversos movimientos populistas son algunos ejemplos de esto. Ross Perot es otro. Y el Tea Party será uno más.

¿Afronta EE UU enormes problemas? Sí. ¿Está debilitado? Sí. ¿Más que otros países? No. ¿Seguirá siendo en el futuro previsible el país más poderoso del mundo? Sí.

Fecha:08/08/11
Artículo: La primera crisis de la deuda de los Estados Unidos
Autor: Mark Roe

Cambridge – El occidente está atrapado en una crisis de la deuda. Estados Unidos, como todos saben, el 2 de agosto se acercó de manera peligrosa a una moratoria, y Standard & Poors el 5 de agosto clasificó la deuda de EE.UU. en una categoría inferior a la AAA. En Europa, el presidente saliente del Banco Central Europeo recomienda tener una autoridad fiscal más centralizada en Europa con el fin de hacer frente a probables moratorias de uno o más de los siguientes países, Grecia, Portugal y España.

Tanto Europa como Estados Unidos puede aprender una lección escondida en la historia estadounidense, ya que, perdido en la bruma de la veneración patriótica de los fundadores de Estados Unidos se encuentra el hecho de que ellos crearon un nuevo país durante – y en gran parte debido a – una paralizante crisis de la deuda. Se tiene la esperanza de que la actual crisis llegue a convertirse en un similar momento de creatividad política.

En el año 1783, después de la independencia de Gran Bretaña, los estados de Estados Unidos se negaron a pagar sus deudas de la guerra de independencia. Algunos no podían, otros no querían. El país en su conjunto funcionaba como una confederación poco compacta, que, al igual que la Unión Europea en la actualizad, carecía de potestad tributaria como también de otras potestades. No podía resolver sus problemas financieros, y, finalmente dichos problemas – en gran parte problemas de moratorias recurrentes – se catalizaron en la convención de Filadelfia para crear un nuevo Estados Unidos.

Y posteriormente, en los años 1790 -1791, Alexander Hamilton, el primer secretario del Tesoro de Estados Unidos, resolvió la crisis mediante uno de los éxitos históricos de construcción de una nación. Hamilton convirtió el naufragio financiero de Estados Unidos de la década de 1780 en prosperidad y coherencia política en la década de 1790.

Para entender los logros de Hamilton – y por lo tanto para apreciar la importancia que tiene en nuestros tiempos – tenemos que entender la magnitud de la crisis de la deuda de la guerra de independencia. Algunos estados carecían de recursos para pagar. Otros trataron de pagar, pero no recaudaban los impuestos necesarios para hacerlo. Otros, como por ejemplo Massachusetts, trató de recaudar impuestos, pero sus ciudadanos se negaron a pagarlos.

De hecho, algunos recaudadores de impuestos fueron recibidos con violencia. Los endeudados agricultores inhabilitaron físicamente el mecanismo de reembolso en muchos estados, el caso más famoso fue la rebelión de Shays en Massachusetts.

Incluso los mecanismos privados de pago de la deuda a través de los tribunales de justicia no funcionaban. James Madison, quien se convertiría en el autor principal de la Constitución no podía pedir un préstamo para comprar tierras en la frontera de Virginia, porque los prestamistas no confiaban en la capacidad de los tribunales de Virginia para exigir el reembolso. George Washington expresó su descontento acerca de que Estados Unidos, indicando que no era un “país digno de respeto”. Consideró la Rebelión de Shays como un hecho muy preocupante por lo dejó de lado su primer retiro para presidir la convención del año 1787.

Hoy en día, las características más notables de la Constitución de los EE.UU. se refieren al reparto de poderes entre el congreso y la presidencia, y la garantía que ofrece en cuanto a los derechos individuales a través de sus diez primeras enmiendas. Pero, en aquel momento, el papel principal de la Constitución fue actuar como un mecanismo de repago de la deuda gubernamental. La Constitución crearía un nuevo gobierno nacional que tuviese la capacidad de acuñar una moneda estable, pedir préstamos y pagar deudas, incluyendo los préstamos de la guerra de independencia en mora de los estados.

Al haberse ratificado la Constitución en 1789, Washington se convirtió en presidente y designó a Hamilton – quién aún tenía treinta y tantos años – como la principal autoridad del Tesoro. Hamilton no era una persona de finanzas. Fue Jefe del Estado Mayor de Washington durante la guerra de independencia y fue una persona que aprendía con rapidez: cuando llegó el momento de aprender tácticas de guerra, leyó manuales militares; y, cuando fue momento de convertirse en un líder nacional entendido en finanzas, leyó libros de finanzas.

Sin embargo, no fue una casualidad que dos militares fueran la clave para que Estados Unidos se convierta en una “nación digna de respeto” en términos financieros. Ambos creían que sólo un Estados Unidos que fuera fuerte fiscalmente podría tener la capacidad militar necesaria para defenderse de las potencias europeas, cuyo regreso a suelo americano era un evento esperado por estos dos hombres.

Pero no fue fácil conseguir los dólares para pagar la deuda. No había prestaciones que recortar o fondos del gobierno para redirigir. Hamilton sabía que el tipo equivocado de impuestos debilitaría la ya frágil economía. Él se centró en impuestos a las importaciones e impuestos a los bienes no esenciales, como por ejemplo el whisky.

Además, Hamilton necesitaba que el Congreso autorice al gobierno federal para que éste asuma las deudas de los estados, lo que al principio parecía poco probable. Algunos estados, como Virginia, ya habían pagado gran parte de su deuda, y otros veían que sus deudas se habían convertido en un juego financiero para los especuladores de Nueva York. Como resultado, muchos estados federales temían que la asunción de la deuda por parte del gobierno federal iba a significar que sus impuestos fueran a pagar a los especuladores del norte o a cancelar la deuda de grandes prestatarios, como por ejemplo de Massachusetts.

Virginia y otros estados del sur que debían poco o que ya habían pagado lo que debían votaron en contra del proyecto de ley de asunción de la deuda y lo derrotaron. Se esperaba que ellos actúen de manera inflexible – un desenlace que bien podría haber provocado la desaparición del joven país.

Jefferson y Madison, los líderes del sur, se opusieron al plan de asunción de la deuda de Hamilton, y Madison desempeñó un papel fundamental en el bloqueo de dicho plan en el Congreso. Pero luego los tres se reunieron para cenar y llegaron a un acuerdo. Jefferson y Madison no querían que la capital del país esté ubicada en el norte, y Hamilton aceptó a regañadientes apoyar su traslado a un área creada para ello en Virginia o Maryland. Ellos, a su vez, asegurarían los votos para que el gobierno federal asuma y pague las deudas en mora de los estados.

De este gran acuerdo emergió un estado fiscalmente responsable. A pesar del enorme costo – más de la mitad de los gastos del naciente gobierno en los primeros años fueron destinados al servicio de la deuda – la economía se quitó de encima la depresión de la década de 1780 y entró en un auge de crecimiento.

La tarea de Hamilton fue, a la vez, más fácil y más difícil que la nuestra hoy en día. Fue más fácil, porque existían pocas opciones: no existían tasas de impuesto sobre la renta que ajustar o prestaciones que reducir. Y, fue más difícil porque Estados Unidos era una entidad desconocida y había pocas razones para confiar en la no-nación americana.

La trayectoria actual es inversa a la de la década de 1780 y de 1790. En la actualidad es difícil que América (y, hasta hace poco, que el mundo) pueda imaginar una moratoria estadounidense, porque no ha existido ninguna razón de peso para temer una desde la década de 1790.

Los estadounidenses hoy en día saben lo que se debe hacer: una combinación de recortes de prestaciones y aumentos de impuestos. Los europeos también saben que se debe alcanzar un nuevo equilibrio. Pero, hasta que Europa y Estados Unidos encuentren líderes con la autoridad y la voluntad de repetir una versión moderna del ejemplo en llegar a acuerdos establecido por Hamilton, Jefferson y Madison hace 200 años, sus problemas de deuda continuarán debilitando sus cimientos nacionales.

Mark Roe es profesor de la Escuela de Derecho de Harvard.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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