Más información, menos conocimiento

Fecha:06/08/11
Autor:Mario Vargas Llosa

Nicholas Carr estudió Literatura en Dartmouth College y en la Universidad de Harvard, y todo indica que fue en su juventud un voraz lector de buenos libros. Luego, como le ocurrió a toda su generación, descubrió el ordenador, Internet, los prodigios de la gran revolución informática de nuestro tiempo, y no sólo dedicó buena parte de su vida a valerse de todos los servicios online y a navegar mañana y tarde por la Red, sino que, además, se hizo un profesional y un experto en las nuevas tecnologías de la comunicación sobre las que ha escrito extensamente en prestigiosas publicaciones de Estados Unidos e Inglaterra.

Un buen día descubrió que había dejado de ser un buen lector y, casi casi, un lector. Su concentración se disipaba luego de una o dos páginas de un libro y, sobre todo, si aquello que leía era complejo y demandaba mucha atención y reflexión, surgía en su mente algo así como un recóndito rechazo a continuar con aquel empeño intelectual. Así lo cuenta: “Pierdo el sosiego y el hilo, empiezo a pensar qué otra cosa hacer. Me siento como si estuviese siempre arrastrando mi cerebro descentrado de vuelta al texto. La lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en un esfuerzo”.

Preocupado, tomó una decisión radical. A finales de 2007, él y su esposa abandonaron sus ultramodernas instalaciones de Boston y se fueron a vivir a una cabaña de las montañas de Colorado, donde no había telefonía móvil e Internet llegaba tarde, mal y nunca. Allí, a lo largo de dos años, escribió el polémico libro que lo ha hecho famoso. Se titula en inglés The Shallows: What the Internet is Doing to Our Brains y, en español: Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011). Lo acabo de leer, de un tirón, y he quedado fascinado, asustado y entristecido.

Carr no es un renegado de la informática, no se ha vuelto un ludita contemporáneo que quisiera acabar con todas las computadoras, ni mucho menos. En su libro reconoce la extraordinaria aportación que servicios como el de Google , Twitter , Facebook o Skype prestan a la información y a la comunicación, el tiempo que ahorran, la facilidad con que una inmensa cantidad de seres humanos pueden compartir experiencias, los beneficios que todo esto acarrea a las empresas, a la investigación científica y al desarrollo económico de las naciones.

Pero todo esto tiene un precio y, en última instancia, significará una trasformación tan grande en nuestra vida cultural y en la manera de operar del cerebro humano como lo fue el descubrimiento de la imprenta por Johannes Gutenberg en el siglo XV, que generalizó la lectura de libros, hasta entonces confinada en una minoría insignificante de clérigos, intelectuales y aristócratas. El libro de Carr es una reivindicación de las teorías del ahora olvidado Marshall MacLuhan, a quien nadie hizo mucho caso cuando, hace más de medio siglo, aseguró que los medios no son nunca meros vehículos de un contenido, que ejercen una solapada influencia sobre éste, y que, a largo plazo, modifican nuestra manera de pensar y de actuar. MacLuhan se refería sobre todo a la televisión, pero la argumentación del libro de Carr, y los abundantes experimentos y testimonios que cita en su apoyo, indican que semejante tesis alcanza una extraordinaria actualidad relacionada con el mundo de Internet.

Los defensores recalcitrantes del software alegan que se trata de una herramienta y que está al servicio de quien la usa y, desde luego, hay abundantes experimentos que parecen corroborarlo, siempre y cuando estas pruebas se efectúen en el campo de acción en el que los beneficios de aquella tecnología son indiscutibles: ¿quién podría negar que es un avance casi milagroso que, ahora, en pocos segundos, haciendo un pequeño clic con el mouse , un internauta recabe una información que hace pocos años le exigía semanas o meses de consultas en bibliotecas y a especialistas? Pero también hay pruebas concluyentes de que, cuando la memoria de una persona deja de ejercitarse porque para ello cuenta con el archivo infinito que pone a su alcance un ordenador, se entumece y debilita como los músculos que dejan de usarse.

No es verdad que Internet sea sólo una herramienta. Es un utensilio que pasa a ser una prolongación de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio cerebro, el que, también, de una manera discreta, se va adaptando poco a poco a ese nuevo sistema de informarse y de pensar, renunciando poco a poco a las funciones que este sistema hace por él y, a veces, mejor que él. No es una metáfora poética decir que la “inteligencia artificial” que está a su servicio soborna y sensualiza a nuestros órganos pensantes, los que se van volviendo, de manera paulatina, dependientes de aquellas herramientas, y, por fin, sus esclavos. ¿Para qué mantener fresca y activa la memoria si toda ella está almacenada en algo que un programador de sistemas ha llamado “la mejor y más grande biblioteca del mundo”? ¿Y para qué aguzar la atención si pulsando las teclas adecuadas los recuerdos que necesito vienen a mí, resucitados por esas diligentes máquinas?

No es extraño, por eso, que algunos fanáticos de la Web, como el profesor Joe O’Shea, filósofo de la Universidad de Florida, afirme: “Sentarse y leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido. No es un buen uso de mi tiempo, ya que puedo tener toda la información que quiera con mayor rapidez a través de la Web. Cuando uno se vuelve un cazador experimentado en Internet, los libros son superfluos”. Lo atroz de esta frase no es la afirmación final, sino que el filósofo de marras crea que uno lee libros sólo para “informarse”. Es uno de los estragos que puede causar la adicción frenética a la pantallita. De ahí, la patética confesión de la doctora Katherine Hayles, profesora de Literatura de la Universidad de Duke: “Ya no puedo conseguir que mis alumnos lean libros enteros”.

Esos alumnos no tienen la culpa de ser ahora incapaces de leer Guerra y paz o el Quijote . Acostumbrados a picotear información en sus computadoras, sin tener necesidad de hacer prolongados esfuerzos de concentración, han ido perdiendo el hábito y hasta la facultad de hacerlo, y han sido condicionados para contentarse con ese mariposeo cognitivo a que los acostumbra la Red, con sus infinitas conexiones y saltos hacia añadidos y complementos, de modo que han quedado en cierta forma vacunados contra el tipo de atención, reflexión, paciencia y prolongado abandono a aquello que se lee, y que es la única manera de leer, gozando, la gran literatura. Pero no creo que sea sólo la literatura a la que Internet vuelve superflua: toda obra de creación gratuita, no subordinada a la utilización pragmática, queda fuera del tipo de conocimiento y cultura que propicia la Web. Sin duda que ésta almacenará con facilidad a Proust, Homero, Popper y Platón, pero difícilmente sus obras tendrán muchos lectores. ¿Para qué tomarse el trabajo de leerlas si en Google puedo encontrar síntesis sencillas, claras y amenas de lo que inventaron en esos farragosos librotes que leían los lectores prehistóricos?

La revolución de la información está lejos de haber concluido. Por el contrario, en este dominio cada día surgen nuevas posibilidades, logros, y lo imposible retrocede velozmente. ¿Debemos alegrarnos? Si el género de cultura que está reemplazando a la antigua nos parece un progreso, sin duda sí. Pero debemos inquietarnos si ese progreso significa aquello que un erudito estudioso de los efectos de Internet en nuestro cerebro y en nuestras costumbres, Van Nimwegen, dedujo luego de uno de sus experimentos: que confiar a los ordenadores la solución de todos los problemas cognitivos reduce “la capacidad de nuestros cerebros para construir estructuras estables de conocimientos”. En otras palabras: cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos.

Tal vez haya exageraciones en el libro de Nicholas Carr, como ocurre siempre con los argumentos que defienden tesis controvertidas. Yo carezco de los conocimientos neurológicos y de informática para juzgar hasta qué punto son confiables las pruebas y experimentos científicos que describe en su libro. Pero éste me da la impresión de ser riguroso y sensato, un llamado de atención que -para qué engañarnos- no será escuchado. Lo que significa, si él tiene razón, que la robotización de una humanidad organizada en función de la “inteligencia artificial” es imparable. A menos, claro, que un cataclismo nuclear, por obra de un accidente o una acción terrorista, nos regrese a las cavernas. Habría que empezar de nuevo, entonces, y a ver si esta segunda vez lo hacemos mejor.

Fecha: 09/08/11
Autor:Frank Schirrmacher
Artículo: Necesitamos un buscador europeo

No es necesario sobrecargar la memoria con información que sabemos que podemos encontrar. Google funciona según este antiguo principio. Si bien la revolución de Internet no ha hecho más que comenzar, nuestras vidas serán las que acabarán alimentando el motor de búsqueda. El diario FAZ nos insta a no dejar que esto ocurra. Extractos.

Hace unas semanas, Eric Schmidt pronunciaba un discurso que ha tenido un gran impacto. “En 2029, un simple disco duro de 11 petabytes muchos, muchísimos bytes costará menos de 100 dólares”, aseguraba el presidente del consejo de administración de Google. “Según mis cálculos, en él se podrán almacenar 600 años de grabaciones de vídeos diarios, las 24 horas del día, en calidad DVD”. Se podrá grabar toda una vida, desde el primer llanto al último suspiro, y seguir dejando espacio para las próximas generaciones.

Se ha iniciado una revolución silenciosa y debemos escuchar con atención a Eric Schmidt cuando dice que ya nos hemos adentrado en la era de Internet. Sin embargo, una pregunta sigue sin respuesta: ¿por qué querríamos disponer de una cosa así? ¿Por qué deben las personas grabar su vida? ¿Por qué cada uno de nosotros debe decir a sus amigos en Facebook que, en ese momento se está limpiando la boca? La necesidad de comunicación social no basta para responder a esta pregunta. Existe un principio milenario según el cual, sólo las cosas de las que nos acordamos han sucedido realmente.

La exposición de Eric Schmidt hace aún más explosivas las conclusiones publicadas por la revista Science de los trabajos de Betsy Sparrow y otros investigadores a los que les interesa la influencia de la memoria digital en la memoria humana.

Cabe señalar en primer lugar que Betsy Sparrow y sus colegas no hablan de Internet, sino de motores de búsqueda y más en concreto, de Google. Esto es lo que afirman, en resumen: con Google, cada vez retenemos menos información, pero sabemos cada vez mejor dónde encontrarla. Sus investigaciones demuestran que cuando se advierte a los sujetos de que un dato, por banal que sea, no se va a grabar en el ordenador, lo memorizan mejor que cuando piensan que el ordenador se encargará de ello.

La externalización del saber

Según las conclusiones de los científicos, el desplazamiento de nuestros conocimientos hacia la red constituye un desplazamiento de nuestra memoria a la red, lo que coincide con lo que los directivos de Google reivindican desde siempre como su auténtica visión y modelo económico. ¿Qué tiene de sorprendente todo esto? No es la primera vez que sucede, Sócrates ya se rebelaba en su época contra la inutilidad de la escritura. El hombre siempre ha transferido sus conocimientos y su memoria a otros soportes. Al afirmar que “no tenemos por qué recordar lo que podemos buscar”, Jürgen Kuri, de la revista c’t, se limita a citar a un viejo maestro. La externalización del saber es el principio de toda biblioteca.

Por curioso que nos resulte, este punto de vista oculta no obstante un elemento bastante esencial: hasta ahora, los diferentes soportes de grabación servían para conservar el pasado. Se puede incluso decir que como estaban grabados, estos datos se convertían en componentes del pasado. El factor limitante del soporte en papel en términos de espacio no sólo se aplica a los pequeños anuncios clasificados de los periódicos: también se impone a la grabación de cualquier conocimiento. Esta limitación confería a cualquier dato escrito una especie de valor material, como en el caso de los billetes bancarios, aunque el contenido de las páginas impresas en realidad no valiera gran cosa.

Sobra decir que las reglas del juego ya no son las mismas cuando se pueden grabar 600 años de vida en tiempo real por menos de 100 dólares. El valor de la información ya no reside en su valor intrínseco, sino en su lugar dentro de una red. La omnisciencia de Google no tiene nada de literal, es un fenómeno social. No es únicamente “saber”, sino el conocimiento de la utilización del saber, un parámetro que en sí mismo hace evolucionar perpetuamente el estado del saber. El fenómeno de la transferencia de la memoria humana a una empresa privada estadounidense no afecta únicamente a cualquier cosa escrita en negro sobre blanco, sino también al conjunto de experiencias y de recuerdos enlazados que son elementos constitutivos de la identidad de las personas. Hoy, es el conjunto de estos conocimientos lo que reorganiza Google, no sólo la teoría de los colores de Goethe.

Un súper bibliotecario

Google no se encarga únicamente de grabar los conocimientos fácticos: el motor de búsqueda, toda una primicia en la historia de la humanidad, se encarga también de la evaluación, la organización y el significado de las asociaciones mentales que creamos al utilizar estos conocimientos. Probablemente sea el auténtico fin, y a decir verdad el más fascinante, de una operación que consiste en saber precisamente cuánto tiempo el cursor de un ratón se ha detenido en una calle en Google Earth tras haber realizado una búsqueda sobre un casino.

Imagine a un responsable de la biblioteca estatal de Berlín que no sólo conociera en detalle las relaciones del contenido entre sus miles de libros, sino que además también supiera cuánto tiempo pasa cada lector en cada frase de cada libro de su inmenso catálogo, qué textos se leen y cuáles se hojean, qué preguntas se plantean los lectores y si éstas les llevan hasta él. Pronto conocerá perfectamente las asociaciones de ideas de sus lectores y se servirá de ellas para reconstituir el saber que él se encarga de gestionar y organizar.

Ya no se trata de una simple transferencia, sino de un sucedáneo de la memoria y como es muy práctico y nos ahorra mucho tiempo (el súper bibliotecario comparte parcialmente sus conocimientos aunque se limiten en realidad a datos ya conocidos y disponibles en otro lugar), lo utilizamos sin dudar. Y pagamos con gusto el precio. Al fin y al cabo, es estupendo poder tener espacio en la cabeza para otras cosas.

Pero ¿por qué exactamente? No se trata únicamente de no acordarse ya del año de nacimiento de Kant o de la mejor receta de la tarta de queso. ¿Qué impacto tiene en nuestra identidad esta transferencia de nuestra memoria social y asociativa? ¿Qué sucederá cuando nuestras vidas estén señaladas con esta especie de calculadoras de itinerarios que nos liberan del esfuerzo de memoria y lo sustituyen por otra cosa?

China se adelanta a Europa con el motor Baidu

Es habitual escuchar a los especialistas relativizar sobre la importancia de este debate. Nos hacen comprender con condescendencia que el progreso no se detiene, no con este tipo de razonamientos. Sin embargo, esto no responde a la pregunta más apremiante de hoy, es decir: ¿qué poder social y político tiene un motor de búsqueda? ¿Cuál es la auténtica influencia de estas empresas en las que confían las personas, hasta el punto de sacrificar su propia memoria? Actualmente, el saber se concentra en manos de una sola multinacional, tres si contamos a Apple y Facebook. ¿Y qué pensar de que nuestro súper bibliotecario virtual nunca nos diga nada de los conocimientos del momento realmente pertinentes?: ¿qué conclusiones saca de nuestras lecturas, nuestro comportamiento, nuestras compras, nuestra vida? ¿Qué es lo que sabe? En realidad, este bibliotecario se parece mucho a Dios.

Mientras la Unión Europea gasta miles de millones de euros para relanzar por enésima vez el proyecto Galileo de posicionamiento por satélite, el primer intento de desarrollo de un motor de búsqueda europeo ya ha fracasado. Por su parte, China, preocupada por mantener su prerrogativa de interpretación, ha puesto a punto el motor Baidu.

No se trata de demonizar la herramienta de Google que todos utilizamos a diario, pero el desarrollo de un motor de búsqueda europeo, no privado y exento de cualquier presión política o económica, quizás constituya el proyecto tecnológico más importante en la actualidad. El Chaos Computer Club sería el centro de control técnico del motor. De lo contrario, puede que un día nos acordemos de nosotros mismos sólo si vemos por primera vez nuestra imagen en una pantalla de ordenador a través del objetivo de una webcam.

El Autor es conocido con el sobrenombre de “Harry el sucio” en el Frankfurter Allgemeine Zeitung, el premiado ensayista y periodista Frank Schirrmacher (nacido en 1959) escribe para el suplemento cultural del diario de Frankfurt desde 1985 y forma parte en la actualidad de su equipo editorial. Su último libro “Payback” (2009) trata las consecuencias de la polémica sobrecarga informativa en Alemania.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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