Las claves de la crispación norteamericana

La polarización que se dio con Bush hijo superó la que se había visto con Ronald Reagan en las postrimerías de la Guerra Fría. Allí está la placenta de la que salió todo lo que vemos hoy.

Autor: Álvaro Vargas Llosa
Fecha:06/08/11

El líder de la minoría republicana en el Senado de los Estados Unidos, Mitch McConnell, resumió impecablemente lo que estaba pasando en la batalla campal que puso a su país al borde de la suspensión de pagos la semana anterior: “El objetivo es impedir la reelección de Obama“.

Con Estados Unidos a punto de declararse en moratoria sobre una deuda de más de 14 billones (trillones en inglés) de dólares y el mundo aguantando la respiración ante las consecuencias previsibles -colapso de la poca confianza que queda, disparada de las tasas de interés, humillación universal de la primera potencia y enfrentamientos graves con tenedores de deuda norteamericana como China-, el verdadero problema era estrictamente ideológico. Para entender la crispación que se vive en Estados Unidos, hay que comprender bien el rol determinante que juega la ideología.

1. George W. Bush

Es un error creer que la crispación es reciente. La que se vive hoy nació en la Presidencia de George W. Bush, por partida doble. De un lado, el rechazo visceral de la izquierda -mal llamada liberal- a un mandatario al que veían como altamente ideologizado en los temas de Defensa, religión e impuestos. Del otro, la frustración de un sector de la derecha que, no queriendo declararle la guerra política a aquel Presidente para no hacerle el juego a la oposición, veía con espanto el aumento de los déficit, la deuda y la emisión monetaria nada menos que con un republicano en la Casa Blanca. La polarización que se dio con Bush hijo superó la que se había visto con Ronald Reagan en las postrimerías de la Guerra Fría. Allí está la placenta de la que salió todo lo que vemos hoy, incluido el episodio político zanjado a medias con el acuerdo para aumentar el techo de la deuda y recortar el déficit fiscal en 2.2 billones en los próximos 10 años.

2. Barack Obama

El triunfo de Barack Obama exacerbó la polarización heredada de George W. Bush por tres motivos: venía del ala demócrata que había hecho jirones, políticamente hablando, a la administración anterior con su oposición frontal a la intervención militar en el Medio Oriente; tenía una formación estatista y multiculturalista que hacía ver a los conservadores, de por sí frustrados por la falta de liberalismo económico de Bush, el peligro de la europeización definitiva del modelo de sociedad estadounidense; y era afroamericano, algo que para amplios sectores sureños y del Medio Oeste americano era un trago amargo, lo reconocieran o no. Que Obama tuviera amplio reconocimiento internacional, exactamente al revés de Bush, y un carisma atractivo para sectores medios, lo hacía aun más intolerable por aquello del lobo disfrazado de oveja. Todavía se recuerda la virulencia de las expresiones contra Obama en los mitines que presidió la “número 2” del ticket republicano, Sarah Palin. En general, Obama representaba para la derecha la desviación ideological de su país desde la “contracultura” de los años 60, con la interrupción de Ronald Reagan en los 80.

3. Tea Party

Se cree comúnmente que el Tea Party nació bajo el gobierno de Obama y que fue creado con una organización y unos líderes muy definidos. No: su origen está en el gobierno de Bush precisamente entre muchos conservadores que veían la deriva estatista de un mandatario que a pesar de su conservadurismo valórico y férrea creencia en una Defensa vigorosa estaba contribuyendo al crecimiento desbocado del Estado. No tuvo líderes definidos, y mucho menos una organización nacional: fue una espontánea movilización, aquí y allá, de grupos de base que inspirados en las células revolucionarias del fines del siglo 18, quisieron llamar la atención sobre el gradual deterioro del modelo otrora basado en un gobierno limitado y la libre empresa.

La expansión veloz y desordenada que tuvo este fenómeno, del que se hizo eco la cadena FOX de Rupert Murdoch con especial interés, lo convirtió en un movimiento de masas con muchas consecuencias políticas. Tan es así, que ha logrado capturar a buena parte del Partido Republicano y, lo que es mucho más importante, fijar los términos del debate. Lo que se discute hoy en el Capitolio, la Casa Blanca y la prensa está en buena medida determinado por la influencia que el Tea Party ha tenido en la política estadounidense. Su influencia en el campo de las ideas tiene ya dimensiones históricas comparables a las de la izquierda en tiempos de la guerra de Vietnam.

Su feroz impugnación de la clase dirigente abarca tanto a republicanos como a demócratas, pero han sido los primeros los más afectados. En buena cuenta, los republicanos están partidos entre un ala tradicional y un ala gobernada ideológicamente por el Tea Party. La prueba definitiva es que el acuerdo logrado a la hora undécima por Obama y los republicanos para evitar la suspensión de pagos refleja un viraje a la derecha (al centro, dicen algunos) de parte del Presidente actual. Y éste, a su vez, ha sido forzado a ello por unos republicanos altamente amenazados por el Tea Party, al que en parte se han sometido a regañadientes. Si bien el voto a favor del acuerdo es una victoria del Tea Party, se da la paradoja de que el Tea Party lo ha denunciado por insuficiente. El conteo final también refleja la división del partido de la derecha, pues 66 republicanos votaron en contra del acuerdo en la Cámara de Representantes y 19 de 46 republicanos hicieron lo mismo en el Senado. Para ellos el acuerdo no iba lo suficientemente lejos en cuanto a la reducción del déficit y la demolición del Estado agigantado.

4. Mientras peor, mejor

Un factor a tener en cuenta en semejante contexto es la determinación del Tea Party, y en general de los conservadores hastiados por el aumento del gasto y la deuda, para forzar un cambio en el sistema. En esa lógica, las crisis no son situaciones a evitar, sino oportunidades a aprovechar. Mientras para los norteamericanos no ideologizados y buena parte de resto del mundo lo que sucedía a medida que se acercaba el 2 de agosto, la fecha del temido vencimiento del plazo para evitar la moratoria, era una tragedia, para el ejército civil del Tea Party y sus aliados en el Capitolio era la ocasión dorada para concentrar la mente del país en el tema central: la reducción del Estado.

Han dicho muchas veces que la hipertrofia estatal no será revertida hasta que el sistema haga crisis definitiva. El 2 de agosto era uno de los síntomas posibles de esa crisis final. Por tanto, cuando el Presidente de la Cámara de Representantes, John Boehner, fue humillado por su propio partido, el Republicano, al verse obligado a retirar la propuesta que había elaborado como solución al impasse, lo que estaba sucediendo era algo así como la victoria del Tea Party sobre el liderazgo tradicional de la organización. Es decir: el momento que venían persiguiendo desde hacía años, y más exactamente desde que en 2010 se renovó parte del Congreso tras la victoria republicana en las elecciones de mitad de temporada.

5. Las elecciones de 2012

Todo lo antes mencionado se agudiza por los comicios de 2012, en los que Barack Obama intentará ser reelecto y los republicanos capturar la Casa Blanca para iniciar el regreso del país a las raíces. Esta perspectiva, que de por sí intensificaría las cosas, lo complica todo doblemente por la situación en que se hallan tanto Obama como los republicanos. El Presidente, si bien tiene una popularidad baja de 42 por ciento que en el caso de los votantes blancos se reduce a 36, ha aprovechado la crisis para labrarse una imagen centrista, al revés de lo ocurrido en los primeros dos años de su gestión, cuando el plan sanitario y el aumento del gasto habían izquierdizado su perfil. Después de todo, acaba de suscribir un acuerdo para reducir en 2.2 billones el déficit en una década, la mitad de lo necesario para estabilizar la deuda en 65 por ciento del PIB, haciendo concesiones a la derecha como admitir el principio de reducción de beneficios de la Seguridad Social y el aumento de la edad a partir de la cual se recibe el Medicare (atención médica a los ciudadanos de la tercera edad).

Esto saca de quicio al ala radical del conservadurismo, porque hace temer una vez más el escenario del Obama capaz de ganar las elecciones con piel de oveja. A lo cual se suma el que nadie se ha destacado hasta ahora como líder del Partido Republicano de cara a los comicios. El gran protagonista de la derecha es una idea -el programa del Tea Party-, no una persona. Lo cual se refleja hoy, por ejemplo, en el hecho de que los potenciales candidatos presidenciales, con la única excepción del ex gobernador Mitt Romney, están recaudando cantidades muy pequeñas de dinero. Las donaciones en general constituyen hoy la quinta parte de la que recibió George W. Bush en su mejor momento.

Los conservadores empiezan a enervarse ante la perspectiva de ganar el debate nacional, fijar los términos de la agenda, forzar a Obama hacia el centro y … perder las elecciones para volver a empezar desde cero. Ni Michele Bachmann, ni Sarah Palin, para citar a dos heroínas del Tea Party, ni un Jon Huntsman, el ex embajador en China, más bien pegado al ala moderada, han podido establecer un liderazgo del partido.

6. La prensa

Finalmente, es imposible entender el escenario de alta crispación sin el factor mediático. De un tiempo a esta parte, la explosión de canales de cable especializados en información política, no sujetos a las reglas tradicionales de moderación de los canales de señal abierta, ha pasado a jugar un papel dominante. Esto sucede de dos formas: con periodistas altamente ideologizados tanto a izquierda como a derecha, y otorgando tribuna a los personajes más radicales de ambas organizaciones partidistas. Al principio, los demás medios trataban esos excesos con desdén, pero la televisión de cable, especialmente FOX en la derecha y MSNBC en la izquierda, ayudada por los diarios digitales y las radios de información política, también ferozmente ideologizadas, fueron creando un ambiente en el que lo que parecía marginal se volvía central. ¿Cómo ignorarlo desde la gran prensa? Esta no sólo empezó a reflejar a los personajes y asuntos que antes se circunscribían a canales de cable: pasaron a tomar partido también. Hoy el Wall Street Journal y el New York Times son a su modo parte de la caja de resonancia de la crispación.

Fecha: 04/08/11
Fuente: Qué Pasa
Autor: Angelica García
Artículo: Mundo: American nightmare

El acuerdo de última hora entre el gobierno de Estados Unidos y la oposición republicana evitó el default, pero para muchos en este país nos develó la cara más fea de la política norteamericana.

El pasado martes el Senado de EE.UU. aprobó el proyecto de ley que aumenta el límite de endeudamiento o “debt ceililing“. El voto se decidió apenas 12 horas antes de que Washington tuviera que declararse insolvente y tras semanas de una sangrienta lucha de poderes sin precedente entre la Casa Blanca y los congresistas de los dos bandos políticos: republicanos y demócratas.

Antes del voto, el republicano Mitch McConnell alabó la ley diciendo que “juntos, tenemos una nueva forma de hacer negocios en Washington”. Concretamente usó el concepto doing business, y es justamente lo que hicieron, un negocio. Y un negocio sucio.

A simple vista, el encarnecido debate parece habernos dado una idea de todo lo que puede ir mal en la política cuando las posiciones se han polarizado al nivel que es imposible encontrar un punto común. Por un lado, los republicanos cerrados en que la solución es recortar gastos, por otro, los demócratas fijados con que está en subir los impuestos.

No cuesta mucho ver que gran parte del problema está en que no hay una sola solución acertada, sino que la salida está en un poco de todas. Pero es que lo que acá parece estar en juego no es solucionar el problema, ni el bienestar del pueblo estadounidense, sino recuperar el poder y ganar a toda costa.

Hace unas semanas disfrutábamos de un día de playa con una pareja de amigos; él colombiano, ella estadounidense, mi marido suizo, las conversaciones siempre son interesantes. Hablábamos de la crisis económica y política en EE. UU., tema en el que los extranjeros en general somos muy críticos. Lo sorprendente de esa oportunidad fue escuchar a mi amiga decir que lo que estaba pasando no lo había visto jamás.

El show que montó en las últimas semanas el Congreso norteamericano, y en particular el Partido Republicano, será, para muchos, difícil de olvidar. Y con relación al acuerdo sobre la deuda fiscal, no hay que ser experto en números para entender que en una economía en crisis contraer el gasto estatal es un suicidio. Pero citemos al experto. El día anterior a la votación, el premio Nobel de Economía Paul Krugman escribía en el New York Times que si pasaba la ley muchos dirían que se evitó un desastre, y que eso es un error, ya que “el acuerdo sobre la deuda es en sí un desastre… (porque) dañará aún más una economía deprimida, probablemente empeorará el problema de déficit al largo plazo y, lo más importante, demuestra que la extorsión en su forma más cruda funciona, no tiene costos políticos y llevará a Estados Unidos por un largo descenso hacia convertirse en una república bananera”.

Hoy, a falta de la colaboración del Estado, el pueblo estadounidense queda a merced de la banca privada -entiéndase, al final de la línea, Wall Street- para salir adelante. Y aquí se cruzan los caminos de la crisis económica y la crisis fiscal.

Hay que saber que el límite de endeudamiento fiscal nació en 1917 con la Liberty Bond Act con el fin controlar y limitar el gasto en la Segunda Guerra Mundial. Irónicamente, la actual crisis fiscal deriva en gran medida del aumento del gasto en las dos guerras iniciadas por el gobierno republicano de George W. Bush, el mismo gobierno que sentó las bases que permitieron la burbuja que derivó en la crisis económica para la cual el gobierno de Obama tuvo que desembolsar 787 mil millones de dólares, y que aprobó también una ley para recortar impuestos a los más ricos.

Desde 1963 el límite de endeudamiento ha aumentado de manera constante cada 8 meses y curiosamente nunca, hasta ahora, se había ligado la política de impuestos a la discusión. Pero los estadounidenses parecen no tener memoria.

Quienes más pierden con este acuerdo son el pueblo estadounidense y la democracia. El New York Times bien resumía el desenlace en su editorial al día siguiente de la firma como un desastre antidemocrático. Una columnista asociada fue más allá, titulando “Washington Chain Saw Massacre” y llamando a los Tea Partiers (extrema derecha) “caníbales” y “vampiros chupasangre”. Antes de eso, el congresista demócrata Emanuel Cleaver ganó fama llamando al acuerdo “a sugar-coated Satan sandwich”. Pero como lo dijo el NY Times, esta ley como muchas otras será modificada y adaptada en la práctica, lo grave es que los políticos han sustituido el gobernar por trampas y artimañas.

Durante mucho tiempo, Chile ha mirado hacia el Norte para guiar sus propios pasos. Llevo cinco años viviendo en Nueva York, tiempo en el que he reafirmado mi posición de que eso es un error, que debemos mirar hacia otro lado (tal vez mirarnos un poco más a nosotros mismos). Por estos días pienso que estaba equivocada. Es preciso que miremos con atención hacia el Norte, pero para ver bien cuáles son exactamente los pasos que no queremos dar.

Fecha: 04/08/11
Artículo: Un acuerdo perjudicial para el futuro de los Estados Unidos
Autor: Michael Mandelbaum

Washington DC- El pasado 2 de agosto, el presidente Barack Obama consiguió a duras penas la aprobación de una ley presupuestaria para los EE. UU., que combina un aumento del límite legal de la deuda pública con una reducción del gasto federal; así se eludió el riesgo de caer en la primera cesación de pagos en los 224 años de historia de los Estados Unidos. Pero el acuerdo alcanzado tiene tres grandes defectos. Dos de ellos se compensan entre sí, pero el tercero es una amenaza para lo que más necesitarán los Estados Unidos en los años venideros: crecimiento económico.

El primer defecto es que las reducciones del gasto son inoportunas, ya que llegan en un momento en que la economía de los EE. UU. está debilitada; se plantea así el riesgo de inducir una nueva recesión. El segundo defecto de la medida aprobada es que la reducción prevista no alcanza. Pero aunque el plan aprobado será insuficiente para resolver el problema de los déficit presupuestarios crónicos y cada vez mayores que aquejan a los Estados Unidos, al menos es probable que en un corto plazo no cause grandes daños a la economía.

Sin embargo, el tercer defecto, y el más perjudicial, es que los recortes se aplicarán en los lugares equivocados. Puesto que los congresistas demócratas tienen un compromiso casi religioso con mantener intactos los principales programas de prestaciones sociales para ciudadanos mayores con que cuenta el país (la Seguridad Social y Medicare), el proyecto no toca ninguno de los dos. Pero a medida que los 78 millones de estadounidenses de la generación del baby boom (personas nacidas entre 1946 y 1964) se retiren y comiencen a cobrar las prestaciones, el costo de estos programas se disparará; esto constituirá el mayor aumento del gasto público y del déficit previsto durante los próximos años. Y como los congresistas republicanos son igualmente alérgicos a cualquier suba impositiva (sin importar cuándo o en qué circunstancias), la reducción del déficit estipulada en el proyecto se deberá lograr sin aumentar los impuestos (ni siquiera a los estadounidenses más ricos).

Todos los recortes del gasto se harán en la parte “discrecional” del presupuesto federal; esto deja fuera la Seguridad Social, Medicare, el programa Medicaid para los más pobres y los intereses de la deuda pública. Lo que queda para recortar es apenas un tercio del gasto federal total, y gran parte de esa fracción corresponde al presupuesto de defensa, que los republicanos intentarán proteger en el futuro. De modo que el esquema creado por el acuerdo del 2 de agosto concentra la reducción del déficit en la parte del presupuesto federal “discrecional no destinado a defensa”, que es apenas un 10% del total.

Esta es una fuente de fondos muy pequeña para el nivel de ahorro que necesitará el país en los años venideros. Peor aún, el gasto discrecional no militar incluye programas indispensables para el crecimiento económico, que a su vez es indispensable para la prosperidad y la posición internacional de los Estados Unidos en el futuro.

En primer lugar, el mejor modo que tiene el país para reducir su déficit presupuestario es crecer. Cuanto mayor sea la tasa de crecimiento, mayores serán los ingresos que el Estado podrá recaudar sin necesidad de aumentar los impuestos (y el aumento de los ingresos permitirá reducir el déficit).

Además, el crecimiento económico es necesario para mantener la promesa (de enorme importancia para cada uno de los estadounidenses) de que cada generación tendrá la oportunidad de ser más próspera que la anterior, algo que en el lenguaje coloquial se conoce como “el sueño americano”. Y para quienes no son estadounidenses, es igualmente importante el hecho de que solamente un crecimiento económico sólido puede garantizar que los EE. UU. mantengan su función expansiva en el mundo, que sirve de sostén de la economía global y factor de estabilidad en Europa, el este de Asia y el Oriente Próximo.

Como Thomas L. Friedman y yo explicamos en nuestro próximo libro, That Used To Be Us: How America Fell Behind in the World It Invented and How We Can Come Back [Lo que fueron los Estados Unidos, cómo quedaron rezagados en el mundo que inventaron y cómo pueden recuperarse], un factor determinante del éxito económico de los Estados Unidos fue la colaboración continua entre el sector privado y el público, que se remonta a los tiempos de la fundación del país, y que ahora está en peligro debido al tipo de recortes que estipula el acuerdo del 2 de agosto.

Esa colaboración se compone de cinco elementos: amplias oportunidades educativas que permiten producir una fuerza laboral altamente calificada; inversión en infraestructuras que sostienen el comercio (rutas, centrales de generación de energía y puertos); financiación de actividades de investigación y desarrollo que permiten extender las fronteras del conocimiento con el fin de crear productos nuevos; una política inmigratoria que atraiga y retenga a personas talentosas nacidas fuera de los Estados Unidos; y una regulación de los negocios lo suficientemente firme para impedir desastres como la casi debacle del sistema financiero en 2008, pero no tan estricta que ahogue la innovación y la disposición a correr riesgos, necesarias para el crecimiento.

Los primeros tres elementos de la fórmula estadounidense para el crecimiento cuestan dinero. Y ese dinero, que forma parte del gasto “discrecional no destinado a defensa” previsto en el presupuesto federal, ahora está en la mira del acuerdo para aumentar el límite de endeudamiento. Recortar gastos en estos programas reducirá el crecimiento económico de los Estados Unidos en el largo plazo, con consecuencias negativas que se harán sentir tanto dentro del país como en el extranjero. Pretender reducir el déficit ahorrando en educación, infraestructura y actividades de investigación y desarrollo es como querer adelgazar cortándose tres dedos: uno conserva la mayor parte del peso, pero las perspectivas vitales son mucho peores.

Para poder elevar el techo de la deuda había que reducir el déficit, pero la manera adoptada por la ley del 2 de agosto es un error. A menos que para lograr esa ineludible reducción se apele en mayor medida a limitar los programas de prestaciones y aumentar los ingresos y en menor medida a recortar programas fundamentales para el crecimiento económico, el resultado será un país más pobre y débil, además de un mundo más incierto y tal vez más inestable.

Michael Mandelbaum, profesor de política exterior de los Estados Unidos en la Escuela de Estudios Internacionales Avanzados de la Universidad Johns Hopkins, es coautor junto con Thomas L. Friedman del libro (de próxima publicación) That Used To Be Us: How America Fell Behind in the World It Invented and How We Can Come Back.

Fecha:13/08/11
Autor:Sebastían Edwards
Artículo: Fracaso de liderazgos

Imaginémonos el siguiente cuadro: un presidente que se siente más inteligente que sus interlocutores, una oposición cuyo principal propósito es obstruir toda iniciativa del Ejecutivo, congresistas de gobierno indisciplinados que sueñan con la primera magistratura, y un público frustrado e insatisfecho que cree que los líderes políticos han fallado.

¿Le suena conocido?

Bueno, resulta que no estoy hablando de nuestra querida y angosta franja de tierra. Me refiero a los Estados Unidos, donde durante los últimos meses las ideologías han triunfado por sobre la razón y la cordura, y donde los líderes políticos se han esfumado.

Porque resulta que el problema estadounidense no es, en lo fundamental, un problema económico, fiscal, o financiero. Es un problema político. Un problema de falta de liderazgos, de choque de egos, de incapacidad para entender que la política no es otra cosa que el arte de lograr acuerdos, forjar alianzas, y avanzar dentro de lo posible.

Y debido a esta crisis política, el país del norte se encuentra en el centro de la reciente inestabilidad financiera y ha sido castigado duramente por la calificadora de riesgos Standard and Poors.

Lo peor es que, a pesar de la rebaja de la calificación de la deuda y de la inestabilidad financiera que ello ha provocado, no pareciera que en los próximos meses se vayan a lograr avances significativos en el área fiscal.

De pronto, uno se pregunta: ¿dónde están los líderes de antes? Y uno recuerda a Franklin D. Roosevelt, quien terminó con la Gran Depresión y derrotó a Hitler; y a John F. Kennedy, quien se comprometió en poner a un hombre en la luna antes de terminada la década de los 60; y a Lyndon B. Johnson, quien derrotó la segregación racial; y a Ronald Reagan, quien desafió (y derrotó) al “imperio perverso” / Imperio del mal.

La era de los extremismos

La actual falta de liderazgos (no sólo en USA * Nota del transcriptor) se ve agravada por el surgimiento, cada vez con más fuerza, de un grupo político de extrema derecha con ideas mesiánicas y altamente dogmáticas. En las últimas elecciones parlamentarias el llamado Tea Party -un grupo dentro del partido republicano- logró elegir más de 70 miembros de la Cámara Baja, los que, para todo efecto práctico, pueden bloquear casi toda iniciativa legislativa que no coincida con sus ideas.

Si a esto le agregamos que los demócratas cuentan con su propio contingente de congresistas doctrinarios e intransigentes, tenemos los elementos requeridos para una “tormenta perfecta”, para una situación de parálisis y ceguera, para una guerra de trincheras sin treguas.

Y eso es, precisamente lo que pasó hace unas semanas con la discusión sobre el techo de la deuda federal. A pesar de los esfuerzos de los líderes de los dos partidos, las alas extremas no cejaron, ni dieron su brazo a torcer; al contrario, se atrincheraron con firmeza y dijeron “de aquí no nos movemos”.

El Presidente Obama, por su parte, fue incapaz de convencer a los miembros del Congreso sobre la urgencia de la situación, y de la necesidad imperiosa por lograr un acuerdo. De hecho, cuando finalmente parecía que las posiciones se acercaban, y se iba a lograr un compromiso, las declaraciones arrogantes y pomposas del presidente -dijo que los miembros del Congreso eran unos niños y que él era el único adulto responsable en Washington- desrielaron el arreglo.

El resultado fue un espectáculo tan patético como vergonzoso. Día a día el público veía a dos trenes que se marchaban a toda velocidad, y en sentido contrario, sin que los encargados del tráfico y de asignar las líneas hicieran nada por evitar el choque fatal.

Al final, la colisión fue evitada por un pelo, cuando el techo de la deuda fue elevado a última hora. Pero el daño ya se había hecho.

¡Es la política, estúpido!

Durante la campaña presidencial de 1992, el estratega demócrata James Carville acuñó una frase importantísima, que se transformó en una especie de mantra entre los partidarios de Bill Clinton: ¡Es la economía, estúpido! Lo que Carville quería decir era que, en esos momentos, casi todos los problemas del país se reducían a problemas económicos.

Hoy en día, y parafraseando a Carville, hay que decir, ¡Es la política, estúpido!

Porque lo triste de todo esto es que, desde un punto de vista puramente técnico, la solución al problema fiscal estadounidense es relativamente simple, y no requiere de cambios demasiado profundos ni en gastos, ni en ingresos.

La cosa es así: la mayoría de los economistas reconoce que desde el país debe, simultáneamente, reducir sus obligaciones de largo plazo, mediante una reforma jubilatoria y de salud, e introducir un nuevo estímulo fiscal de corto plazo. Lo primero reduciría los pasivos contingentes -pasivos no documentados que se calculan en 60 trillones de dólares-, mientras que lo segundo permitiría acelerar la recuperación (o disminuir la probabilidad de una nueva recesión).

Los desequilibrios jubilatorios se eliminarían con dos medidas simples: un aumento de la edad de jubilación en dos años, y un cambio en la fórmula de indexación de las pensiones. En vez de ajustarlas de acuerdo al índice de salarios, debieran de ser aumentadas de acuerdo al índice de precios al consumidor. Resolver el déficit de salud es algo más complicado, pero no imposible. Esencialmente lo que se requiere es aumentar los co-pagos de aquellos participantes de mayores ingresos, y aumentar la eficiencia de los hospitales y clínicas.

El problema, claro, es que los demócratas más partisanos se niegan a introducir ajustes de este tipo a los programas sociales.

Una serie de expertos han planteado que cambios relativamente menores al sistema impositivo lograrían aumentos significativos en los ingresos federales. Pero eso no es todo: la mayoría de las reformas de impuestos propuestas reducirían distorsiones, mejorarían la eficiencia del sistema económico y permitirían aumentar la productividad y el crecimiento. Entre estas ideas se encuentra eliminar una serie de exenciones, introducir un IVA federal de un 4 o 5%, e introducir impuestos a la gasolina similares a los existentes en los países europeos.

Pero los republicanos del Tea Party rechazan toda solución que implique un aumento de los impuestos tributarios.

Fueron precisamente estas posiciones extremas las que impidieron que se lograra un “gran acuerdo” hace dos semanas. Al final, los líderes de ambos partidos sólo lograron una rebaja mínima del déficit -900 billones en 10 años-, y nombraron una comisión de 12 miembros del Congreso para definir, antes de fines de noviembre, cómo reducir el déficit en otros 1.5 trillón.

El miércoles y jueves recién pasados, tantos demócratas como republicanos nombraron a los miembros de la Comisión de Déficit, que debe identificar el ajuste de 1.5 trillón de dólares antes de diciembre. Los nombres de estos miembros sugieren que las discusiones serán a muerte y que difícilmente se logrará un acuerdo. Cuatro de los republicanos han hecho una promesa solemne de que nunca permitirán un alza de impuestos; y cuatro de los demócratas han asegurado que no permitirán recortes en los programas sociales de salud y pensiones.

Todo esto indica que hay una alta probabilidad de una nueva parálisis y una nueva crisis. Ojalá me equivoque y vuelvan a primar la razón y la cordura. Pero para ello se requiere de grandes líderes, los que, precisamente, no tenemos.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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