Vuestro silencio nos mata

Fecha:02/08/11
Autor:Andrea Riccardi

Tras el 11 de septiembre, los occidentales exigieron a los árabes que adoptaran la democracia. Ahora que se movilizan por ella incluso arriesgando sus vidas, como en Siria, los europeos no reaccionan, incapaces de actuar ante los problemas que se plantean fuera de sus fronteras nacionales, escribe el fundador de la comunidad de Sant’Egidio.

Desde hace al menos 10 años — tras ese trágico 11 de septiembre de 2001 — exigimos a los musulmanes que consideren seriamente la democracia y rechacen la violencia. La lucha contra el terrorismo y a favor de la democracia fue el origen de la guerra de Irak. Así, desde hace de algunos meses, el mundo musulmán está en plena ebullición. Aspira a la libertad.

Asistimos a un arrebato de las generaciones jóvenes, junto a las que se suman otros grupos dentro de la población. Los hijos de la globalización han vencido el miedo que paralizaba por completo a la sociedad. En Túnez y en Egipto se ha derrocado a los déspotas que ocupaban el poder desde hace mucho tiempo.

Es difícil prever que deparará la “primavera árabe” y qué impacto tendrá sobre la política. Sin embargo, demasiados observadores internacionales se contentan con preguntarse si jugará, o no, a favor de los islamistas. Una cuestión que revela una falta de confianza ante este empuje democrático, así como ante numerosas inquietudes. Los dictadores árabes se erigieron a sí mismos en bastiones contra los islamistas para asegurar su legitimidad.

Pero a partir de entonces la expresión “islamismo” resulta genérica. Hace falta realizar una distinción entre los diferentes actores musulmanes, porque bajo esta fórmula se incluye a los demócratas, a los conservadores, pero igualmente a los extremistas y a los terroristas… En Turquía, país que posee el décimosegundo ejército dentro de la OTAN, un partido islamista está en el poder.

Una culpable indiferencia europea

El escaso interés de Europa hacia la “primavera árabe” demuestra hasta qué punto nuestras sociedades civiles no cuentan con alentar el movimiento democrático árabe. Manifestantes sirios portan pancartas en las que se puede leer: “Vuestro silencio nos mata”. He ahí un mensaje dirigido a Occidente.

En el caso de Siria, los occidentales muestran una gran apatía. No es únicamente una consecuencia de la guerra de Libia y de la crisis económica. Con respecto a la familia Assad, Occidente ha actuado siempre de manera realista; tal y como atestiguan los sucesos de Hama. En 1982, Hafez el-Assad ordenó asesinar a unos 20.000 conciudadanos (tras un alzamiento protagonizado por los Hermanos Musulmanes). Esta atrocidad se perpetró ante un silencio generalizado. El realismo triunfó frente a un régimen “progresista”, capaz de practicar una política internacional hábil, bajo la protección del paraguas soviético.

Ese mismo año, los milicianos cristianos libaneses (con la complicidad del ejército israelí) mataron a un millar de palestinos en los campos de Sabra y Chatila. En este asunto, la opinión pública, principalmente la de izquierdas, se movilizó. Recuerdo haber visitado estos campos, y constaté el horror de la destrucción con mis propios ojos. Fuimos testigos de dos reacciones bien diferentes.

Después de 1989, Siria, siempre controlada por la minoría alauí, ofreció garantías contra los islamistas. El régimen no está totalmente aislado del interior del país, goza incluso de cierto consenso. “Los alauíes mandan, pero eso representa una garantía para las minorías”, me asegura un influyente cristiano sirio. Y eso es lo que piensan los cristianos, los drusos y los kurdos.

Siria está tan cerca de Europa como Israel

El consenso se hace particularmente evidente en Alepo, la patria de las minorías, donde viven miles de kurdos y 300.000 cristianos. La ciudad se mantiene en calma mientras el país se agita. La burguesía suní habría llegado a un compromiso con los alauíes. ¿Pero qué harán ahora que parte de dicha mayoría suní conforma también la protesta?

Tampoco se puede subestimar la reacción del mundo chií (Irán, Irak y Líbano), para quien Siria constituye una encrucijada importante. Teherán corre el riesgo de perder un aliado, cercano tanto en el ámbito religioso como en el político — resultado de los vínculos entre Siria y las milicias libanesas de Hezbolá.

Ahora, el poder alauí cree que no tiene otra salida que apostar por el terror si no quiere perder el monopolio político y arriesgarse a un arreglo de cuentas. Dispara contra su propio pueblo, mayoritariamente suní. En Egipto, Hosni Mubarak no declaró la guerra civil a sus ciudadanos, y el grupo que le apoyaba comprendió que ya era historia.

¿Tienen en cuentan los sirios la indecisión de los occidentales? Reina una gran indiferencia entre las sociedades civiles europeas, que muestran inercia ante los graves problemas que acontecen fuera de sus fronteras nacionales. Es cierto que Occidente no puede jugar a ser el omnipotente guardián de los Derechos Humanos. Pero Siria está cerca, tanto de Europa como de Israel. La proximidad genera responsabilidades.

La cuestión islamista ya no sirve de excusa

Entre la intervención militar (como en Libia) y la indiferencia, existe una amplia gama de opciones para ejercer las responsabilidades que nos incumben: presiones, contactos, búsqueda de soluciones o la implicación de los grandes actores internacionales, entre otras.

Hasta el momento no se sabe cómo salir de la polarización en Siria, dónde un movimiento que agrupa a personas dispuestas a morir por la libertad se enfrenta a un poder sustentado en el miedo y sin futuro, que juega la baza de la represión. Es necesario construir escenarios de transición y hacer comprender — con algunas decisiones pertinentes – que la lógica del terror es inaceptable.

Tras una década en la que la cuestión islamista ha dominado política internacional, han surgido nuevos problemas, así como nuevas posibilidades. Nuevos criterios son necesarios para interpretar la realidad y también para asumir responsabilidades políticas mayores. Y esto atañe ciertamente a los gobiernos, pero también igualmente a la sociedad civil y a las fuerzas políticas. Lo que sucede en el mundo árabe y en la cuenca mediterránea condicionará los escenarios geopolíticos del siglo XXI, mucho más que los incendios locales.

Andrea Riccardi es un historiador católico italiano nacido en 1950. En 1968 fundó en Roma la Comunidad de Sant’Egidio, un movimiento de laicos que preconiza el dialogo interreligioso como método de resolución de conflictos. Llamada “la ONU del Trastevere”, la comunidad ha jugado, entre otros, un rol de mediador en Mozambique, Algeria o Guatemala. Profesor de historia del cristianismo y de las religiones en la Universidad de Roma III, Riccardi es el autor de San Egidio, Roma y el mundo (Nuevas Ediciones de bolsillo, 2001). En 2009 ha recibido el premio Carlomagno por la unificación europea

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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