15 de Agosto:Los Hermanos Musulmanes creen que el juicio a Mubarak tranquiliza al pueblo egipcio

El Cairo, 3 ago (EFE).- El Partido Libertad y Justicia (PLJ), brazo político de los Hermanos Musulmanes en Egipto, aseguró hoy que el inicio del juicio al ex presidente Hosni Mubarak (def) es un “hecho único” en la historia egipcia que tranquiliza al pueblo.

En un comunicado, el secretario general del PLJ, Mohamed Saad al Katatni, destacó que la comparecencia de Mubarak ante el tribunal responde a una de las principales reivindicaciones que surgieron con el estallido de la Revolución del pasado 25 de enero.

El dirigente egipcio también refirió que el inicio del juicio ha dado tranquilidad al pueblo ya que “la Justicia ha tomado su curso” y esperó que ningún criminal escape del delito “sea cual sea su puesto”.

Según Al Katatni, este tipo de juicios es un “buen paso” que permite aumentar la confianza entre el pueblo egipcio y sus autoridades actuales, aunque agregó que no sólo debe castigarse por las muertes ocurridas durante las protestas, sino también por los delitos de fraude electoral y de corrupción política.

Junto a Mubarak, asistieron a la primera sesión del juicio sus hijos Alaa y Gamal, el exministro del Interior Habib el Adli y varios de sus asesores, acusados de planear los ataques contra los manifestantes de la Revolución del 25 de enero y de corrupción.

Fecha: 05/08/11
Artículo: ¿La última risotada de Mubarak?
Autor: Omar Ashour

El Cairo- El 3 de agosto de 2011, será recordado como un día histórico en Egipto. El ex presidente Hosni Mubarak fue sometido a juicio público, junto con sus dos hijos y su ex ministro del Interior, el general Habib el-Adly. Las repercusiones para Egipto y, de hecho, para todo el mundo árabe, serán profundas.

Esta no es la primera vez que un dictador árabe se lleva a juicio. Saddam Hussein y Zine El Abidine Ben Ali precedieron a Mubarak ante el banquillo. Hussein fue juzgado con la ayuda de una coalición dirigida por Estados Unidos, Ben Ali fue juzgado y condenado en ausencia después de huir a Arabia Saudita. Sin embargo, en Egipto “fue hecho exclusivamente por los egipcios y para Egipto,” como me dijo un amigo. “Por eso estamos tan orgullosos.”

Sin embargo, la fase previa al juicio fue polémica. El 29 de julio, muchas organizaciones llevaron a cabo una gran protesta en la plaza Tahrir de El Cairo para poner de relieve la unidad de los revolucionarios de Egipto (cuyas demandas incluyen un juicio público a Mubarak). En lugar de ello, la protesta expuso la dramática polarización entre los islamistas y laicos desde el derrocamiento de Mubarak. Por otra parte, reveló la potente capacidad de los salafistas de Egipto para movilizar a sus simpatizantes, que fueron la inmensa mayoría en la plaza Tahrir ese día.

Otros grupos, como el izquierdista Movimiento de Jóvenes 6 de abril y la multiideológica Coalición de la Juventud de la Revolución, parecían diminutos e insignificantes. Como resultado, muchos activistas seculares pusieron fin a su semana de sentadas y se retiraron de la plaza Tahrir. Irónicamente, esto fue lo que deseaba el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF) y se logró sin ningún coste en términos de violencia o tribunales militares. Bastaron los cánticos de “islamiyya, islamiyya” (islámica, islámica).

Sin instituciones representativas y con el ejército controlando el país, la movilización callejera se ha convertido en la principal herramienta de la política egipcia. Tras el referendo del 19 de marzo, en que la mayoría de los islamistas hicieron campaña a favor de un paquete de enmiendas constitucionales y lograron un 77% de apoyo, los laicos salieron a las calles, movilizándose por sus propias demandas.

En general, los revolucionarios de Egipto -incluidos los islamistas- aceptaron estas demandas: la liberación de los presos políticos, el cese del uso de tribunales militares para juicios a civiles, el enjuiciamiento de los asesinos de los manifestantes (muchos de los cuales son experimentados oficiales de policía), una purga de los corruptos aliados de Mubarak en la fuerza policial, y el juicio oral y público a Mubarak y sus principales secuaces.

Pero luego llegaron algunas demandas controvertidas. Ante el temor de que las elecciones pudieran tener como consecuencia una mayoría islamista en el Parlamento y la asamblea que redactará una nueva constitución, la mayoría de los laicos exigieron principios supraconstitucionales (similar a una declaración de derechos, con algunos giros) o una constitución que pueda ser aplicada por el SCAF antes de las elecciones. Organizaron manifestaciones en las calles, organizaron una presión concertada ante los medios e hicieron lobby al SCAF.

Funcionó. El SCAF anunció que está formando un grupo de expertos constitucionales para elaborar varias versiones de una potencial constitución. Obviamente, el SCAF hace sus propios cálculos, que probablemente tienen menos que ver con la protección de un Egipto liberal que con la protección de la independencia financiera del ejército y evitar que deba rendir cuentas ante las instituciones civiles.

Los logros de los laicos fueron una llamada de atención para los islamistas, que respondieron en masa el 29 de julio. Pero la vieja línea de la Hermandad Musulmana de Egipto, con todas sus facciones, tendencias y ramificaciones, ya no parece ser la fuerza islamista predominante, a medida que salafistas retan su tradicional hegemonía.

Los salafistas se definen en parte por su estricta ortodoxia teológica. Su creencia en la superioridad de las interpretaciones literales de los textos islámicos y su profunda animosidad hacia la innovación religiosa (en un entido amplio), reflejan su convicción de que las tres primeras generaciones de musulmanes poseían la mejor comprensión del Islam y deberían servir de guía para las futuras generaciones.

Pero el salafismo es también una poderosa fuente de identidad personal, formada y reforzada por una forma común de vestir y un estilo de barba, un alto grado de conservadurismo social, y una percepción por lo general negativa (pero con matices) del individualismo liberal. “Levanto la cabeza en alto porque soy egipcio, y más alto aún porque soy salafista”, me dijo con orgullo el asistente de un importante jeque salafista.

Al mismo tiempo, los salafistas difieren bastante en cuanto a origen social, estructuras organizativas, comportamiento político e incluso puntos de vista sobre la democracia, la violencia y la autoridad del Estado. La organización descentralizada, la variedad de dirigentes y las contradictorias posturas ideológicas hacen que la tendencia salafista sea amorfa, volátil y susceptible a la manipulación y la infiltración. Ese ha sido el patrón observado en Argelia, Arabia Saudita y Yemen. Egipto puede ser el siguiente.

Por el momento, la preocupación principal de los liberales egipcios debiera ser su atractivo ante las masas y su capacidad de movilizar el apoyo, en lugar de buscar pelear con los salafistas y tratar de imponer una constitución por cualquier medio, democrático o no. Durante el período de transición (1988-1991), los laicos de Argelia elaboraron una constitución pluralista que excluía a los partidos religiosos. Sin embargo, cuando se celebraron elecciones parlamentarias en 1991 -más de dos años después de la adopción de la constitución- el Frente Islámico de Salvación ganó a pesar de todo.

La estrategia de los secularistas argelinos, que optó por la exclusión, el fraude, el engaño y el fraude electoral fracasó de mala manera: se percibió a los islamistas como víctimas, mientras que los laicos -con algunas excepciones- fueron tachados de oportunistas carentes de principios. La puesta en vigor de una constitución secular antes de las elecciones no garantiza un resultado secular. El apoyo popular lo hace.

La unidad de la anterior oposición revolucionaria es fundamental para el éxito de cualquier transición democrática, y Egipto no es una excepción. El juicio oral y público de Mubarak muestra lo que pueden lograr las demandas respaldadas por un frente unido. Por tanto, los revolucionarios egipcios y árabes deberían tener en mente las lecciones del 29 de julio y el 3 de agosto. La unidad de hoy puede generar justicia y libertad más adelante. La polarización no logrará nada.

El Autor es académico especializado en política y Director del Programa de Posgrado de Estudios sobre Oriente Próximo en el Instituto de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Exeter (Reino Unido). Es autor de The De-Radicalization of the Jihadists: Transforming Armed Islamist Movements (La desradicalización de los yihadistas: transformar los movimientos islamistas armados.)

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Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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