“Él no era ningún santo, era manipulador”

Fecha:07/07/11
Autor:María José López
Fotografía: Mabel Maldonado

A pocos días de que Fernando Karadima enfrente careos con los cuatro denunciantes, su hermano Óscar habla por primera vez. Confiesa que tiene rabia, vergüenza y pena: “A pesar de todo es mi hermano”. Pero agrega: “No estoy dispuesto ni tengo antecedentes para desmentir al Vaticano“.

Hay poca gente en “Elkika”. Quizás por eso entre las mesas del restaurant de Tobalaba con Providencia de inmediato llama la atención la figura de un hombre de unos 70 años: está sentado y tiene entre sus manos el libro Karadima, el Señor de los Infiernos, de María Olivia Mönckeberg. Inmerso en la lectura, de repente levanta la cara, el texto queda justo debajo de su mentón, en línea recta con el rostro. Su parecido con la fotografía de Fernando Karadima -que ilustra la portada del libro- es impactante.

Es Óscar Karadima, exactamente 10 años menor que su hermano Fernando, el ex párroco de la iglesia El Bosque que hoy lleva una vida de oración y penitencia, luego de que el Vaticano ratificara la sentencia por abuso sexual en su contra. Tiene 70 años y es un hombre de pequeña estatura, pero gran carácter. A menudo golpea la mesa para enfatizar episodios de su historia, y el tono de su voz sube cada vez que dice que “no es cierto que ser hermanos de Fernando nos daba estatus” o que “él no era ningún santo. Era un manipulador”. A pesar de su vehemencia es un hombre mesurado, que cuida sus palabras y con insistencia evita involucrar a terceros en sus dichos.

Es el sexto de los ocho hermanos Karadima Fariña y el primero en entrar a la universidad: estudió Sociología en la Universidad Católica. Años más tarde viajó a Inglaterra a hacer un Master of Arts en esa misma disciplina, y luego viajó a Nueva York para realizar un Ph. D. en Educación en la Universidad de Columbia.

Según cuenta, es el único de su familia que ha revisado cada noticia relacionada con el cura octogenario. De hecho, en su computador hay una carpeta llamada “Fernando”, donde tiene archivados más de 1.500 documentos sobre él. “Soy sociólogo -hoy jubilado y hasta el 2008 profesor universitario-, necesito saber todo lo que se dice. Hay familiares que prefieren no enterarse de tanto detalle”, explica.

Confiesa que ha sufrido por culpa de su hermano, no sólo ahora sino que a lo largo de toda su vida. De todas formas, no había querido comentarlo públicamente. Ahora, sin embargo, es el primero de los ocho Karadima Fariña en romper el hermetismo que ha mantenido la familia en torno al caso y las relaciones al interior de ella. Asegura que estos 14 meses -desde que estalló el caso- han sido un tiempo de dolor, de reflexión, pero sobre todo de mucha rabia. Hoy siente que su testimonio es importante: “Lo hago por el honor de la familia Karadima, apellido que no está manchado, sino sólo salpicado por algo muy triste, vergonzoso y desagradable”.

Pero recalca que esta entrevista es de su entera responsabilidad y que, aunque a veces tenga que referirse a sus hermanos por hechos puntuales, no los quiere involucrar en sus declaraciones. “No soy vocero de ellos, cada uno tiene su propia opinión”, asegura con vehemencia.

– El 22 de junio el Vaticano confirmó la sentencia contra su hermano por abusos sexuales. ¿Cómo recibió la noticia?

– La esperaba. Creo que el Vaticano estudió el caso con mucho cuidado, por lo que me parece una resolución justa. Pero debo reconocer que sentí dolor por él, a pesar de todo es mi hermano.

– ¿Cómo han sido estos meses para usted?

– Ha sido un período muy difícil de enfrentar, de mucha angustia, rabia, dolor y desconcierto. También mi familia y yo somos víctimas. En mi opinión, la Iglesia no se ha portado bien con nosotros: jamás nos llamaron para saber cómo estábamos. Recién en abril pasado monseñor Ricardo Ezzati nos reunió por primera vez.

– ¿Cómo se enteró de la noticia?

– A las 7 de la mañana del miércoles 21 de abril del 2010, recibimos un llamado de uno de mis hijos. Atendió mi mujer. Yo la escuché repetir palabras de incredulidad, como “no es cierto”, “¿qué?”, “no puede ser”. Ansioso, quería saber qué pasaba. Ella me señalaba que entrara a la página web de La Tercera. Pensé en cualquier cosa, menos en lo que minutos después leí: ¡mi hermano acusado de abusos sexuales! Increíble, fue un mazazo en la cara. Todavía no me recupero del impacto, y cada vez que me acuerdo revivo el golpe.

– ¿En ese momento creyó en las acusaciones?

– Ninguna de aquellas acusaciones me constaban, es horrible y jamás lo había pensado. Sin embargo, se le ha acusado también de ser un manipulador y de abusos de conciencia. Yo sé que esto último es verdad: abusaba del poder que ejercía sobre las personas. Pero jamás sospeché de abusos de connotación sexual. Me fui dando cuenta de que lo que se decía podría ser verosímil y grave, pero insisto, algo dentro de mí me hacía no querer creer. Ahora me da vergüenza e indignación que el Vaticano lo haya declarado culpable. ¡Me da asco todo esto!

¿Vio alguna vez una conducta que le produjera sospechas?

– ¡Jamás! Nunca imaginé ni menos vi de su parte alguna conducta impropia ni sospeché que pudiera estar abusando sexualmente de los jóvenes y adultos con que se rodeaba. Sin embargo, me llamaba la atención el nivel de sumisión de algunas personas que, en mi opinión, exageraban su presencia en la iglesia El Bosque. Pienso que los casados deberían haber dedicado más tiempo al cuidado de sus hijos, y los jóvenes a sus estudios y la vida social. No entendí nunca cómo sus seguidores desaprovechaban tanto tiempo de sus vidas con él. Por otro lado, debo reconocer que me incomodaba que estuviera permanentemente rodeado de personas tan manejables y obedientes a él.

“Me cuesta pasar el carné de identidad”

– Tras conocer la noticia, ¿visitó a su hermano?

– Mis tres hijos vinieron a verme. Hablamos, nos abrazamos, conversamos y también lloramos porque sabíamos la gran tormenta que se nos venía encima. A pesar del alejamiento que tenía con Fernando, mi mujer y mis tres hijos me dijeron que sería un acto de nobleza que lo fuera a visitar. Además, merecía ser escuchado antes de ser juzgado. Al principio yo estaba reticente: desde el 2006 no hablaba con él, pero decidí ir a verlo.

-¿Cómo fue el encuentro?

-Llegué a las 10:30 a.m. Había periodistas, varios me identificaron debido a mi parecido. Trataron de entrevistarme, pero no hablé con nadie. En la iglesia me encontré con algunas personas muy cercanas a él. Les manifesté que quería ver a mi hermano, pero a solas. Insistí en eso, ya que en no pocas ocasiones no me facilitaban verlo. Entré a una sala de reuniones en el primer piso de la parroquia y ahí estaba esperándome. Lo saludé. No lo veía hace tres años. Lo primero que me dijo fue “detrás de todo esto está Hamilton”. “¿Por qué Hamilton?”, le pregunté. Hasta entonces yo no sabía que habían roto relaciones.

– ¿Qué le respondió?

– Con suerte habré estado cuatro minutos y no logré conversar tranquilo con él. A cada rato entraba alguien a ofrecerme café, té o agua mineral. ¡No nos dejaron solos! Lo vi demacrado, pero soberbio. Recuerdo que me dijo: “Atacan al Papa, cómo no lo van a hacer conmigo”. La verdad, tuve sentimientos encontrados: rabia, vergüenza, profunda intranquilidad. Me fui atribulado por todo lo que se nos venía. Me junté con dos hermanos y una cuñada. Estábamos tremendamente afligidos. ¡No podía ser cierto todo esto! Nuestro nombre, nuestras familias, mis hijos, mis nietos.

-¿Algunos de sus hermanos creen aún que Fernando es inocente?

– Todos estamos muy afectados. Algunos lo visitan, pero, al igual que yo, entiendo que confían en que el Vaticano estudió bien y en profundidad el caso. Tenemos pena por nuestro hermano y por quienes han sufrido abusos. Aunque debo decir que considero que la defensa eclesiástica de Fernando fue muy mala. A pesar de ello, y aunqueno soy vocero de mis hermanos, tampoco estoy dispuesto ni tengo antecedentes para desmentir lo que ha sancionado el Vaticano. El año pasado, un diario publicó una nota que informaba que el 6 de agosto, cuando Fernando cumplió 80, sus hermanos lo queríamos agasajar y celebrarlo con, al menos, “una tortita”. Nos indignamos. ¡Es falso de falsedad absoluta! Jamás nos hemos reunido con ese objeto. Es más, siento vergüenza y por su culpa me siento perseguido e, incluso, hay veces que me cuesta pasar el carné de identidad.

-¿Y por qué se han mantenido en silencio por tanto tiempo?

– ¡Porque somos sus hermanos! ¡Por nuestras venas corre su misma sangre! De hecho, me da pena, rabia y me indigna hablar de todo esto. Decidí aceptar esta entrevista porque quiero reivindicar a la familia Karadima, recuperar nuestra honra salpicada, proteger a mis hijos y a mis siete nietos. No lo hice antes, pues no quería adelantarme ni atolondrarme. Quise dar mi testimonio, porque yo también he sido víctima, pues de acuerdo a informaciones que me han llegado, él forzó e indujo situaciones financieras que provocaron la quiebra de un proyecto educativo que desarrollé y mantuve por 10 años.

Karadima puertas adentro

– ¿Y usted participó alguna vez en la Acción Católica?

– A veces de muy joven iba a las reuniones, pero no participaba. Mi hermano tenía sus elegidos, y yo no era de ese grupo. Me daba rabia que me dejara afuera, cuando había jóvenes y amigos de mi edad. Pero conozco muy bien a toda la gente que lo rodea. He compartido con ellos desde que éramos chicos. Pero él nunca me tomó mayormente en cuenta. De hecho, tampoco le gustaba que fuera sociólogo, y a varios les decía que yo era abogado.

¿Cómo era Fernando en familia?

– Mi hermano tenía una personalidad muy complicada y había que hacerle caso en todo. Hace varios años hubo un problema muy serio al interior de nuestra familia.

– Se sabe que en 1997, su sobrino Luis Felipe Karadima, tras 20 años de sacerdocio, abandonó los hábitos y la Unión Sacerdotal…

– Sí, para Fernando eso fue una traición absoluta porque eran muy cercanos. Tanto, que rompió todo tipo de relaciones con él y con su padre. Además, nos pidió al resto de la familia que no les dirigiéramos más la palabra. Lamentablemente yo le hice caso. Y ahora públicamente les pido perdón. En mi opinión, Fernando debió haber tratado de bajarle el perfil, rezar y apoyar a quienes sufrían. ¡No lo hizo! Una situación que, desde el punto de vista cristiano, fue de muy poca misericordia, lo que viniendo de un sacerdote es aún peor.

– ¿Por qué obedeció? ¿Es efectivo que cuando su padre murió él ejerció ese rol?

– Por ser uno de los mayores, él y otro hermano debieron ayudar económicamente a la familia. Pero eso no significaba que él ocupara el rol de padre. Un papá es el que cuida en lo emocional, comparte con toda la familia, acompaña y educa. Fernando no hizo eso.

– Se ha dicho que Fernando era el más cercano a su madre.

– ¡Falso! Mi madre quería a todos sus hijos por igual. Provenía de una familia muy católica, por lo cual sentía mucho orgullo por su hijo sacerdote. Sin embargo, creo que a ella también le molestaba esa famosa escolta que permanentemente rodeaba a mi hermano, y no la dejaba conversar y disfrutar a solas con su hijo. Es cierto que mi madre vivía en una casa de la parroquia, pero él no le daba el debido apego emocional que todo hijo le debe a su madre. Siempre pensó que bastaba con ayudarla económicamente y proporcionarle lo material.

– ¿Cómo se relacionaba Fernando con sus hermanos?

– En las reuniones en mi casa Fernando hablaba muy poco y hasta dormitaba en la mesa, no le interesaba compartir. Ponía una cierta distancia: para comunicarse con él, por ejemplo, había que usar el teléfono de la parroquia y dejarle recado. Jamás nos dio su número de celular, y cuando él nos llamaba en la pantalla aparecía “número privado”. Él siempre se imponía, tanto que cuando iba a comer a mi casa, la cabecera de la mesa debía ser para él.

– ¿Y hoy, los Karadima Fariña son unidos?

– Se habla de nosotros como una especie de “clan”, pero en un sentido algo peyorativo. La verdad es que no es así: somos una familia normal con buena relación, no demasiado unidos y con los problemas típicos de cualquier grupo familiar.

– ¿Siente que su apellido se ha manchado?

– Mi apellido, poco común y único en Chile, ha sido sólo salpicado, jamás manchado. Nosotros nada hemos hecho como para sentirnos manchados, no somos culpables de nada, no sabíamos nada de este aspecto particular de que acusan a Fernando. Quiérase o no, ha afectado con mucha virulencia nuestras vidas. Pero repito enfáticamente: ¡estamos orgullosos de nuestro apellido, de nuestros padres, de la herencia familiar que recibimos de ellos y, por supuesto, de lo que cada uno de nosotros somos en nuestra vida familiar, profesional y laboral!

Padre Hurtado, misiones y otros mitos

– Se ha dicho que la familia Karadima Fariña sentía que el ser hermanos del padre Fernando les daba cierto estatus. ¿Qué piensa de esta afirmación?

– No es así. Obviamente, sentía un cierto orgullo por él. Sin embargo, hay algo que quiero aclarar sobre el libro de la periodista Mönckeberg que justamente habla de ese punto. (Busca la página del libro y lee). “Para la mayoría de los hermanos y sobrinos, durante años el nombre de Karadima había sido motivo de orgullo. Incluso así lo manifestó el hermano mayor. Y no era para menos: el sacerdote era venerado como “santo”y se había transformado en una figura señera de la elite católica conservadora”. No comparto para nada lo que dice la periodista ni tampoco aquello que se comenta sobre que mi madre era arribista. No necesitaba serlo. Estamos orgullosos de ser Karadima, de nuestros orígenes griegos, también por lo que somos cada uno, por nuestros propios éxitos familiares, laborales y profesionales. Jamás escuché a un hermano mío decir que Fernando era santo, ni insinuarlo tampoco.

– ¿Pero sabía que la gente le decía así?

– Claro, y me indignaba. Sabíamos que nuestro hermano tenía poder e influencia enorme y que era muy bien considerado. Pero quiero dejar muy en claro que eso de la “santidad” era sólo la imagen que proyectaba, porque al menos yo, sabía que él no era ningún santo. Era manipulador. Es verdad que hablaba de los Evangelios, de Cristo y de la Virgen, pero al mismo tiempo se refería a otras personas de manera peyorativa, a veces trataba a ciertas personas de “loquitos”. Una persona que busca la santidad no hace eso.

– ¿Niega entonces que su hermano haya tenido un carisma especial?

– Como sociólogo puedo decir que mi hermano no era carismático, sino que más bien imponía su voluntad. Así como lo hizo Hitler o Stalin, el de Fernando era un carisma basado en el temor. Fernando, además, en ocasiones mentía.

– ¿Por ejemplo?

– Decía que era cercano al padre Alberto Hurtado y que lo conoció en 1945, pero la verdad es que un cuñado se lo presentó en 1950. El padre Hurtado murió el 18 agosto de 1952, apenas dos años después de que se conocieron. Yo estudié en el San Ignacio, pienso que si Fernando hubiese sido tan cercano a él, más de algún sacerdote del colegio me lo hubiera destacado y no fue así. También en varias ocasiones decía en el púlpito que se iba a misiones, en circunstancias que se iba a Europa, Estados Unidos o Bariloche.

– ¿Es cierto que su hermano llevaba una vida llena de lujos?

– No tanto como se dice, pero realmente se notaba que manejaba dinero. Siempre me intrigó de dónde sacaba tanta plata, probablemente recibía donaciones de amigos suyos. Viajaba seguido a Europa y Estados Unidos.

– ¿Era generoso con ustedes?

– Sí, era generoso al regalar plata. Mantenía a mi madre en todo, principalmente con la casa, pagaba médicos y remedios. A mí también me ayudaba. Pero era un arma de doble filo: siempre lo sacaba en cara y se lo contaba a los demás, con lo cual lograba ejercer control sobre la familia.

– ¿Y cómo era con sus feligreses?

– Desarrolló toda su vida en la parroquia para tener poder y mandar gente. Durante su rutina salía poco de la iglesia: se levantaba, almorzaba a las 14:00, luego dormía siesta, y alrededor de las 17:30 comenzaban a llegar los feligreses y los jóvenes que se quedaban a la misa de ocho que él oficiaba, los atendía, y luego comía.

-¿Algún buen recuerdo de él?

– No. Encuentro que Fernando no estimaba como correspondía mi vida profesional y académica, y tampoco le interesaba mucho lo que yo hacía.

– ¿Perdonó a su hermano?

– Incluso en la confesión la persona tiene que pedir perdón, luego es él quien tiene primero que reconocer que ha hecho un daño enorme a muchos y también a su familia. Luego debe pedir perdón, primero a Dios y luego a aquellos que ha dañado. Pero no creo que pida perdón. No obstante, si pidiese disculpas lo perdonaría.

– ¿Piensa volver a visitarlo?

– Por ahora, no lo haré, aunque uno nunca sabe lo que pueda ocurrir en el futuro.

El quiebre final

En 1999, Óscar Karadima decidió abrir un colegio en Peñaflor. Desde un comienzo, según cuenta el sociólogo y ex profesor de la Usach, el cuestionado sacerdote se opuso tenazmente a su proyecto.

– ¿Hizo algo en concreto para perjudicarlo?

– La historia es ésta. Me compré un sitio y pedí un préstamo a un banco. Llegué a tener 250 niños y gracias a esta matrícula pude pagar al banco hasta el 2005. Ese año, los apoderados me pidieron que iniciara la enseñanza media y la jornada escolar completa, para eso requería financiamiento extra. Fui al banco a pedir una reestructuración de la deuda y más dinero. El banco hizo un estudio de factibilidad financiera cuyo resultado sostenía que el proyecto era viable. Sin embargo, fueron reticentes y no me dieron el préstamo. Les insistí, pero el ejecutivo me respondió: “cómo el banco va a tener confianza en usted si ni su hermano confía”.

– ¿Qué tenía que ver su hermano en esto?

– Nada, simplemente no le gustaba mi proyecto educativo. No entiendo qué razones tenía, pero, aunque nada queda por escrito, sí debía haber tenido buenos contactos que impidieron mi proyecto. No quiero dar nombres de instituciones ni de sus amigos, pero dos hombres de su confianza, un abogado y un ingeniero comercial probablemente hablaron con alguien importante del banco a quien le señalaron que se trataba de un mal proyecto, le creyeron y no me dieron el préstamo que necesitaba.

– ¿Cómo supo esto?

– No tengo como probarlo, pues este tipo de cosas jamás quedan por escrito, pero estoy seguro que mi hermano Fernando intervino para que no me prestaran la plata. Yo lo sospechaba y el ejecutivo del banco me lo confirmó con el comentario que me hizo. Pero no me rendí. Fui a hablar con mi ex profesor, el padre Renato Poblete, y él me dijo que conocía a una persona que podría estar interesada en ser mi socio. Pero esa persona conocía a mi hermano y le comentó la idea. Según me contó el padre Poblete, Fernando le dijo a esa persona que “por nada del mundo me pasara dinero. Lo que está haciendo Óscar es un disparate y usted arriesga su plata”. Otra persona con quien pude haber sido socio me contó algo parecido.

– ¿Qué pasó después?

– En 2006, dado que no podía iniciar la media ni la jornada escolar completa y que la obra gruesa estaba inconclusa, los papás perdieron confianza en mi proyecto y comenzaron a retirar a los niños del colegio. Tuve menos ingresos, dejé de pagar los dividendos, el banco me ganó el juicio y me quitó el establecimiento, que estaba en garantía. ¡Quebré!

– ¿Ahí cortó relaciones con su hermano?

– Hablando más adelante con Fernando le digo: “Estarás tranquilo, me quitaron el colegio”. De inmediato me contestó: “yo no tuve nada que ver con eso. Soy inocente de todo”. Pensé en aquello de “quien se excusa se acusa”. Entonces rompí lazos con él.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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