38 horas en Siliconlandia

Fecha:12/06/2011
Fuente: El Semanal
Autor:Paula Comandari

Silicon Valley se mueve con reglas propias. Jefes y subalternos comparten escritorio, al lado de una mesa de pool. Nadie usa terno. Todos se comunican por Skype. La red de contactos se arma en las calles. Nos sumergimos en el centro tecnológico más importante del planeta. De la mano de Wenceslao Casares, el llamado genio de las puntocom, quien afirma que “esto es como vivir en un Disneylandia para grandes”.

8.30 a.m.

La cita es en Buck’s, un restaurante perdido en el pueblito de Woodside, en el corazón de Silicon Valley. Estamos en el centro neurológico del emprendimiento, pero no hay huellas que delaten que en este sitio se han discutido los más grandes deals de las fortunas de internet. A la entrada, la Estatua de la Libertad da la bienvenida. No es una réplica cualquiera: lleva una corbata con la imagen de la Mona Lisa y un sombrero mexicano. Aquí no se respira el aire de un enclave de negocios tradicional. Y eso que se han transado varios millones de dólares.

Los muros de este colorido espacio no le hacen asco a nada: un retrato del Che Guevara se codea con una colección de antiguas monedas, una de mariposas y varios cuchillos que se mezclan con trompetas, un triciclo y un hombre astronauta. Varias lámparas de lágrimas cuelgan desde el techo. Es curioso que este restaurante sea un punto importante en este gran centro de negocios tecnológicos bautizado como Silicon Valley, que corre desde el sur de la Bahía de San Francisco hasta la ciudad de San José, en California.

El Buck’s está emplazado sobre verdes praderas llenas de árboles milenarios, donde se respira total tranquilidad. Como si el tiempo se hubiera detenido. La vuelta a la realidad corre por cuenta de los hombres sin terno ni corbatas, pero con computadores, que empiezan a entrar a esta hora. A simple vista, vienen aquí a conversar. O a matar el tiempo con un café. Pero no hay que engañarse: en este recóndito restaurante, hombres como los que se ven ahora fundaron Hotmail y PayPall. Otros crearon Netscape tras reuniones en la pequeña salita al fondo del local.

Cinco emprendedores están ahora sentados en la misma mesa donde, alguna vez, discutieron los hombres que cranearon Hotmail. Conversan sobre innovación, tecnología y sobre “el arte de emprender”. Saben de lo que hablan: todos ellos, argentinos y chilenos, aterrizaron un día en Silicon Valley para levantar su negocio propio. Uno de ellos es Francisco Larraín, quien trabajó como ejecutivo de Bancard para el Presidente Piñera. A su lado se encuentra Eduardo Abeliuk, quien le vendió a la estadounidense SpeedDate.com una aplicación que en algún momento pudo utilizarse en Facebook.

En el centro del grupo está Wenceslao Casares (37), el llamado genio de las puntocom, quien en 2000 vendió su portal financiero Patagon por cerca de US$ 700 millones al Banco Santander. Todos lo oyen atentamente. El es quien conecta a los latinos en este mundo del emprendimiento -fiebre de oro de la California moderna-, donde cada día más chilenos aterrizan a probar suerte.

Casares aceptó ser el anfitrión de un recorrido para desnudar Silicon Valley en 38 maratónicas horas. Conoce al dedillo cómo funciona este “planeta de la fantasía”, como él lo llama. Aterrizó aquí en 2007 pensando que era transitorio. No se movió más. “Cuando llegas aquí, nunca más quieres salir. Es como estar en un mundial para un jugador de fútbol. Vives con la sensación de estar en un Disneylandia para grandes. Con gente que te hace pensar, lo que es muy adictivo”. Aunque ha estado en la cima, Wenceslao Casares contaría más tarde que él también está empezando de nuevo.

10 a.m.

Para moverse por estos lados, Casares maneja un Honda Civic gris. No es un auto cualquiera. Hace algunos años decidió comprar un híbrido. Por el medioambiente y también para aprender cómo funcionaba un vehículo que mezcla bencina con electricidad.

Comienza el recorrido. Lo que se ve no calza con lo que un simple mortal pudiera pensar cuando se imagina Silicon Valley. Por la ventana desfila un área rural que reúne a unos 20 pueblos con pequeñas pero lujosas casas y sólo una calle principal. Allí ocurre todo y los emprendedores se dan cita. Cada localidad funciona independiente, pero la regla común es que ninguno de estos pueblitos alberga altos y modernos edificios. Sus habitantes son personas de todo el planeta.

Tras 20 minutos de viaje por el campo, aterrizamos en Palo Alto. El centro tecnológico de Silicon Valley. Donde viven Steve Jobs y Mark Zuckerberg. Tras subir una larga escalera alfombrada con terciopelo café, desembarcamos en las oficinas de Casares. Está en la calle University, donde alguna vez tuvieron su centro de operaciones Googley Facebook.

Casares tardó unos meses en encontrar este lugar, de 300 m2, que cuenta con un gran hall central y siete espacios para reuniones que miran a los árboles de la avenida. Antes intentó arrendar otro recinto, también en University. Pero, sorprendido, se enteró de que en vez de costar US$ 3 el pie cuadrado -como ocurre en esta zona-, su dueño lo ofrecía por US$ 9. “Llamé para preguntar, y el iraní Saeed Amidi me explicó que el precio era elevado porque había que comprar el karma: esas dependencias habían sido las oficinas de Google”, recuerda el argentino, riendo.

Como sucede con la mayor parte de quienes trabajan en este valle, Casares no tiene despacho propio. Se sienta en una de las dos mesas de madera del hall central, junto a su socio y las 15 personas que trabajan con él, incluidas sus asistentes. “Las oficinas abiertas son un entorno mucho más dinámico y de interacción, de hacer las cosas más rápido, de captar lo que le preocupa a la gente”. La larga mesa que enfrenta a la suya, Casares usualmente la arrienda, algo que ocurre con frecuencia por estos lados. Porque el intercambio de ideas es visto como un plus en el proceso de creación, aun cuando muchas veces esos visitantes sean eventuales competidores.

En las oficinas de Silicon Valley no hay teléfonos fijos. Todos operan con Skype. Tampoco existen los tradicionales servidores para guardar información. Todo está en el espacio virtual que muchos han bautizado como “la nube”. Junto a los escritorios, además, no es raro encontrar una mesa de pool o de ping pong. Casares, por supuesto, tiene la suya. Dice que juega, al menos, una vez al día. “Es el escenario ideal para discutir ideas”.

12.30 p.m.

La calle University, a pocas cuadras de la Universidad de Stanford, alberga un sinfín de cafés, restaurantes, librerías y pequeñas tiendas de ropa y accesorios. Las mesas en todos lados están abarrotadas de jóvenes que discuten acaloradamente algún proyecto. Otros, solos en un rincón, gastan tiempo en investigar conectados a sus laptops.

En la calle, Casares comienza a “toparse” con gente. Me presenta a un joven que acaba de emprender un nuevo negocio: arrienda autos por hora cuando sus propietarios no los utilizan. A estos encuentros el argentino les llama networking casual. Es un mundo chico, todos se conocen.

Sentados en el restaurante Sprout, donde cada cual elige los ingredientes de su ensalada, Casares habla de los contactos que surgen de la manera más inesperada en Silicon Valley. Recuerda, por ejemplo, a Laura, la chica que lo ayuda con sus tres niños en la casa. Hace tres años, él quería una cita con uno de los partners de Kleiner Perkins, un importante fondo de capital de riesgo. El propio Al Gore había intentado el link, sin éxito. “Hasta que un día Laura me dice que me contacte con Camp Ventures, que entregaba US$ 500 mil a emprendedores. Pensé que no me servía de nada, pues yo buscaba varios millones. Igual lo hice por ella. Ellos me financiaron. Como no podían entregar más dinero, me preguntaron en qué otra cosa podían apoyarme. Les pedí la cita que buscaba hace meses. Resultó”. En un día, Laura consiguió lo que ni siquiera un ex candidato presidencial pudo lograr.

Este tipo de casualidades ocurren a diario aquí. “Los emprendedores nos topamos en eventos, en charlas, en la calle, y se van generando relaciones”, explica Francisco Larraín, quien hoy maneja desde aquí Zappedy, una plataforma que ayuda a los pequeños comercios a competir con grandes retailers. El tema de las coincidencias, Casares lo conoce bien. Un día, para Halloween, junto a sus niños hacía el recorrido para recolectar golosinas. Su hija se les adelantó y tocó el timbre en una casa. Todos quedaron sorprendidos: abrió la puerta Steve Jobs y le entregó un dulce y un iPod shuffle.

15 p.m.

En una amplia planta de concreto, en uno de los pocos edificios en altura de la zona, está 500 Startups, una de las decenas de firmas dedicadas a apoyar emprendedores. Hay jóvenes de todo el mundo, sentados unos al lado de otros trabajando en lo que piensan se transformará en un negocio millonario. La gran oficina, que en el centro alberga un café, tiene a la gente conectada por cables que caen desde el techo. Las ventanas entregan una vista panorámica al verde y campestre Silicon Valley, que perfectamente podría ser Buin. Los vidrios están rayados con signos y números, producto del trabajo de los “startup”: son negocios que comienzan con una idea creativa, a la que se le agrega una cuota de innovación. Son emprendedores que levantan compañías con la ayuda de estos inversionistas ángeles que entregan capital, confiados en que esas ideas serán luego rentables.

Casares escucha sin apuros a estos jóvenes que comparten con él sus ideas y le piden consejos. Primero conversa con un grupo de australianos, luego con un par de americanos y un iraquí. Además de recibir hasta US$ 100 mil, cada uno accede a un espacio en alguna de las mesas de este recinto, donde frecuentemente llegan mentores de todo el mundo a explicar las complejidades de este singular “universo”.

17 p.m.

Saeed Amidi -quien intentó arrendarle a Casares las oficinas que habían sido de Google- es el dueño de Plug and Play, la “casa” donde aterrizan cada año más de 300 jóvenes para desarrollar sus productos. Se trata de una gran plataforma, donde los emprendedores arriendan un espacio: lo pagan con cash y parte de las acciones de sus futuros emprendimientos. Pasan gran parte de su tiempo aquí. En una atmósfera de interacción, clave a la hora de desarrollar un negocio tecnológico.

La planta está dividida en dos alas. Mientras caminamos, se ven banderas de muchos países, con los que Amidi ha cerrado deals para apoyar el emprendimiento. En unos pocos meses, Chile tendrá su espacio.

Como Saeed, son varios quienes se han dedicado al negocio inmobiliario para startups. El plus de este lugar, dice un indio que trabaja aquí, es que se vive entre mentes pensantes. Y eso se siente aquí dentro. “Antes pagaba menos por una oficina más grande, pero estaba solo, sin retroalimentación. Aquí, en cambio, nos quedamos hasta las 4 de la mañana y no te desalientas, porque todos estamos en el mismo proceso. Es un input de energía”, dice. Saeed, además, organiza rondas con inversionistas. Algunos dejan el lugar con millones de dólares en el bolsillo. “Lo más interesante de Silicon Valley es que aquí no importa de qué familia provienes, qué apellido tienes ni dónde estudiaste. Eso es muy estimulante”, explica Casares.

 

19 p.m.

Comienza a oscurecer en Silicon Valley. Wences, como le llaman todos aquí, se sienta detrás del volante. Maneja rápido, pues ha agendado en Palo Alto una reunión con un periodista que escribe desde Brasil para el Financial Times. En su auto, suena a todo volumen un CD con cumbia argentina. El la tararea.

Aunque ya es de noche, los bares están llenos de gente. Aquí hay vida hasta eso de las 22 horas. Entramos a Joya, el restaurante que queda enfrente de las oficinas de Casares. No sólo hay techies, sino que artistas e intelectuales que también han encontrado en este lugar su mejor destino. El valle, en todo caso, está bien delimitado: en la zona aledaña a San Francisco se concentran las empresas de diseño; en Palo Alto se aglomeran los fanáticos del software; y en la zona cercana a San José se encuentran los adictos al hardware.

Muchos empresarios tienen sus residencias aquí. Casares, en cambio, vive en la mitad de la montaña, a 15 minutos de su oficina. En medio de un tupido bosque. Su casa es un inmueble de 1920, que está intacto. Sus hijos tienen una casa en un árbol. Poco más allá, hay una caballeriza y una casa de huéspedes, donde frecuentemente se dejan caer emprendedores.

11 a.m.

Otro día en Silicon Valley. Si hay un lugar que aquí nadie podría no conocer es la avenida Sand Hill Road, en Menlo Park, a pocos pasos de Palo Alto. Aquí se concentran todos los fondos de capital de riesgo que invierten en nuevos proyectos tecnológicos. Hay decenas, unos al lado del otro. Por eso, muchos han bautizado esta zona como el “Wall Street de los emprendedores”. “Sólo en la primera cuadra hay hoy US$ 30 mil millones disponibles para emprendedores”, explica Casares. Y cuenta que Facebook, Ebay y Google consiguieron dinero aquí.

Cada año, más de 5.000 personas tocan las puertas de uno de estos fondos para “vender” su producto. Reciben a unos 500, de los cuales al final apoyan financieramente sólo a cinco. Por ello, esta avenida es de amores y odios.

Estos millonarios fondos no residen en elegantes y lujosas torres, sino que en oficinas que más parecen residencias y donde los jardines, con altos árboles y flores, tienen el protagonismo. Como en Lightspeed Venture Partners, uno de los fondos que apoyó a Casares en su emprendimiento Bling Nation(on facebook too ), plataforma de pagos por medio de celulares. Las oficinas son sencillas. Gran parte de los ejecutivos no saben de terno ni de corbata.

Cuando Casares aterrizo aquí por primera vez, hace 17 años, no tenía red de contactos. Comenzó a venir dos veces por año y realizó el “puerta a puerta” que hoy hacen los que están empezando. “Es un proceso difícil, pero con grandes oportunidades. La primera reunión con los fondos siempre es fácil de conseguir, porque ninguno quiere dejar escapar una idea exitosa”. Lo difícil es agendar una segunda. “Tienes una hora para presentar tu iniciativa. Por ello es clave saber persuadir”. Es la etapa más compleja.

Hace tres años, Casares reunió US$ 28 millones -por medio de recursos propios y de terceros- para desarrollar Bling Nation. En febrero pasado, decidió rearmar completamente el negocio. No sin desilusión, dice que los números simplemente no dieron. Visitó los dos fondos que invirtieron en su iniciativa para devolverles el dinero. Aún tenía en caja US$ 12 millones. Pero fuera de todo pronóstico, los accionistas decidieron que Casares se quedara con esa plata. Confían en que creará otro negocio estrella. Casares siente que “está volviendo al inicio”.

13 p.m.

Las paredes de las oficinas de Casares son pizarrones, donde cada cual escribe comentarios, recordatorios y apuntes. Detrás de la mesa donde el argentino intenta contestar los cerca de 400 emails que recibe a diario, hay una pared con nombres escritos. El de él está destacado con un círculo: como no tienen secretarias, esta semana es Casares quien debe abrir la puerta.

Sus días productivos comienzan a las 8.30 en punto. Claro que, antes, madruga para trotar.

Su mañana nunca está programada. Menos ahora, que junto a su equipo están enfocados en jornadas de brainstorming para levantar su próximo negocio. En las tardes, generalmente, sale a reuniones y visita socios y clientes. A eso de las 18, se da tiempo para recibir a algún emprendedor que necesita consejos prácticos. Ocurre lo mismo que cuando un joven presenta sus ideas a las firmas de capital de riesgo: si el proyecto no está claro y “bien vendido”, Casares termina la reunión en 15 minutos. Si las cosas van bien, puede durar más de una hora.

18.30 p.m.

Dentro de su rutina, Casares deja espacio para conferencias. Dicta unas tres por mes. Hoy lo hace en San Francisco. Concretamente, en el Founder Institute, un semillero tecnológico que identifica a jóvenes con buenas ideas y los guía en la creación de sus firmas tecnológicas. Como en estos días no ha tenido mucho tiempo libre, Casares improvisa su cátedra frente a una decena de emprendedores. Detrás de él se impone el majestuoso puente Bay, uno de los mayores atractivos de la ciudad. Además de exponer, escucha cada proyecto. Critica a los emprendedores y les da sugerencias.

22.30 p.m.

Finaliza el encuentro. Wenceslao Casares está trasnochando. Dice que en este tiempo creativo necesita varias horas de sueño. Por eso, usualmente, a las 21 ya está durmiendo. Sobre todo porque a eso de las 5 está en pie. A esa hora se pone a trotar. Y lo hace descalzo, pues hace algún tiempo leyó Born to Run, que decía que así era más saludable.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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