Volver al Estado-nación

Fecha: 08/06/11
Fuente:Frankfurter Allgemeine Zeitung
Autor:Dirk Schümer

La Unión Europea era lo mejor que podía pasarle al continente. Pero, con el tiempo, se ha transformado en un monstruo burocrático que escapa del control de los ciudadanos. Para evitar su hundimiento e insuflarle un soplo de vida, se impone una renovación, que partiría de los Estados nacionales y de sus mecanismos democráticos. Extractos.

Desde la caída del Imperio Romano, la Unión Europea era lo mejor que podía ocurrirle al continente. Pero antes de ello, fue necesario pasar por la catástrofe total, para que los Estados conquistadores de Occidente dejaran de pelearse entre sí. No fue hasta 1945 cuando la gente sensata dejó de buscar la respuesta en el nacionalismo. La idea europea era sencilla: al integrar progresivamente las economías nacionales, se suprimiría cualquier móvil, incluso cualquier logística de violencia entre Estados. ¿Quién abriría así fuego sobre sí mismo?

El sueño es hoy una realidad. En el ámbito administrativo y jurídico, el continente es el espacio económico más sólido del planeta. Sin conflictos internos, sin pobreza masiva, sin dictadura.

El desecho monetario de un grupo de banqueros

¿Y ahora? Ahora Europa se ha quedado sin aliento. La divisa común se hunde, transformada en desecho monetario por un pequeño grupo de banqueros y economistas acorralados, a golpe de reflotamientos de urgencia. La UE únicamente concibe la inmigración como hordas desesperadas que juegan a la ruleta rusa en pateras que surcan el Mediterráneo. Ante la liberación de Oriente Próximo, cada país se lanza a su propia guerra colonial. O desvía la mirada hacia otro lado púdicamente.

Hoy, los productores de verduras italianos conocen de primera mano lo que significa un mercado común, cuando, debido a una bacteria mortal en Hamburgo, ya no pueden exportar sus productos a Rusia. Francia defiende la energía nuclear en la frontera alemana, mientras los alemanes, por su parte, prefieren fabricar parques eólicos. En el espacio Schengen, los daneses montan edificios prefabricados para albergar las nuevas aduanas, porque a partir de ahora, todo lo malo procede del extranjero. ¿Y quién va a explicar a un obrero eslovaco que su jubilación se ha esfumado porque esos defraudadores de Grecia quieren seguir disfrutando de la vida con 53° al sol?

¿Realmente nos extraña que los discursos sin piedad contra la UE registren en este momento cerca del 20% de los votos? En cambio, lo que sí es enigmático es que el porcentaje de aquellos que desearían acabar con todo de inmediato siga siendo bastante bajo. Si Europa suscita aún algo de aprobación, es exclusivamente por su pasado.

El ciudadano, completamente olvidado

La UE, con sus cada vez más numerosas ordenanzas, que imperceptiblemente han involucrado a todos los Estados miembros, ha pasado por la puerta trasera. Al principio, tan sólo era una cuestión del acero y la chatarra generada por la guerra. Luego, un acuerdo sobre la producción de carbón. A continuación, sobre la producción de electricidad. Más tarde, fue una cuestión de agricultura. De aduanas. De justicia. De controles en las fronteras. Y de moneda. Y ahora, es todo. Sin que se haya consultado jamás ni a un solo ciudadano.

No es casualidad que Hans Magnus Enzensberger haya hecho de Europa, el “dulce monstruo de Bruselas”, su nueva cabeza de turco. Lejos de lamentar las conquistas civilizadoras de la Unión Europea, Enzensberger ve en Bruselas su centro burocrático, un malhechor que amenaza con su locura centralizadora y reguladora con transformar el continente en un auténtico “reformatorio”.

Como representante de la primera generación europea que vive en paz, acaba con deleite con un cierto tabú al atacar directamente a la Unión Europea. ¿Con ello se convierte en un aliado de Geert Wilders, Kaczynski, Le Pen y compañía? Es evidente que no. El “cáncer” del “populismo de derecha” del que hablan todos los medios de comunicación en realidad no es otra cosa que una ideología confusa y xenófoba que se basa en un solo pilar: el del nacionalismo.

De forma instintiva, actualmente un gran número de electores europeos se vuelve hacia el antiguo orden porque el nuevo no funciona. Ahí está el auténtico problema. Según la fórmula de Enzensberger, Europa es un fenómeno “post-democrático”. En la mayoría de los países miembros, el proyecto europeo era la única solución posible, si bien ni la creación de la CEE, ni los acuerdos de Schengen ni la introducción del euro se sometieron a voto. La riqueza se creó de forma automática, con la apertura de los mercados y las ayudas estructurales, de modo que incluso naciones tan orgullosas como Hungría y Polonia aceptaron sin rechistar la cesión de su soberanía recién adquirida a la autoridad de Bruselas.

Falta una opinión pública común

Incluso con la mejor voluntad de la clase política, todo eso no habría podido funcionar jamás, porque en Europa falta algo fundamental: una opinión pública común. La Unión Europea constituye la prueba de que la democracia no puede existir sin un discurso común. Los miembros del Parlamento Europeo, que de todos modos no tienen nada importante que decir, se eligen a través de campañas nacionales. La información, las personas, las tradiciones y las formas de actuar siguen siendo puramente nacionales. Por ello, es habitual que tanto las mayorías de derecha como las de izquierda estén en desacuerdo con los partidos establecidos cuando se trata de Europa. La mayoría de las élites internacionales, políglotas y relacionadas entre sí, simplemente no lo entienden.

Europa debe limitarse a lo que los europeos aún logran comprender y sancionar tras las elecciones. Europa no debe ser la máquina de lobbies y de compromisos en la que se ha convertido Bruselas y de la que procede el 80% de nuestras leyes. Europa debe ser únicamente una Europa de democracias.

Hoy, tan sólo podemos ayudar a Europa deteniendo esa máquina demasiado compleja [de Bruselas]. Todos los mecanismos de toma de decisión deben volver a ser democráticos, y luego, nacionales, regionales o locales. Debe detenerse cualquier ampliación, y el euro de todos modos va a desaparecer.

Además, existe un país que ya ha acabado su fase nacional y se ha entregado totalmente a la Unión Europea. Se trata, y no es casualidad, del país más europeo de todos: Bélgica. Allí la democracia se ha difuminado en un regateo de intereses regionales. Se celebran elecciones, pero ya no hay gobierno. Los funcionarios se ocupan de los asuntos actuales bajo la brida de Europa, sin que suponga una gran conmoción. La soberanía popular y la política propiamente dichos ya no quieren decir nada. Si queremos evitar este destino, Europa no tiene otra opción que volver a la nación y a la democracia.

Dirk Schümer, nacido en 1962 y residente en Viena, es periodista de la sección de cultura e ideas del diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung. Ha publicado varios libros sobre temas europeos.

Fecha: 25/03/11
Fuente:Frankfurter Allgemeine Zeitung
Autor: Hubert Spiegel

Las instituciones europeas son una hidra de papel que devora a los ciudadanos, afirma en su última obra el ensayista alemán Hans-Magnus Enzesberger, que insta a los europeos a plantarles cara.

Mientras los pueblos árabes se sublevan para reclamar la autodeterminación y la democracia, Europa se hunde en la dictadura. Su tradición democrática está agotada, destruida y a sus ciudadanos se les zarandea e incapacita. El poder delegado por el pueblo a sus representantes se ha transferido a hurtadillas y se ha atrincherado en un lugar inaccesible que nadie ha visto jamás. ¿Quién lleva realmente las riendas? ¿Quién maneja los hilos? ¿Dónde? ¿Y con qué fin? Nadie lo sabe.

Se promulgan leyes y normativas, pero los habitantes del Viejo Continente ya no comprenden los términos. Es como si un pueblo extraterrestre se hubiera adueñado de la Tierra a nuestras espaldas y, nada más llegar, se hubiera puesto a las órdenes de la Unión Europea, quizás porque sus ocupantes son especialmente prósperos. Estos extraterrestres son los tecnócratas.

Esta descripción de la esclavitud de Europa por una potencia anónima no se ha sacado de una novela anti-utopía, sino de un ensayo. Por lo tanto, no se trata de un texto de ficción, sino de un texto que se basa en la realidad, para describirla y analizarla. Su autor no es un Hércules que se haya propuesto como misión limpiar los establos de Augías de la Unión Europea. Su único objetivo es despertar a los zánganos que pasan sus días allí. Son bastante numerosos, pues se han censado casi 500 millones.

Enzensberger quiere sacudir las conciencias de los ciudadanos

Este es el número de habitantes con los que cuenta actualmente la Unión Europea. Cada uno de ellos debería dedicar tiempo a leer las aproximadamente 70 páginas que acaba de publicar Hans Magnus Enzensberger bajo el título de Sanftes Monster Brüssel oder Die EntmündigungEuropas [“El dulce monstruo de Bruselas o la incapacitación de Europa”, no traducido en español]. La obra es el ensayo homólogo en alemán del ¡Indignaos! del francés Stéphane Hessel, del que se han publicado un millón de ejemplares en el país natal de este autor nonagenario que fue miembro de la resistencia. Hans Magnus Enzensberger también pretende estimular la indignación de los ciudadanos. Quiere sacudir las conciencias. Para ello, no apuesta por grandes gesticulaciones, sino por la fuerza de la argumentación.

Enzensberger ha realizado investigaciones minuciosas. Enumera pacientemente los hechos, clasifica los índices, como en un caso criminal. Su finalidad no es simplemente generar una polémica sobre la Unión Europea: quiere desenmascarar a la hidra que se extiende de forma inexorable, impulsada por su sed de poder. Este monstruo tiene una historia, pero pocos la conocen.El autor comienza recordándonos las ventajas indudables del proceso de integración europea. Celebra los seis decenios sin guerras, casi una vida, la facilidad de las vacaciones en el extranjero, la libertad de circulación, las acciones emprendidas contra “los cárteles, los monopolios y las estratagemas proteccionistas”. Después examina el “vocabulario oficial” de una Unión Europea “que olvida la historia” y bautiza a sus altos funcionarios con el nombre de “comisarios”, como si la historia no hubiera conocido ni a los comisarios del pueblo ni a los comisarios del Reich.

A continuación, describe la estructura y el modus operandi de las comisiones, que, por ejemplo, fijan unos valores límites para las “vibraciones transmitidas al sistema de los brazos y las manos y al conjunto del cuerpo” en los trabajos realizados con martillos neumáticos, determinan la longitud máxima de los preservativos europeos y nos impondrán en breve el uso de una combinación de 33 a 42 cifras para realizar una simple transferencia bancaria. Efectivamente, a partir de 2013, será necesario mencionar los códigos BIC e IBAN en las transferencias nacionales. En la pequeña isla de Malta, por ejemplo, el número IBAN se compone de 31 cifras, si bien los alrededor de 400.000 malteses tendrán “3.100.000.000.000 000.000.000.000.000.000 números de cuenta a su disposición, que vendrán a completar 10.000.000.000 códigos BIC”.

Una burocracia bruselense desenfrenada y antidemocrática

Es fácil hacer bromas con estas estupideces públicas, maquinadas en nombre de Europa por batallones de funcionarios en su mayoría generosamente pagados. En cambio, es prácticamente imposible no perderse en la jungla de las comisiones, secretarías, direcciones generales y otras instituciones y organismos sin nombre que se han implantado y ha prosperado en Bruselas o en Luxemburgo. ¿Quién conoce por ejemplo la UE-OSHA, encargada de cuestiones relacionadas con la seguridad y la salud laboral? La institución emplea a 64 colaboradores, cuyas actividades son controladas por 84 consejeros de administración. ¿Alguna otra pregunta?

Primero resulta ameno y luego muy pesado enumerar las estupideces de una burocracia bruselense desenfrenada. Y esto apenas nos descubre nada. Por ello esta obra es mucho más profunda. Enzensberger se centra en la ausencia de legitimidad de una máquina burocrática que, en nombre de los ciudadanos europeos y para ellos, promulga textos de leyes y normativas, que deben representar algo como así como 150.000 páginas en este momento, pero que ignora las normas básicas de su propia constitución, tal y como lo demuestra habitualmente el tratamiento reservado al pacto de estabilidad y crecimiento.

El objetivo de la tesis central de Hans Magnus Enzensberger es la concepción bruselense de la democracia: aturdida por su poder normativo, la UE desarrolla características cada vez más autoritarias. Con [el ensayista austriaco] Robert Menasse, plantea por último la cuestión de saber si la democracia clásica tal y como la concibe Bruselas es aún un compromiso o bien si ya sólo se considera un obstáculo en cuya erradicación debería trabajarse sin demora. La Unión Europea va camino de incapacitar a sus ciudadanos. Y es algo que únicamente los europeos pueden impedir.

Desde Suiza
Quien bien te quiere, te hará llorar

En la publicación alemana Die Zeit, el antiguo miembro del Gobierno suizo Moritz Leuenberger explica por qué el escrito de Hans Magnus Enzensberger será “una mina de citas para criticar la burocracia” y proporcionará argumentos a los anticapitalistas suizos, incluso a pesar de que el propio ensayista alemán también alabe en ese documento la paz y el progreso que la Unión Europea ha aportado a sus ciudadanos. Leuenberger puntualiza, además, que la falta de democracia en la UE, denunciada por Enzensberger, es igualmente válida para todos los países, tanto aquellos en el seno de la Unión como fuera de ella. Subraya igualmente que en ningún momento Enzensberger solicita la disolución de la UE, sino al contrario, admite que en Bruselas está verdaderamente presente un discurso crítico e ilustrado que encara directamente a la UE. Y es precisamente esta autocrítica la que nutre la esperanza de un futuro mejor para la propia Unión: “Quienes aman a la UE, la critican, tal y como hace Hans Magnus Enzensberger”, concluye Leuenberger.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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