El “Chao”

Fecha: 04/06/11
Fuente: Tendencias
Autor: Marcelo Con

¿Para qué correr si puedes caminar, para qué dar otro paso si puedes tomar asiento, para qué estar sentado si puedes acostarte y para qué seguir horizontal si puedes no estar?”, se cuestionaba el colega más flojo que conocí. Nació agotado, creció con desganado y sacó el título de publicista raspando la lata.

Un haragán de dos plazas que se jactaba de su desidia diciendo: “cuando me dan ganas de trabajar, me siento y espero que se me pase” o “mi epitafio dirá? aquí sigue descansando en paz”.

Como tenía buen diseño, llegó de director de arte a una agencia donde (al menos yo) sí trabajé. Poco empeño necesitaba el guaripola de la gandulería para lograr gráficas más que suficientes de hecho, nunca aparecía antes de las 10.30 y más encima llegaba con mueca gruñona, así, nadie se atrevía a preguntar las razones de su atraso.

Aunque ganaba más de lo necesario, vivía con sus padres, dormía en la misma cama enana que tenía desde niño y la ropa que vestía la compraba su mamita. El flojonazo tampoco se bañaba (“¿para qué? si nunca transpiro”, se justificaba el guarro con sonrisa a medias), por lo que siempre andaba con el pelo tan grasiento que parecía peinarse con un trutro de pollo o una chuleta de cordero.

Lo llamábamos el “Chao”, porque cuando le preguntaban si bastaba con la primera idea que aparecía, contestaba “sí, chaaaao” o si la ejecutiva sugería coordinar una reunión para presentar el aviso al cliente respondía “chaaaao, mándalo no más” y así, a punta de chaos simplificaba su pega al mínimo, hasta que un día, el director creativo lo llamó a su oficina y le dijo chao.

La relación menos energía por mayor recompensa es lo que mueve a todo ser vivo en este planeta. Es decir, una trucha acecha en el río detrás de una roca esperando que la comida pase por su lado y dependiendo del bocado, calculará el esfuerzo requerido para atraparlo, entonces, solamente si vale la pena, coleteará hasta que caiga en su boca.

 

Quizás por eso, en cada empresa se ven cardúmenes de pejeflojos esperando detrás de un cubículo que el sueldo de fin de mes caiga en sus bolsillos. Los reyes del Nescafé batido, los siempre conectados a Facebook, a las noticias más últimas y a cuanto chat chatarra existe por ahí. Los mismos que ahúman hora tras hora con un pucho en la cuneta. Los que nos hacen trabajar el doble. Los que muelen agua todo el día, tramitan la inacción y atrasan la retirada para hacer como que hacen.

En los tiempos en que cada fin de año había que firmar centenares de tarjetas de navidad para clientes y proveedores y en la misma agencia donde conocí al “Chao”, sucedió que luego de un par de años donde los destinatarios de nuestros saludos no acusaron recibo, el jefe de despachos sospechó de un junior regordete que siempre llevaba la talla a flor de rollo, así que lo mandó a repartir los parabienes de papel pero, esta vez, lo siguió sin que se diera cuenta.

Llegando al puente del Arzobispo y en un acto que rayó en lo poético, el gordo lanzó todos los sobrecitos al río, miró un buen rato cómo la regata blanca de buenos deseos navegaba por la corriente hasta quizás qué continente, sonrió pensando en el indigente (bajo algún puente) que recibiría nuestro feliz año nuevo y así, ingrávido de culpas y livianito de trámites, se fue a sentar a un escaño del Parque Forestal. Increíblemente no lo echaron (las malas lenguas dicen que le sabía una tan gorda como él a un gerente de por ahí).

Aunque me divierte esta historia, en general, me agota la pereza, incluso la propia, cuando estoy muy cómodo me siento incómodo, si ando flaco de nuevos desafíos, calentito y sin que nada haga levantarme de mi silla con rueditas, comienzo a preocuparme, porque el tiempo no descansa y aunque cuesta sacarse la modorra, el que pestañea pierde para siempre.

Al escribir una columna, por ejemplo, siento lo mismo que al subir un cerro, a mitad de camino, cuando la cima o el punto final se ve tan lejano asoman los arrepentimientos y me pregunto qué estoy haciendo aquí, pienso que debería estar en mi casa viendo tele y comiendo sandía (en el caso de un cerro) o jugando con mis hijos después de un cargante día de pega (cuando escribo esto), pero la satisfacción de guardar, salir y enviar sólo se compara con hacer cumbre, la misión cumplida inunda el corazón de orgullo igual como el aire puro infla los pulmones encaramado en la cordillera. Lo mismo siento, en su justa medida, al terminar de lavar la loza, planchar una camisa o al contratar un nuevo director de arte.

A propósito, al “Chao” nunca más lo volví a ver, tampoco he tenido noticias de él, lo único que tengo claro es que si por casualidad llega esta columna a sus manos, al ver los 4.732 caracteres con espacio dará vuelta la página diciendo chaaaao.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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