La guerra secreta en la Iglesia

Fecha: 04/06/11
Fuente: Blog de Ascanio Cavallo
Autor: Ascanio Cavallo

Y bien: ¿Se disolvió la comunidad eclesiástico-política que giró en torno a la parroquia de El Bosque y que dio sustentación y amparo al sacerdote Fernando Karadima? ¿Llegaron sus miembros a la conclusión razonada y libre de que participaron en lo que en propiedad puede considerarse una secta (“conjunto de seguidores de una parcialidad religiosa o ideológica”, según la primera acepción de la RAE), con un líder carismático que pudo expropiar, o a lo menos obliterar, sus conciencias? ¿Hay arrepentimiento en ellos?

Las señales no son concluyentes. De un lado, los sacerdotes de la Pía Unión que participan en instituciones de mayor visibilidad (donde suelen estar sobrerrepresentados, como en la Universidad Católica) parecen haber puesto distancia con su antiguo grupo y, sobre todo, con su impugnado líder.

Quienes los conocen dicen que la exposición a otras opiniones y las revelaciones producidas desde el año pasado han minado su adhesión anterior y los han movilizado hacia una reflexión auténtica sobre lo que ocurrió. Hay sacerdotes y laicos que opinan que ahora la Iglesia de Santiago debe mostrar la capacidad de acoger a estos curas antes de que la estigmatización se vuelva irreversible.

Pero, de otro lado, hay quienes creen tener evidencia de que la “red El Bosque” desarrolla una estrategia reservada, pero muy agresiva, para defender a Karadima y, más especialmente, al grupo que formó, partiendo por los obispos emergidos de su parroquia y terminando en los sacerdotes que aún le son incondicionales. Una estrategia de guerra donde el adversario es todo el clero diocesano o religioso que haya contribuido a la caída del ex párroco. En la semana dejó finalmente su cargo en El Bosque el sacerdote Juan Esteban Morales, que había resistido su traslado, pero no ha dejado de visitar al líder de la facción, a pesar de la prohibición explícita de la sentencia vaticana. Otros miembros de la Pía Unión conservan sus posiciones.

En el plano penal, el modelo táctico es claro: impedir que Karadima sea acusado de pedofilia, lo que significa demostrar que no hubo abusos contra menores de edad. Este trabajo podría funcionar -como lo mostró el caso de Luis Lira, que el Vaticano conoció como abuso a un menor y que en los tribunales chilenos se mostró como el acoso a un mayor de edad legal-, pero plantea un fenómeno más de fondo, que ya no tiene que ver con las edades jurídicas, sino con la presión sicológica ejercida sobre posadolescentes.

La condición de secta dirigida por Karadima se ejecutó en estos casos en toda la extensión de una línea teológica: pecado, culpa, castigo, perdón y redención. Todos los pasos eran administrados por él mismo, desde el pecado inducido hasta la redención anunciada. Esta línea cerrada hacía posible administrar la impunidad. Como todo lo que viniera desde fuera del círculo podía constituir una agresión del mal en contra del bien, estaría autorizado mentir, simular o incluso sobornar… bajo la aprobación de Karadima. Armas de la defensa propia, que dijéramos.

La lógica de clausura que operó en El Bosque es lo que ha creado el ostensible escepticismo dentro de la propia Iglesia respecto de los cuatro obispos emergidos de la parroquia –Andrés Arteaga, Juan Barros, Tomás Koljatic y Horacio Valenzuela-, todos los cuales tuvieron demasiada cercanía con Karadima como para creer que han escapado de su influjo. La conducta de ellos frente a las denuncias, su silencio prolongado y su demora en reaccionar han contribuido a alimentar tales dudas. Un quinto -Felipe Bacarrezza- está libre de ese escepticismo precisamente porque rompió con el grupo hace ya muchos años, aunque no se saben sus razones.

Según los conocedores, el proceso canónico debería concluir entre uno o dos meses más, luego de que termine el análisis de la apelación de Karadima. Nadie espera que el ex párroco sea declarado inocente, porque la primera sentencia vaticana casi no deja espacio para aquello. Por eso, el esfuerzo de sus defensores -no sus abogados, sino el círculo de discípulos que permanece incólume, formado por sacerdotes y laicos- está apuntando hacia dos objetivos:

1) Derivar las acusaciones de encubrimiento hacia el cardenal Francisco Javier Errázuriz, aduciendo su condición de superior jerárquico de Karadima. La finalidad en este caso es inhibir al cardenal, hasta donde sea posible, para que no dé sustento a una sentencia final más severa de la que se dictó. De los errores que pudo cometer el cardenal en la investigación de las denuncias, ya se sabe que el más serio es haber requerido la opinión sobre Karadima a su obispo auxiliar, Andrés Arteaga, discípulo eminente de El Bosque. Ahora, los defensores del cardenal creen que pudo haber uno peor: permitir que esa parroquia pudiera conocer, desde dentro del Arzobispado y paso por paso, la evolución de las denuncias. Subrayar estas circunstancias permitiría al círculo de Karadima afirmar que el cardenal actuó de manera negligente, minando su autoridad para opinar en la parte conclusiva del proceso canónico.

2) “Empatar” la situación de Karadima con denuncias sobre otros casos de abuso o de simple homosexualidad contra sacerdotes connotados ajenos a su esfera de influencia. Es un hecho que las redacciones de los principales medios informativos están invadidas de rumores y versiones sobre diversos prelados. Pero el esfuerzo de los defensores del ex párroco se ha focalizado en tres o cuatro nombres cuya significación pública permitiría que se viese al caso Karadima como uno más entre muchos.

El hecho de que algunas de estas imputaciones puedan ser verdaderas, pero que hayan formado parte del “pacto de silencio” que ató a la Iglesia durante muchos años, es un síntoma de la nueva complejidad con que se enfrenta la institución. Y plantea a los medios la difícil disyuntiva de distinguir entre la manipulación y la información.

La pregunta es: ¿Cómo se termina esta guerra interna? El primer factor es que se apresure la consolidación de la autoridad del arzobispo Ricardo Ezzati en Santiago, que hasta ahora ha debido enfrentar sucesivos intentos de desestabilización. El segundo es que se cumpla con claridad el nuevo protocolo de la Iglesia para tratar denuncias de abuso, actuando antes de que se configuren hechos penales, esto es, separando el delito del pecado. Y el tercero es profundizar la investigación de las redes de la parroquia El Bosque.
Mientras esas cosas no ocurran, la casa de los católicos seguirá revuelta.

Anuncios

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: