El lado oscuro de las recompensas en el trabajo

Recientes investigaciones señalan que la entrega de incentivos económicos para alcanzar una meta genera el efecto contrario: causa un declive en la motivación.

Fecha: 30/04/11
Fuente: Tendencias
Autor:Ricardo Acevedo Zalaquett

La reciente crisis financiera mundial dio la voz de alerta. Sindicada como uno de los principales agentes responsables tras la caída en los mercados mundiales, la llamada “cultura de los bonos” comenzó a ser puesta en tela de juicio: muchos altos ejecutivos, causantes directos de la especulación que precipitó la crisis, recibían incentivos que el propio Presidente de EE.UU., Barack Obama, no dudó en calificar de “obscenos”.

Durante décadas, economistas y especialistas en recursos humanos habían aceptado, casi como un “dogma”, que las personas se sienten más motivadas para alcanzar metas cuando hay una recompensa de por medio. Pero no sería sino hasta el advenimiento de la crisis que los especialistas comienzan a examinar una serie de estudios que cuestionaban la eficacia de los bonos.Y aunque no parezca lógico, nuevas investigaciones parecen confirmar esta paradoja: cuanto mayor es el bono, peor el desempeño. Las personas no sólo pierden la motivación por la labor que desempeñan, sino que optan por el camino más corto para alcanzar su meta. Aunque esto incluya “falsear” resultados, como ocurrió en la reciente crisis. ¿La solución? Mejores sueldos, incentivar comportamientos en lugar de resultados y entregar bonos “sorpresa”, sin aviso previo, son algunas de las estrategias que proponen los especialistas.

Es lo que sostiene Edward Deci, sicólogo de la Universidad de Rochester, en Nueva York. El sicólogo quería confirmar los hallazgos de Harry Harlow, sicólogo que en la década de los 50 acuñó el concepto de “motivación intrínseca”. Hasta ese momento se pensaba que el comportamiento de los primates -y del ser humano- estaba “conducido” por dos apetitos básicos: el biológico (satisfacer hambre o sed) y el extrínseco (actuamos para ganar recompensa o evitar castigo).

Pero en sus investigaciones, Harlow logró demostrar que, además de los dos apetitos, existía un tercero. Encerró en jaulas a grupos de monos, acompañados sólo con puzzles por períodos determinados de tiempo. Contrario a lo que se pudo pensar, los animales se empecinaron cada vez más en resolver los puzzles, sin que hubiese de por medio premio o castigo alguno. Todavía más, cada vez demoraban menos en resolverlos y, según escribieron los investigadores, parecían disfrutarlos. Sin embargo, al introducir el factor comida como recompensa, los monos comenzaron a errar más y su interés en la resolución de puzzles bajó.

Y fue así que, en los años 70, Edward Dici decidió estudiar el fenómeno en seres humanos. Tomó dos grupos de estudiantes que debían resolver un puzzle, en una habitación con sólo una mesa en cuya superficie estaba el puzzle, una edición del New York Times y una revista Playboy. La única diferencia entre ambos grupos era que uno recibiría un pago por la tarea. Tras varios días, el sicólogo dejó a los grupos solos en la sala con los puzzles, supuestamente para procesar los datos en un computador. Los primeros días, aquellos que habían recibido una recompensa seguían haciendo la tarea aun cuando pensaban que nadie los observaba, trabajando más que el otro grupo. Pero al tercer día, la tendencia se revirtió.

Las recompensas, concluye este estudio, generan un estímulo notorio en una primera fase, pero el entusiasmo tiende a decaer en el largo plazo, fenómeno que ha sido llamado “efecto sobrejustificación”.

Tareas mecánicas

En este escenario, un estudio reciente de la U. de Duke probó que si bien los bonos son un real incentivo cuando se trata de tareas mecánicas, no lo son en tareas intelectuales. En una prueba con estudiantes se ofrecieron premios por hacer un test matemático y una prueba de tarea repetitiva (apretar una tecla). Había una diferencia de 10 veces entre la recompensa mínima y la máxima. En la prueba de las teclas, la recompensa mayor llevó a un mejor desempeño: los voluntarios ganaron el 78% del máximo posible, mientras que los que habían recibido incentivos bajos llegaron sólo al 40%. Pero en la prueba matemática, los resultados se invirtieron. Los participantes llegaron a un 63% de rendimiento, mientras que los de bonos altos, al 43%.

Una explicación es que las recompensas conducen a un “estrés por alcanzar la meta” y llevarse la suma. Esto no es inconveniente en una tarea mecánica, pero afecta en tareas mentales complejas. De este modo, el estrés interfiere con la memoria de trabajo -la que nos permite acceder a la información consciente que manejamos en el momento-, distrayendo la atención del cerebro hacia otros problemas, como las consecuencias de fallar y no obtener el bono.

Todos estos estudios concluyen que se deberían centrar las recompensas en “actitudes hacia el trabajo” y no en logros específicos. Una alternativa planteada por el sicólogo de la U. de Stanford, Mark Lepper, señala que la entrega de bonos sorpresivos podría resultar más efectiva. En un experimento con niños cuya tarea era dibujar, aquellos que recibieron recompensa por hacerla rechazaron el dibujo cuando se les presentaron actividades alternativas. En contraste, quienes no tuvieron premio o recibieron un regalo inesperado se mostraron mucho más interesados en continuar dibujando.

“Cuando se empieza a recompensar a las personas por sus resultados en lugar de actitudes, la evidencia de nuestros estudios ha mostrado que la gente opta por el camino más corto para alcanzar la recompensa”, concluye el pionero de esta clase de estudios, Edward Dici.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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