Estados Unidos: escepticismo frente a Cuba

Fecha: 24/04/2011
Fuente: Alvaro Vargas Llosa

La reacción norteamericana frente al VI Congreso del Partido Comunista de Cuba es una demostración de que las relaciones entre Washington y La Habana están congeladas. El caso Gross, la insuficiente respuesta de Cuba a los gestos de Obama y el acercamiento de la temporada electoral hacen imposible que nada pueda cambiar.

El VI Congreso del Partido Comunista de Cuba estuvo muy lejos de modificar la percepción y la actitud política del gobierno estadounidense frente al proceso interno de Cuba liderado por Raúl Castro. Varios factores, tanto coyunturales como de fondo, lo impiden.

Como se recuerda, a los pocos meses de asumir el gobierno, Barack Obama cumplió la promesa que había hecho en su campaña electoral, flexibilizando las restricciones que limitaban los viajes a la isla y envíos de remesas por parte de los cubanoamericanos. Sumados a las ya existentes autorizaciones para el comercio de medicinas y alimentos básicos con Cuba -un total de más de mil millones de dólares-, estos permisos debían crear el clima para propiciar reciprocidad en La Habana en términos no sólo de reforma económica, sino, y sobre todo, política. Pero, salvo el episodio, que poco tuvo que ver con Estados Unidos y mucho con España, de la liberación de presos vinculados al grupo de los 75 periodistas y activistas encarcelados durante la Primavera Negra, Raúl Castro no dio señal alguna de flexibilidad política. Se limitó a anunciar medidas económicas básicamente tendientes a permitir ciertos negocios privados que fueran absorbiendo la mano de obra que quedaría en condición excedente por los despidos de empleados públicos que el Estado ya no puede sostener.

En ese escenario, era difícil para Obama mover ficha. Mucho más lo fue cuando los republicanos tomaron, tras las elecciones de 2010, el control de la Cámara de Representantes, en la que el comité clave -Asuntos Exteriores- pasó a manos de la cubanoamericana Ileana Ros-Lehtinen. Por lo demás, aunque en el Senado los demócratas retuvieron el control, el poderoso comité que se ocupa de las relaciones internacionales en la Cámara Alta ha seguido en manos de demócratas y republicanos duramente críticos de La Habana, como Bob Menéndez, Jim deMint, Richard Lugar y quien la preside, John Kerry. En lo que respecta a Cuba, ha habido en el último año un consenso según el cual era insuficiente el lento proceso de reforma económica en Cuba para modificar de manera sustantiva la política hacia La Habana.

Ese es el contexto en el que Cuba cometió un importante error político. En 2009, había sido detenido Alan Gross, un consultor contratado por la Usaid, una agencia de cooperación del gobierno de Estados Unidos, por haber introducido aparatos de telecomunicación para la promoción de la democracia. Aunque no se tienen detalles por la naturaleza antidemocrática del proceso judicial, sí se sabe que el gobierno cubano había anunciado anteriormente una flexibilización de la política de comunicaciones en la isla, de manera que no queda claro qué leyes del propio Estado cubano habían sido violadas. En todo caso, durante 2010 La Habana decidió procesarlo y condenarlo a 15 años de cárcel. Teniendo en cuenta el cambio en la correlación de fuerzas en el Congreso norteamericano, lo único que logró La Habana fue endurecer la posición de quienes pensaban con anterioridad a este episodio que Cuba no había reciprocado a los gestos iniciales de Barack Obama.

A medida que avanzaba el tiempo, por lo demás, se iba acercando la fecha de la precampaña electoral de cara a 2012, contexto en el que cualquier acto de acercamiento al gobierno de Cuba sería suicida para ambos partidos. Por tanto, en este momento las relaciones entre Washington y La Habana están congeladas. El caso Gross, la insuficiente respuesta de Cuba a los gestos de Obama y el acercamiento de la temporada electoral hacen imposible que nada pueda cambiar sustantivamente.

Una prueba de ello ha sido, precisamente, la reacción norteamericana ante el VI Congreso del Partido Comunista de Cuba, que tuvo lugar en La Habana esta semana. En él, Raúl Castro asumió el cargo de primer secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, anunció una aceleración de las reformas que permitirán aumentar el espacio de los negocios privados, habló de la posibilidad que tendrán los cubanos de vender sus propiedades inmobiliarias (que antes sólo podían enajenar mediante la permuta) y realizó una propuesta para limitar a 10 años el ejercicio de los cargos políticos. La respuesta oficial desde Washington estuvo a cargo de voceros menores del Departamento de Estado, en una clara demostración, por parte de Hillary Clinton, la jefa de la diplomacia, y sus asesores de que lo sucedido allí no tiene implicaciones sustanciales para las relaciones. El funcionario Mark Toner lo calificó de “proceso interno” y se limitó a confirmar que Washington sigue “enfocado a que el pueblo cubano tenga un acceso a mayor libertad”.

Las reacciones no oficiales fueron más duras, por ejemplo en boca de Ileana Ros-Lehtinen, quien calificó de “maquillaje” lo anunciado por Raúl Castro y aseguró que “es una burla que alguien que tiene casi 80 años anuncie que los cargos se mantendrán por otros 10”. Jim DeMint, senador influyente de los republicanos que jugó un papel determinante en su día ante la crisis hondureña desatada por el desalojo de Manuel Zelaya del poder, dijo no haber seguido con detalle el congreso, pero indicó que lo ocurrido “muestra solamente la desesperación por la que pasa el gobierno cubano, que no puede sostener su modelo y apela a tímidas reformas para aliviar la presión contra su burocracia”. Opinó en un sentido muy parecido Bob Menéndez, emblemático cubano-americano del Partido Demócrata.

Desde Estados Unidos, pues, las decisiones principales adoptadas en el VI Congreso reafirman la lectura de los últimos años: que Raúl Castro quiere oxigenar un aparato productivo comatoso y que la desconfianza hacia los demás sectores del Partido Comunista hacen que la guardia pretoriana de los septuagenarios y octogenarios que rodean al hoy primer secretario se entronice en las máximas instancias. Los principales acompañantes de Raúl Castro en la jefatura del PCC -José Ramón Machado Ventura, Ramiro Valdés, Abelardo Colomé Ibarra y Julio Casa, entre ellos- tienen edades que van de los 71 a los 80 años. Son seis los generales en el Buró Político -cuerpo de 15 miembros que dirige el partido, y que el Comité Central es una asamblea de 130 personas-, todos ellos muy cercanos a Raúl, el sempiterno jefe de las Fuerzas Armadas.

Estados Unidos dio señales, en tiempos de Lula da Silva, de creer que Brasil podía jugar un rol en la transición cubana. Sin embargo, tanto la esclerosis en Cuba, donde nada se movía en el terreno político, como el enfriamiento de la relación de Brasilia con el gobierno de Obama hicieron perder fuerza a esta iniciativa. Hoy, bajo el gobierno de Dilma Rousseff, parecen haber tenido continuidad los contactos entre Brasil y Cuba, pero Washington observa en silencio. El asesor presidencial brasileño Marco Aurelio García visitó La Habana hace poco para dar seguimiento a una iniciativa de los tiempos de Lula, a quien también sirvió, consistente en un crédito de 300 millones de dólares para modernizar el puerto de Mariel, conocido en Estados Unidos como el punto de salida de más de cien mil personas que acabaron huyendo a costas norteamericanas y provocando una crisis en las relaciones entre ambos países en 1980. Brasil ayuda a financiar la construcción de una carretera y una vía ferroviaria para conectar a Mariel, que está a unas 50 millas de La Habana, con la capital.

Pero la visita aparentemente técnica tuvo un contenido político, pues García declaró recientemente, en respuesta a los anuncios de Raúl Castro, que se trata de “cambios complejos” y que Cuba “busca ampliar los espacios de iniciativa privada para aliviar el peso de un sistema muy concentrado en el Estado”. Por un lado, esta declaración indica cautela -mucha mayor de la que solían mostrar el propio García y otros voceros brasileños en el gobierno anterior- y, por el otro, confirma que el alcance de las reformas políticas es prácticamente nulo. De haber habido mayores señales de apertura política y renovación real, Brasil habría celebrado este proceso de una forma mucho más clara. La asepsia de la declaración de García, que estuvo hace poco en La Habana y presumiblemente tuvo ocasión de tomar contacto con el proceso interno que se vive en el Estado cubano, señala que poco se mueve o que en hay demasiada incertidumbre para afirmar nada definitivo.

Hasta donde se sabe, García no tuvo contacto con Raúl Castro, sólo con el canciller, y la comunicación de baja intensidad producida alrededor de la visita tuvo un carácter político de menor intensidad.

El reforzamiento de Machado Ventura, viejo combatiente de la Sierra Maestra y el más cercano colaborador de Raúl Castro desde que Fidel se retiró del poder, como número 2 de la estructura del Estado, sólo puede provocar escepticismo en Estados Unidos, donde el exilio viene señalando desde hace tiempo que el entorno militar de Raúl ha pasado a ser el gran poder en la isla. La prensa del exilio y de la Florida puso énfasis esta semana en que Abel Prieto, ministro de Cultura y de quien se dice con frecuencia que alienta un mayor cambio político, ha sido “el gran derrotado” del VI Congreso. Fue excluido de todos lo cargos oficiales sin ninguna explicación. Los únicos dos cuarentones del Buró carecen de todo peso político. Los militares de la primera hora monopolizan el poder, según el exilio. Marco Rubio, joven estrella de los republicanos con aspiraciones presidenciales, ha desechado toda posibilidad de que esta vieja guardia pueda iniciar cambios políticos: “Eso no va a ninguna parte”.

Con la relación entre Washington y La Habana congelada y Brasil evitando comprometerse abiertamente, queda España como posible interlocutor internacional de un proceso de cambio. Pero dos cosas conspiran contra ello: por un lado, la secuela de la crisis de los presos, ya que muchos de los activistas y periodistas liberados por La Habana en los últimos dos años, tras las traumáticas huelgas de hambre de dos de ellos acabaron en Madrid en medio de gran polémica, y la crisis española, que pilla al gobierno de Rodríguez Zapatero demasiado presionado por razones internas para dedicar atención y arriesgar capital político en el tema de Cuba.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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