¿Quiero vivir tan rápido?

Fecha: 10/04/2011
Fuente: Opinión
Autor: Sebastían de la Nuez

Hay preguntas que la gente debería hacerse más a menudo en medio de la vorágine de datos lanzada al espacio virtual. Los jóvenes, ¿pueden elaborar figuras retóricas luego de haber contemplado el Ávila durante un rato?

Entrevistando a mi amigo Fernando Yurman sobre su libro Fantasmas precursores (Debate, 2010), hablábamos ayer sobre la velocidad a la que corre la información contemporánea y su relación con las percepciones y la acumulación de cierto tipo de memoria.

Yurman se hacía una pregunta de tipo existencial: ¿quiero vivir tan rápido? ¿Cuál es la velocidad con la que uno mira un paisaje? Me pareció una pregunta preciosa.

No me imagino a uno de estos surfistas virtuales sentado ante el Ávila una tarde de abril dejándose llevar por las musarañas, con el Blackberry apagado y sin Apple iPad a mano, simplemente dejándose llevar por la cálida reverberación del sol en retirada, cuando le quita poco a poco el manto de luz al monte.

Hay cosas que no se pueden explicar echando mano de la Wikipedia y por eso, textualmente, elaboramos figuras retóricas que quizás estén fuera de tu software, de tu celular, de tu radar, de ti.

¿Cuál es la velocidad a la que uno lee un libro? Debe haber un límite a partir del cual en realidad no estás leyendo sino copiando en tu disco duro sin ninguna imagen que contextualice, endulce, amargue o precipite su contenido en una gaveta cerebral íntima.

Una historia bien contada continuamente estimula imágenes y te dispara la imaginación o los recuerdos. La buena lectura produce evocaciones.

No la lectura de autoayuda o la que se resuelve en pastillas de 140 caracteres: “Bajando a la playa”, pone un nerd en Twitter. Lo pone en gerundio porque de esa manera expresa el acontecimiento en pleno desarrollo, la noticia tipo flash.

“Asistiendo a una charla del gurú de la blogosfera en Venezuela”, otro. Y a lo mejor ni se entera de lo que está diciendo el bendito gurú.

Igual cuando ejerce el turismo: va a Toledo o a Florencia pero no permite que la experiencia lo invada. No le dicen nada las piedras de un puente o el paseo acordonado de pinos. ¿Acaso es algo que no haya visto antes en televisión? Lo importante es, entonces, disparar una y otra vez la Nikkon. Hasta el hartazgo.

Emociones Encapsuladas

Yurman, que como buen argentino inteligente es psicoanalista, se sentaba a escuchar hace treinta o cuarenta años a sus pacientes que le contaban su vida en forma de película o novela.

Actualmente los jóvenes la cuentan como videoclips. “Su misma experiencia es corta y fragmentada”, me dice. Pero alguien le ha comentado que la gente mayor usa Twitter.

De hecho, ahí están los casos de los muy leídos Simón Alberto Consalvi y Elías Pino Iturrieta. A Yurman esto no le sorprende, pues ellos, siendo gente mayor con el antiguo sistema de procesamiento reflexivo, tienen qué decir. Los más jóvenes no corren con esa suerte.

Leer un libro es un fastidio. Ver una película en blanco y negro, otro fastidio. Pero muchos jóvenes olvidan (naturalmente, no todos), o no saben, que la memoria no existe como archivo.

No es un disco duro. Existen diferentes memorias (mítica, histórica, personal, emotiva), todas muy ricas, todas un poco mentirosas; a fin de cuentas conforman todas un baúl de posibilidades para la sensibilidad y el intelecto.

Lo otro es lo que dice Nicholas Carr, autor de ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, en cuanto a la obsesión de la gente que quiere convertirse en celebridad mediática.

¿Es posible que, como promete Facebook, uno pueda tener un millón de amigos? ¿Qué clase de amistad se tiene con el amigo número 999 mil 999?

La gente siempre se ha preocupado por la mirada del otro, pero cuando te propones convertirte en una creación mediática, piensas más como actor que interpreta un papel frente a una audiencia.

Tiene razón Carr cuando dice que lo que construimos a través de nuestra persona pública es un personaje. Y se pregunta si estamos perdiendo por ello riqueza emocional e intelectual. No lo sabe.

Por mi parte, sé que Facebook y Twitter sirven para promover y promocionar cosas. Para recibir información puntual. Para enterarse de algo sobre la marcha. No sé, como Carr, qué quitan a cambio, pero me temo que algo están robando.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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