El dominó árabe, tres meses después

Fecha:28/03/11
Fuente: Carta desde Washington
Autor: Alvaro Vargas Llosa

No hay duda de que el proceso de reforma iniciado con la convulsión provocada en Túnez tiene para largo. Las fuerzas desatadas por una combinación de ambiciones reprimidas, odios incubados, globalización contagiosa y comunicaciones modernas ya no pueden ser revertidas.

Tres meses después de iniciada la convulsión en el mundo árabe, el efecto dominó abarca cada vez más países y despierta cada vez más incertidumbre sobre un escenario que lo mismo puede conducir a la democratización de toda la región que a una era de inestabilidad permanente, precios incontenibles del petróleo y tensiones entre los aliados occidentales, cuyas situaciones fiscales no permiten precisamente excesivas aventuras externas.

Lo que acontece en Libia da una medida de la complejidad de la situación. Algo que parecía un simple paseo militar hace una semana -se pensaba que una zona de exclusión aérea impuesta por Occidente precipitaría el vuelco militar a favor de las fuerzas rebeldes levantadas contra Gaddafi- ha tomado un cariz doblemente complicado. Por un lado, el dictador libio sigue resistiendo; por el otro, los aliados han mostrado una falta de coordinación política altamente embarazosa y soportan, especialmente en el caso de Barack Obama, una resaca interna.

A pesar de la destrucción de parte de la flota aérea, la infraestructura de telecomunicaciones militar y varios depósitos de armas, Gaddafi sigue en pie y contragolpeando. Tiene en jaque a Misrata, cerca de Trípoli, el único lugar importante que los rebeldes tenían más o menos controlado en la parte occidental del país, y está en poder Ajdabiya, en la mitad oriental, cerca de Bengasi, el bastión opositor. Aunque sus tanques T-72 han tenido que desacelerar su avance sobre ciertas zonas, allí están todavía, activos. Y siguen entrando extranjeros para unirse a las milicias oficialistas, especialmente desde el Chad. Los rebeldes dan muestras de una incompetencia militar propia de su falta de entrenamiento y equipamiento.

En cuanto a las potencias aliadas, aunque parece que finalmente la OTAN pasará a asumir el mando tanto de la zona de exclusión aérea como del embargo de armas, la subsistencia de una estructura política paralela con el argumento de que es indispensable para dar cabida a países que -como Qatar y Emiratos Arabes Unidos- no pertenecen a la Alianza Atlántica proyecta mucha descoordinación. Tampoco queda claro el rol de Estados Unidos, pues Obama, a quien el Congreso dominado por los republicanos critica implacablemente por no haberle consultado la participación militar norteamericana, ha anunciado que su país se retirará del patrullaje aéreo. Sin embargo, no ha aclarado si seguirá llevando el peso de los ataques contra fuerzas terrestres de Gaddafi, algo que, por lo demás, no está en la misión original autorizada por la ONU, pero que a la luz de la debilidad de la resistencia interna se ha hecho inevitable.

Si Obama no logra darle la vuelta a este “impasse” político interno y se ve obligado a acabar, además, con los ataques a fuerzas terrestres de Gaddafi, es improbable que la OTAN reemplace a Estados Unidos, pues la Alianza Atlántica, donde hay resistencias alemanas, ambigüedades turcas y contradicciones italianas, ha dejado en claro que se ceñirá a la misión expresamente autorizada por la ONU. En ese caso, acabar con Gaddafi, a pesar de que ha sido duramente golpeado ya por casi 200 misiles lanzados en una semana desde el aire y el mar, tomará más tiempo. Si se tiene en cuenta que cada misil cuesta un millón de dólares y que los Tomahawk representan una minúscula porción del costo total del involucramiento castrense en Libia, se tiene una idea del efecto multiplicador para el erario de países con problemas fiscales que supondrá una prolongada guerra.

En cualquier caso, el respaldo aliado a los rebeldes parece haber reforzado a los grupos árabes enemistados con las distintas dictaduras de la región. Tanto en Siria como en Yemen, dos países claves por razones muy diferentes, se ha visto un efecto inmediato. En Yemen, ya había un levantamiento popular, pero ahora el propio Ejército, a través de varias unidades escindidas del mando central, le ha dado la espalda a Alí Saleh. También se le ha dado la principal tribu del país, Babkil, cuyo jeque máximo ha pedido que Saleh abandone el poder. El escenario podría precipitar una guerra civil, pues la Guardia Republicana, que controla Ahmed, hijo del dictador, parece leal al gobierno, mientras que parte del Ejército regular pide el fin del régimen, aunque es más probable que éste se desmorone si continúa la seguidilla de deserciones importantes.

La Coalición Cívica para una Revolución Pacífica, que agrupa a los civiles, parece dispuesta a hincar una transición a la democracia que empiece por la redacción de una nueva Constitución de corte más o menos democrático. Sin embargo, no hay que olvidar que Yemen es uno de los centros de operaciones de Al Qaeda a la que el régimen ha combatido con respaldo firme de Washington y las capitales europeas. Sostener a Saleh es, además de impopular, inviable en este nuevo escenario árabe y peligroso, porque alimentaría a los fundamentalistas. Cargárselo abiertamente desde el extranjero, se piensa en Washington, podría facilitar las cosas a Al Qaeda también por su implantación relativamente significativa. Por tanto, hasta ahora la política que se ha adoptado en Estados Unidos es mirar de reojo y hacer referencias de paso a la necesidad de democratizar el país.

Sin embargo, esto podría cambiar pronto, pues el dictador, acorralado por las defecciones militares, ha dado señales de que estaría dispuesto a dejar el poder en 2012 (originalmente había aceptado no presentarse a las elecciones de 2013). A todas luces, la Coalición Cívica está controlada por sectores moderados y el grueso de las fuerzas rebeldes es ajena al fundamentalismo, de manera que los países occidentales, interesados al mismo tiempo en que la zona transite a la democracia y se mantengan las alianzas con Occidente, tendrán que alinearse tarde o temprano.

Más importante, a la larga, es lo que ocurre en Siria, que aparentemente también ha sido precipitado por el ataque aliado contra Gaddafi. Había, desde hace semanas, algunos síntomas de rebeldía en ese país, gran aliado de Irán en el mundo árabe, y de Hezbollah, la milicia chiita que controla en buena parte del gobierno libanés, así como Hamas, la milicia antiisraelí que es fuerte en Gaza. Pero hasta ahora estos síntomas no habían cobrado un mayor desarrollo. Sin embargo, en los últimos días, décadas de resentimientos contra la minoría alauí que controla el Estado y contra la familia Asad, en particular, han salido a flote y cristalizado, especialmente en el suroeste, en la región de Hauran, cerca de la frontera con Jordania, en un movimiento de protesta de mayor envergadura y dureza. La muerte de decenas de manifestantes por obra del régimen en Deraa esta semana ha dado al mundo aviso de que podríamos estar ante una repetición del efecto “bola de nieve” visto en Egipto y otras partes. A pesar del bloqueo de las comunicaciones y del arresto de decenas de opositores, activistas y periodistas, la resistencia continúa y las mezquitas parecen haberse convertido en centros de solidaridad con los manifestantes del sur.

Bachar el Asad gobierna desde hace una década y pico tras haber sucedido a su padre, el artífice del régimen dictatorial del partido nacionalista secular Baaz. Al inicio, pareció interesado en iniciar un proceso de reformas, pero a los pocos meses dio marcha atrás, porque temió abrir una caja de Pandora y desencadenar fuerzas que dieran al traste con él mismo. Desde entonces, reforzó su alianza con Irán -los alauíes a los que pertenece la elite siria son una rama del chiismo- y con las milicias terroristas de Líbano y Gaza, en claro desafío a Occidente. Combinó eso con un muy tímido proceso de reformas económicas para recibir capital extranjero, siempre en beneficio de su familia y empresarios vinculados a ella.

Seguía latente, mientras esto ocurría, el profundo resentimiento de los sunitas, que constituyen más del 80 por ciento del país, contra el gobierno de Damasco. No se olvida en esa comunidad que hace dos décadas, con ocasión del surgimiento de un movimiento contrario a Asad padre, el entonces dictador hizo masacrar en Hama a entre 10 mil y 20 mil sunitas. Si se tienen en cuenta estos antecedentes, se entiende con facilidad que la ola antiautoritaria que sacude el Medio Oriente y el norte de Africa haya dado a los críticos de Asad hijo ánimos para rebelarse. El respaldo militar occidental a los rebeldes de Libia parece haberlos envalentonado aun más, a juzgar por el hecho de que el viernes pasado fue convocada una protesta bajo el nombre de “Día de la Dignidad” en todas las mezquitas del país. Asad ha reaccionado con una mezcla de represión -como se vio en Deraa-, ejecutada por los agentes de inteligencia conocidos como “mujabarat”, y de zanahorias, especialmente las promesas de Buthaina Shaaban, consejera presidencial y cara amable de la dictadura, que abarcan desde el posible levantamiento del estado de excepción vigente desde hace décadas, hasta ayudas económicas. Esto último parece de muy dudosa eficacia en un país al que se le ha acabado casi todo el petróleo, y en el que poco menos de la mitad de la población tiene menos de 20 años y carece de perspectivas de trabajo.

Para Occidente, la posibilidad de que Siria vea una transición democrática es casi un sueño hecho realidad. No sólo sería el fin del principal soporte de Hezbollah en el Líbano (por la frontera entre ambos países transitan las armas que Irán y la propia Siria hacen llegar a la milicia chiita), sino que Teherán se quedaría sin su gran aliado. Sin embargo, también en este caso se tiene en cuenta, desde Washington y Europa, el riesgo de que los fanáticos secuestren al movimiento democratizador. Después de todo, los Hermanos Musulmanes nunca han dejado de ser un factor en Siria y no se olvida que el pretexto de la matanza contra los sunitas en Hama hace un par de décadas fue justamente el combate contra esta vieja agrupación teocrática árabe.

Otro lugar donde Estados Unidos y Europa siguen los acontecimientos con una mezcla de preocupación y esperanza es Bahrein. Las manifestaciones contra el gobierno continúan sin cesar en este pequeño país y ni siquiera el respaldo militar otorgado por Arabia Saudí ha podido sofocar la revuelta. Bahrein es clave para Estados Unidos, porque allí tiene estacionada una importante flota que constituye una base para la zona y que patrulla un corredor fundamental para la navegación comercial, especialmente el transporte de petróleo. Los mensajes de apoyo a la democratización, por ello, han sido de baja intensidad y, por lo bajo, se ha intentado presionar al gobierno para que no reprima las manifestaciones y provoque con ello una resaca peligrosa. Dicho esto, no parece probable que Estados Unidos estuviera desinformado respecto del respaldo militar enviado por Arabia Saudí para sostener al gobierno hace unos días.

Y hablando de Arabia Saudí, hasta ahora es la mayor incógnita del mundo árabe. Los atisbos de rebelión han sido, por el momento, sofocados con una mezcla de brutal represión y sobornos económicos masivos por la monarquía de los Saud. Sin embargo, las provincias con población chiita, una muy descontenta minoría del país, están inquietas y albergan un antiguo rencor contra las autoridades. Si la chispa encendiera la pradera en Arabia Saudí, que representa el símbolo de la dictadura árabe bañada en petróleo y cuya ortodoxia religiosa ha sido inflexible, las consecuencias podrían ser en el corto plazo muy significativas para el petróleo, de por sí disparado en los mercados internacionales ante la incertidumbre reinante.

Hechas todas estas sumas y restas, y las infinitas matizaciones que la situación de cada país árabe exige, no hay duda de que el proceso de reforma iniciado con la convulsión provocada en Túnez por una protesta originalmente tímida hace tres meses tiene para largo. Las fuerzas desatadas por una combinación de ambiciones reprimidas, odios incubados, globalización contagiosa y comunicaciones modernas ya no pueden ser revertidas. La calle árabe reclama una revisión a fondo de los supuestos autocráticos sobre los que ha reposado no sólo el ejercicio del poder en esa zona del mundo, sino también la relación de los países occidentales con ella por razones fundamentalmente energéticas. Y se ha abierto con ello la posibilidad de una democratización que nadie creía posible hace pocos meses. El solo hecho de que, desoyendo la convocatoria antioccidental para “resistir contra el invasor” lanzada por Gaddafi, la Liga Arabe y la Unión Africana hayan apoyado la zona de exclusión aérea en Libia indica hasta qué punto los regímenes del Medio Oriente y el Magreb están debilitados ante la ola democratizadora impulsada por capas importantes de la población.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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