¿El final o el comienzo?

Fuente: Blog de Ascanio Cavallo
Fecha:28/03/11

Un sacerdote fue repetidamente denunciado por abusos contra menores y jóvenes a lo largo de más de 30 años. Los superiores desestimaron las acusaciones, también por años. De pronto, una denuncia pública desató el escándalo. El arzobispado llamó a la prudencia. A pesar de su tardanza, la justicia estableció los abusos. El cardenal arzobispo tuvo que renunciar. Sacerdotes y religiosas quedaron bajo la sospecha pública. Casi nueve años después, las redes de acusadores llegaron a denunciar a otros 117 curas.

No es Santiago. Es Boston.

De la larga secuencia de desastres que ha vivido la arquidiócesis estadounidense, que la sumieron en el descrédito y la llevaron hasta la cuasi-quiebra por las compensaciones monetarias a las víctimas, la de Santiago parece estar viviendo sólo la primera. Los síntomas son evidentes incluso para quien no quiera oírlos: en el retiro de cuaresma en Punta de Tralca, a comienzos de marzo, varios sacerdotes relataron dolorosos episodios de rechazo o desconfianza por parte de familias y adultos que han sido sus feligreses. Niños alejados de las parroquias, jóvenes advertidos sobre sus colegios, muchachos retirados de movimientos católicos. Y colegios, parroquias e instituciones católicas reaccionando con temor. Igual que en Boston.

Las familias desconfían de los sacerdotes. Los sacerdotes desconfían de los obispos. La Iglesia de Santiago está quebrada. Si el arzobispo Ricardo Ezzati pensaba que asumir la conducción de la capital sería una tarea difícil, ahora se ha vuelto simplemente tremenda. La gestión de su antecesor, el cardenal Francisco Javier Errázuriz, ya criticada por la caída en picada del prestigio de la Iglesia especialmente en Santiago, ha recibido un castigo inclemente con las acusaciones de encubrimiento formuladas en estos días.

No es todo. Lo que se imputa a Errázuriz empieza a extenderse a sus obispos auxiliares en Santiago y a los cinco obispos que se formaron bajo la dirección espiritual de Karadima, todos los cuales supieron, por distintas personas y en distintos tiempos -es decir, sin coordinación posible- lo que ocurría en la parroquia El Bosque. El hecho de que algunos de estos prelados digan que hicieron “algo” (con la excepción notoria del obispo Andrés Arteaga, que en ningún momento ha ocultado su lealtad a Karadima, infatuada hasta la hora nona) expresa bien la espesura de la situación. En todos los abusos -contra los derechos humanos, la vida, la integridad- el primer derecho a calificar el “algo” que hicieron los que guardaron silencio lo tienen las víctimas. Y después la justicia.

¿Qué hicieron mal estas personas, o la parte de la Iglesia que ellas representan? El derecho dirá si hay algo punible en sus conductas. Antes de eso, tres cosas parecen esenciales.

La primera, es que no atendieron a la evidencia de que en los tiempos que corren cada vez es más difícil esconder los cadáveres en el armario. Miles de ojos vigilan a cada autoridad -y más a las autoridades morales- y le exigen consecuencia. Una Iglesia que ha hablado tanto de sexo tendría que saberse muy impoluta para concentrarse casi únicamente en su función represiva, aunque ella pueda serle consustancial.

Segunda: las víctimas merecen más atención que los victimarios, incluso aunque ambos sean sólo presuntos. La Iglesia les enseñó esto a los chilenos en los años 70 y 80, e inexplicablemente lo olvidó desde los 90 en adelante. Las víctimas tienen más derechos que nunca antes en la historia, como ya se sabe desde la parroquia El Bosque hasta Libia, y disponen de los medios para hacerlos valer. Sin conciencia de esto, es fácil confundir la prudencia con la desidia. Lo que no hubo en la jerarquía de la Iglesia de Santiago fue justamente tal conciencia. Cuando el médico James Hamilton acusa al cardenal Errázuriz de “criminal”, le imputa este crimen contemporáneo -que no existió en otras épocas-, el de anteponer al victimario sobre las víctimas, puesto que no actúa con la celeridad y la profundidad que éstas requieren.

La tercera cosa esencial es que estos jerarcas eludieron lo que venía ocurriendo en otras latitudes desde los 90, en Boston, Australia, Alemania, Irlanda. Como no podrían ignorarlo, la única explicación que queda es el miedo. Pero no un miedo abstracto y cualquiera, sino uno concreto, el que se necesita para mantenerse paralizado. En El Bosque ha sido un miedo social y político, a los benefactores de los cuales Hamilton identificó a uno, aunque faltan varios, y a los que más faltan, aunque aparecerán pronto, los políticos. Este miedo fue el centro del poder de Karadima. Sin él no habría habido ni abusos, ni delitos, ni encubrimiento ni silencio.

Los que creen que la condena a Karadima ha cerrado un episodio trágico de la Iglesia chilena se pueden equivocar gravemente, como ya lo hicieron yendo a la zaga en todos los jalones del caso. La experiencia de Boston e Irlanda sugiere que esto recién comienza. Pero parece que sólo el Vaticano lo tiene claro, dada su insistencia en aislar a Karadima en forma total y en alentar a la justicia local (tan temerosa como los obispos, aunque ese es otro tema) a que tome sus propias medidas.

* El Moderador recomienda sus artículos previos.

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Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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