¿Obama de Arabia?

Fecha: 11/03/11
Fuente: Project Syndicate
Autor:Christopher Hill

DENVER — Desde 1989 no había visto el mundo semejante vendaval tan arrasador en pro de la libertad y la democracia, cuyas ardientes pasiones están barriendo una región vasta y antigua y con una necesidad urgentísima de reforma. Desde el Magreb hasta la península Arábiga, pasando por el Levante, la historia árabe está en movimiento. Una nueva generación de dirigentes parece a punto de tomar el poder.

Momentos así son particularmente difíciles para las autoridades extranjeras, que no deben quitar ojo del mundo tal como es, pero tampoco de como podría ser en el futuro. Al intentar hacer eso precisamente, el Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, ha sido objeto de arengas sobre la necesidad de “colocarse en el bando correcto de la Historia” o, por citar a Bob Dylan, “apartarse del nuevo [camino], si no se puede echar una mano”.

Estos tiempos son, en efecto, delicados y cambiantes para los Estados Unidos, en particular en un momento en el que los americanos esperan que su Presidente sea el encargado por antonomasia de expresar sus emociones. Del modo como Obama administre las peticiones de la izquierda y de la derecha para que actúe podría muy bien depender el clima en el que el proceso, que es propiedad de los árabes y está gestionado por ellos, se desarrolle al final.

Mientras avanza por entre una crisis tras otra en el mundo árabe, el gobierno de Obama haría bien en seguir algunas orientaciones que no cambian con cada ciclo de noticias.

En primer lugar, una cosa es permanecer en el bando correcto de la Historia y otra muy distinta es la de que los EE.UU. estén inspirando, si no dirigiendo, las rebeliones árabes. A veces resulta difícil eludir esa impresión: en gran parte de la región, se ven los medios de comunicación de los EE.UU. como un brazo de unos Estados Unidos supuestamente omnipotentes. Por eso, cuando las crónicas de los corresponsales de los EE.UU. rayan en la animación (cosa que ocurre con bastante frecuencia), se da rienda suelta a la impresión de que este país está dirigiendo los acontecimientos.

Así, pues, constituye una prueba de prudencia que Obama no esté dirigiendo el tráfico en la crise du jour. Hay momentos en los que es mejor que un Presidente de los EE.UU. permanezca al margen, aunque pueda parecer ausente y no comprometido. Éste es uno de esos momentos.

En segundo lugar, los americanos se enorgullecen con frecuencia de adoptar una actitud transaccional para con el mundo, pero lo que está sucediendo en el mundo árabe no es una serie de transacciones; es un cambio cultural tectónico de actitudes generacionales, relaciones entre los sexos y tensiones urbano-rurales. La de la democracia frente a la dictadura es, desde luego, una de las líneas de falla, pero también lo es, como sabemos por lo que ocurre en Baréin y Arabia Saudí, la divisoria entre chiíes y suníes, que se ha prolongado durante 1.300 años. Las políticas concebidas para una no son necesariamente las apropiadas para la otra.

Es esencial un análisis minucioso de lo que está ocurriendo en el terreno, pero puede resultar difícil en una cámara de resonancia de iconos culturales mundializados. Mientras que a muchos americanos les gustaría creer que se han trazado las líneas divisorias entre quienes están en Tweeter y quienes no, quienes están en Facebook y quienes no, es más probable que otras identidades expliquen lo que esta sucediendo.

Naturalmente, a nadie le gusta referirse al “tribalismo” o a un conflicto entre “clanes”, pero esos elementos de identidad desempeñan con frecuencia un papel decisivo en la disposición de la gente a salir a la calle. En realidad, el aura de incorrección política que rodea esos términos refleja la falta de un principio organizativo similar en las sociedades contemporáneas mundializadas, pero ésa no es una razón para excluir semejantes categorías de análisis en los casos en que sean aplicables.

En tercer lugar, existe al menos una motivación en las rebeliones árabes que es omnipresente también en la política occidental: el deseo de olvidar los hechos, los riesgos y el futuro y simplemente expulsar a los bribones. Vemos reflejado ese sentimiento en el lema que ha llegado a ser omnipresente en la región: “El pueblo quiere derribar el régimen”.

En efecto, algunos de esos bribones están, por decirlo suavemente, totalmente caducos. En algunos casos, sus compinches y ellos han robado gran parte de la riqueza nacional. ¿Quién puede decir que deba tenerse menos en cuenta esa motivación que la de quienes luchan por la democracia? Hay mucho que respetar en la actitud de “expulsar a los bribones”. Lamentablemente, no siempre propicia una mayor democracia.

Por último, el gobierno de Obama debe tener presente que en algunos países el orden antiguo será substituido rápidamente. Sin embargo, con el tiempo los cambios podrían equivaler a menos de lo esperado y podría crear, en realidad, una situación peor que el status quo ante (pensemos en las revoluciones francesa, bolchevique e iraní). Naturalmente, en otros países el resultado podría ser mucho más prometedor (la Revolución americana, la Europa oriental en 1989).

Algunos procesos históricos, por rápidamente que se desencadenen acabarán fallando. Un dictador que no ha demostrado preocupación por su pueblo puede dar muestras de mucho talento, en realidad, para aferrarse al poder. En esas circunstancias, habrá inevitablemente peticiones a Occidente –es decir, a los EE.UU. – para que derribe al tirano militarmente.

A la hora de abordar esas decisiones, los encargados de la adopción de decisiones deben respirar profundamente y preguntarse en primer lugar cómo se impuso el tirano. Cuando las fuerzas encabezadas por los EE.UU. derrocaron a Sadam Husein en 2003, hubo demasiado pocos intentos de entender cómo pudo un tirano campesino tomar el poder y conservarlo durante tanto tiempo. ¿Cómo es que manipuló las relaciones entre suníes y chiíes o gestionó las complejidades del sistema tribal del Iraq tan bien?

Naturalmente, el terror fue la base de la actitud de Sadam, pero también lo fue una comprensión de la política interior y de los procesos sociales. Los EE.UU., que ya se encuentran en el noveno año de una intervención que les ha costado más de un billón de dólares y la pérdida de miles de vidas americanas e iraquíes, habrían hecho bien en entender esos procesos con igual minuciosidad.

No cabe duda de que los EE.UU. deben aplicar esas enseñanzas al reaccionar ante el surgimiento de un nuevo –pero no necesariamente recién democratizado– mundo árabe.

El Autor, Christopher R. Hill, ex Secretario de Estado Adjunto de los Estados Unidos para el Asia Oriental, fue embajador de los EE.UU. en el Iraq, Corea del Sur, Macedonia y Polonia, enviado especial de los EE.UU. para Kosovo, negociador de los acuerdos de paz de Dayton y jefe de la delegación de los EE.UU. para las negociaciones con Corea del Norte en el período 2005-2009. Ahora es decano de la Escuela Korbel de Estudios Internacionales de la Universidad de Denver.

Copyright: Project Syndicate, 2011.

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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