El plante España-Italia tendrá como precio la soberanía

Fecha:01/07/2012
Autor:Enric Juliana

El fracaso en Bruselas significaba un peligroso final del Gobierno Monti | Andalucía, Bankia…, Rajoy ha conseguido en Bruselas romper un trimestre fatídico | El proceso se invierte: para salvar el euro las naciones deben dar poder al ‘imperio’

El magnífico episodio de la batalla de Waterloo en La Cartuja de Parma, la segunda gran novela de Stendhal, nos servía la semana pasada para describir una sensación cada vez más común ante la vertiginosa espiral de la crisis: nos reconocemos todos en el interior de un gran fregado y por mucho que leamos a los especialistas, nos cuesta entender el sentido y el alcance de los movimientos que se suceden a nuestro alrededor. Carecemos de comunicación directa con el estado mayor y sospechamos que este tampoco tiene una visión concluyente de los acontecimientos. Caos digitalizado. Todos somos Fabrizio del Dongo, el joven italiano que participó en la batalla de Waterloo sin saber de qué iba Waterloo. Esta semana es más luminosa. Las novedades del viernes en Bruselas han dado cierto sentido a la gran confusión reinante desde las dramáticas elecciones griegas, de las que ya ni nos acordamos porque la memoria mediática es la de un reptil. Italia y España se han plantado ante Alemania, forzando la adopción de tres medidas que, en principio, les alejan del peor de los calvarios. España e Italia han estrechado una alianza de última hora -inédita en el tablero europeo- para evitar una humillación de graves consecuencias en su política interior. Ambos países han descubierto que, juntos, pesan en Europa. Una mayor degradación de la deuda pública, abocaba al Gobierno de Mario Monti a un amargo fracaso -algunas versiones sostienen que el primer ministro italiano llegó a amenazar con la dimisión en la cumbre de Bruselas- y a la convocatoria de elecciones anticipadas en otoño. El momento en Italia es terriblemente delicado, pese a la elegante y eficaz escenografía desplegada por Monti y sus ministros tecnócratas. El sistema político se halla en fase de desintegración: el centro derecha debe rehacerse tras la debacle berlusconiana; el centro izquierda (Partido Democrático) encabeza las encuestas pero le falta coherencia y pulmón; el comediante Beppe Grillo, fundador de un movimiento antipolítico llamado Cinque Stelle, roza el 20% en algunos sondeos; Berlusconi -muy interesado por el fenómeno Grillo- ha salido del mausoleo enarbolando la bandera del retorno a la lira; la Liga Norte, siempre bien comunicada con el Estado Libre de Baviera, se ha hundido tras desvelarse unos grotescos casos de corrupción (en Italia, determinadas informaciones siempre llegan en el momento oportuno), y el Vaticano no se halla en su mejor momento para triangular alianzas en el interior de esa tormenta barroca en la que sólo se tiene en pie la venerable figura del presidente de la República, Giorgio Napolitano. El Bundesnachrichtendienst (1), el servicio federal de inteligencia alemán, bajo el control directo de la oficina del canciller, habrá informado detalladamente a Angela Merkel de los potenciales riesgos de una Italia descontrolada políticamente. Si a ello le añadimos los pertinentes informes sobre los costes reales una posible desintegración del euro, se explica la cara de disgusto de la dirigente alemana el viernes por la mañana en Bruselas. Tensó la cuerda y tuvo que ceder al verse, ella también, al borde del abismo. Italia es una caja cerrada para los europeos del norte. Contiene demasiados misterios en su interior y su gran potencial exportador nunca ha dejado de alimentar el partido de la lira, al que Silvio Berlusconi, compulsivo lector de sondeos, siempre ha prestado gran atención. La derrota del establishment milanés que ha apostado a fondo por Monti -con el Corriere della Sera al frente- tendría serias consecuencias. La ruptura del nudo mitteleuropeo italiano (Europa Central)  podría dejar ese país en manos de sus fuerzas oscuras. Estados Unidos, que pactó con la mafia el desembarco de 1943 en Sicilia, sabe lo que eso significa. Monti también tiene grandes apoyos en Washington. Alemania no podía lanzarle por el despeñadero. “El cráter se ha hecho más grande e Italia vuelve a estar cerca del abismo”. Esta frase, pronunciada por el primer ministro italiano hace veinte días, poco antes de las dramáticas elecciones en Grecia, ofrece una clave de lo ocurrido en Bruselas. ¿Qué agrandó el cráter? Los problemas de capitalización de la banca española. Bankia. La sospecha generalizada -y aún no disipada- de que la problemática española es mucho mayor que lo admitido por los dos gobiernos que se han sucedido en el poder en los últimos siete meses. Una sospecha vivísima en determinados círculos de la City de Londres. Los dos periodistas españoles invitados poco antes de las elecciones griegas a un breefing con la canciller Merkel pudieron comprobar cuál era el estado de ánimo en Berlín después de Bankia. “¡Por fin los españoles comienzan a reconocer la verdad de su situación!”. A diferencia de Italia, en España no hay problemas de estabilidad parlamentaria. El Gobierno tiene una mayoría absoluta de 186 parlamentarios y casi cuatro años por delante. Esa es la baza principal de Mariano Rajoy. Y esa fue la causa del primero de sus errores: colocar Andalucía en el centro de gravedad de su primer trimestre. Andalucía versus Alemania. ¡En Berlín no entendieron nada! El PP quería ampliar su capital político y convertirse en el inapelable Partido Alfa de la democracia española. Rajoy no padece la precariedad de Monti, pero una intervención formal de la economía podría someterle a una fortísima erosión. España no es tan misteriosa como Italia, pero en la olla exprés de Madrid siempre hay una docena de maquinaciones en marcha. Un Rajoy fuertemente debilitado podría verse atrapado entre la política de unidad nacional del PSOE y la desconfianza de su ala derecha. En Bruselas, Monti se jugaba la supervivencia; Rajoy, la perspectiva. La alianza entre ambos era inevitable. Una fuente italiana conocedora de la negociación lo resume así: “Monti creyó en un principio que podía salir adelante prescindiendo de España, con sus vías de comunicación preferentes con Bruselas, Berlín y Washington. Rajoy quizá también pensaba lo mismo. Rajoy no es un insider de la estructura europea, pero tiene capital político y afinidad ideológica con los conservadores alemanes. A medida que las cosas se iban complicando, ambos llegaron a la conclusión de que tenían que aparcar los recelos y, al menos esta vez, actuar juntos”. Monti y Rajoy mantuvieron tres conversaciones en las 48 horas previas a la cumbre de Bruselas. Queda ahora pendiente la letra pequeña. De las tres medida acordadas en Bruselas, la más tangible es la anulación de la condición preferente que se había atribuido a los acreedores del préstamo para la recapitalización de la banca, con el consiguiente castigo a los inversores en deuda pública española. Teóricamente se ha cortado el hilo rojo que comunicaba el temporizador del préstamo con la carga explosiva de la prima de riesgo. Las otras dos medidas piden más tiempo. La recapitalización del sistema bancario sin cómputo en la deuda del Estado depende de la rapidez con la que el Banco Central Europeo asuma competencias de supervisión y control sobre todo el sistema bancario de la Unión. Palabras mayores. Supervisión y control desde Frankfurt de todo el sistema bancario europeo (excluyendo a Gran Bretaña, por supuesto). Una monumental cesión de soberanía que Londres observa con pavor. La tercera medida, la compra de deuda por parte de los dos fondos de rescate europeos, deberá ser regulada por unos memorandos. No habrá hombres de negro visitando los ministerios de Madrid y Roma, pero sí cláusulas de control, que Alemania y sus aliados intentarán endurecer todo lo que puedan para resarcirse del golpe escénico de Bruselas. Dentro de un año hay elecciones en Alemania. Los movimientos de esta semana hacen un poco menos confusos el Waterloo de Stendhal. Y esa mayor claridad escénica nos conduce a un acontecimiento histórico anterior y no menos trascendente que la batalla que determinó el fin de Napoleón. Westfalia, 1648. La sucesión de tratados que dieron nombre a la Paz de Westfalia liquidaron lentamente el viejo espacio imperial europeo con rótula en Roma: el mosaico germánico del Sacro Imperio, el Papa y el endeudado Imperio español, tan poderoso en Ultramar. Westfalia abre las puertas de la nueva soberanía nacional, encarnada por la Francia del cardenal Mazarino. Nace la Europa de los estados nacionales, después exacerbada por la Revolución Francesa. (También allí se inicia el declive que España jamás ha conseguido sacarse de la cabeza). Quizá volvemos a estar en Westfalia sin saber que estamos en una nueva Westfalia. Las aspas de la soberanía nacional han comenzado a girar al revés. Para sostener el euro hay que ceder competencias al centro imperial. Westfalia II. Españoles e italianos no van a tener más remedio que aceptarlo. La gran cuestión es Francia, quintaesencia del estado nacional. El fantasma del cardenal Mazarino no tardará en mover muebles de sitio en el Elíseo. (Y Westfalia fue un proceso que duró más de treinta años).

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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