Fecha:23 de Junio 2012
Autor: Ascanio Cavallo
La Concertación vive una situación inédita, ya que por primera vez en dos décadas carece de líderes dirimentes. Ahora sólo cuenta con una candidata ausente, virtual y lacónica, a la que no se le puede pedir otra conducta.
Por primera vez en 20 años, la Concertación vive una situación que no conocía: la ausencia de líderes dirimentes. No hay quien mande, quien pueda ofrecer un horizonte, ni siquiera quien arbitre. En las pasadas dos décadas, siempre tuvo un líder presente y visible dispuesto para ganar elecciones y dirigir el buque. Ahora sólo tiene una candidata ausente, virtual y lacónica, situada en una posición en la que, además, no se le puede pedir otra conducta. Para equilibrar, hay que decir que esta es también una extensión de otra situación que no había vivido: su derrota electoral del 2010. Pero, para ser una extensión, ya cumple un tiempo más largo de lo que aconsejaría el instinto de supervivencia de cualquier coalición.
Por unos días pareció que la persona en la posición ideal para ejercer de orientador sería el senador socialista Camilo Escalona, investido con los atributos exactos: cercanía con la ex Presidenta Michelle Bachelet, socio privilegiado de la DC, recién asumido como presidente del Senado, político de Estado con el reconocimiento incluso de la derecha, en fin. Pero fue sólo por unos días. Quien dinamitó esa posición, como se sabe, fue la dirigencia del PPD, pero también la del PRSD y, más de atrás, las de las izquierdas externas a la Concertación.
El motivo fue el esfuerzo de Escalona por convertirse en interlocutor con el gobierno, una decisión que el PPD condicionó al establecimiento de una agenda que privilegiara las reformas políticas. Desde el punto de vista táctico, ambas posiciones son razonables. Para Escalona, la intransigencia frente al gobierno sólo terminaría por perjudicar a la oposición. Para el PPD, un diálogo sin condiciones terminaría por ser una concesión a la agenda del gobierno. Con astucia, La Moneda optó por dar la razón al PPD con su rechazo a discutir la modificación al sistema binominal. La tarea de La Moneda siempre es favorecer todo lo que sea divisivo para la oposición. Y por eso, en una sola semana, Escalona perdió dos veces.
Pero quizás no perdió tanto. En alguno de esos malos momentos se llegó a suponer que la supervivencia de la Concertación se jugaría en la reunión de sus dirigentes programada para el lunes. La DC se aproximó a esa fecha exigiendo que sus integrantes sincerasen su estrategia, que era una forma de pedirle al PPD lo que éste no quería dar.
En el fin de semana previo ocurrió algo inesperado: la ex Presidenta Bachelet envió un mensaje a la DC con claros contenidos programáticos, como las reformas que, a su juicio, necesita el país. La interpretación dominante es que Bachelet constituyó un anuncio de que postulará a la reelección. Pero quizás no sea para tanto. Tal vez la ex presidenta sólo está probando cuánta agua hay en la alberca, cómo está la temperatura, qué resistencias puede encontrar.
El caso es que ese mensaje cambió todo, hasta el punto de que ya no es posible saber cómo habría sido el cónclave del lunes sin él. El PPD ganó con su punto de vista sobre la agenda del diálogo, pero Escalona recuperó su eminencia con la afirmación de Bachelet sobre la necesidad del diálogo. Tablas.
Con todo, el empate deja intacto el problema de quién ordena a la oposición. Hasta aquí, Bachelet ofrece un horizonte electoral -el de su popularidad-, aunque no da respuesta a la pregunta clásica de la política formulada por Lenin: ¿Qué hacer? Sus mensajes pueden ser anuncios o exploraciones, pero todavía no crean el orden, la norma interna de la Concertación, y no parece probable que lo hagan, porque fue en su gobierno que el Ejecutivo dejó de controlar la disciplina de sus partidos.
La situación actual de la Concertación se explica menos por la ausencia de liderazgos -cada uno de sus partidos tiene uno o más en competencia- que por un estado de anomia, en el sentido del Durkheim de El suicidio: un sentimiento de alienación tan intenso respecto de lo que ocurre en la sociedad, que puede conducir a conductas antisociales y, sobre todo, autodestructivas.
No hay cómo negar que en los meses pasados la Concertación ha mostrado tendencias suicidas, ya por defecto, ya por exceso. Anunciar que una reunión de sus líderes -como la del lunes- podría definir su permanencia o su final es una evidencia de ello. Tal vez sea también un indicio de que, más que líderes, necesita un nuevo conjunto de normas, o tal vez las dos cosas a la vez: líderes que definan normas, con las retribuciones y los castigos que ellas suponen.
¿Se puede lograr esto mirando a Nueva York(1)? Es posible que sí. De momento, sólo es seguro que la inevitable ambigüedad de Bachelet mantiene congeladas las dinámicas de la Concertación y que sus mensajes no alcanzan para contener la lucha de sus miembros por ganar posiciones para ese futuro eventual.
No son pocos los políticos e intelectuales chilenos que creen que teniendo el poder se esfuman las angustias de ser oposición, una variante sofisticada de “en el camino se arregla la carga”. Pero también ha sido muchas veces al revés: la posesión del gobierno puede incrementar las frustraciones y estresar las certidumbres. Es cosa de preguntarles a los actuales ocupantes de La Moneda.





