Rodney King y los derechos civiles

Fecha:23/06/2012
Autor:Álvaro Vargas Llosa

Hace poco, con ocasión de cumplirse los 20 años de los sucesos del sur de Los Angeles, King dijo en televisión algo que sonó grandilocuente, pero era estrictamente cierto: “Mi paliza ayudó a elegir a Obama”. En realidad, todas las palizas raciales ayudaron a elegir a Obama en 2008.

Hace pocos días, una mujer desesperada llamaba al 911, el número para emergencias en Estados Unidos, y trataba de explicar a la telefonista, entre sollozos, que la persona a la que acababa de encontrar inerte en el fondo de la piscina de su casa era “Rodney King, usted sabe, el tipo al que la policía golpeó”. Pero el nombre no parecía decirle nada a la persona que procesaba, con el tono neutro de una cajera de supermercado, la solicitud de ayuda que venía del otro lado del hilo telefónico.

Y sin embargo, para un amplio sector de estadounidenses agrupados en lo que se conoce, a falta de otro nombre mejor, como la “comunidad afroamericana”, Rodney King -el hombre que acaba de morir- goza de un status poco menos que de leyenda. Hay textos que lo colocan al lado de Rosa Parks, la mujer que potenció el movimiento de los “derechos civiles” en 1955, cuando rehusó ceder su asiento a un hombre blanco, y Emmett Till, el muchacho de Chicago al que ese mismo año secuestraron, apalearon hasta la muerte y echaron como un saco de papas al río, por la insolencia de dirigirle un silbido a otro hombre blanco.

¿Cuál fue el mérito de King para alcanzar ese status? En apariencia, sólo haber sido víctima, la madrugada del 3 de marzo de 1991, a los 25 años, de una feroz golpiza policial en California tras una larga persecución a raíz de que había intentado escabullirse de las autoridades porque conducía borracho. Desde entonces hasta el 17 de junio de este año, en que apareció ahogado en su piscina por causas no violentas, lo único que se supo de King, esporádicamente, tuvo que ver con incidentes de alcoholismo, uso de drogas y arrestos policiales por inconducta (también un intento fracasado por montar una empresa discográfica). Sin embargo, el reverendo neoyorquino Al Sharpton, uno de los íconos de la comunidad afroamericana, lo calificó de “símbolo de los derechos civiles” el día de su fallecimiento. No exageraba demasiado: así ven a Rodney King algunos millones de personas dos décadas después de que la decisión de un jurado sin una sola persona negra, de absolver a los cuatro policías acusados de golpearlo brutalmente, desatara seis días de disturbios y saqueos en el sur de Los Angeles, con un saldo de 55 muertos y dos mil heridos, además de daños materiales por mil millones de dólares.

Está claro que el simbolismo que encarnó Rodney poco tenía que ver con él como persona, con sus ideas o con su trayectoria. Tenía que ver con las imágenes filmadas por George Holliday, un videoaficionado (eran los inicios de la era del ciudadano-periodista en cierta forma), desde la ventana de su casa. En un atroz instante, gracias al video casero de Holliday que volvió noticia sensacional lo que de otro modo había sido una paliza más de la policía a un chico negro respondón, todo el complejo armazón conocido como “derechos civiles” se vino abajo. Porque el país y el mundo vieron, a las puertas del siglo 21, veintisiete años después de la ley que había puesto fin a la discriminación racial bajo la presidencia de Lyndon Johnson, el abismo que separaba la letra de la realidad. No, las vergüenzas raciales no eran parte del pasado doloroso ya superado. Estaban todavía ahí, inmersas en las instituciones y la sociedad. El video las había sacado a la superficie.

Algunos todavía recordamos a King, en medio de una violencia que sólo los soldados de la Guardia Nacional con ayuda de los “Marines” de una base cercana, Camp Pendleton, pudieron controlar, preguntando por televisión: “¿No podemos todos llevarnos bien?”. No, claro que no: aunque las leyes dijeran que todos eran iguales y que reinaba la armonía entre gentes de distinto color de piel, no todos se llevaban bien. Los unos, mal llamados blancos, seguían temiendo el rencor de los otros, mal llamados negros, y éstos seguían temiendo que la ley fuese una máscara detrás de la cual se escondía la herencia pesada de la era “Jim Crow”, esa que desde fines del siglo 19 hasta pasada la mitad del siglo siguiente, se las había arreglado, mediante normas sibilinamente aprobadas en municipios y estados o siguiendo prácticas consuetudinarias inveteradas, para burlar el espíritu de las enmiendas constitucionales, especialmente la 13 y la 14, que habían puesto punto final a la esclavitud y sus derivados.

Hace poco, con ocasión de cumplirse los 20 años de los sucesos del sur de Los Angeles, Rodney King dijo en televisión algo que sonó grandilocuente, pero era estrictamente cierto: “Mi paliza ayudó a elegir a Obama”. En realidad, todas las palizas raciales ayudaron a elegir a Obama en 2008. Las famosas y las desconocidas, las dadas y las recibidas, las gratuitas y las provocadas. La elección de 2008 fue, entre muchas otras cosas, el acto de contrición de un país avergonzado. Lo que tuvo ese voto de racial no fue reivindicativo tanto como culpable. El país más libre aceptaba en voz alta, por primera vez en más de tres décadas, que la Ley de los Derechos Civiles de 1964 y la Ley de los Derechos de Votación de 1965 no habían sido aplicadas por las autoridades y por la sociedad a plenitud, del mismo modo, aunque con bastante menos barbarie, que el fin de la esclavitud de 1865 no había sido respetado por los poderosos y por las costumbres de los ciudadanos en las décadas posteriores. Obama, en cierto sentido, cerraba la brecha entre 1865 y 1964, pero también la que separaba a 1964 del siglo 21.

¿La cerraba del todo? En gran parte sí, pero no del todo. El día mismo en que murió Rodney King, potente ironía, una marcha importante tenía lugar en Nueva York para denunciar una práctica legal -“Stop and Frisk” (“parar y revisar”)-, bajo la cual la policía carga la mano contra negros y latinos incesantemente en ese estado: se calcula que hasta 90 por ciento de las personas que son paradas, interrogadas y sometidas a revisión física por la policía en la calle son afroamericanas o, en menor medidas, hispanas. Y numerosos incidentes nos recuerdan, aquí y allá, que las tensiones nunca están demasiado lejos. Meses atrás, en Florida, en otro caso que sacudió la conciencia estadounidense, un vigilante blanco mató a un muchacho negro que no llevaba armas, Trayvon Martin, porque le parecieron sospechosos su aspecto y su actitud. También Martin se ha instalado para siempre en el panteón de los símbolos civiles de este país.

Pero no sólo las víctimas-símbolos hablan de la subsistencia de una cierta brecha entre ley y realidad, a pesar de la llegada de Obama a la cúspide. También el frío anonimato de las estadísticas: la cuarta parte de los varones negros entre los 20 y los 29 años están presos o en libertad condicional en los Estados Unidos. Muchos no son criminales. Buena parte son simplemente consumidores de droga a los que la ley pena con una dureza a todas luces injustificada.

El Departamento de Justicia de la actual Administración norteamericana, en manos de Eric Holder, afroamericano también, ha hecho un esfuerzo en los últimos tres años para combatir, en alianza con los principales departamentos policiales del país, incluidos los emblemáticos de Los Angeles y Nueva York, la discriminación racial. Hasta 17 agencias policiales de distinto tipo están bajo investigación del Departamento de Justicia, que equivale a la Fiscalía General. Esto tiene la evidente intención de enviar un mensaje institucional a lo largo y ancho de Estados Unidos.

Pero el efecto “Obama” en la causa de los derechos civiles no está realmente allí, en los actos concretos emprendidos desde el poder contra la discriminación o en el espíritu de convivencia racial que su elección, mal que mal y a pesar de una fuerte resaca política inicial de la clase media blanca contra el mandatario por razones políticas, ha logrado inspirar. El verdadero efecto está en otra parte: en el desplazamiento de la causa de los derechos civiles de la comunidad afroamericana hacia otras dos comunidades: los inmigrantes y los gays. Estos dos grupos -la palabra es eufemística en ambos casos, pues se trata, mucho más el primero que el segundo, de dos comunidades enormes- han pasado a representar hoy al movimiento de los derechos civiles con mucha más fuerza y vigencia social que los afroamericanos, a pesar de que esta comunidad padece todavía muchos problemas, además del alto índice de varones encarcelados (la mayor tasa de desempleo y la menor expectativa de vida, por ejemplo). Gracias a Obama o, algunos dirían, por culpa de él, los derechos civiles van siendo una causa cada vez menos negra en Estados Unidos. Es un cambio histórico de primera magnitud.

Dos decisiones de Obama muy recientes en cierta forma rubrican esta tendencia. Primero, la decisión del mandatario de salir en público a apoyar el matrimonio gay (1) luego de oponerse a él a lo largo de varios años; segundo, la decisión de la Casa Blanca de otorgar por la vía administrativa a los inmigrantes indocumentados menores de 30 años que llegaron siendo niños a los Estados Unidos el derecho a permanecer en este país con ciertas condiciones. Ambas comunidades han celebrado estas victorias parciales como otrora los ciudadanos negros celebraban sus propias conquistas. Los derechos civiles se han vuelto latinos y gays.

Pocos meses después de llegar al gobierno, un célebre profesor afroamericano de izquierda de Harvard, Robert Louis Gates, fue arrestado por la policía cuando, al regresar de un viaje académico a China, trató de ingresar a su propia casa de un modo que la patrulla juzgó sospechoso (la puerta principal estaba trabada y los vecinos habían alertado a la policía cuando el profesor intentó entrar por otra vía). El incidente cobró notoriedad. Obama, en una rueda de prensa en la Casa Blanca, comentó que la policía había actuado “estúpidamente”. De inmediato la frase incendió la pradera: el debate, o mejor dicho, la barahúnda de ataques contra el presidente por parte de un sector conservador que creyó encontrar en esa intervención la confirmación de sus peores temores -es decir, que el presidente era un radical rencoroso- llevaron al mandatario a convocar al profesor y los policías a la Casa Blanca, para fumar la pipa de la paz alrededor de unas cervezas. “Ha sido un momento aleccionador”, dijo Obama, que con ese gesto intentaba elevar al país por encima de sus tensiones raciales y convertir una polémica entre dos bandos irreconciliables en un aprendizaje compartido. Gracias a ello, probablemente, evitó algo que su presidencia corría el riesgo de provocar: una suerte de racismo preventivo de un país con conciencia culpable temeroso de que el nuevo jefe viniera a ajustar cuentas históricas.

La muerte de Rodney King es como una metáfora de la metamorfosis gradual del movimiento de los derechos civiles y su legado tal como lo entendió Estados Unidos desde mediados del siglo 20. Una nueva dimensión de los derechos civiles ha empezado a asomar, con otras caras. No sabemos cuánto durará y ni siquiera si se quedará concentrada en los grupos antes mencionados o encontrará nuevas causas y nuevos actores. Pero algo parece estar cambiando de un modo definitivo.

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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