Jobs, líder de masas

Fecha: 08/10/11
Autor: Alvaro Vargas Llosa

Nadie lo ve como un emblema del capitalismo. Se lo percibe como la negación, exactamente el polo opuesto, de los banqueros, empresarios y políticos que han hecho del capitalismo de hoy una muy mala palabra y provocado que salgan a las calles miles de “indignados”.

Decir de él que fue un inventor tan importante como Thomas Edison, un empresario tan innovador como Henry Ford, una figura icónica como John Lennon o Diana, Princesa de Gales, no es nada exagerado. Pero lo que lo hacía diferente de todos ellos es que era la suma de esas cosas juntas, una mezcla difícil de describir. Se combinaban en él cualidades propias de un genio oscuro y circunspecto con las de un ídolo de masas, la capacidad de crear, la más solitaria de las funciones, pero también la de vender, una función social por excelencia. Y, claro, su muerte, a los 56 años, combinó también estos dos contrarios que lo acompañaron en los últimos años: la inmortalidad que había conquistado desde hacía mucho rato, puesta de manifiesto por el fervor que ha despertado su deceso, y la mortalidad, la insignificancia de un cuerpo que fue devorado por el cáncer a la vista de todo el mundo, a medida que esa fuerza de la naturaleza se convertía en un faquir, cuyo aspecto inspiraba hasta miedo.

Hace pocas semanas, cuando anunció que dejaba de ser el CEO de Apple, escribí en un blog que era el hombre más importante del mundo, y que él y un puñado de personas que han mantenido viva la tradición innovadora de Estados Unidos son la razón por la que no puede todavía hablarse de una decadencia irreversible de este país, a pesar de todo. Lo creo profundamente. Muchos aspectos de Estados Unidos exhiben un deterioro lamentable y algo esencial de lo que lo hizo grande se está perdiendo aceleradamente, pero todavía nadie en su sano juicio puede decretar que dejará de ser la primera potencia precisamente porque la capa innovadora de la sociedad está más viva que nunca. Y en esa aristocracia de la innovación, el monarca absoluto era Steve Jobs.

Una de las características de un genio es que sabe usar el trabajo de otros en provecho propio, canibalizar lo ajeno, haciendo de ello algo nuevo, distinto y mejor. Es exactamente lo que hizo Jobs. Cuando era un muchacho insolente lleno de sueños, ya las computadoras llevaban unos pocos años en el ambiente. No las inventó él, pero sí las hizo dar un salto cualitativo cuando lanzó a la venta, muy modestamente, Apple I, su primer ordenador, hoy de apariencia prehistórica. También supo ver en su amigo, Steve Wozniak, al “tecnólogo” extraordinario al que puso a su servicio y con el que fundió Apple en 1976. Pero sabía que ni las computadoras existentes serían mejores que las suyas del futuro ni Wozniak era tan grande como él.

Como todos los genios, tuvo suerte. La suerte de que la introducción del microprocesador, en 1975, acababa de abrir las puertas a la masificación de la computadora. Todavía Apple I, la computadora que Jobs puso a la venta un año después, no pudo beneficiarse con ese salto tecnológico (el aparato, que hoy es una pieza de colección, tenía unos 30 chips), pero era sólo cuestión de tiempo que la revolución del microprocesador le permitiera dar el gran salto.

Jobs no era el único que hacía cosas importantes en su campo en aquellos años. Ya IBM y HP tenían una presencia enorme, y Microsoft, la criatura de Bill Gates, empezaba a diseñar sistemas operativos que pronto dominarían la industria. De hecho, en 1980, cuando Apple salió a la Bolsa y convirtió a Jobs y Wozniak en millonarios, Microsoft iniciaba su epopeya logrando que IBM contratara su sistema operativo emblemático por aquel entonces: el también prehistórico DOS. Desde entonces, Steve Jobs y Bill Gates han tenido la más íntima de las enemistades y la más competitiva de las amistades, un duelo que durante los años 80 y parte de los 90 ganó Gates con su Windows, pero que desde 1997, cuando Jobs regresó a la empresa que había fundado y de la cual lo habían despedido a mediados de los años 80, pasó a ganar el jefe de Apple con todos los conejos que sacó de la chistera. En los últimos años, mientras Gates se dedicaba a la filantropía y su empresa, aunque seguía ganando fortunas, dejaba de ser dominante y empezaba a dar señales de haber quedado superada por la tecnología, Jobs seguía ensanchando las fronteras tecnológicas y convertía a Apple en la compañía con mayor capitalización bursátil del mundo (en estrecha competencia nada menos que con Exxon Mobil).

El iPhone, el iPad, la Mac, el iPod, Apple TV, los sistemas operativos iOS y MacOSX, y tantos otros productos y servicios que salieron del magin de Jobs (hay unas 313 patentes vinculadas personalmente a sus inventos), realmente arrancan en la segunda gran etapa de su vida, es decir, al volver a Apple después de estar alejado de ella por 11 años. En 1985, como sabe medio mundo, el directorio de Apple lo había despedido para darle el control a un ex gerente de la PepsiCola, John Sculley, al que él mismo había contratado dos años antes. Expulsado de Apple, Jobs creó NeXt, que más tarde sería la base de la Macintosh, y compró Pixar, la empresa de dibujos animados por computadora, para transformarla en lo que es, la compañía líder de las películas de dibujos animados (se la vendió a Disney, que ha hecho de ella un éxito universal). Pero todo eso era el preludio de lo que vendría. En 1997 volvió a casa e inició la imparable racha creadora que el mundo le celebra hoy.

En este lapso de década y media, Apple revolucionó la forma en que nos comunicamos, comerciamos, abordamos nuestro trabajo y entretenemos. Cada nuevo lanzamiento, una puesta en escena teatral en la que Jobs era el protagonista único, se volvía un acontecimiento mundial. Las cifras lo dicen todo: Apple es hoy una empresa cuyas ventas anuales, unos 100 mil millones de dólares, equivalen a dos terceras partes de todo lo que produce el Perú en un año o la mitad de todo lo que produce Chile en ese mismo lapso. Se han vendido, entre mediados de 2010 y mediados de 2011, unos 75 millones de iPhones, cerca de 50 millones de iPods, más de 16 millones de computadoras Mac y unos 28 millones de iPads. Todas las personas que han comprado estos productos suman un México y medio en términos de población.

Las empresas que compiten con Apple o que tienen que ver con su mundo son conocidas normalmente como empresas de tecnología. Apple dejó de ser una empresa de tecnología, aunque estrictamente hablando lo siga siendo, para pasar a ser una marca de consumo masivo, lo que quiere decir que todo producto asociado a su logo de inmediato es un fenómeno de ventas y parte de un culto universal.

La propia personalidad de Jobs era lo menos parecido a un CEO. Dicen los que trabajaban o negociaban con él que era intratable por lo exigente y por lo seguro de sí mismo. Dicen los que le prestaron dinero -cuando lo necesitaba: después de un tiempo Apple era su propio banco por la cantidad de dólares acumulados en la tesorería- que lo hacían con mucho miedo, porque siempre era para arriesgar el crédito en ideas absolutamente locas. Pero si uno no trataba con él de alguna de esas formas, lo que percibía era un personaje a caballo entre la cultura pop y un santón de culto.

Por eso no es raro que en Youtube varias decenas de millones de personas hayan visto, desde el anuncio de su muerte, el famoso video de su discurso a los graduados de Stanford hace seis años. Es un discurso enteramente autobiográfico y muy sencillo, sin pretensiones de tipo alguno, que parece una alocución motivacional o incluso espiritual antes que la palabra de un empresario tecnológico. “Recordar”, les dijo “que van a morir es la mejor forma de evitar la trampa de creer que tienen algo que perder”. Culminó aconsejándoles “mantenerse hambrientos, mantenerse insensatos”, haciendo suya una cita de Whole Earth Catalog, un catálogo de productos en venta que se publicaba en los años 70 y simbolizaba la “contracultura” de aquellos años, en los que él y su generación se hicieron adultos.

Jobs contó en ese discurso por qué sus padres biológicos lo dieron en adopción, por qué dejó la universidad, cómo convirtió sus dos grandes retos -el despido de Apple en 1985 y el descubrimiento del cáncer de páncreas a mediados de esta década- en grandes oportunidades, y cómo su carrera había un constante desafío a las normas de lo establecido. Era exactamente el tipo de discurso que se espera de un santón o ídolo de carne y hueso, lo que indica que Jobs era sumamente consciente de que en el imaginario popular había dejado de ser un empresario y se había vuelto una inspiración.

No es raro, pues, que apenas hubo noticia de su muerte jóvenes y no tan jóvenes de medio mundo se reunieran a hacer vigilias o improvisar santuarios. El cuartel general de Apple en Cupertino, California, se volvió un lugar poco menos que de peregrinación. Su modesta casa en la esquina de la calle Waverly y la avenida Santa Rita Avenue en Palo Alto atrajo a incontables personas que dejaron flores en el suelo. En internet se abrieron páginas de homenaje a él y proliferaron fotografías de jóvenes sosteniendo iPads con una vela. ¿Cuándo fue la última vez que un personaje emblemático del capitalismo motivó semejante adhesión? ¿Cuándo fue la última vez que se adoró a alguien con una fortuna personal de unos siete mil millones de dólares?

Quizá allí esté la clave: en que nadie lo ve como un emblema del capitalismo. Se lo percibe como la negación, exactamente el polo opuesto, de los banqueros, empresarios y políticos que han hecho del capitalismo de hoy una muy mala palabra, y provocado que salgan a las calles miles de “indignados”. La desesperación por su muerte nos habla en cierta forma del miedo de muchas personas a que el capitalismo se quede en manos de los otros y ya no lo practiquen gentes como él.

Queda el interrogante imposible de contestar: ¿sobrevivirá Apple a Steve Jobs? No me refiero a si seguirá existiendo o seguirá siendo una empresa importante. Esas dos cosas están garantizadas por muchos años. Me refiero a si seguirá siendo lo que era. No lo sé, pero no quisiera estar en los zapatos de Tim Cook, el sucesor, para dar respuesta a esa pregunta. Todos los que saben algo de Apple piensan que si hay una persona capaz de continuar la saga es él. Ahora debe probarlo.

Acerca de Ocktopus

Chileno, criado en Venezuela, amante de la buena vida, del buen pasar. Inquieto en los temas que me apasionan, siempre indago, busco e intento conocer nuevas cosas. Emprendedor innato. Siempre intento canalizar mis actividades en aquellas cosas que me atraen, de allí que los espacios en la red se vinculan a el turismo, la gastronomía y mantenerse informado.

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